¡Qué fácil es despistarse! Ves este magnífico trabajo de François, los detalles que van descubriendo los científicos en la sábana de Turín, y dices: «¡Está bien esto, vale la pena leerlo!» Y alguno verá, dentro de unos días, las procesiones de Semana Santa de Valladolid o de Zamora o de Sevilla y dirá tal vez: «¡Qué maravilloso Salcillo!» O verá a la gente y dirá: «¡Qué gente tan maravillosa! »

Y todas estas cosas están bien. Pero tenemos el peligro de despistarnos, de quedarnos en los detalles de François, o en el arte o la religiosidad [aspecto puramente sentimental de la religión en una persona (P.R.)] de nuestras Semanas Santas. ¡Y hay que ir al fondo! ¡a lo esencial! ¿Cómo?

Tal vez hay que volverse como niños y ver, como el niño de La Pedrada, «al Nazareno que pasa con la túnica morada». Y sentir, como él, «la trágica escena, que le dejó el alma llena de hondo rencor doloroso». Y sentir, también como él, la injusticia: «¿Por qué has hecho eso?» le preguntan. Y él responde desde «un alma justa a lo vivo: ─”¡Porque sí; porque le pegan sin haber ningún motivo!”»

¡Buen día!

1-La sábana de Turín

El estado de las investigaciones científicas (continuación)

Las señales de las llagas y heridas son de una extraordinaria precisión anatómica. He aquí lo que dice de ellas el profesor Robert Bucklin, médico forense de Los Ángeles: «Esta fotografía muestra heridas con tal claridad y tales detalles que hace posible un examen médico-legal… En la mejilla derecha hay una hinchazón que ha causado el cierre parcial del ojo derecho. Hay también un punto en la nariz donde aparece una separación y la posible fractura del cartílago nasal. En la punta de la nariz hay una contusión, el posible resultado de una caída en que la nariz entró en contacto con un cuerpo duro. En el cuero cabelludo, hay una serie de manchas de sangre, una de las cuales ha corrido por la frente, presentando la forma de un 3. Estas manchas no aparecen simplemente en la frente y encima del cráneo sino también detrás del cuero cabelludo. Fueron hechas por objetos punzantes que se proyectaban bajo la piel y producían una hemorragia [1]

Se ha podido observar que Cristo había sido flagelado con un flagrum, es decir un látigo que llevaba un mango unido a varias correas rematadas cada una de ellas por dos pequeñas bolas de plomo o de hueso. Las marcas dejadas sobre la sábana aparecen mucho más claras con rayos ultravioleta y así se ha podido contar incluso el número de golpes: unos ciento veinte.

Se ha observado que las señales de látigo en los omoplatos estaban aplastadas como por un peso importante. Se trata muy probablemente de la huella del patibulum, el palo transversal de la cruz que el condenado tenía que llevar hasta el lugar de su suplicio.

Se ha hecho notar que en las señales de sangre de la rodilla izquierda, del talón y de la nariz, entumecida y ensangrentada, se hallaba un poco de tierra, mezclada con sangre. Lo que sugiere fuertemente caídas en el camino del Calvario.

Parece muy posible, como lo sugiere el estudio de Horst y Gesino Huismans, que el ojo derecho del Cristo fue perforado, probablemente por una de las espinas de la «corona de espinas» que era en realidad un verdadero casco, y tal vez en una de las caídas de Cristo en el camino de la cruz [2].

Se ha podido determinar también que la sangre procedente de la gran llaga sobre la frente, debió correr antes de la muerte, mientras que la que procede del costado sólo pudo brotar después de la muerte. Esta llaga del costado responde totalmente a las dimensiones de una lanza romana (48 x 15 mm). El golpe llegó hasta el corazón, pero por el lado derecho, lo que es completamente normal por parte de un soldado romano. Los soldados se protegían en su lado izquierdo con un escudo y se batían con su espada con la mano derecha. El lado vulnerable, no protegido, se encontraba por tanto a la derecha. La lanza se deslizó sobre la sexta costilla y penetró por el quinto espacio intercostal. El doctor Pierre Barbet ha reconstruido el trayecto que debió seguir la lanza. Encontró probablemente el pericardio, lleno de serosidad, y la aurícula derecha, todavía llena de sangre. De aquí la salida de sangre y agua, descrita fielmente por san Juan. Si el golpe se hubiera producido por la izquierda, habría perforado los ventrículos que, en un cadáver, están vacíos de sangre. No habría habido ninguna salida de agua.

