Ahora que llegamos al final de este libro, tan apasionante como complicado, es hora de hacerse la pregunta definitiva: el espacio taquiónico, el espacio superluminoso … ¿existe? He aquí una respuesta:

“Evolucionamos en un sistema infraluminoso, electrónico, bariónico, por encima del cual, a 300.000 km/seg se encuentra el espacio luminoso, fotónico. Y todavía más allá hay un espacio “taquiónico” (constituido por taquiones, partículas hipotéticas, más rápidas que los fotones, que la luz) … En cualquier caso, según estas teorías, llegados a este espacio superluminoso, taquiónico, el tiempo ya no transcurre: no hay pasado, ni presente ni futuro. Así que se puede imaginar que alcanzado este lugar se accede al conocimiento total, puesto que se engloba el pensamiento universal desde la noche de los tiempos. Y como todo queda así explicado, puede concebirse que se accede también al amor inexpresable, porque al comprenderlo todo se ama todo…”.

Estas palabras, aparentemente tan adecuadas como soporte para las ideas del profesor Dutheil, fueron en realidad pronunciadas en junio de 2006 por el Dr. J.J. Charbonier, médico especialista en Anestesia y Reanimación en Touluse (Francia), durante los “Primeros encuentros internacionales sobre Experiencias Cercanas a la Muerte”, donde acudieron médicos cardiólogos, intensivistas, anestesistas y psiquiatras junto a biólogos, físicos, antropólogos, neurocientíficos, enfermeros y periodistas, y cuyas comunicaciones quizá puedan aparecer en este blog próximamente.

¿Sorprendente la coincidencia? En absoluto. Todos ellos buscan una realidad que se les muestra día a día en su profesión y que sobrepasa nuestra realidad material conocida. Aquella que para Dutheil no es sino esa “conciencia global superluminosa”, germen de todo lo demás, exenta de procesos de enfermedad, de envejecimiento y de muerte. Todo está claramente resumido en la Conclusión final de este libro.

Hacernos entender esta realidad y lo que podemos aprender de ella ha sido el empeño del profesor Dutheil en sus libros, y en éste que ahora terminamos aproximarnos  además a su poder curativo. Esperemos haberlo aprovechado.

¡Buen día!

CAPÍTULO XI

Una medicina para el siglo XXI que restablezca la unidad del cuerpo y del espíritu

Con las enfermedades mentales descritas en el capítulo anterior, vemos aparecer de forma aguda la presencia de una entidad que se llama conciencia. Psiquíatras, psicoanalistas, psicoterapeutas, todos recurren a la conciencia. Así, cuando los psicoanalistas evocan el inconsciente, esto supone la existencia de una conciencia. Ninguna terapéutica de análisis, ninguna psiquiatría comportamental podría existir sin este concepto de conciencia.

Sin embargo, reina una gran ambigüedad sobre el término conciencia. A lo largo de esta obra hemos visto que los teóricos de la mecánica cuántica utilizan también mucho la noción de conciencia. Muchos, por no decir la mayoría, admiten la interacción entre la conciencia del observador y el sistema cuántico observado durante el colapso de psi, pero se abstienen de concretar lo que es la conciencia.

Lo mismo ocurre en el campo de las enfermedades psíquicas. Algunos psiquíatras de la escuela materialista, en el sentido clásico de la palabra, ven en la conciencia una especie de sistema cibernético, no localizado, que resulta de múltiples biofeedback, y salido –de una manera un tanto milagrosa– del embrollo de miles de millones de neuronas, de sus uniones sinápticas, de bucles sinápticos y de reflejos condicionados. Por supuesto, nosotros no podemos tomar en serio esta actitud porque, detrás de esta verborrea pomposa, se descubre la ausencia de toda verdadera explicación y un vacío profundo.

Como decía el Sr. Prudhomme: «Cuando se superan las fronteras, ya no hay límites».

Para permanecer coherentes, nos vemos obligados a admitir, lo mismo que en mecánica cuántica, la substancialidad del espíritu o de la conciencia, tal como Ecles lo había previsto.

Para tratar de encontrar una interpretación plausible de los trastornos psicológicos, nos apoyaremos en nuestro modelo de conciencia superluminosa, o taquiónica, que ya nos sirvió para esbozar un esquema de lo que  serían realmente las enfermedades llamadas somáticas.

A este propósito, conviene hacer caer enseguida esa barrera, puramente artificial, establecida entre las enfermedades del cuerpo y las del espíritu. Una única alteración se manifestará siguiendo formas somáticas o mentales, dependiendo este aspecto de cierto número de factores extrínsecos e intrínsecos.

Imaginemos un cubo. El cubo es una entidad única, todo el mundo está de acuerdo en este punto. Sin embargo, presenta caras y aristas. Según la inclinación de este cubo con relación a la línea de observación, veremos aparecer, más o menos, bien una cara o bien una arista. Si se toman varias fotografías de este cubo, serán muy distintas en función de las incidencias. Y sin embargo, se trata del mismo cubo. Esta comparación ayudará a comprender nuestro punto de vista.

