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Ahora que llegamos al final de este libro, tan apasionante como complicado, es hora de hacerse la pregunta definitiva: el espacio taquiónico, el espacio superluminoso … ¿existe? He aquí una respuesta:

“Evolucionamos en un sistema infraluminoso, electrónico, bariónico, por encima del cual, a 300.000 km/seg se encuentra el espacio luminoso, fotónico. Y todavía más allá hay un espacio “taquiónico” (constituido por taquiones, partículas hipotéticas, más rápidas que los fotones, que la luz) … En cualquier caso, según estas teorías, llegados a este espacio superluminoso, taquiónico, el tiempo ya no transcurre: no hay pasado, ni presente ni futuro. Así que se puede imaginar que alcanzado este lugar se accede al conocimiento total, puesto que se engloba el pensamiento universal desde la noche de los tiempos. Y como todo queda así explicado, puede concebirse que se accede también al amor inexpresable, porque al comprenderlo todo se ama todo…”.

Estas palabras, aparentemente tan adecuadas como soporte para las ideas del profesor Dutheil, fueron en realidad pronunciadas en junio de 2006 por el Dr. J.J. Charbonier, médico especialista en Anestesia y Reanimación en Touluse (Francia), durante los “Primeros encuentros internacionales sobre Experiencias Cercanas a la Muerte”, donde acudieron médicos cardiólogos, intensivistas, anestesistas y psiquiatras junto a biólogos, físicos, antropólogos, neurocientíficos, enfermeros y periodistas, y cuyas comunicaciones quizá puedan aparecer en este blog próximamente.

¿Sorprendente la coincidencia? En absoluto. Todos ellos buscan una realidad que se les muestra día a día en su profesión y que sobrepasa nuestra realidad material conocida. Aquella que para Dutheil no es sino esa “conciencia global superluminosa”, germen de todo lo demás, exenta de procesos de enfermedad, de envejecimiento y de muerte. Todo está claramente resumido en la Conclusión final de este libro.

Hacernos entender esta realidad y lo que podemos aprender de ella ha sido el empeño del profesor Dutheil en sus libros, y en éste que ahora terminamos aproximarnos  además a su poder curativo. Esperemos haberlo aprovechado.

¡Buen día!

CAPÍTULO XI

Una medicina para el siglo XXI que restablezca la unidad del cuerpo y del espíritu

Con las enfermedades mentales descritas en el capítulo anterior, vemos aparecer de forma aguda la presencia de una entidad que se llama conciencia. Psiquíatras, psicoanalistas, psicoterapeutas, todos recurren a la conciencia. Así, cuando los psicoanalistas evocan el inconsciente, esto supone la existencia de una conciencia. Ninguna terapéutica de análisis, ninguna psiquiatría comportamental podría existir sin este concepto de conciencia.

Sin embargo, reina una gran ambigüedad sobre el término conciencia. A lo largo de esta obra hemos visto que los teóricos de la mecánica cuántica utilizan también mucho la noción de conciencia. Muchos, por no decir la mayoría, admiten la interacción entre la conciencia del observador y el sistema cuántico observado durante el colapso de psi, pero se abstienen de concretar lo que es la conciencia.

Lo mismo ocurre en el campo de las enfermedades psíquicas. Algunos psiquíatras de la escuela materialista, en el sentido clásico de la palabra, ven en la conciencia una especie de sistema cibernético, no localizado, que resulta de múltiples biofeedback, y salido –de una manera un tanto milagrosa– del embrollo de miles de millones de neuronas, de sus uniones sinápticas, de bucles sinápticos y de reflejos condicionados. Por supuesto, nosotros no podemos tomar en serio esta actitud porque, detrás de esta verborrea pomposa, se descubre la ausencia de toda verdadera explicación y un vacío profundo.

Como decía el Sr. Prudhomme: «Cuando se superan las fronteras, ya no hay límites».

Para permanecer coherentes, nos vemos obligados a admitir, lo mismo que en mecánica cuántica, la substancialidad del espíritu o de la conciencia, tal como Ecles lo había previsto.

Para tratar de encontrar una interpretación plausible de los trastornos psicológicos, nos apoyaremos en nuestro modelo de conciencia superluminosa, o taquiónica, que ya nos sirvió para esbozar un esquema de lo que  serían realmente las enfermedades llamadas somáticas.

