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Terminamos ya el pequeño y claro librito de Madame Guyon “El modo breve” y éste su último capítulo comienza por algo que llama la atención: Imposible la unión con Dios solo por el camino de la meditación. Y sin embrago, ¡cómo nos insistían sobre ella cuando éramos pequeños! ¡Qué buena voluntad tenían todos! Pero no son argumentos los que llevan a la “unión divina”. ¡Es otra cosa! ¡Es dejarle a Dios la iniciativa! Aquí se explica cómo…

Y aquí también aparece el sentido profundo del sacrificio a que alude Madame Guyon. Sin el propio sacrificio, no es posible la unión con Dios. Esto, en realidad, lo han dicho siempre los místicos: Dios no cabe en nosotros, si ya estamos llenos… Para que él quepa, tenemos que “vaciarnos”. ¡Y este es el gran sacrificio que se nos pide! Éste, y el “reposo de la propia voluntad”.

Santa Teresa, en el encuentro que tuvimos a través de nuestra amiga Ángela, aludía a ese momento de intimidad con Dios: «Es un instante tan bello. Es un instante de oro. Es un instante que hay que sentirlo para poderlo entender, pero que no te dan ganas de moverte del sitio. Que tú quisieras estar siempre ahí, ahí, sin hacer nada más porque ya todo está hecho, todo está dicho…»

¡Buen día!

XXIV. ¿CUÁL ES EL MEDIO MÁS SEGURO PARA LLEGAR A LA UNIÓN CON DIOS?

1. Es imposible llegar a la unión divina solo por el camino de la meditación. Por varias razones de las que citaré algunas.

Primeramente, según la Escritura, «Ningún hombre vivo verá a Dios» (Éx. 33, 20). Ahora bien, todo el ejercicio de la oración discursiva o incluso de la contemplación activa, mirada como un fin y no como una disposición a la pasiva, son ejercicios vivos por los que no podemos ver a Dios, es decir estar unidos a él. Es necesario que lo que es del hombre y de su propia actividad, por noble y relevante que pueda ser, es necesario, digo, que todo eso muera.

Cuanta san Juan que «en el cielo se hizo un gran silencio» (Apoc. 8, 1). El cielo representa el fondo y el centro del alma donde es necesario que todo esté en silencio cuando la majestad de Dios aparece allí. Es necesario que todo lo que procede de propios esfuerzos y de propiedad sea destruido. Porque nada es más opuesto a Dios que la  propiedad, y porque toda la maldad del hombre se encuentra en esta propiedad que está como identificado con ella. De modo que, cuanto más pierde un alma su propiedad, más pura se hace. Y lo que sería un defecto para un alma que vive para  ella misma, no lo es ya a causa de la pureza y de la inocencia que ha logrado, cuando ha perdido estas propiedades que causaban la discrepancia entre Dios y el alma.

2. Ahora bien, para unir dos cosas tan opuestas como son la pureza de Dios y la impureza de la criatura, la simplicidad de Dios y la multiplicidad del hombre, solo Dios puede hacerlo. Esto jamás puede hacerse por el esfuerzo de la criatura, porque dos cosas no pueden estar unidas si no tienen relación y semejanza, y un metal impuro no entrará en aleación con un oro muy puro y refinado.

3. ¿Qué hace Dios por tanto? Envía delante de él a su propia sabiduría, como el fuego será enviado a la tierra para consumir con su acción todo lo que en ella hay de impuro. El fuego consume todas las cosas y nada resiste a él sin ser consumido. Lo mismo ocurre con la sabiduría. Ella consume toda impureza en la criatura para prepararla a la unión divina.

Esta impureza tan opuesta a la unión es la propiedad y la actividad. La propiedad: porque es la fuente de la impureza real, que jamás puede estar aliada con la pureza esencial. Lo mismo que los rayos pueden tocar el barro, pero no unirse a él. La actividad: porque como Dios está en un reposo infinito, es necesario, para que el alma pueda estar unida a él, que ella participe en su reposo. Sin lo cual no puede haber unión a causa de la diferencia. Pues para unir dos cosas, ellas han de estar en un reposo proporcionado. Lee el resto de esta entrada »

Madame Guyon conduce a lo más hondo de la vida espiritual. En los textos que aquí se incluyen, señala varias “trampas” que hay que procurar evitar. Solo me fijo en cuatro:

La primera “trampa” es la de los actos exteriores. Nos pierde el número, la cantidad: “¿Qué tal el acto?””¡Fantástico! ha acudido muchísima gente”. ¿No debería preocuparnos a los cristianos el acto interior, esa acción del alma que se centra en nuestro corazón, para encontrarnos con Dios?