El ser humano: un holograma…

El organismo de un ser humano –y de un ser vivo en general– es una totalidad formada por un holograma que no es sino la proyección de la conciencia superluminosa en el momento del colapso psi. Este holograma es algo unitario, en lo que se puede distinguir lo que es materia subluminosa (de la que vemos surgir el aspecto molecular) y lo que es materia superluminosa, es decir conciencia proyectada en el holograma, cierto que de forma empobrecida. Tal vez esta conciencia parcial se encuentra entonces en estado subluminoso, en forma de ondas de fase trasladando información entre el holograma (en especial ciertas regiones del córtex) y la entidad correspondiente de materia taquiónica. Tal vez esta conciencia parcial es también un campo de fotones asociado al campo electromagnético de Burr.

De todas formas, es imposible separar las dos. Solo de una forma artificial se ha hecho una distinción entre cuerpo y espíritu, enfermedad somática y enfermedad mental. Por otra parte, los primitivos no hacían esta distinción.

A este respecto, señalemos –esto es válido tanto para la medicina como para la totalidad de los conocimientos científicos–  que el concepto de atomismo ha hecho verdaderos estragos desde Demócrito. Conocer es cortar y cortar cada vez más pequeño. Ahora bien, el hecho de dividir ha llevado, ciertamente, a éxitos (como el concepto de célula en biología o los descubrimientos en energía atómica), pero ha hecho perder completamente de vista el aspecto unitario e integrado que debe ofrecer toda estructura. Solo se puede ser coherente si se utilizan simultáneamente las dos actitudes, que no son contradictorias, sino complementarias.

Un solo tipo de enfermedad

Propondremos por tanto como axioma que existe un solo tipo de enfermedad; una enfermedad unitaria que, según las circunstancias, se presentará:

– o bien como una enfermedad somática;

– o bien como una enfermedad psíquica o mental.

Ahora bien, vimos en el capítulo anterior que no hay enfermedad somática pura ni enfermedad mental pura, sino que una enfermedad somática siempre subyacen al menos algunos trastornos psíquicos. Recíprocamente, a toda enfermedad psíquica se asocia una perturbación somática más o menos importante.

Lo que es más, existen fenómenos de conversión. Pensamos en especial en la conversión histérica, en la que el sujeto aquejado de neurosis histérica puede presentar todos los síntomas, hasta en los menores detalles, de una enfermedad somática, como la de un pariente difunto. También se puede asistir, en sentido inverso,  a una verdadera transmutación de una enfermedad orgánica, por ejemplo una tuberculosis que desaparece, para convertirse en una esquizofrenia.

El espectroscopio es una aparato que contiene prismas y descompone la luz de una fuente en diversas longitudes de onda que van desde el rojo al violeta: es el espectro. Una enfermedad única se puede comparar con un espectro, en el que una de las extremidades representa el soma y la otra el mental. En el conjunto del espectro habrá siempre una mezcla de mental y de soma.

Utilicemos otra imagen tomada de la física. Todo el mundo ha oído hablar de campo magnético y de campo eléctrico. Estos campos solo son en realidad desgloses hechos por un observador en las tres dimensiones de su sistema referencial. En realidad, la relatividad muestra que existe una realidad única e intangible del espacio-tiempo, que se llama tensor campo electromagnético de seis componentes. Lo mismo ocurre con la enfermedad: la parte soma y la parte psíquica enferma son los componentes de una realidad única.

Enfermedad: una cuestión de información

Nosotros pensamos que el trastorno constituido por la enfermedad se debe a un defecto en la información del holograma, o, lo que viene a ser lo mismo, en el colapso de psi.

Mirando esto más de cerca, estas diferencias no dejan de ser análogas con las aberraciones de un sistema óptico.

Las enfermedades mentales, en particular, son todas ellas enfermedades del tratamiento de la información. El enfermo no maneja correctamente las informaciones, o bien recibe informaciones alteradas. Es un poco como un televisor que difundiera imágenes desenfocadas, deformadas.

Lo mismo ocurre con las enfermedades somáticas, aunque el aspecto informacional sea menos aparente en este caso. Sin embargo, hemos visto que el cáncer puede resumirse en un problema de desinformación de la célula a nivel del ADN.

El denominador común de la información domina el tema de la enfermedad.

Ahora bien, sabemos que el holograma solo puede formarse y mantenerse correctamente gracias a cierta cantidad de información, o negentropía, que le es proporcionada por la conciencia superluminosa (es la bomba negentropía/entropía que hemos descrito anteriormente).

A partir de aquí se impone una pregunta: ¿es posible explicar, definir la salud?