A este propósito, conviene hacer caer enseguida esa barrera, puramente artificial, establecida entre las enfermedades del cuerpo y las del espíritu. Una única alteración se manifestará siguiendo formas somáticas o mentales, dependiendo este aspecto de cierto número de factores extrínsecos e intrínsecos. Lee el resto de esta entrada »

Aunque los puristas tendrían bastante que objetar al respecto, este capítulo del profesor Dutheil incluye un excelente resumen de las enfermedades mentales y de su tratamiento actual. Además, todo está expuesto desde una posición respetuosa pero crítica, lo cual impide que el texto se convierta en una mera exposición de términos y definiciones.

Tras una pequeña introducción histórica, se revisan neurosis y psicosis, incluyendo las enfermedades por todos conocidas: angustia, ansiedad, fobia, histeria, depresión, esquizofrenia, trastorno maníacodepresivo … para advertirnos al final que “todos somos neuróticos o psicóticos potenciales”. Después, se repasan las tres grandes ramas de la terapéutica psiquiátrica actual: la quimioterapia, la psicoterapia y el psicoanálisis, y la terapéutica psicosomática.

Pero a pesar del interés del capítulo hasta aquí, hay que decir que lo mejor viene después. Tal es así, que incluso a alguien abrumado por tanta psiquiatría podría perdonársele que directamente pasara a leer a partir de la sección titulada “El papel del miedo en los problemas psíquicos”, porque desde ahí hasta el final Dutheil vuelve a insistir en la que es la idea básica de su libro: la importancia de la conciencia como “campo” generador de todos los trastornos somáticos, la unión entre nuestra conciencia  parcial cerebral y nuestra conciencia pura superluminosa, sistema de interacción del que “no conocemos nada” y cuyo mayor trastorno sería la propia muerte.

Mejor leerlo para entenderlo.

¡Buen día!

CAPÍTULO X

Las enfermedades y medicinas del mental

Desde que el hombre es hombre, lo que se califica de enfermedad mental afecta a cierto número de individuos en un grupo cualquiera. La antropología y la etnología demuestran que estos problemas se encuentran en las tribus más primitivas que aún existen. Se puede deducir de ello que sucedía lo mismo en la prehistoria.

El hombre de Cro-Magnon y el hombre de Neandertal eran castigados sin duda por esta patología. Es probable que hace cientos de miles de años los primeros hombres estuvieran también afectados por estas enfermedades. Este punto de vista se ve también reforzado por la etología patológica –es decir, el estudio del comportamiento anormal de ciertos animales– que permite decir sin exagerar que las enfermedades mentales existen también en el reino animal.

Más cerca de nosotros, en la Antigüedad griega o latina, en las civilizaciones del Próximo Oriente y del Medio Oriente, sean egipcia, sumeria o babilónica, hay textos que cuentan con precisión los casos de «locura».

Más todavía que los pacientes afectados por enfermedades somáticas, los enfermos mentales molestarían a las poblaciones, provocando a la vez temor y respeto religioso, porque con frecuencia se veía en estos problemas la intervención de una divinidad, de un espíritu invisible, o el resultado de un acto mágico.

Recordemos el caso concreto de la epilepsia, que se consideraba en la Antigüedad como un mal sagrado, el «mal elevado», lo que indicaba que un dios había tomado posesión del espíritu de un individuo. También la epilepsia inspiraba el mayor respeto, tanto más cuanto que gigantes de la Historia, como Alejandro Magno o Julio César la sufrieron, lo que era claramente la prueba de que un dios los guiaba y los inspiraba.

Hoy se sabe que la epilepsia no tiene nada que ver con una enfermedad mental, sino que se debe a una hiperactividad eléctrica espontánea del córtex cerebral (una especie de tormenta eléctrica en el cerebro); para ciertos especialistas, todos somos epilépticos latentes, pudiendo ser su manifestación ciertas señales muy discretas.

Hasta una época reciente de nuestra historia occidental, los «locos» inspiraron siempre una cierta desconfianza, por no decir un gran miedo, a los demás hombres. En la Edad Media, e incluso más tarde, veían en la locura señales de intervención del demonio y de posesión diabólica. Lee el resto de esta entrada »

En este nuevo capítulo, el noveno de los once que componen su obra, el profesor Dutheil nos explica qué entiende él por “medicina del futuro”.  ¡Y vaya si lo consigue!

Antes, nos resume el concepto cuántico. La “realidad” no es sino una realidad parcial, producto del colapso que sobre la realidad total produce la observación. Así, la vibración, la probabilidad da lugar a la partícula, a lo concreto, a lo “real”. Pero esto no significa sino pérdida de información, desorden, lo que en física se conoce como entropía de un sistema. 

