Silencio, temor, horror.

Alguien ha decidido quitarse la vida voluntariamente: ¡silencio! Es culpable: ¡temor! Durante la mayor parte de nuestra historia, la sentencia para el suicida nunca era absolutoria: ¡horror!

Hasta hace pocos años al suicida no se le enterraba como Dios manda, no era digno de sepultura cristiana. El rechazo le condenaba para siempre.

Hoy, sigue siendo un tema silenciado en la prensa, aunque al suicida se le da sepultura cristiana ante la duda de su condena. Hemos avanzado en caridad.

La plaga del suicidio: el mayor bienestar material no parece ir correlativo a la calidad de vida. Las estadísticas destacan que la tasa de suicidios por cada 100.000 habitantes duplica en Francia (país con mayor nivel de vida) la de España (con una crisis económica galopante). ¿El mayor bienestar económico nos hace más frágiles ante la adversidad de la fortuna?

¿Tendrá relación con la práctica de “compartir”? ¿con “compartir” los pocos bienes materiales? Generalmente quien se suicida lo hace a solas. ¿La soledad tendrá algo que ver con el suicidio?

Esta vez, como tantas otras, los mensajes del Más allá, de los espíritus benéficos, nos comunican las consecuencias de ese acto, nunca irreparable en el mundo intermedio. Pero ¿Qué hacer ante esa situación? ¿Qué decirle a quien se siente culpable de que un familiar se haya suicidado?

En este capítulo Jean Prieur, con gran delicadeza, se enfrenta a la demanda de consejo desde el dolor, para llevar el agua viva de la esperanza y el amor a quien perdió, de tan trágica manera, un amor, un familiar, un hijo o un amigo.

Y de sus palabras surgirá el aire fresco que emana en todo el capítulo.

¡Buen día!

CAPÍTULO XIII – EL AZOTE DEL SUICIDIO

El filósofo Emile Durkeim publicó en 1897 una obra de permanente actualidad: “El suicidio”. Estaba impresionado por el hecho de que la extensión de esa enfermedad se correspondía con el desarrollo industrial y comercial en los distintos países de Europa. Para él, el porcentaje de pasos hacia el acto era el indicador exacto, en un grupo humano dado, de su grado de «anomia». Llamaba así al desarreglo moral que se produce en una sociedad cuando los individuos no saben las normas que deben seguir, cuando se hunden las estructuras familiares, religiosas y políticas. Es significativo que la palabra anomia (traducida en general por iniquidad) a menudo se encuentre en el Nuevo Testamento para designar todo lo que es sin razón, anarquía, confuso, agitación estéril y contrario al orden social. Estamos, ya a finales del siglo[1], en plena anomia.

Cien años de sucesos dramáticos han ilustrado las observaciones de Emile Durkeim y las estadísticas le dieron la razón. Tanto es así que se ha constatado que se suicidan más en períodos de paz y prosperidad como en los años del tipo 14-18 ó 39-45; más en las clases sociales acomodadas que en las que apenas tienen el mínimo vital; más entre los ociosos que entre los trabajadores; más en el norte de Europa, en principio protestante, que en el sur de Europa, en principio católico; y de manera general, sociológicamente hablando, más en los grupos cristianos que entre los musulmanes que viven en países de sol, lo que explica muchas cosas. Más entre los solteros, divorciados y viudos que entre los hombres casados: dos a tres veces más entre los hombres que entre las mujeres. Por último, cosa curiosa: ese tipo de mortandad es más frecuente en el campo que en la ciudad, e incide sobre todo en los obreros agrícolas.

Pero hay, ¡oh!, entre las estadísticas más lamentables, lo no previsto y lo nuevo: en el último tercio de siglo y en lo sucesivo, se suicidan mucho más los adolescentes y los jóvenes, que las personas maduras y de la tercera edad. Paralelamente (y esto también es nuevo), una literatura irresponsable[2] da a la muerte voluntaria carta de nobleza y se pueden leer frases de este género: «Le pertenece a cada individuo disponer a su gusto de su destino… Decidir si la vida vale o no la pena ser vivida, es situar sólo en uno mismo la regla de su conducta.»

