Me asusta un poco esto que dice Jean Prieur. Sobre todo, porque veo que es una realidad también entre algunos de nuestros teólogos católicos. Veo su buena voluntad de hacer dignamente creíble el mundo sobrenatural: la resurrección, los ángeles, los espíritus, los milagros y todo lo que se dice en los Evangelios, pero algunos se pasan.

Hay que leer despacio todo lo que dice Prieur de los teólogos de la nueva ola. No es nada fácil. El peligro está en pasarnos también en la crítica, como tal vez hace en algún punto nuestro amigo Jean Prieur. Por ejemplo, equiparando a los teólogos católicos con los protestantes. A pesar de lo que aquí se dice, creo que, en general, siguen habiendo una gran diferencia entre unos y otros.

Esta crítica que aquí se hace sobre “los saduceos (de todos los siglos)” no tiene nada que ver con algunos movimientos teológicos de hoy en día como la teología de la liberación. Más bien creo que los saduceos de que aquí se habla se relacionan con una ola trasversal que abarca por igual a teólogos de distintas tendencias, que pretenden entender todo, o casi, como simbólico. ¡Pero hay muchos que admiten la realidad y ven en ella lo simbólico!…

 ¡Buen día!

III –LO SOBRENATURAL EN EL NUEVO TESTAMENTO (continuación)

10. LOS SADUCEOS (DE TODOS LOS SIGLOS) DICEN QUE NO HAY RESURRECCIÓN Y QUE NO EXISTEN NI ÁNGELES, NI ESPÍRITUS

Estas son las realidades que, so pretexto de desmitificación, querrían hacer desaparecer del Nuevo Testamento. Los predicadores, que admiten esta clase de teología, logran la proeza de leer en el púlpito el relato de caminar sobre las aguas o de la Transfiguración sin decir ni una palabra de las realidades sobrenaturales que ocultan; o, si lo hacen, ponen todos estos hechos en la cuenta del desconcierto de los discípulos, en su ingenuidad o su mala memoria. Pero todo esto Renán lo había dicho antes que ellos, en un lenguaje más hermoso, con mayo respeto y con mucha nostalgia.

Son menos modernos, están menos a la moda de lo que se imaginan. Estar a la moda, ¿qué significa esta expresión terrible, sino sufrir todas las influencias, todas las corrientes, todas las presiones? ¡Estar a la moda, como veletas tornadizas!

Sobrenatural no significa antinatural, sino simplemente excepcional. El diamante es raro en la superficie de la tierra, esto no impide que sea muy real, muy natural.

Sigamos por un momento a los teólogos de la nueva ola (ola no tan nueva y ya sofocada) que se han propuesto «desmitologizar» el Nuevo Testamento, dicho de otro modo descartar todo lo que hace referencia al mundo visible.

En este caso, hay que descartar todo, hay que suprimir todo: la anunciación, el nacimiento milagroso de Jesús, su tentación (puesto que Satán no existe), su poder sobre los espíritus malos (que tampoco existen… ¡Ah! si solamente…), sus innumerables milagros, su transfiguración (que es, por supuesto, una escena simbólica), las resurrecciones que realizó, su propia resurrección. Su palabra: «Puesto que yo vivo; vosotros viviréis también» deberá ser reescrita de la siguiente manera: «Puesto que yo he muerto, vosotros también moriréis».

Habrá que suprimir igualmente Pentecostés y sus lenguas de fuego (eso también es simbólico), la visión del cielo abierto concedida a Esteban (cielo abierto sobre el vacío), la bilocación de Felipe (no más real que las del Padre Pío), la visión de Pablo en el camino de Damasco (¡hacía tanto calor aquel día!), sus éxtasis y sus visiones; las visiones y los éxtasis de Pedro, su liberación por un ángel; la presencia constante y activa del espíritu de Jesús junto a los apóstoles.

Habrá que suprimir también esa desafortunada Apocalipsis donde solo se habla de demonios, de animales fantásticos, de arcángeles y de resucitados que nunca deberían haber abandonado sus tumbas.

¡Sobre todo, que no vuelvan a hablarnos de esos ángeles que surgen en Navidad para la admiración de los niños pequeños! Suprimidnos esos ángeles que, después de la tentación, toman el relevo del Diablo, que consuelan a Jesús en Getsemaní (consolación: una palabra anticuada, a borrar del vocabulario) y que anuncian una resurrección que solo tuvo lugar en el mental de las mujeres y los discípulos. ¡Los ángeles! pero todos saben desde la aparición del catecismo holandés que son solo una palabra: «una palabra que significa que Dios vela por nosotros de mil maneras distintas».

