¿Puede nacer un vínculo del amor con alguien que está en el Más allá? ¿Puede regresar un traspasado para relacionarse con cualquiera de nosotros sin que nos percatemos de su peculiar estado?

Las novelas nos ofrecen muchas historias que no parecen sino inventadas por el autor para hacernos pasar un buen rato de lectura, pero ¿podrían ser ciertas?

Cuando en una pareja fallece uno de ellos, el que se fue al Otro lado ¿puede facilitar que encontremos otra persona con la que rehacer nuestra vida? ¿Podrá ser feliz viéndonos con otro hombre u otra mujer? ¿Y los celos? ¿No buscará entorpecer todo lo que pueda nuestra vida en pareja? Porque en el Más allá hay dos territorios claramente diferenciados: uno luminoso, el otro oscuro; en este último lado están los que necesitan mejorar ..¡si quieren!

He aquí dos interesantes historias de amor que amplían el abanico de lo posible. Lo más sorprendente en ellas es conocer situaciones en las que lo real supera a lo imaginario.

¡Buen día!

CAPÍTULO XVI – DOS HISTORIAS DE AMOR TRASCENDENTE

XVI.1 – ALAIN E ISABELLE

Hace una veintena de años, oí hablar del siguiente hecho: La tarde de un sábado, durante un baile en el campo, un joven, digamos llamémosle Alain, invita a bailar a una chica, que llamaremos Isabelle. Simpatizan rápidamente y no se separan en toda la tarde. Tienen la impresión de conocerse desde siempre.

Hacia la una de la madrugada, Isabelle le pide a su caballero que la acompañe hasta su domicilio; como estaba muy cerca, irían andando.

– “Iba a proponértelo”, dijo él, “pero veo que tiritas”.

– “Es verdad, tengo… mucho frío”.

– “¿Quieres que te ponga mi cazadora?”

– “¡Oh! Sí, vale”.

Llegados delante de una pequeña casa de ladrillos con los postigos cerrados, ella le susurra:

– “Aquí vivo yo, no me queda más que darte las gracias”.

– “Espero que nos volvamos a ver”, dice Alain.

Y se separan con un beso furtivo. Los labios de Isabelle estaban tan helados como su espalda, que él había tocado al ponerle la cazadora.

Continuando su camino, el muchacho se acordó de repente de su chupa, olvidada sobre la helada espalda de su amazona. Pero, siendo una hora tardía, no osó dar marcha atrás y llamar para pedírsela. Regresaría al día siguiente por la mañana. Y es lo que hizo.

De nuevo ante la pequeña casa de ladrillos, en la que los postigos permanecen cerrados. Llama… Pasa un cierto tiempo hasta que abren. Sale una dama de cierta edad, que parece desconcertada. Le explica lo que le lleva allí. Ella escucha, cada vez más sorprendida, y le responde que allí no vive ninguna chica joven… y que vive absolutamente sola desde la muerte de su única hija, ocurrida hace casi un año.

El joven insiste, le describe a su acompañante nocturna y da detalles de sus conversaciones. Entonces, la dama exclama, alterada, con lágrimas:

«Lo que usted relata coincide con la personalidad de Isabelle, se diría que pasó la tarde con ella. Venga conmigo al cementerio. Está ahí, justo al lado. Su foto está sobre la losa de la tumba, podrá comparar.»

Ella cortó algunas rosas, ambos enfilaron la calle del Descanso y llegaron ante la tumba de la joven. Alain reconoció a Isabelle en el retrato esmaltado colocado en medio de un libro de mármol blanco.

– “Sí, es ella, ¡seguro que es ella! Es Isabelle, la que tuve entre mis brazos toda la velada. La que acompañé hasta su casa. ¿Cómo es posible?”

Pero no habían acabado sus sorpresas: sobre la tumba vecina encontró, cuidadosamente doblada, su cazadora.

Esta historia increíble tuvo por escenario la región de Tarbes y fue relatada, en octubre de 1976, en un artículo de “La Dépêche du Midi”. No tengo otros detalles que los que doy aquí. Reconozco que es difícilmente creíble. No niego el hecho de que algunos desaparecidos lleguen a materializarse y a aparecer en nuestro plano; yo mismo tuve esta experiencia tres veces. Eran personas que presentaban todos los caracteres de la presencia física, pero no hablaban y su aparición, que se produjo a pleno día, en lugares públicos, fue a la vez concreta y fugaz.

