Las cosas pueden ser claras como el agua de una fuente. Pero si se ven con gafas oscuras parecerán oscuras. Las apariciones de la Virgen de Guadalupe parecen limpias como un amanecer, luminosas. Pero el P. Brune nos presenta aquí cuatro casos que revelan cegueras de la razón.

El primer caso es el de una parte importante del clero local. Tienen miedo de que la devoción a la Virgen de Guadalupe despierte las antiguas creencias paganas de los indios. Por eso estudian las relaciones entre éstas y la devoción a la Virgen. Era 1556.

El segundo caso se debe, al parecer, al rencor personal del franciscano Francisco Bustamante contra el arzobispo de México, dominico Alonso de Montúfar. Dice François que también se ventilaba, probablemente, el control de las cuantiosas limosnas que se recibían ya entonces en el santuario de Guadalupe. ¡Porca miseria!

Los casos tercero y cuarto van de tesis sobre las apariciones de Guadalupe. Una, presentada en Madrid por D. Juan Bautista Muñoz, muestra tales lagunas que demuestra que no leyó los documentos esenciales que habían llegado a Madrid. La otra, presentada en la Sorbona por Jacques Lafaye, defiende, al parecer sin argumentos, que lo de Guadalupe fue un mito…

¡Buen día!

III – Los extravíos de la razón

En los primeros momentos, una buena parte del clero local se mostró muy reticente ante este prodigio. Antes de la llegada de los españoles, había existido un culto pagano en lo alto de esta colina, y se podía temer su reaparición, bajo una apariencia cristiana. Algunos teólogos argumentaban que esta devoción hacia la Virgen de Guadalupe corría el riesgo de  reducir a la nada todos los esfuerzos llevados acabo desde hacía muchos años, para arrancar a los indios de sus ídolos. En este clima, se decidió una primera investigación eclesiástica, en 1556, pero sólo se centró en las eventuales relaciones del culto rendido a la Virgen de Guadalupe con las antiguas creencias paganas. En este clima de hostilidad, ni el nombre de Juan Diego se citó ni una vez, ni las apariciones fueron mencionadas ni una sola vez.

Pero el punto culminante del debate fue un sermón del hermano Francisco Bustamante, el 8 de septiembre de 1556, unas semanas antes del comienzo de la investigación, en la solemnidad de la Natividad de la Santísima Virgen. El arzobispo de México, hermano Alonso de Montúfar, dominico, sucesor de Juan de Zumárraga, acababa de terminar el año anterior la nueva iglesia de Guadalupe. El padre Bustamante, franciscano, se enfrentó abiertamente con el arzobispo, acusándole de introducir una devoción «nueva» y de hablar de «milagros no demostrados». Le atacó también a propósito de las limosnas de las que «no se sabía en qué se empleaban». Llegó incluso a defender que la imagen era la obra pintada de cierto indio llamado Marcos. ¡Turbia disputa de rivalidades entre distintas órdenes religiosas, agravada por una cuestión de mucho dinero [1]! El sermón fue un verdadero escándalo, cuentan sus contemporáneos, porque la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe estaba ya muy establecida. Como este alegato no se sostuvo en ningún argumento, ni serio ni siquiera fantasioso, sino que procedía únicamente de un rencor personal, no dejó muy pronto ningún recuerdo. Hasta tal punto que durante la investigación de 1666, como hemos visto, los testigos españoles terminaban su declaración añadiendo que jamás habían oído decir que los acontecimientos que acababan de contar hubieran sido impugnados por nadie.

Sin embargo, la oposición iba a venir, pero mucho más tarde. Más en concreto, a partir del 18 de abril de 1794, durante la presentación de la tesis que D. Juan Bautista Muñoz defendió ante la real Academia de la historia, en Madrid [2]. Lo que en este caso es interesante, es que encontramos ya en él el mismo mecanismo que en las reacciones negativas de muchos de nuestros contemporáneos: un fuerte prejuicio contra todo lo paranormal y una profunda ignorancia del informe.

Sabemos en efecto que Muñoz pertenecía a una corriente intelectual llamada «Ilustración» y que era, en realidad, el equivalente a lo que supuso en el resto de Europa «el Siglo de las luces». Es el reino todopoderoso, e incluso tiránico, de la razón considerada como el árbitro absoluto de todo conocimiento. Todos los dogmas, todas las tradiciones, todas las enseñanzas deben someterse a su juicio, sin ninguna apelación posible.