Una comparación ha permitido establecer que la impresión era la de un hombre muerto en la cruz.

En 1968, se encontró por primera vez el esqueleto de un crucificado. Se trata de un hombre joven, ajusticiado durante la primera guerra judía, hacia el año 70. Tenemos incluso su nombre: Jehohanan. El doctor Nicu Haas, de la universidad hebrea de Jerusalén, pudo reconstruir con el examen detallado de los huesos, la manera como fue clavado en la cruz. Aparecía claramente que los clavos que fijaban las manos estaban en realidad colocados en el puño. Una señal de desgaste por frotamiento sobre el radio, cerca del puño, parece atestiguarlo claramente. Es por otra parte lo que el doctor Barbet ya había adivinado hacia los años 1930. El clavo que atraviesa el puño en el punto concreto llamado «espacio de Destot» toca entonces un nervio que ordena automáticamente el doblamiento del pulgar sobre la palma; lo que explica que la señal de los pulgares no aparezca efectivamente en la sábana de Turín [3].

Sin embargo, lo que parece cierto en el caso de Jehohanan no lo es forzosamente en el caso de Cristo. En el último congreso científico internacional sobre la sábana de Turín, en esta misma ciudad, del 5 al 7 de junio de 1998, F. Zugibe hizo notar que la posición espontánea de los pulgares, cuando no se trata de coger una cosa, se encuentra detrás del índice. Es por tanto normal que no figuren en la sábana. Asimismo, el profesor Stefano Cicchetti afirma que el clavo pudo pasar por el segundo espacio intermetacárpico sin producir un desgarro de la mano por el peso del cuerpo.

Se ha descubierto también cómo fueron clavados, probablemente, los pies. En el caso de Jehohanan, los dos pies habían sido clavados en la cara a la altura de los talones. Se sabe porque los huesos se mantienen todavía en el clavo. Pero para Cristo como para muchos otros, sin duda, los pies habían sido clavados uno sobre otro en «flexión plantar, es decir en la posición que toman las bailarinas para hacer puntillas». Entonces, se deja libre un paso que permite fácilmente a un clavo pasar, sin romper los huesos [4].

Así fueron respetadas literalmente las profecías, como lo destacó san Juan en su Evangelio (19, 36-37).

A partir de pruebas fotográficas, se hizo una constatación especialmente reveladora.

Estudios muy serios, realizados por los profesores Baima Bollone y Nello Balossino, ambos de la universidad de Turín, demostraron que se habían depositado piezas de monedas romanas en los ojos de Cristo, en la tumba. Se distingue mal su presencia en las reproducciones habituales, pero aparecen claramente en las fotos en relieve conseguidas por John Jackson, gracias al VP 8 de la Nasa. La presencia de estas monedas no tiene nada de extraño. Se trata de una costumbre constatada en distintos descubrimientos arqueológicos. Se trata probablemente de mantener así cerrados los párpados. Parece que se hace todavía en Rusia [5].

Después de este primer descubrimiento, otros investigadores creen incluso haber podido reconocer estas piezas de moneda. Francis L. Filas, de la universidad Loyola de Chicago identificó la moneda del ojo derecho como un dilepton, acuñado bajo Poncio Pilato entre los años 29 y 32, y marcado con el nombre de Tiberio César. La imagen es bastante clara. Durante un tiempo, una falta de ortografía provocó incluso alguna duda: una C en lugar de una K, para Kaisaron. Pero, más tarde, dos arqueólogos encontraron otras dos piezas parecidas con la misma falta. Alan Whanger, mediante la técnica de superposición de luz polarizada, mostró 74 puntos de correspondencia en una y otra de estas monedas y la imagen del ojo derecho. Para la identificación de una impresión digital, bastan 14 puntos de correspondencia.