La primera es una mujer joven, doble exacta de una amiga de la que ya hablé, Geneviève, que se había suicidado en septiembre de 1953. La distinguí, en agosto de 1958, en la inmensa sala de los Pasos Perdidos de Roma Termini. Ella llevaba la misma falda blanca con rayas azules, las mismas bailarinas[1] de igual color que en nuestra última entrevista en el puerto de Menton.

La segunda era una vieja dama, viva imagen[2] (el cuerpo espiritual llamado doble) de mi madre, que vino a sentarse frente a mí en el tren que me llevaba a Pontoise. Era el 19 de julio, día del aniversario de su nacimiento.

En el momento en que me decidía a dirigirle la palabra, la primera se levantó de pronto para perderse entre la multitud de viajeros, y la segunda dejó bruscamente el departamento, como si hubiera llegado a su destino.

En los dos casos no me arriesgué a tocar las apariciones (en absoluto translúcidas) y no ceso de lamentarlo. En los dos casos eran personas que yo había conocido mucho mientras vivían y a las cuales estaba vinculado por la amistad o el afecto.

El tercer caso, el más reciente, es el de Lionel Jackel, destacado médium al que dirigí y cuyas experiencias psicométricas describo en “La Mémoire des choses”[3]. Este joven falleció en marzo de 1992, pero le vi, o más bien le vimos, mi amigo Max Chouli y yo, durante una reunión preelectoral muy animada, presidida por M. Chirac, entonces alcalde de Paris, reunión que tuvo lugar el 2 de febrero de 1994 en el Gimnasio Jean Jaurès. Seríamos torpes si creyésemos que los espíritus no se manifiestan más que en lugares tranquilos y crepusculares.

De pronto, abriéndose paso entre la multitud, pasa ante nosotros, sin mirarnos, un muchacho alto: de piel muy rosada, casi roja, ojos negros, pelo negro, corto y ligeramente ondulado, gorro azul marino (que yo le había regalado), cazadora de cuero negro, vaqueros azules descoloridos y zapatillas de deporte. Atónito me digo: ¡Pero si es Lionel!

– “¡Lo juro, sí, es Lionel!” confirma Max, que no cree lo que ven sus ojos.

No reaccioné inmediatamente, pues los espíritus tienen siempre sobre nosotros una influencia paralizante, y solo al cabo de unos instantes decidí seguir al joven y fogoso fantasma, sin saber a qué atenerme.

Él se dirigió a toda velocidad hacia el final de la sala, a la derecha del podio donde suben las personalidades, a la derecha si se mira desde nuestro punto de vista como espectadores. Me sería fácil acercarme y pillarle ya que, de ese lado, no existían salidas, todas estaban a nuestra espalda. Esta vez no estamos ante una estación abierta por todos los lados, no podríá escaparse, le tocaré y le hablaré. Voy de grupo en grupo, Lionel ha desaparecido: como Geneviève, se volatilizó entre la multitud… En concreto, no podría decir nunca de mis apariciones: «Fue durante el horror de una noche oscura… Era en un momento de soledad…Era en ese momento impreciso entre el sueño y el despertar»

La historia de Alain e Isabelle es muy diferente de las mías: Ellos han hablado mucho tiempo, él la tomó en sus brazos, han estado juntos al menos cinco horas y todo el mundo los pudo ver. Probablemente, la joven muerta bebió champán y comió pasteles. Pero la objeción mayor es que él no la conoció durante su encarnación.

¿Se trataría de una doble de la difunta, que se habría divertido en desempeñar su papel y seducir al ingenuo Alain?

Otra dificultad: ¿Cómo, en este caso, habría podido la doble entrar en la casa de ladrillos? Porque, pienso de pronto, no se dice en el artículo de “La Dépêche du Midi” que Alain haya visto a Isabelle sacar una llave o llamar para entrar en la casa donde vivía su madre. No dice tampoco que haya visto desaparecer a la joven.

Las apariciones que acabo de presentar no están para nada en la línea de las ideas recibidas. Los cuatro difuntos se manifestaron en cuerpo sutil, estaban bien constituidos, reconocibles, nada vaporosos, vestidos como cuando vivían, absolutamente idénticos a como eran en la Tierra. Sin haber sido invocados, llegaron espontáneamente a darse una vuelta entre nosotros, ya sea en pleno día o en lugares totalmente diáfanos. Cosa curiosa, han elegido lugares ruidosos, donde las personas se atropellan: sala de una estación, italiana por añadidura, tren de cercanías, reunión política.

