A los 26 años, en el curso de una  intervención quirúrgica, Nicole Dron sufrió una parada cardorespiratoria y durante la misma experimentó lo que ella define como “lo más valioso de mi vida“.

El testimonio que Nicole ofreció de esta experiencia durante la reunión de Martigues es realmente impresionante. No por el relato de los acontecimientos, que no existe, sino por la clara exposición de sus sensaciones vividas y la sinceridad que brota de sus palabras. No hay otra cosa en él que un deseo profundo de compartir su experiencia como algo revelador, como una cortina que se descorre y nos deja ver el más bello paisaje que nunca imaginamos que existiera.

“Comprendí que yo era eterna, que había vivido siempre y viviría para siempre …”

“Yo era el otro, siendo yo misma …”

“Todo sucedía al mismo tiempo … el tiempo era solo la distancia que me separaba de mi misma …”

“Solo se me hicieron dos preguntas: ¿cómo has amado? y ¿qué has hecho por los demás?”

“Esta experiencia se la deseo a todo el mundo, porque al saber que la vida, la conciencia, sobrevive a la muerte, la vida adquiere sentido”.

Cuando alguien ha vivido una experiencia como esta no cabe duda de que esa cortina se abre y se recibe la luz. Una luz que, en palabras de la propia Nicole, “es al mismo tiempo amor y vida, pero también el conocimiento total”.

¡Buen día!

TESTIMONIO DE NICOLE DRON

nicoledronOs doy gracias por estar aquí y me siento muy feliz de estar entre vosotros. Me gustaría hablaros del balance de mi vida. Me han pedido que os hable de ese momento de mi experiencia que constituye el balance de mi vida.

Pero antes y para comprender bien lo que va a seguir, me gustaría hablaros, aunque muy brevemente, de la naturaleza de la luz, porque si no hablo de la naturaleza de la luz no se puede comprender lo que sucedió después.

Cuando entré en la luz, viví el momento más hermoso de mi vida. Entré en el amor, pero un amor puro, un inmenso amor, que llena, que restablece complemente a un individuo. Quedó marcado, es algo indeleble, que nunca luego se puede olvidar.

Comprendí que era eterna, que había vivido siempre y que viviría siempre. Estaba en una paz infinita. Había abandonado todas mis miserias humanas. Yo era el amor y era la vida, y sé que la naturaleza de la luz, lo sé profundamente, es al mismo tiempo el amor y la vida, pero también el conocimiento total.

Es la conciencia que, para mí, es la comprensión del conocimiento. En esta luz, en este conocimiento, me instruían sobre la naturaleza de Dios. Me decían que Él era la fuerza, el movimiento y la vida. Me instruyeron sobre los ciclos de la humanidad. Me decían también que la vida estaba por todas partes en el universo, que en 1968 estábamos en aquella época –y estamos ahora también– en el cruce de caminos. Es decir, que teníamos una gran tecnología pero, desgraciadamente, no mucha conciencia acompañando a esta tecnología. Y me mostraban todo lo que corría el riesgo de suceder si no cambiábamos. Pero yo soy muy positiva, porque el “si” es muy determinante. Me instruían también sobre todo lo que existe, también sobre la naturaleza del alma, sobre lo que yo era, y aquí es donde llegamos al balance de la vida.

Recuerdo que en un determinado momento, vino hacia mí un ser. Un ser que cada uno de nosotros encontrará cuando realice el gran viaje y puedo deciros que es algo indecible. Un ser que me hizo dos preguntas muy sencillas: “¿Cómo has amado?”, y “¿Qué has hecho por los demás?” Oh, es muy sencillo, pero insondable al mismo tiempo.

Y al mismo tiempo que me preguntaban esto, yo tenía una visión, por supuesto simbólica, de toda la humanidad, de millones, incluso de miles de millones de personas que tenían los brazos levantados hacia el cielo y que imploraban… Y yo sabía que eran los brazos de todas las personas en la tierra que, en un momento u otro, sufrían en su corazón o en su cuerpo. Y ¿qué había hecho yo por ellos…? Pues bien, nada en particular, y al mismo tiempo tomaba conciencia de que estas dos pequeñas frases tan sencillas, eran extrañamente exigentes. Comprendía que era necesario que yo liberara la vida en mí. Era necesario que emprendiese todo un proceso de extracción de lo mejor de mí mismo, de crecimiento, para librarme de todas mis miserias humanas. Cuando digo miserias humanas pongo dentro los deseos, las pasiones, los egoísmos, los celos, etc. Uno no se da cuenta de esto, pero es peor que una prisión; eso nos cierra a todo.