Por el lado protestante, no se quedan atrás, porque existe también un ecumenismo de sepultureros.

Un pastor interpreta: «Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre», de la siguiente manera: Los ángeles que suben son nuestras preguntas; los que descienden son las respuestas. En cuanto al Hijo del Hombre, es el mental humano.

«Sus ángeles ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos», entended: sus pensamientos, sus modos de información están en relación permanente con Dios. Cuando Jesús dice: «Vigilad», entended: «permaneced abiertos al mundo, en estado de receptividad». Cuando dice: «Orad», entended: «buscad, analizad». Cuando dice: «Yo me santifico a mí mismo», entended: «Me esfuerzo por ser objetivo».

Evidentemente, términos como reino y vida eterna no hacen referencia en absoluto a ningún más allá. Cuando dice: «El hijo del Hombre dará a cada uno según sus obras», que nadie sobre todo imagine algún juicio en algún otro mundo. Se trata de obras mentales y todo se nos da en la existencia terrestre, la única que se sabe que es segura.

Otro lee a sus fieles, domingo tras domingo cada vez más raro, el relato del éxtasis de san Pablo. Ni una palabra sobre los cielos o sobre el paraíso. En cambio, toda la predicación se centra en la contrapartida negativa: la prueba, la astilla en la carne. ¡La querida vieja astilla! siempre tan puntiaguda, siempre tan punzante, después de veinte siglos de sermones en honor del sufrimiento.

Un tercero toma como tema el relato de la Ascensión, tal como se lee al principio del libro de los Hechos. Ni una palabra sobre este acontecimiento que, si fuera comprendido, debería suponer la mayor fiesta cristiana. Por el contrario, se centra en la declaración de los dos ángeles; esta vez para las necesidades de la causa, los ángeles existen, porque hay que meterlos en el juego, en el mal juego: «Hombres galileos, ¿Por qué os quedáis aquí mirando al cielo?» Y, durante veinte minutos, se os demuestra por Alfa + Omega que el mundo visible no ha existido nunca. ¡No miréis al cielo! ¡En absoluto! No hay otro cielo que la atmósfera. Tampoco miréis la naturaleza: sus maravillas correrían el riesgo de hablaros del paraíso. Mirad al mundo, pensad como él, expresaos como él, obrad como él: daréis el mayor placer a su príncipe.

Cuando todo se haya desmitificado, desacralizado, esterilizado, cuando con todo cuidado se haya cerrado un cielo «donde por otra parte no hay nada ni nadie», ya no quedará del cristianismo sino una actividad social, mucho menos eficaz que la de los sindicatos y que siempre será sospechosa; solo quedará una filosofía que otros filósofos, mejor formados, podrán siempre impugnar y combatir. Solo quedarán esas revistas con hermosas fotos, hermosas encuadernaciones en colores que traten de los asuntos de este mundo con menos competencia y valor que los que se dedican a este oficio.

A los que tienen sed de sobrenatural y de supervivencia, y son muchos, no les quedará sino volverse hacia las doctrinas orientales, aparejadas con todos los prestigios del exotismo, hacia las ciencias ocultas que representan el aspecto material (¡y qué lucrativo para aquellos y aquellas que las practican!) de las realidades invisibles.

Son miles de personas de buena voluntad las que, decepcionadas por un cristianismo que reniega de sí mismo y que renuncia a sí mismo, se vuelven hacia el Zen, mientras apóstoles con vestidos de azafrán desembarcan en nuestras puertos, perdón: en nuestros aeropuertos; Occidente se ha convertido en tierra de misión. Durante este tiempo, ¡cuántas iglesias en el campo están en venta! La apertura al mundo no habrá convertido al mundo y cristianos avergonzados andarán errantes por santuarios despoblados.

Arrojad lo sobrenatural de los Evangelios: solo quedará la historia de un agitador religioso, condenado a la vez por los sacerdotes de su país y por la potencia ocupante, historia tan insignificante que los historiadores latinos y judíos del siglo I no consideraron necesario hablar de ella, admitiendo que la conocían.