«El fracaso o no del suicidado no tiene apenas importancia si para su suicidio demostró dos cosas: coraje y dominio. Entonces, el suicidio es la abertura de su vida, como la llama enciende la antorcha.» Seguramente la metáfora es bonita, pero cuántas tragedias debió suscitar. La cita es de Montherland quien, en 1972, la tradujo en hechos porque estaba amenazado de ceguera total.

Resultó que yo estaba en casa de Gabriel Marcel cuando le llegó esta noticia y lo que me dijo entonces que constituyó lo esencial del artículo que me dictó para las “Nouvelles Litteraires”. Él también sufría la misma prueba, particularmente terrible para un hombre de escritura y lectura. La soportaba con el coraje y la serenidad ejemplares que había puesto en su fe auténtica, como en su filosofía.

XIII.1 Jean-Charles: «Soy viudo desde el 19 de mayo de 1993 y he intentado tres veces acabar con mis días. En sus últimos meses, mi mujer me había dicho: “Si Dios me llama, quiero que rehagas tu vida y que seas feliz.”

Por otra parte, mis amigos me repiten que Julia no estará en paz en el Más allá durante el tiempo en que yo buscase destruirme. Pero no les creo e imagino medios infalibles para acabar de una vez por todas. Estoy seguro de llegar allá. Toda mi vida está centrada en Julie. No aspiro más que a salir del agujero negro en el que estoy sumergido y reunirme con ella lo más pronto.»

– Seguramente no es sumergiéndose en un nuevo agujero negro como usted podrá reunirse con la mujer a la que quiere. Correría el peligro de perderla por mucho tiempo, tal vez para siempre… Son sus amigos quienes tienen razón, es necesario escucharles. Usted hace sufrir a Julie entregándose a ideas tan mórbidas; le inflige una pesadilla permanente. Ella no se merece eso, ella que es todo desinterés y que no le desea más que felicidad. Si la ama de verdad, debe respetar sus últimas voluntades y rehacer su vida, como le dijo tan acertadamente. El verdadero amor no es posesivo y por eso ella quería que usted encontrase otra mujer y recuperase el coraje de vivir.

Solamente entonces ella conocerá la paz.

XIII.2 Jean-Marc: «He intentando suicidarme hace un mes. Los amigos intervinieron a tiempo. Pero ahora, ha vuelto mi idea fija y eso por una razón sentimental. Tuve una esperanza de retorno, pensé que ella regresaría, pero eso se derrumbó por segunda vez. No puedo vivir sin Alice, y no puedo continuar padeciendo tantos sufrimientos. ¿Si me suicido de veras, cuales son las pruebas que me esperan en el otro lado? ¿Podré volver hacia ella para verla y protegerla?»

Ante todo, no haga nada de eso, sería el mejor medio de perderla en esta vida y en la otra. La separación correría peligro de ser definitiva. Sí, existen pruebas (en general la oscuridad, la soledad) para los que anticipan la llamada. Espere pues a ser llamado (espero que sea lo más tarde posible) y permanezca en la vida terrestre que, a pesar de las decepciones y las desgracias, vale la pena ser vivida. Usted no tiene treinta años, está en la flor de la vida, y hay en el mundo más de una agradable mujer joven que solo pide hacerle dichoso. Suponiendo que Alice consienta en volver a vivir con usted, yo no tengo la impresión de que esa unión recomenzada fuese dichosa. Me pregunto si, al cabo de un cierto tiempo, usted no tendrá bastante, si no deseará que se fuera. Déjela, pues, partir si tiene ganas de irse. Nadie es irremplazable.

XIII.3 Olivia: «Creo firmemente en la vida después de la vida. ¿Podría responderme a dos cuestiones?

Tengo regularmente contactos con personas fallecidas de mi familia, y los mensajes son idénticos.