La salud: un equilibrio frágil

En el plano mental, hemos constatado en el capítulo anterior que todos, sin excepción, tenemos tendencias esquizofrénicas o paranoicas, que pueden transformarse en brotes agudos en ciertos momentos de nuestra vida. En el plano somático, la salud es también un equilibrio frágil.

Basta mirar un holograma ordinario en el espacio para que ver que una ínfima perturbación basta para deformarlo total o parcialmente. Para que el holograma sea perfecto es necesario que el esquema de interferencia esté en buen estado y que el haz de luz coherente sea totalmente estable, lo que solo se realiza estadísticamente.

El hombre en buena salud es parecido a este holograma. La palabra genial del Dr. Knock, de Jules Romains, adquiere entonces toda su significación: «Los de buena salud son enfermos que se ignoran y la salud es una estado precario que no presagia nada bueno.»

Por lo demás, hemos subrayado que tal vez se necesite siempre cierto grado de enfermedad para vivir largo tiempo. Los sistemas demasiado perfectos explosionan o implosionan muchas veces con un solo golpe.

Las causas de las enfermedades según el modelo de conciencia superluminosa

Vamos a examinar ahora, a la luz de nuestro modelo de conciencia, las verdaderas causas de las enfermedades mentales, pero sin separarlas de las enfermedades somáticas, puesto que cada una de ellas representa una cara distinta de una misma entidad patológica.

En su primer estadio, el nivel molecular, se producen perturbaciones en el momento de las enfermedades mentales. Sabemos que el cuerpo molecular está estrechamente unido al cuerpo eléctrico, del que el campo electromagnético de Burr es la manifestación más tangible, estando asegurada la relación con la conciencia.

Hay que estudiar por tanto las perturbaciones moleculares asociadas a la enfermedad.

Existen sin duda predisposiciones genéticas para ciertas enfermedades mentales. Se ha señalado especialmente, de manera indiscutible, para un tipo concreto de depresión nerviosa. Pero es un conjunto multifactorial, salido del ambiente en el sentido amplio del término, el que dará lugar a la enfermedad, sea mental o somática.

Un concepto de ecología generalizada

Proponemos por tanto un concepto de ecología generalizada, que va del campo electromagnético de Burr, que es la frontera con el exterior, hasta los confines del universo astrofísico.

Esta idea puede parecer sorprendente, pero pensemos un instante en el siguiente ejemplo.

Se sabe que una supernova es una estrella cuyas reacciones nucleares normales se aceleran bruscamente; se convierte entonces en una especie de superbomba H. Durante algunas horas, o algunos días, esta estrella va a emitir una energía equivalente a la de toda una galaxia. Se conocen estrellas que aparecen bruscamente, para desaparecer también rápidamente. En el momento de la explosión, estas estrellas emiten una energía fantástica, en particular en forma de partículas hiperenergéticas que se desplazan casi a la velocidad de la luz (rayos cósmicos).

Supongamos que tal acontecimiento tiene lugar en una galaxia situada a treinta millones de años-luz. Al cabo de treinta millones de años, estas partículas alcanzan la Tierra; por un desgraciado azar, afectan a un proto-oncogén de un ser humano y lo transforman en oncogén. Se desarrolla entonces un cáncer, cuya causa hay que buscarla treinta millones de años antes.

El aporte de la biometeorología

Sin ir tan lejos, el Sol emite radiaciones que tienen una influencia sobre el cuerpo molecular y sobre el cuerpo eléctrico. Con estos fenómenos están relacionadas las influencias ya bien conocidas de los climas y de las variaciones del tiempo sobre el organismo. Una ciencia nueva, llamada biometeorología, trata de estas cuestiones.

Así se ha podido determinar que la aparición de frentes fríos o de frentes cálidos provoca un recrudecimiento de enfermedades. Los iones positivos (tiempo seco) son deprimentes, los iones negativos (tiempo húmedo) son estimulantes. El efecto de las tormentas y de tiempos tormentosos es también conocido.

Está claro que el ser humano vive en una especie de acuario eléctrico; enfermedades físicas y mentales se recrudecerán o disminuirán siguiendo una curva influida por nuestro entorno eléctrico.

Las variaciones del clima o del tiempo están en relación, de una manera compleja, con el Sol y el campo magnético de la Tierra.

Hace más de treinta años, un fisicoquímico italiano, el profesor Picardi, demostró que las velocidades de reacción química en las soluciones son modificadas por el campo solar y cósmico. Si se añade a esto el efecto evidente sobre el campo electromagnético humano, se ven las múltiples variaciones que va a sufrir la biología celular y molecular de un organismo vivo, cuya consecuencia podrá ser una enfermedad mental o somática.

En nuestro entorno cercano, desde los avances tecnológicos, vivimos en medio de campos eléctricos. Algunos han podido hablar de «contaminación eléctrica». Este fenómeno que reclama ser estudiado de manera muy concreta, podría ser la causa de muchos trastornos. Hay que tomar también en consideración las diversas clases de contaminación química, o fisicoquímica, que actúan sobre el complejo molecular.

