Es muy frecuente escuchar el argumento de que los animales ni piensan ni sienten y en consecuencia quedan justificadas las salvajadas que con ellos se cometan. Enumero algunas fiestas populares: tirar una cabra desde un campanario, poner bolas de fuego en los cuernos de un toro, arrancar el cuello de un ave desde un caballo a la carrera, soltar un toro por las calles del pueblo e inflarlo a palos …

Tampoco nos extrañaría la escena siguiente, que podría darse en un pequeño grupo de un bar cualquiera mientras se charla amigablemente:

– un contertulio saca a relucir eso de que, a lo mejor, hay animales en el Paraíso. Varios le miran como diciendo: “¡Qué me cuentas! ¿Otra vida para los animales? ¡Tú estás loco!. No me digas que allí voy a encontrar liebres, perdices o lobos. ¡Y yo sin escopeta!”

– otro argumentaría: “Los animales no sienten. Bueno, a mi perro sólo le falta hablar. Es de cariñoso…. La que se lió en casa cuando se nos murió el gato, mi mujer llorando, mis hijos lo mismo. A mí hasta se me puso un nudo en la garganta y me volví para que no me vieran limpiarme las lágrimas.”

Por otra parte, desde la teología, el discurso de un reino animal sin hueco en el Más allá, parece que cuenta con muchos seguidores. Si por aquí pasa algún teólogo de esa ideología le invitamos a un rato de lectura que no será una pérdida de tiempo. Le sentará como un soplo de aire fresco.

Hoy Jean Prieur trae a la palestra una serie de emocionantes casos que, con sólido argumentario, nos acercan al mundo animal, tan querido, tan entrañable. ¿Qué nos dirá hoy del Más allá y los animales?

¡Buen día!

CAPÍTULO XII – LOS ANIMALES Y LA OTRA VIDA

La mayor parte de las religiones del pasado y del presente han creído en la existencia del alma de las bestias. Solo el judeo-cristianismo es excepción, a pesar de un versículo de los más claros: «Dios tiene en su mano el alma de todo viviente y el espíritu de todo hombre» (Job 12,10)

No obstante, el catolicismo comienza a percatarse del valor espiritual de esos seres vivientes muy a menudo menospreciados. Dos prelados, el uno americano y el otro italiano, les admiten en sus iglesias y les bendicen. Esta evolución alentadora va de la mano del admirable trabajo logrado por las sociedades protectoras de animales.

Si la existencia de nuestros hermanos denominados inferiores ha sido y permanece tan precaria es porque denegándoles un alma se permitía, de un golpe, tratarlos como bienes muebles, como cosas con las cuales se podría permitir todo. Sin embargo, esas pequeñas almas, capaces de gran amor, no piensan más que reunirse con la nuestra mediante los lazos del reconocimiento y de la fidelidad, en toda la gama de los sentimientos y de las pasiones. Ellos nos acompañan en este mundo y los reencontraremos en el otro.

Para probar el alma de los animales yo no multiplicaría los argumentos fisiológicos o filosóficos, no alegaría ningún texto, aunque fuese sagrado. Diría simplemente a los que dudan (y también a los que están a punto de torturarlos): «¡Mirad al fondo de sus ojos!»

Y parafrasearía a Baudelaire: «Sus ojos, sus grandes ojos de las claridades eternas.»

¡Ah, su mirada! ¡su buena y fiel mirada! Unas veces burbujeando malicia e inteligencia, otras grave y melancólica. Sin olvidar la mirada aterrorizada de ese mono y de su pequeño que, en el fondo de la jaula donde se abrazan el uno contra el otro, ven llegar al vivisector.

Siendo tan próximos al hombre por su fisiología y afectividad, los mamíferos lo son también por sus dones psíquicos. Excelentes médiums, tienen telepatía con nosotros, ven a nuestros desaparecidos, tienen premoniciones, perciben los sucesos a distancia. Después de su muerte pueden manifestarse y regresar, en su cuerpo sutil, a los lugares donde vivieron. En general son más aptos que los humanos para la vida en el astral. Allí al menos están tranquilos, ya no están sujetos a un trabajo extenuante ni son acosados, cazados, pegados o martirizados.

XII.1 Felicia propone tres preguntas esenciales:

«¿Los animales tienen alma?

¿Ese alma sobrevive?

¿Hago bien al rezar por mi pequeño cocker[1] que acaba de morir?»

Con seguridad respondo sí a sus tres preguntas.