Desde que era pequeña, tengo la impresión de que mi llegada a la Tierra fue un error. No me gusta la vida. Cada día pienso en el suicidio, mi lugar no está sobre este planeta donde tanto mal extendido me hace sufrir. Creo que yo sería más útil en el otro mundo, aunque usted haya escrito que no hay que suicidarse. Si Dios existe, debe comprender las razones de ese gesto desesperado.»

No, no crea usted que será más útil en el otro mundo si no ha cumplido su tarea en este, que es el banco de pruebas. El suicidio no es, no es nunca, la solución, pues uno se reencuentra en el otro lado todos sus problemas pendientes y a veces ampliados. Y esta vez no es cuestión de matarse: la muerte voluntaria allí es cosa impensable e imposible. ¿Cómo puede decir a la vez: «Yo creo firmemente en la vida después de la vida.» y «Si Dios existe»?… Si Dios, el Espíritu por excelencia, no existe, los espíritus tampoco existen … y nosotros por añadidura.

XIII.4 La mamá de Béatrice ha sido destrozada y molida por el engranaje del dolor.

«Ella partió voluntariamente el 18 de agosto de 1982. Tenía veintidós años. Todos, aquí, comprenden que era y que es siempre nuestra tristeza.

Somos restauradores; nuestra empresa familiar se compone de diez personas. Y lo que llamaremos “un soplo de aire puro” nos vino de donde menos lo esperábamos, de entre nuestro personal. Sí, el más humilde, el que está más bajo en la escala, el lavaplatos, en medio de tantas palabras vacías, nos aportó el testimonio de verdadera simpatía inteligente.

Ali Ouazi Ben Mohamed tenía entonces sesenta y cuatro años. Es un marroquí casi analfabeto, qu habla muy mal el francés. Un día, tímidamente, vino a verme y me dijo:”Me permites, Señora patrona, que te hable? Tú sabes, en la tierra está solamente el cuerpo de tu hija. Pero su alma está allí arriba, hacia tu Dios, o hacia Alá, es el mismo. Ella está feliz y te espera. Tú la reencontrarás. Deja de llorar, Señora patrona, el cuerpo es nada”.

Yo sonreí, acaso por primera vez desde que partió Bénedicte. Entonces Alí se aproximó a mí y me pidió: “¿Tú permites, Señora patrona, que yo te abrace?” Esa fue una de las escasas alegrías que tuve desde ese 18 de agosto de 1982.»

Alí, en aquellas palabras, había dicho lo esencial. Lo había dicho con palabras muy sencillas, pues la Verdad no puede ser más que sencilla y común.

El credo del lavaplatos contiene todo lo que hay que saber sobre la resurrección inmediata, la realidad del Más allá, la certeza del reencuentro y la naturaleza de un Dios, único y universal, que los musulmanes invocan bajo el nombre de Alá el Misericordioso.

XIII.5 Roger: «Jeannine, mi compañera, que durante mucho tiempo sufrió una depresión nerviosa, acabó por suicidarse; hace diez años que partió voluntariamente. Después, a pesar de mi deseo, a pesar de mis llamadas, ningún mensaje, ninguna manifestación. Leo en “La premonición y nuestro destino”[3] que los desaparecidos pueden coger objetos para señalar su presencia o aparecérsenos en nuestros sueños. Pero yo no tengo nada de todo eso, no recibo nada. ¿Entonces?»

Entonces, yo le responderé que esperé dieciséis años para tener noticias de Geneviève, una amiga que, depresiva como Jeannine, también se había suicidado. Declaró por la boca del médium, que no me conocía en absoluto, que rechazaba su acto, que era la primera vez que veía un poco de luz y que percibía la fidelidad de mis sentimientos. Se quejaba de haber estado mucho tiempo en la soledad y la oscuridad, en un estado de expectativa sin esperanza. Me hizo algunas predicciones de las cuales la mayor parte están ya realizadas.

