Leyendo a Paqui, se da uno cuenta de la cantidad de insulseces que todos hemos dicho en la cabecera de un enfermo que se va. Más allá de las cosas que quedan en el aire en estas comunicaciones, más allá de su estilo a veces infantil, hay cosas fantásticas que a más de uno le hacen bien –lo sé- porque tiene sensibilidad para comprender: «sonreíd al futuro, al único futuro que vale la pena atarse porque es el que permanece», dice ante una enferma.

¿Y qué decir cuando una madre se va? ¡Hay un paso enorme que dar! No basta con decir lo que solemos decir: “¡qué le vamos a hacer!” Tal vez hay que decir lo que nos sugiere Paqui: «comienza el amanecer, el velo se ha roto, vuestra querida vive». Pero, atención, esto no se improvisa. Dijo un filósofo existencialista: el hombre es un ser para la muerte. ¡Vaya filósofo! ¡Él, que debía elevarse a las últimas causas, se queda sólo en lo superficial, en la apariencia! ¡El próximo curso vamos a explorar el futuro, ese amanecer de que habla Paqui!

Y si el ser querido se nos va, no hay por qué dejar de llorar. «Llorad –dice Paqui-, pero dad gracias a Dios». Porque nos tiene reservado un futuro esperanzador y hermoso, que ella nos va describiendo. ¿Por qué no explorar ya aquí ese futuro? A través de los medios que El pone en nuestro camino. ¡Sin renunciar a ninguno! ¿Por qué nos parece “escapismo” lo que es sólo tratar de descubrir el futuro hermoso, sin renunciar al duro presente?

¡Buen día!

I – EL DOLOR (2)

EN LA CABECERA DE UNA QUERIDA ENFERMA GRAVE

Tienes dificultad para creer que tu visión es auténtica, real, puesto que puedes vernos a las dos abrazadas en el mismo vestido blanco hecho de espinas blancas. Sin embargo, no te engañes; no, soy yo, mi pobre querida, mi amada hermana. No nos hemos alejado desde el principio de vuestro calvario; yo lo sufro con vosotras dos, camino a vuestro lado, lloro con vuestro dolor; y forzosamente es ciega, vuestra inmensa tristeza, pues vuestros ojos humanos no pueden ver nada de las maravillas que se preparan en torno a vosotros; vuestros sentidos no pueden concebir la utilidad del sufrimiento que soportáis, tu martirio y tú. Pequeña amiga dolorosa, llora, mi pobre afligida, pero inclina la cabeza, y si por azar se vuelve a levantar, que sólo sea para levantar los ojos y pronunciar estas palabras: Padre, ponemos nuestras almas en Vuestras manos, hágase Vuestra voluntad y no las nuestras, nosotros que no podemos comprender Vuestros designios, y que sólo podemos sufrir sin rebelarnos contra el dolor que atormenta tanto nuestra carne lastimada, como nuestro corazón.

Digo nosotros, porque sé todo lo que soportas, comparto toda tu angustia, te sostengo, y he pasado a tu talle mi cintura hecha de azul, la que Dios reserva sólo a los ángeles. El me ha permitido actuar así para ayudarte a soportar el peso de tu dolor; sin esto, él te habría aplastado literalmente, y yo no podía dejar a mi querida hermana luchar sola en horas tan crueles.

Las palabras no bastan, son pobres para expresar todo lo que desearía hacerte comprender. Mi participación en tu carga es inmensa, apóyala todavía más en mí, no temas cargar demasiado a tu ángel, le es dulce sufrir por su hermana terrestre, por su pequeña «mártir» según la comprensión humana, por la «privilegiada» según las leyes y los designios de Dios.

No puedo saber si la pequeña vela será soplada por el céfiro para transformarse en una deslumbrante claridad casi de repente ―porque su felicidad eterna será tan profunda, tan grande, que superará con mucho todo lo que vosotros podéis esperar para ella, después de ese período atroz en el que su sufrimiento supera casi lo posible. Ella ha aceptado todo, su renuncia ha sido completa, tiene cuerpo y su alma en manos del Señor no hace ninguna pregunta. ¡Qué resplandeciente es su alma! todo es translúcido en torno a su lecho de dolor. ¡No podéis imaginar lo que mis ojos contemplan! sufriríais menos esperando conocer el futuro.