La segunda “trampa” se refiere a los actos formales. Pensemos, por ejemplo, en el precepto de la misa dominical. Quedarse en los actos formales es ir a misa porque está mandado, sin ir a lo más hondo para encontrar a Dios. Esto es quedarse en lo exterior. Si uno se queda en esto, retrasa su avance espiritual.

La tercera “trampa” se refiere a los “Predicadores y Pastores” que sermonean y dan consejos llenos de moralina y buena voluntad, que terminan cargando a los fieles con “mil preceptos para los ejercicios espirituales”, en lugar de llevarlos a Jesucristo a través del corazón. «Cuando se gana el corazón, dice ella, todo lo demás se corrige fácilmente».

La cuarta “trampa” es pensar que las gentes sencillas son incapaces de las cosas del espíritu, cuando es lo contrario: pues son más dóciles, más humildes y más inocentes, y no están atados a sus propias luces.

¡Buen día!

XXII. SOBRE EL ACTO

1. El acto es una acción que es buena o inútil o criminal. Hay actos exteriores y actos interiores. Los actos exteriores son los que aparecen al exterior, con relación a un objeto sensible y que solo tienen bondad o malicia moral según el principio interior del que parten. No es de estos de los que quiero hablar, sino del acto interior. El acto interior es una acción del alma que la dirige hacia un objeto del que ella está apartada.

2. Si estoy vuelto hacia Dios y quiero hacer un acto, me aparto de Dios y me vuelvo más o menos hacia las cosas creadas, según que mi acto sea más o menos fuerte. Si estoy vuelto hacia la criatura, es necesario que haga un acto para apartarme de esta criatura y volverme hacia Dios. Cuanto más perfecto sea el acto, más completa es la conversión.

Hasta que esté perfectamente convertido, necesito actos para volverme hacia Dios. Unos lo hacen de repente, otros lo hacen poco a poco. Mi acto me debe llevar por tanto a volverme hacia Dios, empleando toda la fuerza de mi alma para él, siguiendo el consejo del Eclesiástico: «Centrad todos los movimientos de vuestro corazón en la santidad de Dios» (Si. 32. 23). Y como hacía David: «Conservaré toda mi fuerza para vos» (Ps. 59, 10), lo que se consigue entrando con fuerza en sí mismo como dice la Escritura: «Volved a vuestro corazón» (Is. 46, 8).

Porque nosotros somos apartados de nuestro corazón por el pecado. Hay que volver por tanto a nuestro corazón. Por tanto Dios solo pide nuestro corazón: «Hijo mío, dame tu corazón, y que tus ojos estén siempre fijos en mis caminos» (Pr. 23, 26). Dar el corazón a Dios y tener siempre la vista, la fuerza y la energía del alma unida a él para seguir sus deseos, he aquí lo que es del acto. El acto nos hace volver hacia Dios. Hay que permanecer vueltos hacia él, tan pronto como uno existe. Y si yo hiciera actos, entonces me volvería hacia él.

Pero como el espíritu del hombre es inconstante y el alma, al estar acostumbrada a volverse hacia fuera, se disipa fácilmente y se da la vuelta, tan pronto como se dé cuenta de que se ha vuelto hacia las cosas de fuera, es preciso que por un acto simple que es una vuelta hacia Dios, ella se vuelva hacia él. Después, su acto subsiste mientras dure su conversión, a fuerza de volverse hacia Dios mediante una vuelta simple y sincera.