Y la enfermedad, ¿qué es? Igualmente desorden, entropía, fallo en la información, y en grado creciente según su gravedad. Así, cuando este fallo es mayor, la enfermedad es más grave. Cuando la entropía  tiende a infinito se produce la muerte. 

La medicina, nos dice Dutheil, no puede seguir limitándose a la información parcial e incompleta ofrecida por el cuerpo físico, que es lo que hace la medicina actual. La medicina del futuro debe  alzarse hacia la conciencia pura, a la información total, para alcanzar el nivel donde la enfermedad no puede llegar. Se trataría así no de curar sino de regenerar completamente. Cada individuo sería el portador de su propia fuente de sanación. Y las enfermedades dejarían de existir.

Esta sería la medicina  total, holística, la supermedicina  que Dutheil quiere que encontremos. Y nos anima a creer en ella aproximándonos a la medicina tradicional hindú,  “Ayurveda”: “Hace miles de años, la ciencia y la filosofía del extremo oriente tuvieron la intuición de aquello que la física actual está redescubriendo. Confiemos en que la unión de estas dos lineas  de conocimiento alumbre la medicina del futuro”.

Espléndido texto. No debemos desprovecharlo.

¡Buen día!

CAPÍTULO IX

Hacia una nueva definición de la medicina

Todos los métodos y medicinas que hemos citado demuestran claramente que se puede actuar sobre el cuerpo eléctrico. Desgraciadamente, aún no conocemos su estructura completa. Solo disponemos de algunos elementos, los más cercanos, los que están implicados en el soma molecular. Uno de estos elementos es el campo eléctrico o electromagnético de Burr, al que se asocian los fotones.

Una única consigna: actuar sobre el cuerpo eléctrico

Interviniendo a nivel de la acción molecular, que es actualmente la única utilizada por la medicina clásica, convendría plantearse una acción directa sobre el cuerpo eléctrico, especialmente sobre el campo electromagnético de Burr.

El primer trabajo a realizar por los físicos y los biólogos es un estudio minucioso de este cuerpo eléctrico, para conocer, para establecer su topografía y su cartografía, de la misma manera que se ha estudiado la anatomía del soma-cuerpo molecular.

Sucede ya que la investigación del campo eléctrico es un método de diagnóstico superior a los métodos anatomopatológicos y físicoquímicos. Convendría verificar su eficacia para el conjunto de las grandes enfermedades conocidas.

Cuando se conozca en detalle la estructura del cuerpo eléctrico, podremos centrarnos en métodos físicos para reequilibrar un cuerpo eléctrico que presente anomalías que estuvieran bien catalogadas.

¿Cuáles serían esos métodos físicos?

De momento, solo pueden formularse hipótesis. Sin embargo, la utilización de campos eléctricos, de campos magnéticos, de campos electromagnéticos en condiciones muy específicas, será tal vez el arma terapéutica principal en un futuro próximo, que permita devolver la salud antes de que aparezca en el soma cualquier signo de enfermedad.

Éste sería el triunfo de la prevención, de la que tanto se habla en medicina, pero que no puede realmente aplicarse.

La medicina total sería entonces la medicina propiamente superluminosa, que recurriera al campo de materia taquiónica, o conciencia superluminosa, que se sabría por fin manipular.

Medicina y mecánica cuántica

Para comprender cómo imaginamos tal supermedicina, recuperemos los razonamientos fundados en la mecánica cuántica. Nos permitirán explicar realmente las relaciones que existen entre conciencia total taquiónica, conciencia parcial y holograma somático. Lee el resto de esta entrada »

Interesantísimo capítulo éste del profesor Dutheil. Pocos conocerán el método que aquí se describe, las “estructuras holofónicas” o “metamúsica” –también citada como “música multidimensional” o MMD-, aunque menos serán los que no hayan descubierto alguna vez el influjo que sobre cada uno de nosotros ejerce la música o, simplemente, los sonidos.

¿Hemos pensado alguna vez por qué Mozart relaja a unos y aburre a otros? ¿Dónde radica la especial sensibilidad o insensibilidad musical de cada cual? ¿Cómo se explican estas diferencias? ¿Dependen de la música o dependen de nosotros mismos?