Era necesario que yo libere la vida en mí, en todo lo que estaba en torno a mí, humanos, la naturaleza, etc. Es algo extraordinario hacer crecer la vida. Es tal vez la cosa más hermosa que se nos pide en la Tierra.

Al mismo tiempo, porque todo sucede al mismo tiempo –es difícil explicar esto–, volvía a ver mi vida desde que nací hace 26 años. Era muy raro, porque siendo una sola persona, yo era dos al mismo tiempo. Al menos tenía esta impresión. Era yo misma con mis cualidades y mis defectos, reviviendo cada situación de mi vida, cada emoción, cada momento olvidado, cada pensamiento que estaba en el origen de todos mis actos, y era algo extraordinario. Revivía las cosas grandes y las pequeñas cosas, los pequeños placeres que había tenido. Cuando había hecho algo bueno, me encontraba en el corazón de la persona a quien había hecho bien. Porque lo que es extraordinario, es que mientras uno es él mismo está en el Uno; el otro lado es “Uno”, y se tiene esa posibilidad, no sé si por ósmosis, de ser al mismo tiempo el otro. Y por tanto, lo que yo había hecho…, era el otro y era yo el que recibía lo que había hecho. Si había hecho algo bueno, estaba feliz, y si había hecho mal, y desgraciadamente lo había hecho, sufría por el sufrimiento del otro, y esto es también una lección sagrada.

Y yo era el otro siendo yo misma, es decir la parte de mí…, por supuesto las religiones dirán el alma, los que trabajan en la psicología dirán el sí mismo… Yo digo qué importa la palabra, lo más importante es lo que hay detrás. Es decir la parte perfecta, entre comillas, de mí misma. La parte, toda sabiduría y todo amor, que era capaz de valorar mi vida con relación a lo que ella habría sido si siempre hubiera vivido en el amor y en la sabiduría. Cuando entré en la luz…, es por lo que he hablado hace poco de la luz, yo era amada tal como era. No había condición para el amor. Lo propio del amor es amar. Yo era tan amada que estaba llena y restablecida. Cuando hice el balance de mi vida, era la parte más hermosa de mí la que evaluaba mi vida con relación a lo que ella debería haber sido si yo siempre hubiera vivido en el interior. Hay una especie de justicia, pero es una justicia normal. No hay nada malsano en el interior. Es un poco como la ley de efecto y de reacción simplemente (causa/efecto, acción/reacción, ndr). Recuerdo también, en un determinado momento de mi existencia, haber estado de plano en plano.

Fui a una ciudad de luz, de oro y de piedras preciosas, y volví a vivir una vez más mi vida, y vi también de ella otras particularidades. Y sobre todo, me mostraron lo que me sucedería entre el momento en que volviera a mi cuerpo y el momento en que deje definitivamente esta vida.

Aunque ya no me acuerdo de todo, lejos de esto y es lástima realmente, sé que vi que tendría muchas experiencias, muchas pruebas. Me vi llorando muchas veces, hasta el punto que me dije: “en fin, ¿qué he hecho yo a Dios para merecer todo esto?” Me dijeron que antes de nacer, había aceptado todas estas experiencias, porque a través de ellas crecería. Os aseguro que, sin ser por ello masoquista, solo deseaba una cosa y es que, en esta vida, tuve todas las cosas que me eran necesarias para crecer porque, para mí, el infierno era la Tierra y quería terminar con él.

Lo que es importante también es que vi a un ser venir hacia mí, y aquel ser yo no podía saber si era un hombre o una mujer porque tenía a la vez la energía masculina y femenina. Yo le tendí los brazos y le dije: “Quiero casarme contigo”. Y al mismo tiempo que le decía eso, tomaba conciencia de que este ser era yo, pero yo al final de los tiempos.