Contaminación psicológica: en el origen de la mayoría de nuestras enfermedades

La más grave de las contaminaciones es tal vez la contaminación psicológica. Es un hecho, ya lo hemos visto a través del último capítulo, que las depresiones nerviosas experimentan desde hace algunos años una inflación, lo mismo que el cáncer. Estas depresiones están relacionadas muchas veces con diversas neurosis o psicosis.

¿Cómo explicar el aumento indiscutible de esta patología? Además de las causas anteriormente descritas, hay orígenes psicológicos: el estrés, o más bien los estrés corrientes a los que estamos sometidos continuamente en la vida actual.

El ruido, la inseguridad, la depreciación de un individuo por los grupos –pensamos por ejemplo en los docentes– la rapidez y la aceleración del ritmo de vida, el aislamiento psicológico, la fabulosa cantidad de información con la que nos alimentan los medios (la televisión en particular) constituyen la más grave de las contaminaciones, la contaminación psicológica.

La información en que nos bañamos cada día, gracias a los medios, es en efecto una mala información: es paranegentrópica para el individuo, y tal vez tenemos cada uno un umbral de tolerancia ante la calidad de información que recibimos.

Las depresiones, las neurosis y psicosis, el cáncer, las enfermedades cardíacas pueden ser en parte la consecuencia de esta contaminación psicológica, porque ya hemos visto que el denominador común a las depresiones y a los cánceres es un defecto de información, o más bien una desinformación del sistema, y que las enfermedades cardíacas están muy unidas al estrés.

La enfermedad: expresión del desnivel entre probabilidad y realización

En realidad, el ser humano necesita de certezas, es decir de realizaciones posibles al 100 % en el sentido matemático del término. Ahora bien, su existencia solo está hecha de probabilidades. La vida es un juego, pero, contrariamente a lo que se piensa, a la mayoría de los seres humanos no le gusta jugar, sobre todo cuando se trata de su vida y de su destino.

Si tuviéramos la certeza de realizar todos nuestros proyectos, es probable que las enfermedades mentales y somáticas, estuvieran en franca regresión. Pero de la incertidumbre nace el miedo, ese sentimiento fundamental y primitivo detrás del cual se disimula el miedo a la muerte que, tal como lo hemos expresado en el capítulo anterior, puede tener consecuencias fatales.

Los medios contribuyen por otra parte a provocar y mantener miedos artificiales, anunciando casi diariamente catástrofes de todo tipo. En realidad, es desinformación que contribuye especialmente a aumentar el nivel de angustia y de ansiedad.

Tratar la causa real y no el síntoma

Hemos visto que todos los tratamientos quimioterápicos en psiquiatría curan los síntomas y no la causa, que sigue siendo para nosotros desconocida. Es a tientas, de manera empírica, como se ha llegado a utilizar los antidepresivos, los ansiolíticos, los analépticos… No se sabe nada de su acción, a pesar de los esquemas fundados en la biología médica, que siguen siendo un tanto vagos.

¿Un ejemplo? Los betabloqueantes son utilizados en cardiología para ralentizar el ritmo cardíaco. Se observó que tenían efectos sobre el psiquismo; sin dudarlo, se los utilizó entonces en el tratamiento de ciertas enfermedades mentales.

En cambio, las aproximaciones psicoterapéuticas, en particular por un psicoanálisis ampliado, nos parecen claramente más prometedoras.

La sofrología

La sofrología nos parece interesante. Esta escuela psicoterápica, fundada en 1960 por el Dr. Caycedo cree que el ser humano conoce tres estado:

– el estado ordinario;

– el estado patológico:

– el estado sofrónico, estado de bienestar y de serenidad.

Para llegar a este último estado, conviene pasar por tres etapas.

En un primer momento, se busca la sensación de bienestar, de desconexión, que devuelve al paciente toda su lucidez y su memoria.

La segunda etapa incluye ejercicios hatayóguicos acompañados de paz interior.

El tercer nivel pone en práctica una técnica meditativa propia del zen.

La hipnosis

La hipnosis es una técnica mucho más antigua, utilizada desde la antigüedad en India y en Egipto. En 1529, Paracelso aporta los primeros datos científicos sobre el magnetismo animal: describe un sistema de afinidad magnética, según el cual el magnetismo de las personas sanas atrae al de las personas enfermas y actúa sobre su constitución.

Estos estudios sirvieron de base a Mesner, quien, a finales del siglo XVIII, experimenta en Viena y luego en París el procedimiento de la cubeta magnética llena de agua, limaduras de hierro y cristal molido de la que salen varillas de hierro que los pacientes sujetan en cadena, lo que provoca espasmos, convulsiones y la aparición de un estado secundario en los pacientes.