El profesor Dutheil nos explica aquí todo el potencial de una nueva experiencia terapéutica, que, según sus propias palabras, “haciéndonos progresar en la conciencia, nos revelará una fuerza latente que dormita en nuestras neuronas y que nos ha de transformar”.

Esta sería, sin duda, la mejor medicina que podríamos descubrir.

¡Buen día!

CAPÍTULO VIII

Obertura para una medicina del siglo XXI

(Las estructuras sonoras holofónicas)

Nos gustaría, a título de ejemplo, señalar un método totalmente original. Consiste en inducir estados de conciencia «diferentes» del estado de conciencia habitual y, simultáneamente, una acción somática, la conciencia del sujeto enviando mensajes sobre las disfunciones o las zonas «de sombra» a nivel somático.

El principio ha sido descubierto y aplicado por Jacotte Chollet, que continúa sus experimentos cerca de Chantilly en un verdadero laboratorio.

Desde hace unos ocho años, con la ayuda de su marido André Voisin, hoy desaparecido, Jacotte Chollet ha llevado a cabo la creación y la síntesis de «estructuras sonoras holofónicas» absolutamente originales, que no se parecen a nada conocido.

Destaquemos que no se trata de musicoterapia, que tiene como fin en realidad el tratamiento de ciertas afecciones somáticas o mentales mediante la audición de trozos de música clásica, estudiados y elegidos en función de la naturaleza de la dolencia.

En el caso de las «estructuras sonoras holofónicas» de J. Collet entramos en relación con un conjunto de frecuencias musicales sumamente diversificadas, compuestas de sonidos con múltiples armónicos, que unen los graves y los agudos y crean movimientos vibratorios complejos. El resultado es musicalmente armonioso, pero da una sensación de extrañeza indescriptible, que provoca la irrupción de emociones y de ideas que pronto sustituyen al discurrir habitual de la conciencia presente en la vida corriente.

Después de someternos personalmente a la audición de estas estructuras sonoras holofónicas, podemos decir que el efecto es incuestionable.

Así, la estructura holofónica o metamúsica que responde al título de Chronos (el «tiempo», en griego), hace desaparecer poco a poco ese sentimiento que nos es inherente del tiempo que fluye en nosotros como un río, para suplirlo por un estado de tiempo suspendido.

Teníamos la común impresión de estar hundidos en un espacio-tiempo superluminoso donde el tiempo ya no fluye, donde emociones y significados, nuevas relaciones de significados, una percepción global emergen poco a poco.

La duración de la audición de estas estructuras varía entre siete y veinte minutos. J. Chollet, que ha realizado experiencias en sujetos voluntarios, procede generalmente a la audición de al menos tres estructuras (de treinta a cincuenta minutos de audición). Lee el resto de esta entrada »

Al fin se anima el Profesor Dutheil a abrirnos el panorama de otras medicinas, tan conocidas como la homeopatía o la acupuntura, y lo hace explicándonos sus principios teóricos, pero también intentando comprender su importancia a la luz de nuestros conocimientos científicos más actuales. 

Y es alentador descubrir la homeopatía como una manifestación más de la dualidad materia-energía. O descubrir en ella, una vez más, el campo de información que rige el universo. Y lo mismo ocurre con la acupuntura, en la que nos descubre la circulación permanente de esa energía.

“¿De qué energía se trata?” nos pregunta Dutheil. Y él mismo nos responde: de una energía unica, capaz de tomar diversas formas. De una energía universal de la que el hombre solo sería una simple  imagen.

¡Tanto nos queda todavía por concer! ¡tanto por controlar!

¿Cómo alcanzar ese nivel nivel de consciencia superior, universal?

¡Buen día!

CAPÍTULO VII

Esas «otras medicinas» que nos acercan a lo esencial

Hasta hoy, para bastantes de nosotros solo había una medicina. Ahora bien, vivimos hoy en un universo en expansión, un mundo abierto… que nos lleva a descubrir o a redescubrir los méritos de otras medicinas.

La homeopatía, la acupuntura, la geobiología, las estructuras sonoras holofónicas, la medicina hindú, o más recientemente aún, las relaciones estrechas con la mecánica cuántica y los campos energéticos, vienen a regenerar y enriquecer nuestra concepción de la enfermedad y del remedio para curarla. Ellas nos acercan más que nunca a esa unión cuerpo/espíritu que garantiza nuestro bienestar mental y físico.