¿Qué queda de ese libro sagrado cuando se han sacado de él los ángeles y los demonios, las apariciones, las visiones, los éxtasis, las predicciones y los milagros?

¡Desafortunados milagros! no tienen buena prensa en la hora actual. Antiguamente, eran atacados por los materialistas, hoy son algunos teólogos los que dirigen el ataque. Lo mismo que ya no es necesario tener voz para hacer una carrera de cantante, tampoco es necesario creer en Jesucristo para hacer una carrera de teología. Es más bien un handicap, porque no se hablará ni de tu persona ni de tus libros.

Uno de esos de que se habla escribe esto: «No se puede utilizar la luz eléctrica y los aparatos de radio, exigir en caso de enfermedad recursos médicos y clínicos modernos y, al mismo tiempo, creer en el mundo de los espíritus y de los milagros del Nuevo Testamento.»

Es de un racionalismo infantil y chato. Esto hace pensar en aquella observación de Gagarin, después de su primer vuelo espacial: «No me he cruzado con ángeles». Gagarin tenía la excusa de haber crecido en régimen materialista, ¡Gagarin no era personalmente cristiano! A esos ángeles que brillaban por su ausencia, iba a encontrarlos tres años después de esta declaración.

En cuanto al autor citado más arriba, terminó sus días en una de esas clínicas modernas, cuya sola existencia le impedía creer en los milagros. En los tiempos en que podía pensar y escribir, se consideraba muy vanguardista. En realidad, lo único que hacía era retomar las teorías de racionalistas viejos como Herodes. Viejos como Herodes, viene a cuento decirlo, puesto que se trata en este caso de los saduceos. Aquella gente no había esperado a los teólogos avanzados (pasados como ciertas carnes) para negar en bloque la existencia de los espíritus, de los ángeles y de la vida futura. Es Lucas el que nos lo enseña:

«Cuando así habló Pablo, se produjo una discusión entre fariseos y saduceos y la asamblea se dividió. En efecto, los saduceos dicen que no hay resurrección, y que no hay ni ángeles, ni espíritus; mientras que los fariseos tienen estas creencias. Hubo entonces gran griterío. Algunos escribas, del partido de los fariseos, se pusieron en pie y rechazaron la acusación diciendo: “Nosotros no hallamos nada malo en este hombre. ¿Quién sabe le habló algún espíritu o un ángel?” Como el altercado iba en aumento, temió el tribuno que Pablo fuese despedazado por ellos (los saduceos) y mandó a la tropa que bajase, para que lo retirase de entre ellos y lo llevase al cuartel.» (Hechos 23, 7-10).

Hay un punto interesante en este relato: aquellos fariseos, de los que tantas cosas malas se dicen desde hace veinte siglos, toman partido por Pablo, exactamente porque están convencidos de la existencia del mundo espiritual y de la realidad de la resurrección. ¡Felices tiempos en los que estos problemas apasionaban al público hasta tal punto que había que apelar a la tropa para restablecer la calma!

Como los saduceos no tenían nada que decir en el campo espiritual, se volvían hacia la política; lo social aún no estaba de moda. En general, cuando «los espirituales» hacen política, eligen la que tiene el viento de popa. Los saduceos hacían por tanto la corte a la potencia del momento: los romanos. Los saduceos seguían la moda. La moda del siglo I soplaba desde Roma: la moda de la época venía del oeste.

El que rechaza la existencia de los espíritus debe, en buena lógica, rechazar también la existencia de los ángeles. El que rechaza la existencia de los espíritus no puede admitir la vida después de la muerte, puesto que, como hemos visto, los espíritus de hoy son los hombres de ayer. Y los hombres de hoy serán los espíritus de mañana. Ni espíritus, ni ángeles, ni resurrección: hay una relación muy profunda entre estas tres negaciones. Y el que niega la existencia de los espíritus, de los milagros, de los ángeles, de la inmortalidad, termina negando pura y simplemente la existencia objetiva de Cristo.

Esto es lo que ocurre en las facultades de teología protestante del otro lado del Rin, camino que algunos católicos han creído obligatorio seguir. En la primera fase se comienza por negar las intervenciones sobrenaturales, los milagros de todo tipo: se los adorna con el nombre de escenas simbólicas. En la segunda fase se fijan en las palabras de Cristo y se afirma: no hay ni una sola palabra de Jesús de la que pueda demostrarse estrictamente la autenticidad.