3. Como varios actos repetidos crean un hábito, el alma contrae el hábito de la conversión. El acto se hace habitual y no formal, en consecuencia. [El alma] no debe entonces preocuparse por hacer este acto porque ya existe. Y no puede hacerlo sin encontrar en ello gran dificultad. Se da cuenta incluso de que sale de su estado para hacerlo, cosa que nunca debe hacer porque subsiste en hábito. Entonces, se encuentra en una conversión y en un amor habituales. Esto en cuanto al acto formal que no siempre puede subsistir y que no debe renunciar a lo habitual. Lee el resto de esta entrada »

Algunos lo recordaréis todavía. Cuando estudiábamos el Catecismo, allá por la época de los dinosaurios, se nos decía que había dos clases de oración: mental y vocal. La mental, decía el del Padre Astete, «es la que se hace ejercitando las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad…». La vocal es la que se hace «con palabras exteriores…»

A nosotros, en el seminario, nos enseñaban la mental. La llamábamos meditación. Era fría y racional. Para que las potencias del alma pudieran recordar, discurrir y hacer actos de voluntad, nos decían que había que leer un libro. Las ideas del libro eran como el grano que se echaba en la tolva para moler. La harina debía ser como los actos de voluntad…

Un libro como éste de Madame Guyon, me deja alucinado. No habla para nada de ejercer las potencias del alma, sino de ejercitar el corazón en el amor de Dios. Une la oración con el sacrificio, y se entiende: para que Dios nos llene –¡esto es lo importante!– tenemos que “sacrificar nuestro yo”. ¡Rompe un tabú: nos introduce en la mística!

Me libraré mucho, no obstante, de criticar a mis superiores de entonces: habían sido educados en el mismo racionalismo que luego bebimos nosotros y que muchos aún cultivan. ¡Y pensar que esta señora ya había dicha estas cosas fantásticas en el siglo XVII!

¡Buen día!

XVIII. DEFECTOS

1. Tan pronto como uno caiga en alguna falta o se pierda, hay que volver hacia dentro, porque, como esta falta ha apartado de Dios, se debe volver a él lo antes posible y sufrir la penitencia que él mismo imponga.

Es de gran importancia no preocuparse por las faltas, porque la preocupación viene solo de un orgullo secreto y de un excesivo amor a nosotros. Tenemos dificultad para sentir lo que somos: si nos desanimamos, nos debilitamos más. Y la reflexión que hacemos sobre nuestras faltas produce una pena que es peor que la misma falta.

2. Un alma verdaderamente humilde no se extraña de sus debilidades. Y cuanto más miserable se ve, más se abandona a Dios y trata de mantenerse junto a él, viendo la necesidad que tiene de su ayuda. Tanto más debemos mantener esta conducta cuanto que él mismo nos dijo: «Os haré oír lo que debéis hacer. Os mostraré el camino por el que debéis caminar y tendré siempre la mirada sobre vosotros para conduciros» (Ps. 32, 8).

XIX. DISTRACCIONES Y TENTACIONES

1. En las distracciones o tentaciones, en lugar de luchar contra ellas directamente, lo que no haría sino aumentarlas y sacar al alma de su adhesión a Dios, que debe suponer toda su preocupación, debe simplemente apartar su mirada y acercarse cada vez más a Dios. Como un niño pequeño que, al ver a un monstruo, no se divierte luchando contra él, ni siquiera mirándolo, sino que se hunde dulcemente en el seno de su madre donde se encuentra seguro. «Dios está en lugar de ella, ella no puede sucumbir; Dios la socorrerá desde el principio del día» (Ps. 46, 6).

2. Actuando de otra manera, como somos débiles, pensando que atacamos a nuestros enemigos, nos encontramos heridos, si no totalmente derrotados. Pero si permanecemos en la simple presencia de Dios, nos encontramos de pronto fortalecidos. Esta era la conducta de David: «Tengo siempre, dice, presente al Señor y no sucumbiré; por eso se me alegra el corazón y mi carne descansará en la esperanza» (Ps. 16, 8-9). Y se dice también en el Éxodo: «El Señor combatirá por vosotros y vosotros os mantendréis en paz» (Ps. 14, 14).