De igual modo, el escritor espiritista Léon Denis, autor de tantos buenos libros, que estaba bien situado para establecer lazos con el Más allá, no recibió mensajes de su padre más que al cabo de veinte años.

Debemos comprender que los fallecidos no pueden responder como atendemos a un amigo al teléfono. Existen las comunicaciones entre los dos mundos, pero no son tan fáciles, tan frecuentes como se cree o se querría. Se distinguen tres casos de imposibilidad: ciertos desaparecidos, muertos para la Tierra, rehúsan el contacto. Otros no consiguen comunicar debido a nuestro materialismo: «¡Qué difícil nos es perforar vuestras conchas!, se queja la joven Paqui en sus “Entretiens célestes”[4]. Otros, por último, no han recibido permiso de las Jerarquías superiores. Pero, de todos modos, queda el sueño, que nos permite verlos brevemente, y sería raro que Jeannine no trate de enviarle noticias. La ausencia no será definitiva. Continúe enviándole pensamientos de amor.

XIII.6 Gilberte: «Hace dos años y medio perdí a Christine, mi pequeña nuera. Ella tenía veinticinco años. Se tiró por la ventana de un séptimo piso.Tenía tres niños, dos de ellos con su marido. Yo recogí al bebé de dos años. Desearía saber si, ahora, es feliz en el otro mundo, porque sobre la Tierra fue muy exigida, y mi hijo algo tuvo que ver.

Desde su muerte, se han producido muchos fenómenos aquí, en mi casa: los cuadros se descuelgan, la televisión se enciende sin que nadie la toque, el armario se abre solo, el sofá se gira hacia la ventana, como si mirase hacia afuera. Esto cruje por todas partes, pero yo no tengo miedo. Tengo en mi armario diversos objetos que le pertenecían: cinturón, bata, bolsa de mano, portamonedas. Pienso mucho en Christine, la quiero y rezo por ella.»

El hecho de que no tenga miedo prueba que todas las manifestaciones son benéficas. Christine se dirige a usted y le envía señales, muestras de su presencia. Ella siente su amor y le responde.Está agradecida por los cuidados con que rodea al niño que usted adoptó. Está alrededor de él, sobre todo durante sus ausencias. Háblele de su madre, eso hará bien a los dos. De momento, ella lamenta su gesto, por eso está continuamente en su apartamento y multiplica las manifestaciones. Al cabo de un cierto tiempo, se volverán más escasas. Eso significa que ya no está inquieta, habiendo encontrado por fin el sosiego.

XIII.7 Gisèle: «Estaba viendo la tele cuando de pronto levanto los ojos y percibo una cabeza cuatro o cinco veces mayor que lo normal. Era triste y hacía muecas; planeaba en el vacío entre la tele y el techo. Me quedé angustiada.

Una semana después, estaba escribiendo y volví a ver una cabeza, más pequeña que la primera vez. ¿Era mi padre? Ocho días después, fueron cuatro cabezas diferentes, de desconocidos. Además, pasados tres días, tres cabezas más. Las manifestaciones se producían por la tarde, entre las ocho y media y las 12 de la noche. Debo decir que estuve al borde de la desesperación. En 1985, un inspector de policía vino a comunicarme que mi hijo de diecinueve años se había suicidado pegándose un tiro en el oído a las 8 de la tarde. Desde entonces, trato de sobrevivir, pero me siento casi muerto y no tengo el coraje de continuar mi camino… porque mi hijo se quedó allá, a 1350 kilómetros. Hago adornar con flores su tumba, pero me gustaría hacerle traer. Financieramente no puedo.»