¡Evidentemente, no había magnetofón! Y aunque poseyéramos cintas magnéticas de esa época, se podría decir siempre: «¡Una falsificación!» Si existiera la grabación de las Bienaventuranzas, no convencería a nadie.

Es seguro que todas las palabras, todos los actos de Cristo no tienen otro fundamento que el testimonio de los apóstoles y de sus discípulos. Ahora bien, Pedro, Juan, Marcos, como es bien conocido, después Voltaire y Renán, eran bravos tipos, simplones y crédulos; gente sin instrucción, como ya decían los escribas, sus contemporáneos.

Lo que no se comprende es cómo estos seres primarios lograron escribir unos textos que, después de dos mil años, alimentan y estimulan toda la espiritualidad de Occidente, cómo estos ingenuos pudieron inventar una personalidad tan compleja, tan prodigiosa como la de Jesús.

En efecto, el proceso de desintegración en cadena se continúa. Después de haberse dedicado a atacar los milagros, luego a las palabras de Cristo, se ataca su propia existencia.

Un sacerdote que se prodigaba en los salones y en las mesas redondas mundanas y televisadas, declaraba en sus conferencias: «No es importante que Cristo haya existido históricamente».

En cuanto al teólogo protestante en que él se inspiraba, su pensamiento se resume así: Jesús no existió realmente. Su vida parece construida de tal manera para ser admirable que solo puede tratarse de un espejismo, de un fantástico sueño de la fe. Su vida es una leyenda demasiado bella, demasiado extraordinaria para ser verdadera. Esta leyenda fue inspirada por Dios a los que se llama los apóstoles: a Pedro, a Pablo, a Juan.

El Evangelio es una alegoría de cuentos alegóricos. El Evangelio es un mito del que Dios se sirvió en el siglo I porque los hombres de aquel tiempo no comprendían otro lenguaje [1]. El mito del Mesías, el mito del Hijo de Dios que se sacrifica para redimir a los hombres, el mito del Salvador que muere para borrar los pecados eran lo que mejor se adaptaba a la situación mental de la época. En resumen, Jesús no existió realmente, pero sin embargo fue enviado por Dios bajo la forma de una leyenda.

Jesús no vivió en esta tierra, pero el solo hecho de que todos los hombres ordenen sus actos de acuerdo con su pensamiento, este solo hecho basta. Jesús es una clave de bóveda, es incluso la clave de bóveda. Poco importa que esta clave de bóveda haya sido un hombre de carne y hueso. Lo esencial es que ella existe en el pensamiento humano y que haya existido en el pensamiento divino. Fue Dios quien imaginó a Cristo y el que lo envió a los hombres bajo la forma de esta hermosa ficción.

En un campo cercano, un hombre de carácter logró demostrar, con excelentes argumentos, que Napoleón no había existido realmente. Napoleón, proclamaba este amable farsante, es un mito solar y los doce mariscales no son otros que los signos del zodíaco.

En el siglo XXX, algún pedante afirmará todo serio: La vida de Napoleón es una leyenda demasiado hermosa, demasiado extraordinaria, para ser verdadera. La vida de Napoleón parece de tal manera hecha para ser admirable que solo puede tratarse de un espejismo, de un fantástico sueño de la fe de viejos soldados. La leyenda de Napoleón fue inspirada por Dios a los que se denomina poetas e historiadores.

Cuando se han abandonado los milagros, los sueños, las apariciones, las profecías, los mensajes, los éxtasis, todas las  incursiones del mundo invisible, ¿qué queda? Un Dios incoloro, muy lejano, muy solo en un cielo donde no hay ni Cristo, ni ángeles, ni santos, ni resucitados. En definitiva, ese Dios separado, alejado, abstracto, también es negado. Y este es el último eslabón de la desintegración en cadena: la muerte de Dios. Los saduceos de la Historia vivieron, pero el saduceísmo sigue existiendo y conduce siempre en suave pendiente al ateísmo.

Contrariamente a los saduceos de ayer y de hoy, podemos afirmar que es más fácil que nunca integrar lo sobrenatural en nuestro pensamiento. Cuanto más progresa la ciencia, más agua aporta al molino de los que creen en la objetividad del mundo espiritual.

NOTAS

[1] Ingenuidad suprema: imaginar que todos los hombres de siglos anteriores fueron ingenuos.

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