– Sí, los animales tienen un alma.

– Sí, ese alma continúa viviendo en el Más allá.

– Sí, hace bien rezando por su cocker, que la esperará pacientemente, como lo hacía hasta que regresaba del trabajo.

El alma de los animales superiores ¡es una evidencia! Lo leemos en sus magníficos ojos, ya se trate de animales domésticos o de los llamados salvajes (en realidad, no existe más que un único animal salvaje). Lo que me impresiona en todas esas fotos de animales publicadas en las revistas que les son dedicadas es su aire serio, tranquilo y pensativo. La fotografía ha contribuido a revelar completamente el alma animal.

XII.2 Roberto: «¿Existen los fantasmas de los animales? Si sí,¿usted lo cree? ¿los ha visto?»

Lo creo porque he visto uno, o más bien una. El 2 octubre de 1995 cené en casa de mi amiga Jacqueline, que acababa de perder a Nollette, una dulce gata tricolor (o Isabelle[2]), a la que le sostuve su pata durante su agonía el 23 de agosto anterior. La aparición tuvo lugar en una sala brillantemente alumbrada, en el curso de una feliz comida. De repente, como si saliera de los pies de mi silla, veo pasar a la pequeña gata. La llamo «¡Nollette!» Ella continúa su camino, con ese aire indiferente que tienen a menudo los fantasmas. No giró la cabeza y desapareció en la entrada. La gata resucitada no tiene nada de borroso, nada de transparente; contrariamente a lo que yo creía no se puede ver a su través. Presenta todos los caracteres de la realidad más objetiva y la reconocí por su pelaje sedoso.

El día de Navidad de 1997 converso con Jacqueline sobre un amigo común, Gilbert, que, estando en las últimas, acaba de suicidarse. Mientras hablamos, el gato Mascotte no cesa de mirar fijamente al techo. De pronto, casi se pone en pie y con las patas anteriores encorvadas comienza a jugar con una pelota de lana invisible atada a un hilo que alguien sujetaría desde arriba.

XII.3 Marie-Ange estaba a punto de asearse en el cuarto de baño cuando, de pronto, llaman con fuerza a la puerta:

«Eran las siete y media de la mañana. Abrí rápidamente: no había nadie. Repasé mentalmente: mi marido no se había levantado aún, mi hijo de nueve años desayunaba en el salón. En cuanto al más pequeño, dormía a pierna suelta.

Habiendo perdido dos hermanas, me pregunto si no será una de ellas que trate de manifestarse, pues no es la primera vez que este fenómeno se produce. Por la tarde, cuando estoy ante la tele, el perro se endereza, ladra y mira a su alrededor, como si siguiera a una presencia invisible.

Pruebo a calmarle, pero su mirada está fija sobre alguna cosa que yo no veo. ¿Es cierto que los animales pueden ver a los difuntos?»

Con seguridad, y es una cosa extraordinaria, atestiguada desde siempre. Personalmente, conozco muchos casos que confirman el suyo. Sí, nuestros animales de compañía, gatos y perros, son médiums de forma natural y por ellos sabemos si una aparición es real o no: ellos no engañan, no fabulan. Se debe observar bien su actitud: si están contentos es que un espíritu conocido de ellos se manifiesta. Creo, pues, que una de sus hermanas o las dos le han hecho una visita. Son ellas también quienes han golpeado la puerta del cuarto de baño para darle una prueba de presencia. Es como si dijesen: «Mira, estamos allí, no nos olvidamos, pensamos en ti.»

XII.4 Germaine no tuvo la suerte de percibir a su amigo, pero es su gato el que vio al difunto. Solitario, desdichado, este hombre se había suicidado:

«En los días precedentes a su muerte -escribe ella- sentí en el fondo de mí que hacía falta que fuera a su cabecera. No lo hice y lo siento. Cuando adolescentes, hemos tenido momentos maravillosos, pero yo no respondí nunca a su amor, no podía darle más que mi amistad. »

La tarde de su entierro, el gato tuvo un comportamiento curioso: maullaba con la cabeza dirigida al techo. Pensé que veía el espíritu de mi amigo. Algunas tardes le hablo, le echo de menos y tengo la impresión de presentir su presencia en el fondo de mí. ¿Puede él escucharme?»