Las cabezas, que aparecen con una expresión de abatimiento, vienen de las primeras zonas del astral, donde los espíritus están todavía perturbados; lo que me asombra, es que sean más grandes que al natural. Le corresponde ver si reconoce entre ellas a su padre o a su hijo. En lo concerniente a lo último, comprendo que los gastos sean considerables y que dude antes ese desembolso. Pero, ¿es necesario? Su hijo no tiene necesidad de eso para venir a su lado en su cuerpo espiritual. Si allí su tumba está bien florida, es lo principal; pero no olvide que los cementerios están vacíos. No queda bajo tierra más que la envoltura carnal. Ese joven muchacho está bien vivo en el otro mundo. Lo que probaría que está acá, cerca de usted, es que las manifestaciones se producen a la hora de su suicidio. Así pues, él intenta comunicar, reconfortarla y hacerle sentir que lamenta haber causado tanta pena.

XIII.8 ¡Cuidado! Algunos espíritus maléficos os incitan al suicidio. Este es el ejemplo de Eliane: «Habiendo perdido a mi hermana, intenté la transcomunicación[5] con un sencillo magnetófono. Y lo conseguí. Ella me habla… mi alegría es enorme. Sin embargo, últimamente, una voz masculina desconocida se expresa así: “¡Eliane, te amo, reúnete conmigo aquí!”

Al día siguiente, lo mismo. Y dos días después… ¡No perdí la cabeza, pero todo igual…! Después, se superpuso la voz de mi hermana: “¡Ante todo, no escuches! Tú no estarás con nosotros, sino en un oscuro mundo exterior”. Me lo dijo varias veces, con dificultad, pero comprendí. Por otra parte, ¡yo no tengo ninguna intención de poner fin a mi vida actual! Pero ¿qué pensar de esa entidad, por lo menos peligrosa?»

Como se trata de transcomunicación, pedí a Monique Simonet que se lo aclare. Esta es su respuesta:

«Ese es el peligro de la transcomunicación, como de toda relación con el Más allá. Es poco frecuente, pero ocurre: una entidad maléfica interviene, os dice que vais a enfermar, que vais a morir, o gentilezas de ese estilo. Alguna vez (este sería el caso) os incita a atentar contra vosotros ¡prometiendo el oro y el moro!”

Según la totalidad de su carta, usted está sola y falta de afecto: esa entidad pulsa la cuerda sensible… Afortunadamente usted tiene “los pies sobre la tierra” y no se dejó alterar. A continuación, su hermana le ayuda a comprender: se trata de un difunto viviendo en un ambiente poco agradable a causa de su total falta de evolución. No se sorprenda: cuando entramos en el Astral, llegamos tal y como somos en la Tierra; es decir, con nuestras cualidades y nuestros defectos; no somos súbitamente ángeles, ¡eso queda lejos!. Para muchos seres debe pasar mucho tiempo antes de que mejoren. Ese difunto era maléfico. Siempre es así. En caso de necesidad, cese de grabar durante algún tiempo. Y protéjase con el pensamiento positivo y la oración. Si mantiene la cabeza lúcida y fría no habrá ningún peligro.

XIII.9 Antoinette: «Mi hijo Yvon está obsesionado con la muerte. Hizo ya dos tentativas de suicidio: la primera vez a la edad de doce años, tomando una dosis masiva de medicamentos; en otra ocasión, un poco más tarde, colgándose de una viga. Las dos veces lo salvamos por los pelos.

Por otro lado, sueño periódicamente con una señora desconocida, con velo negro, vestida de negro y que llora… ¿Es un presagio? ¿Esa mujer en duelo, soy yo? Vivo en una continua angustia.»

Su carta me preocupa mucho y comprendo su inquietud respecto a su hijo. ¿Cómo es posible que haya perdido hasta ese punto el gusto de vivir? ¿Sentimiento de no haber encontrado su sitio? ¿Impresión de no ser suficientemente querido? ¿Lectura de obras pesimistas en la corriente del existencialismo ateo? ¿Habrá tenido entre sus manos ese libro criminal al que la prensa, la radio y la tele han hecho tanta publicidad?[6]

La dama de negro que llora, puede referirse a acontecimientos ya ocurridos, por ejemplo la falta de visitas a su madre o las tentativas de suicidio del joven muchacho que, en el otro mundo afligen a una persona de su familia. Es casi imposible saber si las visiones del sueño conciernen al presente o al pasado. Es un poco como para las predicciones. De otro modo, para proteger a Yvon, póngale ante el Orden Divino. Ofrézcaselo a Dios.»