Tal como ha quedado demostrado en el capítulo anterior, la medicina clásica ha conseguido resultados innegables y con frecuencia destacados. Sin embargo, estos resultados siguen siendo puntuales, parciales; no se integran nunca en un conjunto en el que la totalidad del ser humano -cuerpo y espíritu- esté implicada.

Esto nos explica por qué gran número de enfermedades orgánicas no encuentran etiología válida ni terapéutica adecuada, sin hablar de enfermedades funcionales que son en realidad totalmente ignoradas por los médicos.

Otras medicinas se han desarrollado para tratar de llenar este vacío. Estas medicinas  no convencionales, que se llaman también medicinas «dulces», se basan en una comprensión distinta del ser humano, especialmente de la relación cuerpo–espíritu. A este respecto, su modo de actuar nos parece interesante. Por eso estudiaremos en este capítulo algunas de estas medicinas; las que, a nuestro juicio, están en posesión de claves que nos permitan avanzar y abrir perspectivas adecuadas que nos lleven a la solución del problema.

La homeopatía

La homeopatía es un intento absolutamente apasionante de profundizar en la relación entre enfermo y médico y los mecanismos de la enfermedad. Lee el resto de esta entrada »

Fantástico tratado de medicina el que nos ofrece hoy el profesor Dutheil. Además, es un tratado actualizado, centrado en los temas más importantes: las infecciones, el cáncer, el SIDA, las alergias … el estrés.

En todo el texto, fácil de leer y de entender aunque se empleen en él algunos términos técnicos, sobrevuela la queja del autor sobre la cortedad de miras de la ciencia actual y la insuficiencia de nuestro conocimiento. Como él mismo dice hablando del cáncer: “…las palabras disimulan apenas nuestra ignorancia…”

Y en todo el texto flota también ese deseo que el profesor Dutheil siente por hacernos llegar cuanto antes a conocer otra medicina, una medicina distinta a la que aquí nos resume, una medicina que no olvide los “campos de información” de los que nos habló en los capítulos anteriores y que nuestra medicina actual ignora casi por completo.

Pero para llegar a eso deberemos esperar al siguiente capítulo, en el que nos empezará a hablar de “otras medicinas”, de la acupuntura, de la homeopatía, ..

Mientras tanto, empapémonos de ciencia, sí, pero no como meras esponjas, sino como seres pensantes que somos, tratando de conocer nuestra propia opinión sobre lo que leemos. ¿Lo conseguiremos?

CAPÍTULO VI

Balance sobre la medicina actual

 

No pretendemos en este capítulo dibujar un panorama completo de la medicina en 1992, ni por supuesto hacer un tratado de patología o de terapéutica.

Nuestro objetivo es dar una idea de las notables adquisiciones de la medicina desde hace cuarenta años. Por eso expondremos algunas ideas-fuerza sobre sus distintos sectores: infecciones bacteriológicas y arsenal antibiótico, enfermedades virales, enfermedades metabólicas y endocrinas, enfermedades cardiovasculares, oncología con el problema del cáncer y del SIDA, hematología, inmunología y la cuestión de la alergia.

Existen diversas maneras de clasificar las distintas enfermedades o síndromes. Desde 1930, es clásico distinguir las enfermedades orgánicas y las enfermedades funcionales.

Las enfermedades orgánicas

La enfermedad orgánica se caracteriza por una lesión, sea anatómica, sea anatomopatológica, es decir, visible solamente por el examen al microscopio de un corte de tejido que se supone patológico.

La anatomía patológica ha catalogado así a un gran número de categorías de lesiones que se manifiestan a nivel de los tejidos o de la célula.

Si le lesión anatómica es visible macroscópicamente, se tratará, por ejemplo, de un nicho, imagen radiológica de una úlcera del estómago, o de una laguna, imagen radiológica de un cáncer de estómago. Estas lesiones pueden ser irreversibles en la medida en que, incluso si hay curación, el tejido cicatrizado quedará esclerosado.

En ciertos casos, las lesiones serán reversibles y después de la curación se dirá que ha habido «restitutio ad integrum».

Las enfermedades funcionales

Las enfermedades funcionales se manifiestan a través de cierto número de trastornos experimentados por el sujeto, eventualmente con cambios de las constantes biológicas y de la tensión arterial (hipertensión). Pero, contrariamente a lo que se produce en las enfermedades orgánicas, es imposible poner en evidencia cualquier lesión anatómica, incluso con investigaciones minuciosas. Lee el resto de esta entrada »

Este capítulo 5 es, sin duda, el más complicado de este libro del profesor Dutheil. No es que sea incomprensible, aunque a veces lo parezca, sino que los conceptos y las ideas que en él se recogen son tan distintos a los que manejamos habitualmente que nos es muy complicado seguir el hilo.