Juan Bautista Muñoz había sido encargado por el rey Carlos III de escribir una historia de las Américas para rehabilitar un poco la acción de los españoles, muy criticados por los historiadores extranjeros. ¡Pero él ni siquiera pertenecía a la real Academia de la historia! Para evitar las susceptibilidades de esta academia real, lo más sencillo era que redactase una tesis en debida forma y se convirtiera él mismo en académico. Necesitaba por tanto un buen tema para la tesis. Varios académicos pertenecían a su misma corriente de pensamiento, él lo sabía.

Fue entonces cuando descubrió, entre papeles llegados recientemente de México, un relato entusiasta de las apariciones de Guadalupe.  Era el tema soñado: hechos considerados extraordinarios, en el origen de toda una piedad popular ampliamente desarrollada y acreditada por toda la autoridad de la Iglesia.

Juan Bautista Muñoz nunca fue a México; no llevó a cabo ninguna investigación, jamás vio los lugares, ni la primera ermita, ni las siguientes iglesias, ni la casa de Juan Diego.

No aporta ningún documento nuevo que hubiera descubierto en los archivos reales de Madrid, que le estaban sin embargo abiertos de par en par, o en los de la real Academia de la historia; ni ningún documento que alguien le hubiera remitido o enviado desde México.

Leyó probablemente una o dos obras, entre todas las que ya habían aparecido y se encontraban en Madrid. Leyó sobre todo el manuscrito que reveló la existencia de estas apariciones y que acababa de llegar a Madrid. Este texto citaba todos los documentos  conocidos en esta época y las obras serias que habían sido publicadas sobre el tema. Muñoz, entonces, las cita haciendo creer que las ha leído y que está por tanto perfectamente informado. Desgraciadamente su tesis revela tales lagunas y tan enormes confusiones que demuestra que nunca tuvo tales textos en sus manos. Cita, como si fueran relatos de apariciones, títulos que responden a simples poemas en honor de la Virgen de Guadalupe, toma un relato de viaje de un italiano que visitó México y vio Guadalupe a través de una obra de Sigüenza y Góngora que, encima, no existió, etc [3].

Su principal argumento es el silencio relativo de los documentos de primera mano inmediatamente después de las apariciones. Pero la gente del país no necesitaba estos documentos. Conocían a Juan Diego, conocían a su tío Bernardino y sobre todo al obispo Zumárraga, al principio tan reticente. Al principio, no necesitaban hacer trabajo de historiadores. Hoy sabemos mejor por otra parte que este silencio no fue total. Pero sólo poco a poco, al comenzar a desaparecer los testigos directos, se hizo sentir la necesidad de recoger los testimonios todavía posibles. De aquí la investigación de 1666.

Pero ésta para Muñoz no demuestra nada. Juzga por su cuenta que no es de fiar el testimonio de los indios, que están dispuestos a creer cualquier cosa, con tal de que sea algo maravilloso; que tampoco puede uno fiarse más del testimonio de los españoles, pues eran mayores y a esas edades la memoria, como es conocidos, se confunde ampliamente.

Queda no obstante por explicar cómo pudo desarrollarse esta devoción que él no puede negar. Aquí, se limita necesariamente a hipótesis. Reconoce que el mismo no tiene probablemente la explicación adecuada. Pero da un ejemplo de lo que pudo ocurrir:

«Un pintor, por ejemplo, representó a Nuestra Señor de Guadalupe en una colina de Tepeyacac, con un devoto en oración a sus pies. Después, suponiendo que la Virgen se había aparecido a un simple indio, él ofreció esta pintura a su devoto. Otro oyó la cosa y la contó con seguridad por todas partes. El ruido se extendió y, al aportar cada día algunos nuevos detalles circunstanciales, el relato entero se fue componiendo poco a poco.»

Las polémicas modernas

Todo investigador en una disciplina tiene la impresión de que ésta le ha permitido conocer cierto número de cosas mejor que otras. Un poco como si esta disciplina fuera para él una llave. Es normal entonces que, con esta llave, se siente tentado a tratar de abrir todas las cerraduras. En este caso, es normal que un psicólogo, un sociólogos, un antropólogo trate de comprender, a partir de su disciplina y con los métodos que le son propios toda clase de fenómenos, incluidos los fenómenos paranormales. De hecho, por otra parte, pueden aportar casi siempre una luz particular que permite tener una comprensión más completa de estos fenómenos.