XIII.10 Olga: «Después de la muerte de mi hijo, que se suicidó arrojándose desde un duodécimo piso (estaba depresivo), consulté a un médium para tener noticias. Debo decirle que era muy escéptica, pero ese hombre supo convencerme cuando pronunció una frase, en la cual ya no pensaba nada, que solo mi hijo y yo conocíamos. Preguntaba a ese médium:

– “¿Cuándo, a mi vez, yo parta, ¿reencontraré a mi muchacho?”

– “¡Con seguridad, señora, con seguridad!”

Sin embargo, algún tiempo después, al acabar una conferencia, hago la misma pregunta a una señora médium y me responde así: “¡Oh!, ¡sepa usted que eso no es seguro del todo! Algunas veces, dicen eso para consolar a las personas que acaban de perder un hijo. Yo misma, lo he llegado a decir”.

Me fui de allí abatida, desesperada. ¿Quién tiene razón? ¿A quién hay que creer?. Todas mis certezas están en entredicho.»

El que tiene razón, al que debe creer, es, evidentemente, el primer médium que la recibió a solas, en la calma de su gabinete de consulta, sin las interferencias que se producen en un lugar público. Él estaba en contacto real con su hijo, puesto que pudo aportarle los propósitos que el joven tuvo en su vida y que usted sola conocía. Por otra parte, no se podrá objetar que las ha leído en su mental, ya que usted no pensaba en absoluto en esa frase famosa. En cuanto al segundo médium, me hace pensar en los comerciantes que, cuando no tienen un artículo que se le pide, responden: «Eso ya no se fabrica.»

XIII.11 Marga: «En las exequias de Pierre Bérégovoy, su hija leyó un bonito texto del cual no puedo acordarme más que del final: “Justo en el momento en que alguien cerca de mí dice: Se ha ido, otros, viéndole llegar, exclaman con alegría: ¡Aquí está!” Cito de memoria. ¿Quién es el autor de estas líneas?.»

– Es el místico inglés William Blake, que estaba en relación constante con el mundo invisible. Este es el poema tan rico de sentido y bello de forma:

«Estoy de pie al borde de la playa,
un velero pasa en la brisa de la mañana y parte hacia el océano.
Es bello, es la vida. Yo lo miro hasta que desaparece en el horizonte.
Alguien a mi lado dice:
“¡Se ha ido!”
¿Ido? ¿En qué dirección?
Desaparecido de mi vista, eso es todo…
Su mástil es siempre igual de alto, su casco tiene siempre la fuerza de llevar su carga humana. Su desaparición total de mi vista ocurre en mí, no en él.
Y en ese mismo momento en que alguien cerca de mí dice: “Se ha ido”, hay otros que, viéndolo despuntar por el horizonte y venir hacia ellos, exclaman con alegría: “¡Helo aquí!”…»

Eso es la muerte.

XIII.12 Emilia: «Mi hermano Paul se ahorcó en el mes de marzo. No tenía ganas de vivir desde que su mujer falleció de una muy grave enfermedad en el último junio. No pudo nunca recuperarse de eso y me dejó a su niño de dos años, que me considera como su madre. Me gustaría sabe si Paul pudo reunirse con ella. ¿Está él con nosotros? Yo no quisiera que permanezca en la oscuridad. Rezo igualmente por los dos. No duermo ya. ¡Me gustaría tanto seguirles! Estábamos muy unidos. Me pregunto qué hago sobre la tierra.»