Para el ojo izquierdo, Alan Whanger anotó 73 puntos de correspondencia con otra moneda acuñada solamente en el año 29, en honor de Julia, la madre de Tiberio.

Finalmente, Baima Bollone y Nello Balossino identificaron, sobre la ceja izquierda, una pequeña moneda del décimo sexto año del reinado de Tiberio, es decir de los años 29-30 [6].

Otras investigaciones confirmaron con seguridad todos estos descubrimientos. Existen ya proyectos que deberían permitir lograr una mejor definición de los clichés [7]. Evidentemente, la concordancia de las fechas de las monedas con la fecha supuesta de la muerte de Cristo es ya un elemento fundamental. El origen palestino, «bajo Poncio Pilato», confirma también el lugar. Es de señalar también otro punto importante: el metal no podía reaccionar sobre el tejido de la misma manera que sobre el cuerpo de Cristo. Toda explicación de la formación de la imagen por impresión natural del cuerpo parece por tanto imposible. La hipótesis más probable es según esto que la quemadura de la tela se produjo por una especie de radiación [8].

Finalmente, se han descubierto inscripciones en la sábana.

Se trata en este caso del descubrimiento más reciente. En torno a los años 1980, algunos observadores de la sábana habían comenzado a sospechar la existencia de estas inscripciones. Hoy, el tratamiento numérico de las imágenes permite ir mucho más lejos. Las investigaciones llevadas a cabo por el padre Aldo Marastoni, de Milán, se reanudaron en el instituto de óptica de Orsay por André Marion y Anne-Laure Courage, a partir de 1994 [9].

Entre las letras identificadas, señalemos las mayúsculas INNECE, que se pueden interpretar, se nos dice, como la abreviatura corriente en la lengua popular, de IN NECEM IBIS. La inscripción casi recogería entonces, la sentencia pronunciada: «Irás a la muerte». Varias letras forman claramente la palabra «Nazareno». Señalemos también la palabra «ESOU» que transcribo aquí en caracteres latinos y que podría corresponderse con «IESOUS». Estas investigaciones no han hecho más que comenzar pero resultan muy prometedoras.

NOTAS

[1] Robert Bucklin, citado por Arnaud-Aaron Upinsky en L’Énigme du Linceul… op. cit., p. 138.

[2] Horst y Gesine Huismans, «Rekonstruktion der Gesichtsverletzungen auf dem Turiner Grabtuch; wurde das rechte Auge mitverletzt?», edición de los autores, Nordenham, Alemania.

[3] Ian Wilson, op. cit., p. 72-76, donde se encontrará dibujo y fotografías.

[4] Dr. Pierre Mérat, «L’enclouage des pieds», artículo aparecido en las actas del simposio de Niza, 1997, op. cit., p. 95-97.

[5] André Cherpillod y Serge Mouraviev, Apologie pour le Suaire de Turin par deuz scientiphiques non croyants, Éditions Myrmekia, Paris-Moscú, 1998, p. 139.

[6] Para más detalles, ver O. Petrosillo y E. Marinelli, op. cit., p. 107-109: no se encuentra en la traducción francesa.

[7] Ver, por ejemplo: Eric de Bazelaire y Marcel Alonso, «Réflexions sur l’encodage de l’image et propositions de recherches à effectuer», en la actas del congreso de Niza, 1997, p. 7-11.

[8] Daniel Raffard de Brienne,  «Des monnaies sur les yeux», en la Revue internationae du Linceul de Turin, número 2, otoño de 1996, p. 2-5.

[9] Ver André Marion y Anne-Laure Courage, op. cit., p. 172-230.

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