XX. SOBRE LA ORACIÓN

1. La plegaria debe ser tanto oración como sacrificio. La oración, según el testimonio de san Juan, es un incienso cuyo humo sube a Dios. Por eso se dice en el Apocalipsis que «el Ángel sostenía un incensario donde se hallaba el perfume de las oraciones de los santos» (Apoc. 8, 23). Lee el resto de esta entrada »

La gente se las arregla como puede y quiere. La mayoría de los católicos, al menos en España, dan la sensación de que estas cosas de la oración no van con ellos. Muchos no van a misa, ni reciben los sacramentos, ni hacen oración durante el día. ¿A qué se debe? Pregunta uno a amigos, a hijos, a otros familiares: ¿qué les lleva a ausentarse de oraciones organizadas por la Iglesia, como puede ser la misa dominical?

Una buena parte responde que no van «porque se aburren». Otros responden que «no quieren saber nada con la Iglesia.» Cuando les dices que lo esencial no es ir a misa porque lo dice la Iglesia, sino que lo esencial es tener a Dios en cuenta en tu vida, contar con Él, algunos te dicen: «Yo no sé si cuento con Dios, lo que sí sé es que lo importante es ser buena persona con los demás, ser honrado con tu conciencia

Y aquí no puede uno no estar de acuerdo. Tengo amigos fantásticos que son fieles a su conciencia en materia de impuestos, de ser solidarios con los demás… Cuando les hablas de que la oración es necesaria, te dicen: «¡Yo no la echo de menos!» Lo mismo que cuando les planteas el tema del Más allá. «¡Yo no lo echo de menos! ¡Hasta no ir allí, no sabemos lo que hay! ¡Ya lo veremos!»… Y uno piensa: «¿Puede uno hacer otra cosa que pedir a Dios que se abra camino en este mundo en que estamos?…»

¡Buen día!

XII. LA ORACIÓN DE SIMPLE PRESENCIA DE DIOS

1. El alma fiel en ejercitarse, como se ha dicho, en el afecto y en el amor de Dios, se sorprende totalmente cuando siente poco a poco que él se apodera totalmente de ella. Su presencia le resulta tan fácil que no podría dejar de gozarla. Se le da por infusión tanto como por la oración. El alma siente que la paz se apodera poco a poco de ella. El silencio es la base de toda su oración. Y Dios le da un amor infuso que es el comienzo de una felicidad inefable. ¡Oh, si me fuera permitido continuar por los grados infinitos que siguen! Pero hay que detenerse aquí puesto que hablamos para los principiantes, esperando que Dios ponga al día lo que pueda servir para todos los estados.

2. Hay que contentarse con decir que es entonces de gran importancia hacer que cese la acción y el ejercicio para dejar que Dios actúe. «Manteneos en paz y reconoced que yo soy Dios» (Ps. 36, 11), nos dice el mismo David.

Pero  la criatura siente tanto amor por lo que hace que cree no hacer nada si no siente, conoce y es consciente de lo que hace. No ve que la velocidad de su carrera es la que le impide ver sus pasos, y que la acción de Dios que se hace más abundante, absorbe la de la criatura como el sol, a medida que se eleva, absorbe poco a poco la luz de las estrellas, que se distinguían muy bien antes de que el apareciese. No es la falta de luz la que hace que no se distingan ya las estrellas, sino el exceso de luz. Lo mismo ocurre aquí. La criatura no distingue ya su operación, porque una luz fuerte y general absorbe todas sus pequeñas luces distintas y las hace extinguirse, debido a que su exceso supera a todas.

3. De suerte que los que acusan de ociosidad a esta oración se equivocan mucho. Y es por falta de experiencia por lo que hablan así. ¡Oh, si quisieran trabajar para probarla! En poco tiempo serían experimentados y sabios en la materia.

Afirmo por tanto que esta debilidad para actuar no viene de escasez, sino de abundancia. La persona que viva la experiencia lo distinguirá bien. Se dará cuenta de que no es un silencio inútil causado por la escasez, sino un silencio completo y lleno de unción, causado por la abundancia. David lo había sentido cuando decía: «Mi alma permanecerá ciertamente en silencio delante de Dios» (Ps. 62, 1).