Y sin embrago en esto radica, creo yo, su interés. Dutheil nos está queriendo hacer ver cuán grande es todavía nuestra ignorancia sobre el mundo y sobre nosotros mismos, pero a la vez nos promete un futuro maravilloso lleno de progreso y conocimiento.

Por esto, una vez superado este engorroso capítulo, un nuevo mundo aparecerá ante nosotros. Y en los capítulos siguientes nos hablará de la medicina actual, del cáncer, del SIDA, del estrés… de las “otras medicinas”… para hacernos comprender, al final, que la medicina que nos espera no es otra sino la “medicina de la conciencia”, basada en la búsqueda de la unidad del cuerpo y el espíritu.

Esta promesa bien vale un pequeño esfuerzo.

¡Buen día!

 

CAPÍTULO V

El retorno a una medicina holística a través del cuerpo eléctrico y la conciencia superluminosa

El conjunto formado por el soma y por el cuerpo eléctrico representa en el modelo de conciencia superluminosa resumido en el capítulo 4 lo que nosotros designamos con el nombre de holograma, que es a nuestro juicio una proyección subluminosa del campo de materia taquiónica superluminosa.

En “El hombre superluminoso” defendíamos la tesis según la cual el cuerpo del hombre, este cuerpo de carne que habitamos, podría no ser sino un holograma formado de partículas que van menos deprisa que la luz. Este holograma sería la proyección de nuestra conciencia, formada por su parte de partículas superluminosas. Nuestro cuerpo se mostraría vinculado a nuestra conciencia como una película proyectada puede estarlo a su proyector y al operador que manipula el proyector. El cerebro serviría entonces de filtro para la conciencia, que él reconstruiría según las coordenadas espacio-temporales de cuatro dimensiones. Él transformaría las informaciones que le ofrecería la conciencia y de ello resultaría un empobrecimiento de la significación del mensaje, pareciendo sin embargo necesario para nuestra supervivencia en este mundo.

Nos parece importante concretar ahora en qué condiciones se forma nuestro holograma-cuerpo físico. El capítulo anterior nos llevó a la conclusión de que existe en torno a este cuerpo físico un campo electromagnético que nosotros llamamos cuerpo eléctrico. Se trata por tanto de un tercer elemento que se interpone entre la conciencia superluminosa y el soma-holograma. La cifra tres es de una importancia primordial en todas las religiones y mitologías; nuestro modelo estaría por tanto de acuerdo con la tradición. Este cuerpo eléctrico serviría de intermediario, de mediador entre la conciencia y el soma. El papel de filtro que atribuíamos únicamente al cerebro en “El hombre superluminoso” podría ser atribuido al conjunto de este cuerpo eléctrico, focalizándose el campo electromagnético en puntos nodales –se puede establecer una correspondencia interesante con los chakras hindúes o los puntos de acupuntura chinos– y especialmente, al parecer, a nivel del cerebro.

En la medida de lo posible, debemos entrar ahora en el detalle de la formación de nuestro holograma-soma y de sus interacciones con el cuerpo eléctrico. Lee el resto de esta entrada »

 ¡Realmente, parece que estuviéramos leyendo ciencia-ficción! Pero no por que se trate de historias increibles -aquí no hay criaturas extrañas, monstruos terroríficos ni mundos desconocidos-  sino porque lo que nos parece increible son las explicaciones dadas a lo más cercano a nosotros mismos: nuestro propio ser, nuestra propia conciencia.

Hablamos de “campos de  información que trascienden el tiempo y el espacio” ¡y lo dice un biólogo! Hablamos de “campos de vida” ¡y lo dice un profesor de Anatomía! Hablamos de “interacciones entre los campos de conciencia del médico y el enfermo” ¡y lo dice un físico! ¿No es del todo increible? ¡Campos, campos, campos! ¿Será esta la palabra que le descubrirá al ser humano su otra realidad? Aquí tenemos la oportunidad de aprender sobre ello.

Comprendo que estos textos son difíciles, que se manejan términos y conceptos que para muchos nos son desconocidos. Pero es tanto lo que en ellos se atisba que bien vale hacer el esfuerzo. Como muestra un botón: ese “campo vital”, uno de los dos componentes de cualquier estructura viva – el otro sería el cuerpo físico- que preexistiría en el óvulo no fecundado y persistiría un tiempo después de la muerte. ¿Hay quién dé más?