En 1815, el marqués de Puységur descubre el sonambulismo y el abate Faria completa su descubrimiento. Un cirujano inglés, Braid, escribe en 1843 que el estado hipnótico tiene su causa en el propio sistema nervioso del individuo. Las escuelas de Nancy con Bernhein y Liebault, y de París con Charcot, imponen la práctica de la hipnosis y su estudio científico profundo; Freud asiste al primer congreso de hipnotismo en París en 1889; él mismo practica la hipnosis antes de optar por técnicas más amplias de relajación.

Para llevar a un estado hipnótico, hay que provocar un aislamiento sensorial y limitar el campo de conciencia, suprimiendo todo estímulo sonoro o visual perturbador. A continuación, conviene captar la atención y la actividad mental para contenerla, tranquilizarla hasta llegar a un estado de hipnosis. Una vez alcanzado este estadio, hay que abrir de nuevo el campo de la conciencia, pero por una actividad mental dirigida bajo hipnosis de acuerdo con una finalidad terapéutica.

Aunque la hipnosis permite lograr excelentes resultados –es utilizada oficialmente en algunos hospitales–, no tiene ninguna explicación racional.

Las múltiples facetas de la psicosomática

La psicosomática ha evolucionado mucho. Hemos visto que la toma en consideración de los factores psicológicos, tanto en la etiología de las enfermedades somáticas, como en las consecuencias de estas enfermedades, adquiría cada vez más importancia. Se ha evidenciado el concepto de enfermedad biopsicosocial, en la que actúan por igual reacciones psicológicas, estrés social y factor biológico.

Se ha desarrollado también otra ciencia, llamada inmunopsicología, demostrando que una reacción que afecta al psiquismo puede cambiar la respuesta inmunitaria, es decir el campo de los linfocitos y de las linfoquinas. Sin embargo, esta ciencia es incapaz de esclarecer los mecanismos por los que el psiquismo cambia la respuesta inmunitaria. Pues bien, está claro que nuestro modelo puede explicar este mecanismo.

La psicosomática ha puesto también en evidencia el fenómeno de los placebos, término muy conocido por el gran público: en lugar de la molécula específica, se le hace tomar al enfermo una sustancia totalmente neutra, como el agua destilada, pero presentada bajo la forma de un medicamento, sin advertir al enfermo de la sustitución. Las estadísticas demuestran que, en muchos casos, se logran resultados positivos (curación del enfermo) tan importantes, o incluso superiores, a los que se habrían conseguido con la verdadera molécula. Se da claramente una acción del psiquismo, totalmente inexplicable por la medicina clásica, si no se quiere admitir la hipótesis de un campo de conciencia material.

Todo nos demuestra la presencia activa de una conciencia que conviene tratar de manera distinta que con la ayuda de los psicolépticos, neurolépticos, tranquilizantes, hipnóticos, psicoanalépticos y timorreguladores.

El campo electromagnético de Burr en ayuda de las enfermedades mentales

Refiriéndonos al modelo de cuerpo eléctrico descrito en los capítulos 4 y 5, preconizamos en primer lugar la puesta en práctica de una búsqueda profunda y rigurosa sobre los cambios del campo electromagnético de Burr en toda la gama de enfermedades psíquicas.

Esta investigación experimental debería, evidentemente, llevarse a cabo por equipos pluridisciplinares, que incluyan físicos, psiquíatras, médicos, especialistas de las neurociencias.

Vimos en el capítulo 4 que el campo de Burr permitía detectar cánceres del cuello del útero mucho antes de su manifestación clínica. Se trata por tanto de un medio de detección preventiva antes de su manifestación patológica. Sabemos también que, una vez declarada e instalada clínicamente la enfermedad, el campo de Burr presenta perturbaciones específicas de esta enfermedad.

Especificamos que se trata de apoyarse en las muy serias experiencias de Burr y sus seguidores, y no en el efecto Kirlian     –que solo debe ser, por decirlo así, un subproducto del campo de Burr– al que, como físico, consideramos muy sospechoso.

Destacados estos puntos, estamos convencidos de que estas investigaciones darían unos resultados apasionantes, a la vez sobre la enfermedad mental ya diagnosticada, sobre los estados que preceden a la aparición de la enfermedad mental, y sobre las potencialidades psicopatológicas que todos los individuos tienen en sí mismos, que pueden actualizarse en cada uno de nosotros en determinadas circunstancias.

Podemos prever que se encontrarán perturbaciones del campo de Burr, en cierto modo isomorfas a las perturbaciones registradas para las enfermedades somáticas, algo así como la imagen en espejo de la enfermedad somática.

Por supuesto, el cuerpo eléctrico, del que el campo de Burr es el elemento más aparente, es limitado, al estar asociado de manera estrecha con el cuerpo molecular. Se puede fácilmente imaginar que es él el que primero se altera por una enfermedad aún no aparente somáticamente, puesto que constituye una ínfima banda fronteriza entre el soma y la conciencia superluminosa. Él es el que envía señales –probablemente de naturaleza eléctrica o electromagnética– al sistema molecular.