4. Dos [clases de] personas se callan: unas porque no tener nada que decir, y otras por tener demasiado. Lo mismo ocurre en este grado. Uno se calla por exceso y no por defecto. Lee el resto de esta entrada »

A veces, las ramas no nos dejan ver el árbol completo. En este texto, las “ramas” son los diversos puntos que se incluyen: Sequedad, Abandono, Sufrimiento, etc. Y el árbol completo que no hay que perder nunca de vista es el de la Oración, los diversos modos de oración que, hasta ahora, nos ha propuesto Madame Guyon: Meditación, Lectura meditada, “Pater”, Contemplación. ¡Este es el árbol completo!

Y en estos pequeños capítulos se busca una misma cosa: cómo salvar lo esencial de la unión con Dios, que es la oración. Para lograr esto esencial, nos pone ante diversas circunstancias. Qué hacer cuando uno no tiene ganas de hacer oración, porque siente Sequedades, o se siente Abandonado. O qué hacer ante el Sufrimiento o ante los Misterios de Dios, etc.

Lo importante, en cualquiera de estas circunstancias, es recordar siempre que no es por el esfuerzo mental de cada uno como se llega al Bien-Amado, sino por el corazón: ir a lo interior, a lo hondo de cada uno, más allá de la pura reflexión. El que ama a Dios, ama todo lo suyo. Dios es principio de la virtud; luego poseer a Dios es poseer la virtud…

¡Buen día!

V. SEQUEDADES

1. Como Dios no tiene otro deseo que entregarse al alma amorosa que lo quiere buscar, se oculta muchas veces para despertarla de su pereza y obligarle a buscarlo con amor y fidelidad. ¡Pero con cuánta bondad recompensa la fidelidad de su alma querida! ¡y hasta qué punto sus aparentes huidas son seguidas de caricias amorosas! Cree uno entonces que es una mayor fidelidad y que manifestar más su amor es buscar al Bien Amado con esfuerzo mental, a fuerza de acción, y que esto lo hará pronto volver. No, creedme queridas almas, no es la conducta de este tipo. Es necesario que con una paciencia amorosa, una mirada abatida y humillada, un afecto frecuente pero tranquilo, un silencio respetuoso, esperéis el retorno del Bien-Amado.

2.  Le haréis ver, con esta manera de actuar, que solo le amáis a él y lo que a él le agrada, y que no buscáis el placer que vosotros tendríais amándole. Por esto se ha dicho: «No os impacientéis en los tiempos de sequedad y de oscuridad. Sufrid las suspensiones y retrasos de los consuelos de Dios. Permaneced unidos a él. Esperadlo con paciencia, para que vuestra vida crezca y se renueve.». Seréis pacientes en la oración. Y aunque no hagáis otra cosa en toda vuestra vida que esperar en paciencia con un espíritu humillado, abandonado, resignado y contento, la vuelta del Bien-Amado, ¡qué excelente oración! Podéis intercalar quejas amorosas: ¡oh, este proceder seduce al corazón de Dios y le obliga a volver mucho más que ningún otro!

VI. ABANDONO

1. Es aquí donde debe comenzar el abandono y la entrega total de uno mismo a Dios. Convencerse totalmente de que todo lo que nos sucede en cada momento es orden y voluntad de Dios y todo lo que necesitamos. Esta convicción nos hará contentos por todo y nos hará ver en Dios –y no desde el lado de la criatura– todo lo que nos sucede. Os conjuro, mis queridísimos hermanos, quienquiera que seáis, que queréis entregaros a Dios, que no os volváis a tomar una vez que os hayáis dado a él, y que penséis que una cosa dada ya no está a vuestra disposición.

2. El abandono es lo que hay de consecuencia en todo el camino, y es la clave de todo lo interior. El que sabe abandonarse, será pronto perfecto. Hay que mantenerse por tanto firme en el abandono sin escuchar el razonamiento ni la reflexión. Una gran fe produce un gran abandono. Hay que fiarse de Dios, «esperando contra toda esperanza» (Rom. 4, 18). Lee el resto de esta entrada »

Me llama un amigo. Como siempre, desbordando alegría. Comentamos aquellos años de Burgos. Parece que fue ayer y ya han pasado ¡más de cincuenta años! Pero la ilusión sigue igual. Bueno, algo ha cambiado. –“¿Sabes qué, Alfredo? Siento una necesidad inmensa de ir a lo esencial en estos años que nos quedan.” – “¿Y qué es lo esencial?” le pregunto. –“Si tuviera que concretarlo, lo resumiría en una sola palabra: oración”.