¡Buen día!

CAPÍTULO IV

Un nuevo modelo de conciencia para otra concepción del Universo

El panorama de la biología molecular que acabamos de esbozar muestra ya que el programa genético no puede explicarlo todo y que siguen existiendo muchos interrogantes.

Las incertidumbres de la embriología

En particular, si examinamos los datos ofrecidos por la embriología, constatamos que en ningún momento se interpreta la manera en que las células y los grupos de células que forman los tejidos se van colocando en el espacio en un punto determinado, que siempre es el mismo, para dar lugar a una forma que es también casi invariable en una especie dada. Como dice muy acertadamente Rupert Scheldrake en La Mémoire de l’Univers, las explicaciones anticipadas son más que hipotéticas: «Está claro que las influencias “modelizantes” de cualquier tipo se plasman en los  tejidos y órganos en desarrollo. Se tiene la costumbre de considerarlas como sistemas de información de posición, que dicen a las células donde están, y les permiten por tanto reaccionar de manera adecuada produciendo las proteínas buenas. ¿Cuál es la naturaleza de estas informaciones de posiciones?»

«La idea popular pretende que ellas son de naturaleza química, y dependen de gradientes de concentración de sustancias químicas específicas llamadas morfogenes. El descubrimiento e identificación de estos morfogenes hipotéticos no ha tenido éxito.»

Una puesta en cuestión del programa genético

Una segunda crítica grave que se puede hacer al programa genético reduccionista se apoya en la existencia en todo organismo vivo de lo que se llama la renovación del «turnover». Es un problema que se ha podido estudiar a fondo gracias al uso de isótopos radiactivos, o radioisótopos, y también de isótopos estables. Se ha observado que el conjunto de los átomos y de las moléculas, por tanto de las células y de los tejidos que constituyen un organismo, no son estables, sino que cada átomo, cada molécula, cada célula era sustituida por átomos, moléculas, células nuevas en algunos días o en varias decenas de días. Dicho de otro modo, todo átomo, toda molécula, toda célula tiene una «vida» que no va más allá de estos períodos. Por supuesto, la «vida media» no es la misma de un átomo a otro o de una molécula a otra, pero en fin de cuentas todo ocurre como si el organismo fuera destruido totalmente en algunas decenas de días, y luego sustituido por una estructura molecular y celular totalmente nueva. Lee el resto de esta entrada »

Para todos aquellos que pretendan seguir el discurso del profesor Dutheil, una advertencia: cada capítulo es imprescindible para poder entender los siguientes. Así que es preciso que sedimentemos bien todo lo que se nos dice. Esto puede parecer arduo, pero merecerá la pena.

Y entramos ya seriamente en materia. Medicina, química, física, biología, … un entramado al que empezamos a aproximarnos y que poco a poco nos dejará entrever el “quid” de la cuestión, que debemos buscar aquí tanto en las estructuras que se nos explican como en esa frase intrigante con que se cierra el capítulo:

“Cuestión esencial a la que los biólogos, por el momento, apenas han dado respuesta”.

Está claro que el profesor Dutheil está deseando poder darnos la suya.

¡Buen día!

CAPÍTULO III

La retirada de los límites de lo desconocido

La medicina en nuestros días es muy dependiente de los progresos de la química, de la física, pero también de la biología celular y molecular.

Al igual que la física trata de conocer los componentes últimos de la materia y se ve obligada a superar continuamente los límites de sus investigaciones, los médicos y los biólogos han investigado siempre cuál podía ser la realidad última del ser vivo, de la «materia humana».

A partir del siglo XIX, la biología, es decir la ciencia de lo que vive, ha hecho retroceder progresivamente los límites de lo desconocido. Si al principio del siglo XIX el tejido parecía constituir aún lo esencial de la materia viva, al final de ese mismo siglo ya solo era cuestión de la célula, esperando al siglo XX para la exploración de la molécula.

Los fisiólogos Henri Milne Edwards (1800-1885) y Theodore Schwann permitieron despejar el concepto de célula como unidad básica de todos los seres vivos. En 1855, Rudolph Virchow (1821-1902) funda la biología celular al publicar su Pathologie cellulaire, obra básica durante decenios para los médicos y los biólogos. Es en este libro donde afirma: «Omnis cellula a cellula», o dicho de otro modo, toda célula procede de una célula preexistente. Aforismo que recibió una confirmación entusiasta por parte de Pasteur demostrando en 1860 que la vida solo podía nacer de ella misma.