Desgraciadamente, sucede con frecuencia que todos estos especialistas, sintiéndose incompetentes para juzgar sobre la autenticidad del fenómeno paranormal, se concentran únicamente, no en el fenómeno, sino en la creencia en ese fenómeno. Es la creencia en este mismo fenómeno lo que tratan de explicar con sus propios métodos. Que el fenómeno en sí mismo sea auténtico o no, acaba no teniendo para ellos ninguna importancia. Lo que tratan es de explicar esta creencia, incluso en la hipótesis de que el fenómeno nunca hubiera existido, y acaban convenciéndose muchas veces de que efectivamente el fenómeno paranormal origen de esta creencia jamás existió. Vamos a ver, a propósito del milagro de Guadalupe, dos ejemplos muy típicos de este método.

Una tesis de la Sorbona

Una tesis defendida en la Sorbona por Jacques Lafaye y aparecida en Gallimard en 1974 ofrece un buen ejemplo de este tipo de simplificación a priori. El título anuncia ya un poco el color: «Quetzalcoatl y Guadalupe. La formación de la conciencia nacional en México [4].» La obra, prologada por Octavio Paz, incluye una bibliografía de cuarenta y seis páginas, lo que acaba dándole una cierta autoridad. ¡Cuarenta y seis páginas de bibliografía! Uno piensa que el autor lo ha leído todo, lo ha examinado todo, que su trabajo es exhaustivo y definitivo. Pues bien, de todo esto él deduce claramente que la historia de esta imagen maravillosa es sólo un mito, construido conscientemente por el clero, para reconciliar los distintos elementos étnicos del pasado correspondientes a las poblaciones de origen indio y europeo, y dar lugar así a un sentimiento de conciencia nacional.

La idea, en sí, no es estúpida. Prefiero no evocar todas las disputas en torno al bautismo de Clodoveo. Pero hoy se sabe que así fue utilizada la figura histórica de Vercingetorix, en Francia, en el siglo diecinueve, para unir mejor a todos los franceses contra sus enemigos, ofreciéndoles una historia común muy antigua. Pero aquí, la verdad histórica es cruel para el mito. Se sabe también hoy que en Alesia había más galos para batirse con los romanos contra Vercingetorix que contra ellos, con Vercingetorix.

En el caso de la Virgen de Guadalupe, parece que es lo contario. Es la verdad del mito la que parece confirmar las investigaciones recientes. A este respeto,  no dejan de tener interés algunos detalles complementarios sobre los trabajos de Jacques Lafaye. El padre jesuita americano Burrus, investigador especialmente competente en todo lo que se refiere a la Virgen de Guadalupe, había puesto a disposición de J. Lafaye su biblioteca personal y su apartamento de Roma para ayudarle en su trabajo. Pero cuando, más tarde, pudo leer la tesis de Lafaye, tuvo la sorpresa de que, para sus investigaciones, Lafaye sólo había utilizado la mitad de la bibliografía que le había comunicado, eliminando sistemáticamente todos los trabajos históricos o científicos que iban en el sentido de la autenticidad del milagro [5]. El desprecio de los hechos es tan absoluto que la obra sólo contiene una reproducción de la imagen de la Virgen de Guadalupe con la mención lacónica: «alrededor de 1,50 m. de alta.»

(Continuará)

NOTAS

[1] Sobre todo esto, ver Documentario Guadalupano, 1531-1768, México, 1980, p. 117-121.

[2] Sobre todo este movimiento de oposición a las apariciones durante los siglos XIX y XX, ver J. Jesús Jiménez López, Los historiadores guadalupanos de la Ilustración en las actas del «Congreso Mariológico, 1531-1981», congreso organizado para el 450 aniversario de las apariciones, México, 1983, p. 407-424; y Alfonso Alcalá Alvarado: El antiguadalupismo y la crítica histórica (siglos XIX-XX), ibid., p. 425-440.

[3] Para esta brillante demostración, ver J. Jesús Jiménez López, Los historiadores guadalupanos de la Ilustración, op. cit., p. 415-417, en nota.

[4] Ver el estudio del Hermano Bruno Bonnet-Eymard, op. cit.

[5] Ver el estudio del Hermano Bruno Bonnet-Eymard, op. cir., p. 34.

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