Durante más de 50 años, he oído siempre que la oración es esencial, pero los métodos que me enseñaron me aburrían. Nos enseñaban a hacer meditación, pero como la hacíamos a las siete de la mañana, me dormía. Le pregunto a este amigo: “¿Y tú cómo la haces?” Y entonces, me habla de Madame Guyon: –“Compré un librito en la Procure de París. ¿Recuerdas? ¡Al lado de Saint Sulpice! ¡Es un pequeño tesoro!…”

Y aquella mañana me habló, entusiasmado, de Madame Guyon. El resto de la historia ya lo conoces. Mi amigo me envió el pequeño tesoro, hice una copia y ahora lo disfrutamos todos.

El texto de hoy habla de cómo hacer oración, incluso los que no saben leer, y del segundo grado de oración. Si te animas, descubrirás una cosa importante: Hay que buscar a Dios en el fondo del corazón, “sin meditaciones”…

¡Buen día!

II. CÓMO HACER ORACIÓN

Hay dos modos de introducir a las almas en la oración, de ellos puede y debe servirse durante algún tiempo. El uno es la meditación, el otro la lectura meditada.

1. La lectura meditada no es otro que detenerse en algunas verdades sólidas para la especulación y la práctica, prefiriendo la última a la primera, y (para) leer de esta manera. Tomaréis vuestra verdad tal como la queréis elegir. Luego, leer dos o tres líneas, digerirlas y gustarlas, tratando de sacar jugo de ellas y de sentirse atrapado en el pasaje que se lee mientras en él se halle gusto, y solo pasando a otro cuando el pasaje resulte insípido. Después de esto, continuar de la misma manera y hacer lo mismo, sin leer a la vez más de media página.

No es la cantidad de lectura la que interesa, sino la manera de leer. Los que corren mucho no sacan provecho. Son como abejas que solo pueden extraer el jugo de las flores deteniéndose en ellas y no corriendo por ellas. Leer mucho se aviene mejor con la ciencia escolástica que con la mística. Pero para aprovecharse de los libros espirituales, hay que leer de esta manera. Y estoy segura de que, si así se hiciera, se acostumbraría uno poco a poco a la oración a través de la lectura y estarían muy dispuestos a ella.

2.  El otro [medio] es la meditación que se hace en la hora elegida y no en el tiempo de la lectura. Creo que sería bueno hacerla de esta manera. Después de ponerse en la presencia de Dios con un acto de fe viva, hay que leer alguna cosa de sustancia y detenerse tranquilamente en ella no con razonamiento, sino solo para fijar el espíritu, dándose cuenta de que el ejercicio principal debe ser la presencia de Dios, y de que el tema debe servir más bien para sujetar al espíritu que para ejercitarlo en el razonamiento.

Esto supuesto, afirmo que es necesario que la fe viva en Dios, presente en el fondo de nuestros corazones, nos lleve a sumergirnos profundamente en nosotros mismos, recogiendo todos los sentidos en el interior e impidiendo que se viertan al exterior. Lo que es un gran medio, es deshacerse desde el principio de cantidad de distracciones y alejarse de las cosas de fuera, para acercarse a Dios que solo puede ser encontrado en el fondo de nosotros mismos y en el fondo de nosotros que el Sancta Sanctorum donde habita. El promete también que «si uno hace su voluntad, vendrá a él y hará su morada en él» (Jn. 14, 23). San Agustín se acusa a sí mismo por el tiempo que perdió por no haber buscado a Dios de esta manera. Lee el resto de esta entrada »

Si entre las cosas que se eligen antes de venir a este mundo está la de ser mujer, admiro a los seres que eligieron esta opción. Como Madame Guyon, cuyo pequeño librito sobre la oración, “El modo breve”, comenzamos hoy.

Madame Guyon vivió a caballo entre los siglos XVII y XVIII (1648-1717). Sus padres la obligaron a casarse cuando tenía 16 años, fue maltratada por su esposo y encarcelada por la Iglesia. Pero esto no fue obstáculo para ser una mujer inmensa.