No debéis y no podéis conocer la suerte reservada a los que os quieren, y nuestra separación, esa interrupción de los mensajes, ha sido querida porque yo no podía ni sabía decirte nada… Necesitabas subir la escalera santa sin conocer lo que te esperaba en los diversos rellanos. Pocos días os separan ya de ese futuro, y lo vais a saber. Para vuestros corazones, me gustaría que vuestra vela guarde su llama; para vuestras almas, la gran luz puede nacer y vendrá a incrementar la maravillosa claridad que poseemos aquí. Ninguna travesía tumultuosa que temer; con total determinación llegará la felicidad, no será la misma, eso es todo. Una nadería, menos que una nadería, puede abrir la gran puerta y dejar pasar a esta alma; la veo maravillosa. Ah, alegraos más allá de vuestras lágrimas al saber que el cuerpo es sólo un deshecho, del que hay que desprenderse pronto o tarde, y que es el alma lo único que interesa y debe centrar vuestros pensamientos.

Tú te rebelas, lloras, y tu lápiz se resiste a transcribir palabras tan crueles… Crueles sólo para vosotros, porque ignoráis todo, tenéis que ignorar todo, por penoso que esto pueda pareceros, porque amáis humanamente, y no podéis haceros a la idea de una separación cercana. ¡La hora  no  ha llegado, decís! Desgraciadamente, ¿qué sabéis vosotros? Dejad que corran vuestras lágrimas, ellas se convertirán en diamantes en la corona de vuestra enferma, y la limpiarán más. Sólo la hacéis mal si os rebeláis por ella, si no aceptáis su sufrimiento y el vuestro. Mantened vuestra Fe; sed en este momento la boya de la que os he hablado: dejaos tambalear por la horrorosa tempestad diciéndoos muy fuertes para calmar vuestra zozobra: ¡no nos hundiremos, no! suceda lo que suceda, nuestra barca se aferrará al puerto, la boya se mantendrá, sostendrá nuestra barca; las tempestades acaban siempre calmándose, lo esencial es enfrentarse a ellas y luchar contra la furia de las olas.

Sed el comandante sereno que da sus órdenes con calma y tranquilidad porque es el jefe, porque asume y conoce sus responsabilidades. Dirige todo su mundo; vosotros también, dirigid vuestras angustias, dad vuestras órdenes, y que vuestra alma permanezca tranquila, suceda lo que suceda, os digo. Os prometo la llegada feliz al puerto; vuestra ancla brilla, queridos hijos. ¡Confianza! Sonreíd al futuro, al gran futuro, al único que vale la pena atarse porque permanece. Está cerca, ¡el tiempo no es nada! algunos años… segundos, ya lo sabéis.

Nuestros dulces encuentros se reanudarán pronto: yo debo, puedo volver a vosotros, y si tú no me entiendes, hermanita, te suplico que me creas a tu lado. Mis alas envuelven a tu querida enferma, su cuerpo es ligero, su alma dora mis alas, yo no la abandono; soy yo la que lleva la estrella luminosa que brillará con tan hermoso resplandor en su pálida frente. ¡Qué hermosa está así! un haz de oraciones la ayuda, no creáis que son inútiles porque son ineficaces sólo a vuestros ojos; son para ella muy preciosas. Oh, comprendo vuestro dolor, sé lo que cuesta ver sufrir a seres queridos y esperar estremeciéndose. ¡Rezad y esperad!

Paqui.

INMORTALIDAD
(Dos horas después de la muerte de una madre)

Quiero ayudarte, sostenerte, para que las dos la sigamos rodeando: tú, con tu inmenso cariño, yo, tu ángel, con mis fluidos sutiles y fuertes.

¡Aleluya! ¡comienza el amanecer, el velo se ha roto, vuestra amada vive! Os aseguro que vive, y pronto su alma resplandecerá, su alma verá las maravillas que Dios reserva a sus elegidos. Sí, ella es la elegida de ese buen Padre; no lloréis por ella, dejad que vuestras almas se alegren porque es la felicidad, la inmensa felicidad la que ha alcanzado. Hijos, vuestra querida [madre] está más que salvada; no pasará por ningún sufrimiento expiatorio; su corona está tejida con su dolor ofrecido, y maravillosos diamantes forman su entorno.

Rezad, rezad, pero no tengáis ninguna pena, ningún miedo; pronto será ella la que os proteja; allá arriba, continuará la obra que vosotros creéis acabada después de que ella ha cerrado sus ojos a esa pequeña luz del día terrestre. Pronto sentiréis su apoyo, la veréis con los ojos del alma, los únicos que no se cierran.