Sabemos que las proteínas, que constituyen lo esencial de la célula, y el ADN, que es una ácido nucleico, son moléculas polares eléctricamente cargadas. Son por tanto idóneas para recibir señales electromagnéticas procedentes del campo de Burr. Bajo esta influencia es como podrá darse en ella cierto número de cambios. La observación se aplica también al sistema inmunitario, lo que explica el aspecto somático de toda enfermedad mental, en especial los cambios inmunitarios.

Al mismo tiempo, estas señales electromagnéticas del campo de Burr son percibidas por el córtex, sede él mismo de potenciales, lo que puede provocar un cambio de estos potenciales y de las uniones sinápticas, pero también la aparición de trastornos mentales.

Se trata por tanto de una reacción en dos etapas:

– un ataque del cuerpo molecular (reacción física);

– un ataque del córtex (reacción mental).

Prevenir la enfermedad con un reequilibrio electromagnético

El cuerpo eléctrico es la parte del holograma que sufre la primera distorsión, como consecuencia de un disfuncionamiento en el aporte de la negentropía procedente del nivel superluminoso.

La terapéutica que podría preverse es parecida a la preconizada en el capítulo 7 para las enfermedades somáticas, entendiéndose que solo se podrá poner en práctica después de establecer la cartografía exacta del cuerpo eléctrico. Se tratará por tanto de reequilibrar el campo de Burr –y como consecuencia el cuerpo eléctrico y el cuerpo molecular– con relación a un campo electromagnético tipo que sería el de un sujeto considerado normal.

Esta terapéutica se basará en métodos físicos: empleo de campos eléctricos, de campos magnéticos o electromagnéticos de frecuencia aún por determinar. Existen sin duda otros métodos físicos que aún no podemos imaginar. Evidentemente, tal terapéutica sería ante todo preventiva, es decir tendría como fin evitar la aparición de trastornos a nivel molecular.

Es interesante señalar el uso actualmente en psiquiatría de electrochoques o sismografías (ECT: Electro Convulsive Therapy). Los electrochoques pueden indudablemente curar depresiones, hacer que acabe la catatonía en los esquizofrénicos. Pero, en este caso, hay que observar que por una parte se interviene sobre trastornos ya bien instalados a nivel molecular, por tanto más difíciles de tratar, y por otra parte, como no se tiene ningún esquema del cuerpo eléctrico, se utilizan frecuencias al azar. El electrochoque es un ejemplo típico de la medicina clásica.

Intervenir durante la proyección de nuestro holograma por la conciencia materia superluminosa

Lo ideal sería poder intervenir a nivel de la fuente de la proyección del holograma, es decir sobre la conciencia materia superluminosa. Pero ésta última, como sabemos, está asociada a un espacio-tiempo distinto, en el que el tiempo es espacial y ya no fluye. Posee una perennidad de la que nada de lo que conocemos en nuestro universo puede dar una idea. No puede por tanto, en ningún caso, ser alterada (establece siempre un espacio en el que la enfermedad y el dolor son desconocidos, fenómeno que han aportado los testigos de NDE[1] cuando han sido reanimados[2]).

Es a nivel de la proyección del holograma por esta conciencia

cuando los problemas comienzan a plantearse y cuando conviene actuar. Dicho de otro modo, hay que meterse en el proceso en el momento del colapso de psi, pudiendo a la vez la función psi, recordémoslo, representar a una sola partícula y también a un campo de partículas en número infinito. Es por tanto durante este colapso de psi, cuando la conciencia utiliza series o transformadas de Fourier para proyectar en un sistema de coordenadas arbitrarias el holograma, cuando hay que entrar en acción.

Como dijimos a propósito de las enfermedades somáticas, si se encontrasen experimentalmente taquiones, se podrían producir fuentes de taquiones, radiación negentrópica por excelencia. Esta radiación, a la que se vería sometido el sujeto, podría restablecer un holograma perfecto actuando en el origen de su emisión.

Interferencias entre hologramas

Las psicosis graves, como la esquizofrenia, son señales a nuestro juicio de una aberración de la proyección holográfica en el origen. En efecto, como vimos en el capítulo 8, la esquizofrenia presenta una ruptura con la realidad, ruptura progresivamente cada vez más profunda, e interrupciones en el curso de sus pensamientos, lo que le lleva a creer que su espíritu está controlado por agentes externos.

Tal vez, por otra parte, haya que tomar esta idea al pie de la letra, porque podría en efecto darse aquí interferencia con otros hologramas. Este punto de vista se confirma por la existencia de alucinaciones auditivas. Las ideas delirantes de persecución y de grandeza podrían ser filtraciones de informaciones exteriores a la personalidad propia del enfermo. La catatonia, durante la cual toma el enfermo posturas extrañas que mantiene indefinidamente, sugiere también estas huidas negentrópicas.