Es precisamente este aforismo el que  provoca muchos interrogantes sumamente fecundos para la investigación: en efecto, si la vida solo nace de ella misma, ¿qué hay en el origen de la primera célula? La biología ha tratado de responder a esta cuestión descomponiendo la célula en moléculas. Esta orientación actual de la biología no responde sin embargo de manera satisfactoria a todas las cuestiones y se hace necesario seguir otros caminos. François Jacob subrayó la importancia de esta teoría celular cuando declaró: «Con la teoría celular, la biología descansa en una nueva peana puesto que la unidad del mundo vivo se funda no ya en la esencia de los seres, sino en una comunidad de materiales, de composición, de reproducción. La calidad particular del ser vivo remite a su organización perfecta.»

Los logros de las investigaciones sobre la célula

Durante la segunda mitad del siglo XIX, el esfuerzo de los biólogos se centró en buena parte en la estructura de la célula. Nuevos métodos de coloración permitieron poner en evidencia el núcleo, la membrana, el citoplasma (fase líquida), el citoesqueleto (su armadura formada por filamentos semi-rígidos). Ramón y Cajal, a principios del siglo XX, marca el desenlace de esta tendencia exploradora de la célula. Lee el resto de esta entrada »

Si alguno le ocurre lo que a mí, que no había leído nada sobre el inicio de la medicina moderna, este capítulo le va a ser útil. La medicina moderna, dice el autor, comienza con el siglo XIX, y sus reglas las establecen dos franceses: François Magendie y su discípulo Claude Bernard.

Magendie no es solo el pionero de la fisiología y la patología, sino que funda también la farmacología experimental moderna. Llama la atención que la evolución iniciada por éste tarde un siglo en imponerse.

La moderna medicina es, en primer lugar, hospitalaria y luego se traslada al laboratorio

Lo que tal vez llame más la atención en este capítulo es lo que Dutheil dice al final y que le sirve para empalmar con la que llama medicina superluminosa: detrás de toda estructura y reacción química existen intercambio de electrones, relaciones intermoleculares que se relacionan casi siempre con la mecánica cuántica…

¡Buen día!

CAPÍTULO II

La evolución de la medicina moderna

 

Como hemos sugerido en el primer capítulo, una concepción muy antigua, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos de la Prehistoria, atribuye el estado de enfermedad, o más bien de hombre enfermo, a la influencia de entidades invisibles pero muy sustanciales, que se pueden calificar de espíritus, de almas. Este estado es tratado con prácticas mágicas destinadas a actuar sobre esas entidades misteriosas y por vía de consecuencias para echar el mal del cuerpo del hombre que sufre. El análisis de estas operaciones a la luz de la antropología demuestra que se trata, en la mayoría de los casos, de la construcción de un verdadero modelo analógico, a través del cual toda acción tiene una repercusión inmediata sobre el espíritu de que se trata.

Una concepción radicalmente distinta, introducida por los griegos, lleva al nacimiento de la medicina moderna y a nuestra noción de enfermedad. La observación científica hace aparecer la noción de síntoma, señal somática concreta que se encuentra casi idéntica en todos los individuos. Un conjunto de síntomas constituye una enfermedad o entidad nosológica, cuya evolución y pronóstico serán estadísticamente siempre idénticas.

Bioquímica, química física, biología molecular y genética permiten un conocimiento cada vez más profundo del cuerpo. La finalidad de esta obra no es negar los notables progresos de esta medicina científica ni los resultados conseguidos. Solo deseamos mostrar que esta medicina, por eficaz que sea, no resuelve el problema del estado de salud o de enfermedad. Hay que buscar en otra parte para encontrar una unidad perdida, ese «unus mundus» de Jung.

Este problema es el que queremos tratar de abordar empalmando, en cierta medida, con la concepción muy primitiva de la enfermedad. Pero antes necesitamos resituar la evolución y el progreso de la medicina moderna.

En el comienzo de la medicina…

Se puede fechar el nacimiento de la medicina propiamente moderna, regida por los principios todavía en vigor, desde principios del siglo XIX.

Se forja entre 1800 y 1850. Sus reglas esenciales son formuladas por François Magendie (1783-1855), el maestro de Claude Bernard. Este médico y fisiólogo estableció todas las ideas directrices de nuestra medicina actual. Lee el resto de esta entrada »

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