– Ha estado acertada al observar y señalar el comportamiento de su gato. Los animales son auténticos médiums porque tienen un «alma» donde domina el amor, porque son seres de pasión, sentimientos y sensibilidad. En mi libro “El alma de los animales” doy numerosos ejemplos de perros, gatos e incluso caballos que han visto seres de la otra vida. Su actitud puede ser de espanto, o de alegría.

De espanto si la aparición es maléfica. En ese caso, su pelo se eriza, gruñen y van a esconderse bajo un mueble.

Alegría, si han conocido a la persona y esa persona emite vibraciones de amor. En ese momento hacen fiesta como si hubiese regresado físicamente.

Añado que los animales fallecidos pueden aparecérsenos en un sueño, lo mismo que los espíritus. Su alma continúa viviendo, pues Dios no permite que se extinga una sola chispa de su amor. Ellos nos esperan en el umbral que separa los dos mundos.

Encontrarse mentalmente con un desaparecido no es dar señales de desequilibrio. Por otra parte, la felicidad que usted sintió es una buena prueba de que su amigo estaba allí.

XII.5 Rolande: «Mi gato, a la edad de trece años, acaba de morir. Poco tiempo antes de su última hora me vi obligada a ausentarme. Cuando regresé estaba tendido sobre su silla, la cabeza colgando en el vacío. Me acerqué hablándole afectuosamente, y tomé su cabeza entre mis manos. Entonces, me miró fijamente y dio su último suspiro. Me había esperado para morir.»

He leído en más de un escritor célebre esta estupidez monumental: «Los animales no tiene percepción de la muerte. No presienten su proximidad.» ¡Los que sostienen esto vayan pues a dar un paseo junto a los mataderos!

El gato del que usted habla sabía que su hora había llegado y él, voluntaria y conscientemente, retuvo un ligero soplo de vida para morir entre sus brazos, después de su regreso.

El viejo Homero (siempre de actualidad, joven como siempre) cuenta una historia parecida. Después de diez años de vagabundeo, Ulises, disfrazado de mendigo, regresa a su palacio. Nadie le reconocía, ni su esposa, ni sus hijos, ni sus servidores. Solo Argos, un viejo perro que él ha criado, le percibe de lejos y, para mostrar su alegría, agita frenéticamente la cola. Pero está agonizando y no puede acercarse a su maestro. Muere, feliz de haberle vuelto a ver y haber guardado un soplo de vida hasta su regreso. Entonces una diosa (entiéndase una entidad superior) desciende para recoger su alma. Hace ya veinticuatro siglos, el alma y la espiritualidad animales eran considerados como evidentes. Decididamente, el progreso no concierne más que a los medios de transporte y comunicación.

XII.6 Bérengère: «¿Existe un karma para los animales?»

No, puesto que ellos no tienen nada que pagar.

No, puesto que no son culpables, y, por otra parte, son los únicos. Su crueldad (su inocente crueldad, osaría yo decir) les es dictada por la necesidad de alimentarse, y no, como es el caso del hombre, por el placer (tauromaquia, peleas de gallos), por el interés (vivisección, experiencias llamadas científicas, comercio de la piel) o para sus devociones (religiones con sacrificios).

Ciertamente, se observan en sus destinos la misma injusticia que en los destinos humanos, pero en general no permanecen mucho tiempo sobre la Tierra que, después de la aparición del hombre, es para ellos un infierno. Acceden rápidamente a las esferas del Más allá, donde están seguros de no ser cazados, acosados y atormentados. Por último, allí, son plenamente felices, sea porque han reencontrado a los humanos que ellos amaban, sea porque esperan su reencuentro con la misma paciencia que antaño.

XII.7 Francesca: «Acabo de leer en un libro piadoso que, según la mayor parte de los teólogos, el Paraíso, que llaman también Nueva Tierra, será sin animales. Encuentroesto escandaloso, desesperante, espantoso.»

Si eso fuera verdad, yo también estaría desesperado y escandalizado y dudaría de la justicia y de la bondad de un Dios que negara a la inmensa mayoría de sus criaturas la paz que tan bien se han ganado. En cuanto a los doctos en cuestión, son lógicos dentro del error, que proviene de «santo» Tomás de Aquino. Puesto que, según ellos, las bestias no tienen alma, ese alma que les niegan no sabría sobrevivir. Recordemos que, en tiempos lejanos, han negado sucesivamente un alma a las mujeres, a los negros, a los indios de América. ¡Qué triste sería un paraíso sin animales, un paraíso de la Triste Figura, donde no se verían más que papas, obispos, monjas y santos debidamente certificados! ¿Ningún animal en el Paraíso? ¡Lo que se van a aburrir!

