Lo recuerdo perfectamente. En una de los encuentros con la hermana Concha, alguien le preguntó: ─Y ustedes ¿cómo tratan de influir en las personas de este mundo? Y ella respondió: ─Tratando de cambiar sus ideas y su interior.

Esto es, en definitiva, lo que hace Paqui con su lenguaje suave y delicado. Trata de cambiar la mente y el interior de de sus interlocutores. Aclara, por ejemplo, que la Pascua es Dios mismo que pasa. Para ilustrar cómo es el paso del Señor, se remonta a su vida en este mundo: pobreza, vida dura, etc. Y promueve el cambio: no a la pereza, entrega de sí…

En el segundo mensaje, dice algo importante: el cambio de la humanidad se hará por el amor. Pero no se queda en meras palabras. Como pequeña mensajera de Dios que se proclama, llega hasta el fondo. Parte de la realidad de 1944 y dice: “unos y otros están en el error, pues el odio les dirige”, y luego alude a algo importante: la unión de ellos en nosotros y de nosotros en ellos para provocar el cambio. E invita a orar para lograrlo en el amor…

¡Buen día!

PASCUA 1944.

Después de tantos encuentros y enseñanzas sobre la luminosa fiesta de Pascua, ¿pensáis que encontraremos palabras para explicarla? Evidentemente, las palabras son incompletas respecto a lo infinito.

Pascua es Dios mismo, y Dios no se explica. Nosotros Lo sentimos en nuestros paraísos de luz, a través de sensaciones cada vez más hermosas y distintas en la medida en que nuestras almas pueden sentirlas sin ser deslumbradas. Que para vosotros sea este día bendito entre todos, puesto que  ofrece al mundo la certeza de la vida eterna. «Yo soy la resurrección y la vida», dijo Jesús. Sed, vosotros también, resucitados, Cristos salidos de la tumba por la luminosidad de vuestras almas. Prosternaos profundamente para adorar y dar gracias a este Dios de amor que quiso revestirse de nuestra pobre humanidad, hacerse humilde y pequeño para estar más cerca de nosotros y socorrernos mejor en todas nuestra pruebas.

El eligió la pobreza, la vida dura de los trabajadores, de los humildes, y despreció las riquezas para demostrar la nada de ellas y afirmar la superioridad incomparable de los bienes espirituales. Muchos aún no lo comprenden mejor que los que decidieron su muerte y su crucifixión sin querer reconocerlo como su Maestro; y, después de muchos siglos, se niegan a llevar su cruz y a seguir sus mandamientos de amor.

Queridos míos, yo sé que vosotros reconocéis a nuestro dulce Jesús de Nazaret como el Hijo de Dios, Dios él mismo, nuestro Rey cuyo reino no es de este mundo. Pero os pido con todo mi corazón de pequeño ángel al servicio de Dios que tengáis menos tibieza, más impulso generoso en la entrega de vosotros mismos, más desinterés en vuestros actos y, sobre todo, más caridad, caridad completa que incluye un mundo de cosas. Que el amor del que os habla vuestro ángel permanezca siempre vivo en vuestros corazones. Vivid en esta fuente de luz; amad, derramad toda la bondad de vuestro corazón, aclaraos, si se me permite la expresión, y sentiréis en vosotros mismos una alegría casi divina de tan cerca como estaréis de la esferas celestes donde todo es caridad en Cristo.

Repartid en torno a vosotros este maná celeste del que habéis sido colmados. Hay que abrir los ojos, hacer que los oídos oigan, el momento es propicio, los tiempos han llegado. Difundid la buena nueva que Jesús vino a traer al mundo: «Yo vivo, vosotros viviréis.» «El que cree en mí no morirá nunca.»

No os desaniméis si la semilla cae en un terreno estéril, o si la cizaña se mezcla con el buen grano; ¡poco importa! vosotros no podéis saber si todo está perdido. Basta una chispa para reanimar una llama; basta una palabra buena dicha con amor para que dé sus frutos pronto o tarde.

Sed ese reciente ramo de olivo precursor de las fiestas de Pascua. Que vuestros tallos se extiendan y den abrigo a corazones dolorosos, los eleven, los tranquilicen. Hay tantos sufrimientos, tantos ciegos y cegados sobre todo. Vuestros tallos se hunden ya en la fuente de agua viva, fuente sagrada, fuente divina, y por esto es por lo que debéis calmar muchos desfallecimientos. Dulce misión, aclarar los corazones, despertar a las almas, hacer que Dios sea conocido. Conocerlo es amarlo, es la felicidad infinita de la que vivimos en el Cielo.

El amor, ¡qué sublime realidad! y qué triste es que aún no podáis comprender que es la esencia misma de la vida, su finalidad, el pensamiento divino que vencerá a la muerte, amor a todo lo que vive y a lo que Dios ha creado, amor en todas sus formas, que hace todo más claro, más hermoso, y que borra todo lo que es feo.

