En estas comunicaciones de Roland, su madre Marcelle alude a dos manifestaciones físicas. Tuvieron lugar el día 14 de enero de 1949: en la mañana de este día, Roland le anuncia que la va a envolver un echarpe luminoso. La señora Jouvenel dice sobriamente: «El acontecimiento que me había sido anunciado se ha cumplido». El mismo día 14, por la noche, ve frente a su cama rayas luminosas; lo cuenta con una sencillez: «abrí los ojos y vi en la pared rayas luminosas».

El contenido de los mensajes está lleno de expresiones de gran sentido poético y místico: las carencias humanas forman una concha para el rocío del cielo; la vida sobrenatural aparece cuando desaparece el apego a lo creado; superfluo es lo que entorpece la acción divina; no pidas la supresión de tu pena, pide sólo la gracia que la metamorfosee…

Cuando leo estas cosas, me pregunto: ¿Para quién sirven las manifestaciones físicas a que se refiere Marcelle? ¿Quién aprecia las sutilezas místicas de este lenguaje de Roland? Me da la impresión de que hay, en todo esto, una cierta paradoja: entiende el que prescinde de entendederas; le sirven de prueba al que deja a un lado la prueba de la prueba y disfruta con la madurez de los que parecen inmaduros…

¡Buen día!

10 de enero de 1949. Mañana.

La privación de las alegrías terrestres produce en el individuo una «carencia»; en esta «carencia» viene a establecerse la gracia. El vacío produce en la criatura una bocanada de aire por la que el oxígeno divino se precipita.

Mamá, no lamentes tu pena y asume las «carencias» humanas. Ellas forman una concha para el rocío del cielo.

12 de enero de 1949.

La realidad del mundo exterior sólo existe en proporción a vuestro apego a lo creado: si el apego desaparece, lo creado desaparece también; es entonces cuando la vida sobrenatural hace su aparición.

13 de enero de 1949. Mañana.

Tienes que desprenderte de lo superfluo. Es superfluo lo que entorpece la acción divina.

Comer es necesario, comer demasiado es nocivo. Lo mismo ocurre con los valores profundos. Lo superfluo es lo contrario del equilibrio.

Para encontrar el tono de los ángeles, tenéis que trabajar incansablemente vuestras sonoridades, profundizar en la resonancia única.

13 de enero de 1949.

El deseo es una actitud de búsqueda, una inclinación a la mendicidad. Mendigar lo creado lo hace huir, porque enseguida juega la ley de los contrarios, de tal manera que sólo poseéis realmente aquello a lo que habéis renunciado.

No pidas la supresión de tu pena, pide sólo a la gracia que la metamorfosee. ¡Oh, qué maravilloso regalo de Dios a la criatura, la transfiguración de una pena!

14 de enero de 1949. Mañana.

Mamá, te va a envolver un echarpe luminoso, lleno de cánticos. Un acontecimiento está en camino, ha iniciado su salida del astral y camina lentamente hacia ti, como un pájaro.

Tú no sabes nada, no sientes nada, no preparas nada, y sin embargo, el acontecimiento avanza. Ninguna fuerza lo detendrá; dondequiera que estés, él te encontrará. Si vuestros ojos supieran ver, distinguirían lo que les afecta. Pero os parecéis a los topos escondidos en lo profundo de su agujero, que desconocen la bóveda del cielo y todas sus estrellas.

Piensa continuamente: «Hay en la inmensidad un átomo que me está destinado; aunque infinitamente pequeño, contiene mil imponderables cuyo polo de eclosión soy yo; todo lo que hago refuerza mis imanes; la palabra más sencilla, el menor de mis gestos, el más pequeño de mis pensamientos dobla la línea de fuerza de este átomo, lo atrae, lo retiene.»

Si tuvierais instrumentos suficientemente sensibles para descubrirlos, veríais bólidos dirigidos hacia vosotros desde el fondo del espacio. Estáis rodeados de burbujas psíquicas; brillan en la capa de éter que os rodea, tan numerosas como en la superficie de un estanque. Desde miles de años antes de vuestro nacimiento, vuestras evoluciones están inscritas en el infinito porque estáis integrados en la cadena que relaciona el comienzo y el final.

El acontecimiento que me había sido anunciado al comienzo de esta comunicación se ha cumplido. No tenía la menor idea de lo que Roland quería decirme. La sorpresa ha sido total.

14 de enero de 1949. Medianoche.

Mamá querida, te he hecho trabajar mucho durante este tiempo; te he enviado cosas un poco demasiado difíciles para ti. Has sufrido mucho, mi pobre mamá, has sido como esos débiles que llevan cargas demasiado pesadas. Estoy loco de alegría; te has ahorrado miles de molestias. Sólo formas conmigo una unidad, y es maravilloso.

¿Cómo estás, Roland?

― Mamá, no me hagas más preguntas. Me gustaría responderte, pero no puedo; tal vez más tarde.

¿Y qué hay que decir a la Señora X.?

― Su caso es muy complicado, ella puede arreglar muchas más cosas de las que cree; ella es la más fuerte. Di a X. que la quiero; tiene suerte de estar con X. Me río de mis preocupaciones de antaño.