Quisiera recordar al autor de esa obra piadosa que, según la Biblia a la cual él se refiere, si bien el hombre fue expulsado del Paraíso terrestre, las buenas bestias, quedaron allí, y esperan acceder al Paraíso celeste, que les indemnizará de sus sufrimientos.

Ese Paraíso celeste Isaías, en su éxtasis, lo ve bajo la forma de una montaña inmensa donde los niños y animales jóvenes retozan en una naturaleza reconciliada, transfigurada:

«El lobo habitará con el cordero, y la pantera se acostará con el cabrito. El ternero, el cachorro de león y el ganado pacerán juntos y un niño pequeño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán juntas y sus crías tendrán una misma morada. El león comerá paja lo mismo que el buey. El niño de pecho jugará en el agujero del áspid y el recién destetado meterá su mano en la madriguera del basilisco. No se harán, dijo Dios, daño ni estragos en toda mi Montaña santa» (Isaías XI, 6-9).

Yo mismo recibí estas palabras fundamentales: «Un Paraíso sin animales no sería el Paraíso.»

XII.8 Claudette: «Leí su libro “El alma de los animales” y me gustó mucho; desde siempre supe que tienen un alma y que sobreviven. Me vuelvo a ver, niña feliz de 9 años, frente al viejo archipreste de Ussel, desarrollando mis argumentos en las clases de catequesis. Desde entonces creo y afirmo que los animales tienen un alma y sus bellos y leales ojos pueden entrever ya una realidad que nos es ocultada.»

Como usted, yo siempre he sido herido por la mirada profunda, pensativa, y a menudo triste de los mamíferos superiores. Hoy, las intuiciones de la pequeña niña de Ussel están plenamente confirmadas. Su hijo Abel encontró en el Más allá todas las pequeñas almas que habían alegrado su infancia. La familia animal se reúne poco a poco a su alrededor. El último llegado es el gato Charlot.

XII.9 Mady: «En el año 1985 nos mudamos a una gran casa del siglo pasado. Al principio, nuestro Micky, curioso como todos los gatos, hizo el recorrido del propietario, explorando los armarios y los diversos rincones. En el desván había una pequeña habitación en la que no quiso entrar; se paró ante el umbral, olfateó, bufó y volvió a bajar gruñendo.

Un mes después, un fuego se iniciaba en esa habitación y el incendio fue, afortunadamente, controlado. Es entonces cuando mis dos hijos mayores me reconocen que habían visto en sueños, cada uno por su lado, salir las llamas del desván.

Yo les pregunté, bastante disgustada: “¿Por qué no lo habían dicho antes?” y ellos me respondieron a coro: “Teníamos miedo de que te rieras de nosotros.”

¿Hay que concluir que todo está escrito, que todo es fatalidad?»

Veamos las cosas de otra manera; existía en esa pequeña habitación un peligro de incendio, acaso debido a una instalación anticuada. Micky, médium como todos los gatos y muchos animales, presentía el peligro, pero él no podía hacerlo saber. Entonces fue cuando un espíritu ligado a su familia se dirigió a sus hijos. Pero ellos no comprendieron la advertencia y, sobre todo, tuvieron miedo de sus ironías. El escepticismo es un boomerang que se vuelve contra el escéptico.

Esas imágenes, clichés que se nos muestran en el sueño, no significan siempre “esto va a pasar”, pero corre el peligro de ocurrir si usted no tiene cuidado con ello. Es lo que se llama la profecía condicional.

Usted habría podido descartar la fatalidad si sus hijos hubieran hablado y usted hubiese creído en ese sueño. Ellos recibieron una manifestación importante. Los dobles sueños son muy raros.

XII.10 Jacotte: «Después de la muerte de mi perrito usted es el único que me ha aconsejado repetir con otro de la misma raza, diciéndome que él atraería al desaparecido y que los dos, el difunto y el encarnado, harían buenas migas. Seguí su consejo, ya está realizado, pero curiosamente no he tenido un sueño concerniente al desaparecido. Quizás los somníferos impidan recordarlo. Poco después encontré el medio de comunicar con él. Creo que es mi padre (fallecido) quien me indicó el medio. Él era médico radiestesista y yo me ejercito con su péndulo. Hago preguntas sencillas y eso responde con sí o no. Pregunto cada día y muchas veces. A menudo está, aunque acaba por ausentarse varias horas. Sea como sea, este medio me ha permitido echar a la basura los calmantes y otros antidepresivos. ¿Tiene usted conocimiento de otras experiencias de este tipo?»