Sin duda para probar que nosotros, los perceptores, en plena consciencia, totalmente partícipes de la realidad ambiente, no éramos víctimas de una alucinación.

Me permitirán dar preferencia a la historia de Lionel, con sus precisos datos de lugares y de personas dispuestas a testimoniar.

XVI.2 – SANDRA Y BRUNO

Sandra, de Toulouse, me envió la siguiente carta que reproduzco íntegramente:

«Antes de conocer a Bruno, el 27 de julio de 1984, yo ya había visualizado, sorprendentemente, su cara, su escritura, un país cálido y seco, casas con arcadas, un puerto, mezquitas. Varios meses después, nos conocimos; su ser estaba iluminado por entero de un aura resplandeciente, no había visto nunca eso en nadie más. Nos amamos desde aquél instante, pero un temor se había apoderado de mí: no volver a verle. Después de tantos años de pruebas como él había vivido, yo era su razón de vivir y su único amor. Partió para Djibouti y durante cuatro meses recibí sus cartas, las mismas de mis sueños anteriores, donde yo veía su escritura, el país cálido, las casa con arcos, el puerto y las mezquitas… ¡Y después nada más! ¡Ni una noticia! Yo tenía dieciséis años y él veintidós, nunca quise así; ¡jamás sufrí tanto!

Un año más tarde, en 1985, durante dos mañanas seguidas, oí sonar el teléfono. Descolgué. Era su voz, muy, muy lejana. Era muy diferente de lo que se puede oír aquí abajo: “Sandra, soy yo, Bruno, estoy bien, te quiero, estoy muy bien en este momento…” Después, su voz disminuyó y se volvió lejana. Esto pasó dos veces seguidas. Pero, a pesar de todo, le esperaba siempre.

En otra ocasión, cuando dormía, un mensajero del Más allá me dijo: “Si quieres ver a Bruno, hace falta que estés en tal lugar, a tal hora (no recuerdo la hora precisa), pero si te atrasas un segundo, él desaparecerá. ¡Ve, que te espera!”

Fui a la zona del mundo de los espíritus que me había señalado el mensajero, Bruno no estaba allí. En mi fuero interno quería que no me hubiera esperado. Regresé un poco más tarde, pero esta vez le vi. Se adelantó hacia mí con el mismo amor y el mismo deseo. Algunos instantes después, había desaparecido. ¿Era para castigar mi impuntualidad en la primera cita?

El lugar del mundo de los espíritus era un jardín donde todo el mundo se paseaba entre parterres de flores, bajo sombras olorosas. Durante los meses siguientes tuve nostalgia de ese exuberante jardín.

En enero de 1989, una tarde, estaba sumida en un profundo sueño. Súbitamente, mi cuerpo se separó, me encontré con seres que me miraban con afecto, como si me conocieran desde siempre. Por mi parte, me sentía llena de ternura hacia ellos. Volamos en dirección hacia una luz difusa, flotábamos en el infinito. De pronto, me hacen ver un bebé con un aura resplandeciente, un niño precioso, con la misma cara de Bruno. A continuación, una descarga eléctrica en mi pie me devolvió bruscamente a la Tierra; pero yo estaba bien, distendida, dichosa.

En esa época, conocí a un médium que me dijo, viendo la foto de Bruno, que había caído en una emboscada en el curso de una misión (era legionario). Me reveló también que yo tenía ciertas capacidades psíquicas. En efecto, una tarde, como quería estar segura, dominando mi pena y mi miedo, conseguí proyectarme a un plano superior. Y allí, de nuevo, escuché a Bruno que me llamaba.

Cuando quise regresar a mi cuerpo, fue laborioso, pues el pánico se había apoderado de mi. Pero al volver a mi cuerpo, estaba en la cima de la emoción y de la felicidad. Le había escuchado de nuevo.

Algún tiempo antes creí verle en la calle y otra vez en una estación. Él mismo se me aproximó, pero como estaba con mi tío, no osé mirar más que un instante al hombre vestido de legionario que me atraía. Sin embargo, habría debido hacerlo, puede que fuera él.