Duerme.

Esta noche, me desperté de repente a las dos de la mañana. Abrí los ojos y distinguí sobre la pared, frente a mi cama, rayas luminosas; después, del lado de mi ojo derecho, una especie de muralla de sombra más oscura que la noche. Soy miope; sin mover la cabeza, tendí la mano para coger mis gafas y lo que me aportan los cristales no cambia nada. Había una cuadrícula de ruecas brillantes; podría deberse a una luz filtrada por un resquicio de mis cortinas mal cerradas, encendí mi lámpara: las cortinas estaban herméticamente cerradas. Apagué, las fosforescencias habían desaparecido.

16 de enero de 1949. Mañana.

En la naturaleza todo es solamente una sucesión de evoluciones y de trasposiciones; creéis que son reales porque las veis. Pobres incrédulos limitados a vuestros sentidos.

Dijo Jesús: «Bebed, esto es mi sangre; comed, esta es mi carne.» Me gustaría que estas palabras se convirtieran para ti en una verdad. Para ilustrarte sobre las leyes de las metamorfosis, te voy a poner un ejemplo tan sencillo que te sentirás completamente sorprendida. Cada día se produce en vosotros un fenómeno desconocido en el que os negáis a reflexionar. El pan que comes y el vino que bebes se convierten en carne y sangre. Este poder del que es capaz vuestro organismo, se lo negáis a Dios. Mamá, el pan de los ángeles, lo mismo que el pan de los hombres, lleva en sí la posibilidad de metamorfosis. Así como los órganos cambian los alimentos, así el alma transmuta las ondas.

16 de enero de 1949. Noche.

Mamá, estoy lleno de buena voluntad para darte una enseñanza; pero de momento tu espíritu me hace pasar altibajos.

Escúchame bien: es necesario que, antes de venir a escucharme, hayas pasado por momentos de silencio; es necesario que tu espíritu no lleve ningún brote humano. Tienes que ser como un día de verano, cuando el tiempo estable es bueno. Este grado de concentración es difícil de alcanzar, pero es indispensable; es la primera condición para que nuestros encuentros sean de calidad.

Por ahora, no quiero hablarte más; reza, medita.

17 de enero de 1949. Mañana.

La invasión del espíritu por los problemas materiales es una cosa inaudita; no os deja un momento de tranquilidad. Los deseos se encadenan unos a otros, como en un movimiento continuo. Despertáis con deseos, Dormís con deseos, y los móviles que os animan se suceden en vosotros como las olas en el mar. ¡Ah, si supierais entrar en reposo!

17 de enero de 1949. Mañana.

Hay un conjunto de fenómenos psíquicos que están relacionados entre sí, de tal manera que no puede tocarse uno sin que reaccione sobre el otro y provoque una ruptura de equilibrio. En lo concreto, abundan los ejemplos: (el peso y la balanza, etc…); en lo abstracto, todo se complica, ninguna afirmación es digna de fe y sufrís el orden de las leyes invisibles, lo mismo que el pulgón sufre la pata del elefante. A cada uno se le asigna la tarea de establecer la naturaleza de sus relaciones con los seres, y el conocimiento de los valores que son el contrapeso en el espacio.

El cuerpo humano es un conglomerado de vibraciones; cuando interviene un cambio cualquiera, todo el sistema pierde su aplomo. Bien decís que vuestras fluctuaciones, vuestros cambios, por mínimos que sean, repercuten en el cosmos, porque ignoráis el lugar que ocupáis en la armonía planetaria y el polo al que estáis vinculados.

Mamá, hay que reducir al silencio todo lo que en ti altera las vibraciones sonoras que te envío; tú eres sólo un «resonador»; permanece incansable en la estación de escucha, la acústica celeste sólo es perceptible para los oídos siempre al acecho. Yo te lanzo piezas, su sonido será más o menos puro según caigan en plomo o en acero.

18 de enero de 1949. Mañana.

Mamá, tienes que saber que en el reino mineral hay ciertos objetos sobre los que nos es posible hacer que actúen nuestras radiaciones. Si poseyerais el sexto sentido, entraríais en ese campo magnético.

Cuando caen rayos solares en superficies metálicas ―trozos de cristal, substancias incandescentes― se produce un fenómeno fluorescente, y se ve aparecer no sólo los colores elementales, sino rayos infrarrojos. En estas refracciones luminosas, pueden deslizarse interferencias sobrenaturales.

Mamá, admite por un momento que el sol sea Dios; si pones en su trayectoria bastidores de distintos colores, la claridad conseguida será, según los colores, más o menos viva; el violeta absorberá casi totalmente los rayos, pero no el rojo y el verde. Piensa por tanto que la materia interpone continuamente sus pantallas y que, según vuestras disposiciones interiores, esas pantallas son opacas o radiantes entre vosotros y Dios.

19 de enero de 1949.

Mamá, me es imposible hablarte en el estado de obstrucción material en que te encuentras; tu cerebro es un atolladero. No trates de entenderme; reza, será mejor.

Siento alejarme, porque tenía ganas de conversar contigo. ¡Pobre mamá! Buenas noches.

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