El primer pensamiento, ante el nacimiento de un niño, debe ser consagrarlo al amor; más tarde, durante su joven vida, desarrollar este admirable sentimiento de amor y de belleza que es Dios en nosotros. Por permisión divina, comprendí enseguida la luz del amor, y me gusta conversar con vosotros sobre él, incluiros en sus rayos divinos para ayudaros a atravesar las brumas espesas que tapan con tanta frecuencia vuestros ojos.

Sí, hoy más que ayer, mirad por encima de vosotros y vivid en el amor pensando en la sublime resurrección de Cristo, que será también la vuestra. Deteneos, amigos; meditad en las cosas perecederas hacia las que corréis sin reflexionar. Comprended que perdéis todo queriendo tenerlo todo, pues el todo es Dios, es el Cielo, es nuestro futuro eterno, el único que cuenta, vuestra felicidad en la felicidad universal. Aprended a amar a todos vuestros hermanos, a los buenos y a los malos, porque, sin el amor, la humanidad caería en el caos, y suben hasta Dios demasiadas plegarias puras y fervientes como para que el Bien deje de triunfar sobre el espíritu del mal y para que el mundo no resucite, como Jesús. Amén.

EL CAMBIO DE LA HUMANIDAD SE HARÁ POR EL AMOR

1944.

Vosotros queréis una prueba, una certeza de nuestra presencia, de nuestra protección, y esperáis de vuestra pequeña Paqui palabras que consuelen, que den fuerza y paz… Sed afables y siempre confiados, en estas horas duras en las que el mal parece dominar. Y si vuestros espíritus se sienten atormentados por la gravedad de los acontecimiento, que vuestra alma se eleve por encima de vuestra humanidad para atravesar las tinieblas que os oprimen; que venga a renovarse en la luz refrescante de nuestras esferas celestes que Dios permite a sus ángeles hacer brillar sobre los corazones que quieren recibirla.

La verdad, en esta dura prueba, no está en ninguna parte. Unos y otros están en el error puesto que los dirige el odio. El huracán causa estragos por todas partes y el ruido es tal que nadie puede oír la voz de amor y de misericordia que llama a los hombres a la fraternidad, que desearía curar a todos los ciegos y hacerles comprender que solo la unión en el amor les dará derecho a la felicidad y a la paz.

Mis queridos amigos, rezad con nosotros, con fervor y confianza. El ejército celeste rodea vuestras almas con fuerzas poderosas, en estos tiempos benditos de regeneración en que nos encontramos todos unidos para la victoria espiritual, vosotros en nosotros, nosotros en vosotros. Aún no podemos ver el arco iris tapado detrás de las enormes nubes. Ocurra lo que ocurra, no os desesperéis: los rayos divinos atravesarán e iluminarán los corazones cuando hayan comprendido el porqué de sus sufrimientos redentores. La luz está y estará con vosotros, hoy como ayer, mañana y siempre, os ha dicho Jesús.

Paqui está feliz susurrándoos esas palabras de esperanza y de amor. A todos os digo que la pequeña flor del Señor se deshoja sobre sus seres queridos para que sus pétalos los protejan frente a todos los vientos malsanos de la tempestad. Orad, queridos míos, con toda vuestra alma entregada al amor de nuestro Padre. Paqui os sostiene. Sabed que Jesús permite ya a sus alas tomar muy delcados colores en los que se adivina con la llama divina, ese azul de los corazones puros, ese blanco, símbolo de la milicia de las vírgenes, y ese hermoso rojo que habla de todos los amores, ciertamente, pero sobre todo del que nosotros debemos a Dios, en primer lugar, y luego a la Patria tan cruelmente herida, pero que se reconstruirá en la armonía del amor universal para el que los hombres han sido creados. Os amo, os sonrío, hundo mis rayos en vuestro ambiente. Ved mis colores celestes, pero en primer lugar a Dios del que soy la pequeña mensajera, y dadle gracias; ¡oh! dad gracias a Dios nuestro Padre y comprended, sí, comprended el valor y la grandeza de los acontecimientos que ocurren y superan toda inteligencia.

Decid conmigo, con todo vuestro fervor, esta oración: «Dios mío, cómo expresaros nuestro agradecimiento y nuestra esperanza infinita. Concluid vuestra obra grandiosa; dad a los hombres la posibilidad de recuperarse para comprender que la Hora, vuestra Hora, la Hora de Dios va a sonar. Señor, con una piedad profunda, con un sentimiento de amor y de agradecimiento infinitamente dulce y confiado, os suplicamos que detengáis a las fuerzas del mal que se extienden sobre esta tierra de dolor. Con la Fe profunda de nuestras almas que vos habéis querido iluminar, nuestro corazón os pide por nuestros hermanos desvalidos todavía en las tinieblas. Padre, que vuestra divina mirada se detenga sobre esta tierra destrozada por las fuerzas destructivas, para que llegue vuestro reino, para que brille el arco iris con todos sus colores y para que las campanas celestes uniéndose a nuestra campanas terrestres, os hagan llegar el concierto más puro de amor que el cielo y la tierra, por fin reunidos, hayan jamás hecho oír. Amén.»

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