El suicidio no es el mejor medio de reunirnos con nuestros desaparecidos. Más bien al contrario, nos separa de ellos, á veces por mucho tiempo. Si su hermano hubiese estado al corriente de las realidades del Más allá, no habría cometido ese terrible acto. Usted tiene razón rezando intensamente por él y por su mujer, con el fin de que estén juntos. En cuanto a usted, sobre todo no tome el camino que él siguió. Tiene que educar a un niño al que le es absolutamente necesaria. ¿Qué sería de él sin usted? ¿Y usted, qué sería sin él?

XIII.13 Célia: «Usted habla mucho de mensajes que bajan del Cielo hacia la Tierra, pero podemos ¿imaginar lo inverso, es decir, los textos subiendo del Acá hacia el Más allá?»

No es necesario imaginarlo, eso existe. Ahí van las soberbias líneas que Mado Maurin dirige a su hijo, Patrick Dewaere:

“Si todo es gracia, yo también creo que todo es mensaje, señal, si se quiere estar sobre aviso y a la escucha de esta voz interior que cada uno llama de manera diferente pero que es, para mí, el soplo del Espíritu.

Es seguramente por lo que tengo a veces la necesidad de escribir los pensamientos que me llegan: son como el mensaje permanente del Amor de Otro, prueba viva de la existencia de este Creador, inexplicable y contestado, que se expresa en el secreto de nuestro cuerpo, de nuestra alma.

Aceptar la muerte del hijo es traerle al mundo una segunda vez. Nuestra rebelión es la sola sombra que todavía puede alcanzarle en esa patria donde nos encontraremos.

La muerte no es un castigo. Es lo absolutamente normal de nuestra historia de amor con Dios.

Lo que me es más difícil, es que mi hijo ha cortado voluntariamente el hilo de su vida, y es lo que me tendrá de rodillas delante del Señor hasta nuestro reencuentro, totalmente confiado en la Misericordia divina[7]

XIII.14 Marie-France: «El Más allá evoca en nosotros esperanza y paz, luz y felicidad. ¿Pero qué les espera a las personas que se suicidan? Hace algunos meses, mi hermana pequeña decidió abandonarnos… sin una palabra de explicación, dejándonos desamparados, desesperados, frente a su súbita desaparición. ¿Ha encontrado ella en esos Lugares de los que usted habla, el amor, la comprensión que nosotros no le hemos sabido dar? ¿Qué podemos hacer mis padres y yo para su felicidad? Espero que no esté sola, abandonada en la oscuridad y el frío.»

Todo depende de las condiciones en las cuales se operó el suicidio. Algunas veces, los seres eligen darse la muerte porque su entorno les ha hecho la vida imposible. Yo no pienso que sea este el caso de su familia. Si ustedes no hicieron nada para incitar a cometer lo irreparable, cesen de culpabilizarse. En algunos casos, puede producirse lo que yo llamaría un suicidio pasivo, el desdichado, no atreviéndose o no pudiendo matarse, se refugia en la enfermedad y se deja morir poco a poco.

Tienen excusa todos los que partieron voluntariamente por las siguientes razones: afecciones incurables, sufrimientos intolerables, depresión nerviosa, dificultades materiales imposibles de superar. Serán acogidos con indulgencia y bondad en un mundo donde conocen la verdadera naturaleza de los pensamientos y de los actos. El Más allá no tiene la aspereza, la crueldad, la intransigencia de la Tierra. ¿Qué pueden ustedes hacer por su hermana pequeña? Hablar de ella como una viva, rezar por ella, hasta si usted es atea, poner flores ante su retrato y enviarle pensamientos de amor.

[1]El autor se refiere al siglo XX, pues este libro se publicó en 1999 (NdT).

[2]Sin hablar del libro criminal que proporciona al suicida todas las recetas para no fracasar.

[3]Libro escrito por Jean Prieur. Editado también en español

[4] Disponible en “Aquí-allá”

[5]Comunicación con espíritus del Más allá mediante instrumentos eléctricos (magnetófonos, televisores, etc) (NdT)

[6] Se refiere a un libro sobre formas eficaces para suicidarse (NdT)

[7]«Parce que c’est vrai», Mame édition

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