Era la plenitud, la realización de mí misma, el ser humano en todas sus dimensiones es algo grandioso. Solo deseaba una cosa, fundirme en lo que yo ya era, y al mismo tiempo es una sagrada lección de humildad porque uno se da cuenta de todo el camino que nos queda por recorrer para llegar a estar en este nivel, para llegar a fundirse en el interior. Al mismo tiempo, tomaba conciencia de que el tiempo era solo la distancia que me separaba de mí misma. Tomaba también conciencia de que, involuntariamente, atraía hacia mí todas las experiencias que me eran necesarias para adquirir, a través de ellas, lo que me faltaba.

Hace algunos años, encontré en Suiza a una “experimentadora”  que me dijo: “Nicole, tú sabes bien que estas experiencias, las pruebas, son las heridas que curan”. Y yo estoy de acuerdo con ella.

Después, entré en mi cuerpo. Me dijeron que esperase 17 años antes de hablar de esta experiencia porque, si hablaba antes, se consideraría como un traumatismo consecuencia de un conflicto operatorio. Lo que puedo decir es que esta experiencia ha transformado completamente mi vida, todos los valores de mi vida. Ahora sé que la muerte no existe, por supuesto. Comprendo a todos los científicos, a los médicos, que tratan de entender esta experiencia… Comprendo que hay que llegar a ella para serenar y que no se puede demostrar algo que no se puede reproducir. Pero es mi convicción interior. Sé que la muerte no existe, que es el paso de un plano a otro, lo que me permitió acompañar a mis padres, cogerles de la mano hasta su último suspiro. Decir a mi padre: “Vete, papá, tu vida la has vivido en plenitud, no tengas miedo, en pocos segundos vas a estar de pie al lado de tus despojos, vas a estar vivo para siempre jamás.” Pienso que esta certeza es algo que os hace trasladar las montañas.

Es muy importante, por ejemplo, para acompañar a los moribundos, para evitar la obstinación terapéutica. Porque si uno sabe que la muerte no existe, no se empeña tanto en retener en la vida a alguien que ya casi se ha ido.

Ello ha cambiado también mis convicciones religiosas, con relación a como fui educada en la Iglesia católica, y tengo un respeto infinito por todas las religiones y las tradiciones que hacen crecer al hombre. He sentido necesidad de profundizar en mi religión, pero no me siento ya limitado por el peso de la institución que dice por ejemplo: “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Me parece que esto es completamente ridículo. Si me preguntan en que creo ahora, yo diría que en la gran religión del amor, la que está inscrita en el corazón de todo ser humano y que lleva al hombre desde la oruga  hasta la mariposa. El camino de la transformación es el más importante. Porque en este camino de vtransformación se pude llegar, sin morir, a tener esta gran experiencia. Se la deseo a todo el mundo, porque si un día se pudiera admitir el concepto de que la vida, la conciencia, sobrevive de este modo a la muerte… toda la vida adquiere un sentido. No es ya el producto del azar y de la necesidad. Es automáticamente nuestra vida la que tiene una coherencia, un sentido, una razón de ser aquí en nuestra Tierra. La mayor de las razones, para mí, es la transformación interior. He podido darme cuenta en esta experiencia de que, evidentemente, no solo somos un ser humano con su composición anatómica, su corazón, sus pulmones, etc. Incluso con sus pensamientos, sus emociones…, eso va infinitamente más lejos. Hay niveles en nuestro ser que son muy sutiles, que solo pueden ser captados con criterios, con sentidos mucho más sutiles, pero eso existe. Creo que eso puede incluso explicar, como ha dicho el Dr. van Lommel, todos los fenómenos inexplicados como la precognición, la clarividencia y no sigo. Esto no puede explicarse con la ciencia actual, con los cinco sentidos, pero con otros sentidos, sí. Pienso que esto puede llevar a una apertura inmensa de la medicina a todas las medicinas paralelas, con la condición de que esto sea riguroso.

Eso puede explicar la homeopatía, la acupuntura, la osteopatía, las medicinas energéticas, evidentemente, porque todo nuestro cuerpo está invadido de energía, que es al mismo tiempo la vida, la conciencia y el amor.

Yo diría que, en lo profundo de esta experiencia, he comprendido la necesidad de morir, de morir a uno mismo mientras se vive. Es decir (desprenderse) de todos los procesos psicológicos, de todas las trabas, de las miserias humanas, que nos impiden ser esta plenitud. La meta de mi vida ahora es encontrar en mí conscientemente esta experiencia, y después tal vez, con la gracia de Dios, poder despertar esta dimensión en otros seres humanos.

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