Un psiquíatra checo sugirió que los estados paranoicos podrían tener como causa una receptividad telepática muy desarrollada en el enfermo. Éste captaría, sin discriminación, el flujo de pensamientos no expresados de su entorno; esta afluencia de pensamientos extraños y con frecuencia hostiles estaría en el origen de las ideas de persecución. Se presentaría por tanto un fallo, una brecha en el sistema de filtro de la información, realizado por nuestro córtex.

Hay que acercar este fenómeno a los estados constatados en los sujetos que presentan facultades paranormales, parapsicológicas, en especial dones de videncia. Presentan un estado somático muy específico, que ha sido estudiado y descrito bajo la forma de un verdadero síndrome, a la vez clínico y biológico, por un psiquíatra francés, el Dr. Assailly. Estos sujetos tienen un psiquismo muy particular, en el límite de las neurosis e incluso de ciertas psicosis.

Recíprocamente, se ha constatado en ciertos enfermos mentales la existencia de indudables facultades paranormales.

En la histeria, como hemos dicho en el capítulo 8, se da con frecuencia desdoblamiento de la personalidad, e incluso aparición de muchas personalidades. Estas personalidades se ignoran entre sí, o bien una sola conoce la existencia de las otras. No puede uno dejar de pensar en ciertas fotografías en las que, como consecuencia de un reglaje defectuoso, se ve aparecer una imagen clara y, en sobre impresión, otras imágenes más vagas. Tal vez se produce un fenómeno un poco análogo durante la formación del holograma, lo que podría explicar las perturbaciones encontradas.

La aproximación que hacemos entre trastornos mentales y facultades paranormales no es ingenua. Actualmente, parece que las mejores terapias de estos trastornos son precisamente psicoterapias ampliadas a las facultades paranormales como la hipnosis… Freud y Jung señalaron, en estudios de casos, la aparición de fenómenos de sincronicidad, de telepatía. La toma en consideración de todos estos factores es la única salida para la medicina.

Pensamos que la medicina del siglo XXI, para existir, habrá de entender globalmente las facultades físicas, mentales y paranormales del hombre. Un hombre total, reconstruido en la unidad de su cuerpo y de su espíritu.

Conclusión

Hemos visto que existen tres grados en un organismo vivo: el nivel molecular que constituye el soma, el plano eléctrico formado por el campo electromagnético o cuerpo eléctrico, y el plano taquiónico que corresponde a la conciencia, campo de materia taquiónica, sede de la información y de la negentropía. Estos tres aspectos están ocupados por «partículas» que van a distintas velocidades: en la dimensión molecular todo va menos deprisa que la luz, en la conciencia taquiónica todo va más deprisa que la luz.

A pesar de sus éxitos, la medicina actual solo se apoya en los resultados obtenidos por la biología molecular. Los tratamientos que recomienda son por tanto químicos: la medicina del siglo XX es una medicina exclusivamente química. Esto hecho explica los numerosos fracasos e insuficiencias en nuestras terapéuticas. Solo se dirige, en efecto, al nivel inferior, y en la mayoría de los casos resulta incapaz de explicar correctamente el efecto de las moléculas terapéuticas.

La idea que ha inspirado este libro es promover, desde ahora, una medicina y una terapéutica  fundadas en la física, actuando en el segundo nivel, es decir sobre el cuerpo eléctrico.

Una teoría cuántica completa del cuerpo eléctrico y del campo eletromagnético de Burr sería muy complicada. Basta pensar que, actualmente, somos solo capaces de hacer la teoría cuántica de las moléculas diatómicas (dos átomos). Una teoría que cuente con millones de átomos sería imposible de elaborar.

En cambio, se puede pensar perfectamente en iniciar desde ahora un estudio experimental riguroso de este cuerpo eléctrico y del campo L de Burr.

Tal estudio podría realizarse por físicos experimentadores, biólogos y médicos. Permitiría establecer una verdadera cartografía de las anomalías patológicas del campo de Burr y del cuerpo eléctrico, en correspondencia con las perturbaciones registradas para cada síndrome somático o psíquico. Este estudio sería realizado con relación a un cuerpo eléctrico y a un campo de Burr «normales», «estandarizados».

En un segundo tiempo, se podrían tratar los diversos agentes físicos, campo eléctrico, campo magnético, campo electromagnético que permiten restablecer el equilibrio del campo de Burr antes de la aparición de los síntomas clínicos, es decir antes de que el cuerpo eléctrico envíe señales al cuerpo molecular, provocando secundariamente perturbaciones bioquímicas, lesiones anatomopatológicas y síntomas clínicos.

El tercer nivel permanece aún en el campo de la hipótesis. Está relacionado con el descubrimiento experimental de los taquiones, monopolos magnéticos o no.