Me gustaría describiros el ambiente en que descansa su alma. Ella descansa: descasad vosotros, pero rezad, rezad mucho, vosotros que la amáis y a quienes ella quiere. Yo estoy aquí; confiádmela totalmente. Paqui quiere ayudaros, amigos queridos, amigos doloridos, pero a quienes volveré a encontrar felices y tranquilos porque vosotros me comprendéis, vuestros ojos están abiertos, vuestras almas saben que el día más hermoso de la vida es el último. Lo repito, el último. Vuestro ser querido está por tanto en el día más hermoso de su vida. ¡El cuerpo no es nada! dad gracias al Señor.

¡Aleluya! Vosotros cantaréis, vuestra amada está libre de lo que no cuenta. Sólo el alma debe preocuparos en estos días de duelo. Amigos, si las espinas penetran antes en vuestra carne, estad convencidos de que la sangre que sale de vuestras llagas es el rocío bienhechor que hace germinar y desarrollarse vuestro jardín eterno, lo mismo que la sangre preciosa de Cristo permitió la redención de los seres. Así, vuestros sufrimientos serán para vosotros beneficio y redención.

Ramo maravilloso, ramillete celeste, fórmate a expensas de nuestras alegrías humanas que no son nada, que no sirven para nada. Ramo celeste, quiero verte florecer y mis lágrimas te servirán de savia y de rocío. Quiero aceptar todo para que tú permanezcas. Así sea.

El tañido fúnebre, allá arriba, es sólo alegre carillón.

Las tinieblas son sólo para los que no conocen el camino de la luz.

Vuestras lágrimas pueden fluir, ellas son perlas raras, pero vuestras almas deben cantar los himnos del Aleluya.

Con serenidad, Paqui os deja; Paqui permanece en vuestras almas.

Paqui.

ACEPTACIÓN

Paqui desea ardientemente consolarte, calentar tu corazón que tiene frío, que está roto por esta dura «separación». Sólo para vosotros escribo esta palabra, porque no hay separación para los que se aman y creen en la palabra divina. «Yo soy la Resurrección y la Vida». Y vosotros sois de esos privilegiados, vosotros sabéis que vuestra carne desaparecida, más viva que nunca, más hermosa, más cerca de vosotros, pronto os dirigirá su amoroso pensamiento. Ella se reconocerá enseguida, yo la ayudaré, y mi contacto le será dulce como un rayo de sol primaveral.

Llorad, queridos míos, pero dad gracias a Dios; la gracia inmensa que El os ha concedido debe ayudaros. Vuestros ojos lloran, vuestras almas cantan; vuestras frentes se inclinan baja el peso de vuestra pena, pero lo mejor de vosotros mismos está lleno de alegría. Alabemos juntos al Dios de misericordia que acaba de abrir sus brazos paternales a su hija amada a la que vosotros lloráis. Alegraos, os digo, y recemos para que ninguna nube venga a romper su sueño, y para que su descanso sea dulce y bienhechor.

Dios mío, inclinados bajo nuestra pena, entristecidos, rotos, acabamos de ponernos bajo vuestra divina protección. Creed en vuestros hijos cuando os dicen gracias, cuando os dan gracias. Ayudadlos a soportar esta pena que oprime su corazón, decidles que Vos comprendéis la pérdida terrestre que acaban de vivir, y dadles la fuerza de levantar su frente para que sus ojos Os encuentren y se calmen.

Dios mío, vuestra hija querida ha puesto su alma  en vuestras manos divinas con un fervor que ha conmovido vuestro corazón paternal; habéis perdonado ciertamente las faltas pasajeras y leves. Todo su sufrimiento, ella Os lo había ofrecido; sus pequeñas manos unidas Os han implorado con tanto fervor que su alma tocaba ya el firmamento cuando su cuerpo lastimado yacía aún vivo en su lecho de dolor. Todo esto, Padre, nos ayuda a recorrer el camino doloroso; sufrimos atrozmente, pero tenemos la certeza de que pronto ceñiréis Vos mismo la hermosa frente desaparecida a nuestros ojos con la magnífica corona tejida con sus sufrimientos y su renuncia. Padre, cuando nos veáis con los ojos llenos de lágrimas, miradlos sin enojo; queremos que ellas lleguen a Vos como un rocío, y Os entreguen todo lo más puro que tenemos en nosotros mismos. ¡Nada de rencor, nada de rebeldías, no! Sólo la pena de la separación terrestre, unida a la esperanza segura del encuentro definitivo, pronto, junto a Vos, con Vos, y para la eternidad. Así sea.

Paqui.

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