Yo mismo, en mi juventud, practiqué algún tiempo el péndulo, para darme cuenta pronto de que dialogaba, no con el Más allá, sino con mi inconsciente. Las respuestas que obtenía reflejaban tanto mis deseos profundos cuanto mis temores. Y que, claro, yo proponía preguntas sobre el futuro. La predicción se realizaba según un 50% de probabilidades y habría obtenido los mismos resultados a cara o cruz. De todos modos, no practiqué varias veces cada día como hace usted. ¡Cuidado!

En lo que concierne a los vínculos espirituales con un alma animal se necesita saber qué necesidad tiene ella de relación con un alma humana, en este caso su padre. Las fieras amantes y amadas, ya sea en el otro mundo o sobre la Tierra, no poseen el lenguaje articulado, pero comunican con nosotros por telepatía; eso hace que sean en realidad políglotas.

Observé que todas las personas que toman somníferos se quejan de no tener sueños, o en todo caso de no recordarlos. Respecto a usted, abandonando los comprimidos tuvo una buena reacción.

XII.11 Mathias: «Hicimos enterrar a nuestro perro, un pastor alemán, en el cementerio de Asnières. Como vivimos en Beauvois, vamos allí una vez por año. La última vez hicimos una foto de su tumba y al revelarla mi mujer y yo tuvimos la sorpresa de constatar que en ella, en sobreimpresión en blanco (cuando vivía era de color rubio), estaba nuestro Wolf, con las patas juntas, las orejas bien tiesas, como si esperase. Eso no es todo: a su lado, había un personaje desconocido, un hombre que no pudimos nunca identificar.»

Los aparatos fotográficos reservan muchas sorpresas. Yo no creo que Wolf pase su nueva vida junto a su tumba, pero sí vino para reencontarlos. El detalle del personaje desconocido es particularmente interesante, pues prueba que no se trata de una proyección de su mental sobre la película fotográfica, aunque no estaría tan mal… Es pues un Wolf bien personalizado, vivo en su cuerpo sutil, que se reunió con ustedes en el cementerio de Asnières.

El hecho de que Wolf se haya vuelto blanco en el otro mundo parece indicar que ha recorrido en las esferas animales una evolución ascendente. Yo constaté el mismo fenómeno para mi perra Mascotte, que era todo amor y toda inocencia. Cuarenta años después de su muerte, la veo en sueños, blanca, aunque ella era rubia como los pastores alemanes.

XII.12 Apolline: «Algunos días antes de la muerte de mi madre, una mariposa apareció en mi dormitorio. No logrando dormir, la cacé. El 18 de agosto, día de mi aniversario, salimos hacia la Martinica. Era muy duro regresar en esas condiciones. Cuando entré en el dormitorio de la difunta había el mismo género de mariposa que revoloteaba en la habitación. Después supe que era una “mariposa del duelo”. La madre de mi madre está todavía en este mundo; sin embargo, desde hace algún tiempo, mi hermana no cesa de soñar la muerte de nuestra abuela. Y en su apartamento de Argenteuil el perro del piso de encima no para de ladrar a la Luna. ¿Es el anuncio de una próxima partida al Más allá? »

No, ¡nada de nada! No vea en eso ningún presagio. Hay mucha gente que tiene la detestable costumbre de dejar un perro encerrado y solo toda la jornada. Como esos animales no soportan ni el aburrimiento ni la soledad, se ponen a ladrar a la Luna, que es su manera de llorar. Si ocurriera una defunción sería pura coincidencia. Al contrario, en “El alma de los animales” cité el caso de nuestra perra que, libre en su jardín, se puso de pronto a ladrar a la Luna, lo que nunca le había ocurrido. El hecho se producía a las cinco de la tarde y a la misma hora, el mismo día, mi pequeño ahijado, con el que ella nunca había coincidido, exhalaba su último suspiro… a 500 kilómetros de allí.

La mariposa del duelo era en cambio un presagio. Hizo bien en no matarla. Un espíritu bondadoso del Más allá la había teleguiado dos veces hacia usted: esa mariposa del duelo era una señal de amor.

marposaduelo

[1]Raza de perro originaria de Gales (NdT)

[2]En Francia se designa con “Isabelle” a una gata que tiene pelo de tres colores. (NdT)

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