Podríamos entonces imaginar una fuente de radiación negentrópica y taquiónica a la que se sería sometido el enfermo, que sería utilizada preventivamente y aseguraría el equilibrio ideal, tanto en el plano somático como en el psíquico.

Esta etapa supondría también una solución al problema del envejecimiento que no hemos abordado en este libro. No se sabe cuáles son las causas del envejecimiento. Se supone que, en el proceso de renovación de las células y de los tejidos, cada célula reproducida pierde un poco de información, como cuando se hacen muchas fotocopias. Pero no se sabe más.

Indudablemente, nuestra medicina ha logrado alargar la duración de la vida, pero la calidad de vida no acude a la cita (muchas enfermedades afectan a las personas de edad que solo gozan, en el mejor de los casos, de una vitalidad muy disminuida y, en el peor de los casos, quedan reducidos al estado de muertos vivientes).

Habría que conocer las causas del envejecimiento. Nosotros creemos que aquí se trata también de un problema de información. A través del tiempo, la bomba negentrópica, a la que hemos hecho alusión en esta obra, aspira cada vez menos negentropía y rechaza cada vez menos entropía. El envejecimiento es por tanto una enfermedad… y la más mortal de todas.

Sin embargo, una acción sobre el cuerpo eléctrico podría tal vez tener ya un efecto positivo. Piénsese por otra parte en las constataciones del Dr. Chopra, según las cuales la meditación trascendental, practicada durante algunos años, parece hacer bajar la edad fisiológica, y por tanto frenar el envejecimiento.

Para terminar, nos gustaría decir que, en los años 1930, Maxence Van der Meersch daba un título premonitorio a su novela sobre la medicina Cuerpos y almas, porque una verdadera medicina solo puede tratar de cuidar y curar a un todo que se llama cuerpo-espíritu. Por la misma época, Alexis Carrel exponía también el mismo punto de vista en L’Homme, cet inconnu.

Ojala que este libro haga que se conozca mejor al hombre en un próximo futuro.

Bibliografía

CAPÍTULO 1

BARIETY M.: Hitoire de la medecine, Paria, Fayard, 1963.

LICHTENTHELER Ch.: Histoire de la médecine,Paris, Fayard, 1978.

SENDRAIL M.:Histoire Culturelle de la Maladie, Toulouse, Privat, 1980.

CAPÍTULO 2

MARIETY M.: Histoire de la médecine, Paris, Payard, 1963.

LICHTENTHELER Ch.: Histoire de la médecine, Paris, Fayard, 1978.

CAPÍTULO 3

CHANGEUX J.-P.: L’homme neuronal, Paris, Fayaard, 1983.,

DAULER R.: L’Empire des Molécules, Paris, Hachette, 1991.

KORDON C.: Le Langage des Cellules, Paris, Hachette, 1991.

CAPÍTULO 4

BECKER R.O. & MARINO A.A.: Electromagnetism and Life, Albany, New York State University, 1982.

BECKER R.O. & SELDEN G.: The Body electric, New York, Morrow, 1985.

BURR H.S.: «Tree Potentials», in Yale Journal of Biology and Medecine, nº 19, p. 311, 1947.

CAPÍTULO 5

DUTHEIL Régis et Brigitte: «L’Homme superlumineux», Paris, Editions Sand, 1990..

DUTHEIL Régis: Théorie de la Relativité et Mécanique quantique dans la Région du genre espace, Liége, Editions Derouaux (10 place St Jacques, 40000, Liége, Belgique) 1989.

DUTHEIL Régis: Annales de la Fondation Louis de Broglie, Paris (23 quai de Conti), articles, 1989, 1990, 1991.

CAPÍTULOS 6 Y 8

Cours des facultés de médecine.

L’Encyclopédie médico-chirurgicale (toute la collection).

CHAPITRE 7

CHOLLET J.: Les Holophones[3]

COPRA Deepach : Le Corps quantique, Paris, Inter Edítíons, 1990.

MARTINO B. Les Chants de l’invisible, Paris, Balland, 1990.

Les Médecines différentes, Collectif, Paris, Éd. du Dauphin, 1983.

 


[1] . NDE: Near Death Experience, experiencia cercana a la muerte.

[2] . Ver nuestro libro anterior, “El hombre superluminoso”, Copias en Aquí-Allá.

[3] Jacotte Chollet practica, bajo control médico, una terapia holística utilizando la holofonía o «metamúsica». Toda la información sobre este método puede obtenerse en su dirección: 24 av. de Botan, 260 Lamorlaye, tel. (16)44219380.

Este centro terapéutico se encuadra en un instituto de estudios de estudios pluridisciplinares de la conciencia que reunea médicos, psiquiatras, especialistas de las neurociencias y físicos.

Pueden obtenerse grabaciones holofónicas a través de Diem Distribution, 44 rue de la Chapelle, 95310 Saint-Ouen-l’Aumône, tel, (1)30371731.

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