Hace unos días tuve la suerte de poderle preguntar por ella a la hermana Concha. Estaba hablándonos sobre la oración y, en este contexto, le pregunté por ella. Esto es lo que me dijo: «Era una persona con mucha espiritualidad y “veía” y explicaba lo que le decían. Por eso la persiguieron, porque a estas cosas las llamaban “brujerías”. Pero tenía una espiritualidad profundísima, auténtica. Era una mística. La inspiración que tenía era algo maravilloso

Fruto de esta inspiración son estas reflexiones que escribió sobre la oración, dirigidas a las personas que quisieran encontrar a Dios y unirse a él de verdad. A medida que se fueron conociendo, más y más gente las pedía y fue entonces cuando se publicaron en forma de librito.

Nunca había conocido ideas  tan sencillas y, a la vez, tan profundas sobre la oración.

¡Buen día!

Madame Guyon

“EL MODO BREVE”

TÍTULO ORIGINAL: “LE MOYEN COURT”

Éditions Jérôme Millon, 1995

Mercure de France, 2001

Traducción: Alfredo Camarero Gil
(Esta “copia de trabajo” tiene por finalidad dejar preparada la edición por si algún editor se decide a publicarlo)

PREFACIO

La muda por sobreabundancia

Cuando Madame Guyon, de nacimiento Jeanne-Marie Bouvier de la Mothe, se propone escribir su vida a petición de un director de conciencia, ella la califica de «miserable» y «extraordinaria». Y, en efecto, esta existencia llena de obstáculos, de enfermedades, de penas y de persecuciones, es continuamente las dos cosas, salvo que, muy pronto, la extraordinaria intervine y dota con su resplandor, trasforma, la parte de dolor –su terrible banalidad. Porque en sus propios hechos, la vida de Madame Guyon, al menos hasta que se queda viuda, es completamente trivial. Por eso su autobiografía se lee también como un documento concreto sobre la poca atención, la ausencia de educación, dispensadas a una joven de un ambiente aristocrático provincial en la segunda mitad del siglo XVII. La madres solo se interesa por el hijo mayo y, sin el padre, nadie duda de que la niña morirá de hambre y por falta de cuidados, indefensa como estaba ante los malos tratos domésticos.

«Yo solo era un tejido de males[1]», escribe Madame Guyon sobre sí misma. Pero este tejido es tan apretado, pone juntas una disposición enfermiza tan extrema y una capacidad de regeneración tan improbable que Madame Guyon revela, desde su más tierna infancia, una capacidad infinita para sufrir, la cual, inherente a su vocación religiosa, va a convertir en triunfos y en fuerzas –dicho de otra manera, en progreso hacia una negación bienaventurada– las amenazas de destrucción que la asaltan. Ellas son de dos clases: físicas y espirituales.

Las primeras no se calmarán nunca. La inventiva de Madame Guyon en materia de desgracias es ilimitada, con el punto de partida de haber nacido no moribunda como Jean-Jacques Rousseau, sino muerta, de síncope. El bebé, operado de un tumor atroz en la parte baja de la espalda, es víctima de la gangrena poco después… y así sucesivamente. Madame Guyon crece sin dejar la ribera de la muerte: «Yo estaba enferma continuamente[2], y muy peligrosamente» –un estado enfermizo que tiene la particularidad de ser grave, cambiante, la mayoría de las veces incomprensible, y siempre notorio. El convierte a su cuerpo en algo repugnante. Con fiebre, con vómitos, perdiendo su sangre, enflaquecida, hinchada, herida, tumefacta (la pequeña niña aprovechaba sus raros momentos de salud para tener caídas espectaculares), es la fuente inagotable de patologías inéditas: «Por la noche estaba bien, y por la mañana me encontraban hinchada y llena de manchas violeta[3]». Esta capacidad para no ser sino un cuerpo de dolores encuentra en el matrimonio un campo aún mayor de exploración. Para Madame Guyon la desgracia, normal, de estar casada contra su voluntad (sus padres le prohíben hacerse religiosa y llevan el desprecio a su sentimiento hasta hacerle firmar, sin ella saberlo, el contrato de matrimonio) significa ua claro agravamiento de sus tormentos. Lee el resto de esta entrada »

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