Después de esto, en mi vida he comprobado regularmente la llegada de un desconocido de uniforme; se presentaba a mí en las situaciones más delicadas y me ayudaba siempre a salir de ellas. Además, establezco siempre conocimiento con hombres del mismo cuerpo de armas que Bruno, ¿por qué? Hoy, vivo con un legionario y hemos tenido un niño precioso.

No olvidaré nunca a Bruno, le tengo siempre presente. Dígame lo que usted piensa; perdone la extensión de la carta, pero no debía olvidar ningún detalle»

La de ustedes es una bella y melancólica historia. Una vez más se constata que el amor es más fuerte que la muerte. En el otro lado, como en éste, es lo normal salvar todos los obstáculos y servirse de todos los medios para alcanzarla: presentimientos, ensueños, voces directas, llamadas telefónicas reales o en sueño, incursiones en el mundo de los espíritus, materializaciones temporales…

Sobre todo no vea en esto una tragedia, ningún castigo, no una la culpabilidad a la prueba de la desaparición prematura. Piense, sobre todo, en la perspectiva de reencontrar un día al que le dio tales pruebas de fidelidad. Fidelidad, una palabra que figura en la divisa de esa Legión extranjera a la que él había servido tan bien.

Pues él se llevó a su nueva vida la adoración que tenía por usted y no cesó de probárselo por los diversos procedimientos de que disponen los espíritus. Habiendo partido muy joven, su pujante vitalidad, su dinamismo, le permiten intervenir con eficacia en el plano físico. Por su parte, usted es muy receptiva y no tiene, como otros, la mala costumbre de atribuir al azar las señales que el Más allá se esfuerza en transmitirle.

En lo que concierne a las manifestaciones psíquicas, está equivocada. Esto comenzó con premoniciones precisas, pues mucho antes de conocer a Bruno vio su apariencia carnal, su escritura, el país donde debía ser enviado y de donde no debía regresar.

La muerte de un ser querido provoca casi siempre la aparición de dones mediúmnicos en el que se queda, o bien aumentan los dones ya existentes, como en su caso. La visión del jardín es una incursión que usted hizo en espíritu en las zonas felices del mundo paralelo. El jardín donde penetró sin haberlo buscado es un lugar donde se reúnen las personas que, como Bruno, no han hecho más que el bien sobre la Tierra. Un desdoblamiento natural y tranquilo le permitió regresar allí y tener con él un breve contacto.

Lo más sorprendente son las apariciones de Bruno en uniforme y sombrero blanco[4] en lugares públicos: una calle, una estación. Sorprendente, pero no imposible. Existen otros casos; yo experimenté tres veces eso. Desafortunadamente, estuve tan afectado y perplejo que no me atreví a verificarlo. No me atreví a dirigirme al doble encarnado… o desencarnado. No se corre ningún peligro con tocarle.

Hay, en efecto, dos explicaciones: o bien su novio ha llevado hacia usted un legionario que se le parecía o bien ha conseguido materializarse provisionalmente. No lo sé, me planteo la cuestión.

En cambio, estoy persuadido de que es él quien ha dirigido hacia usted a los militares que le han ayudado en sus dificultades y, particularmente, este segundo legionario que comparte su existencia. Los hombres del Más allá no son celosos; lo que ellos quieren es que aquella a la que han debido dejar sea dichosa y viva plenamente su femineidad: vida sexual completa y maternidad.

Puesto que Bruno no es celoso, no procede que su nuevo compañero lo llegue a ser y desconfie de un sentimiento tan puro. Sea discreta, no hable demasiado del desparecido y no airee demasiado sus méritos. El hombre con el que usted está unida tiene derecho a su amor completo.

Si las señales de vida se vuelven escasas y llegan a desaparecer no se inquiete, es el proceso normal. Usted tuvo mucho, mucho más que la mayor parte de la gente; eso no podrá durar siempre: Sandra y Bruno deben llevar, en lo sucesivo, su existencia cada uno por su lado.

Una última cosa, no se imagine que su hijo es la reencarnación de Bruno, es un pequeño ser nuevo que viene a descubrir nuestra Tierra y a pasar sus pruebas. Por otra parte, usted tiene el sentimiento evidente de que el Cielo que tocó (por un tiempo) está siempre presente a su lado, con o sin señales.

[1] Cierto tipo de calzado sin apenas tacón (NdT)

[2] En el lenguaje espiritista, se dice “doble”. El cuerpo espiritual (NdT)

[3] Libro del cual Jean Prieur es el autor (NdT)

[4] Kepi (NdT)

Anuncios