Iniciamos ya la traducción de la cuarta de las cinco partes de que consta este fantástico libro del P. François Brune. En esta parte, tras haber dedicado la  primera a intentar aclarar “El sentido del milagro”, la segunda a distinguir entre “Falsos y verdaderos milagros” y la tercera a acercarnos a los  “Milagros de todos los días”, Brune se entrega a investigar lo que él llama “El sello de Dios”.

¿Y qué es un sello? Son numerosas las acepciones de esta palabra que figuran en el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, pero debemos quedarnos con una:  “Marca que queda estampada, impresa y señalada”, porque ésta es la intención del P. François en su investigación, descubrir la “firma”, la “marca registrada” de Dios. Y la va a buscar en la sábana de Turín, en el sudario de Oviedo, en la túnica de Argenteuil, en la cofia de Cahors y en la Santa Faz de Manopello. ¡Que labor tan admirable! 

Había un precepto claro: «No te harás ídolos ni imagen tallada alguna de lo que hay arriba en los cielos o abajo en la tierra» (Deut. 5, 8). Pero ¿qué pasa si es el mismo Cristo el que deja su imagen en un lienzo?… ¡Ya se armó la zapatiesta!

¡Buen día!

LOS MILAGROS Y OTROS PRODIGIOS

CUARTA PARTE: “EL SELLO DE DIOS” (inicio)

La sábana de Turín no ha dejado de suscitar controversias sobre su autenticidad. Y sin embargo, siguiendo las investigaciones, teniendo en cuenta recientes observaciones que se han hecho a propósito de conclusiones apresuradas y erróneas, me parece difícil dudar. Pienso que la existencia de esta sábana, de esta imagen de Cristo transmitida a través de los siglos mediante un cúmulo de circunstancias realmente extraordinario, es una de las «señales» mayores ofrecida por Dios para dar testimonio de la Resurrección. Desde su elaboración hasta su presencia entre nosotros, esta imagen dejada por Cristo sobre un lienzo es un milagro. Y sin duda la reliquia más emotiva del cristianismo.

Existen otras imágenes de Cristo que confirman la autenticidad de la sábana de Turín: el sudario de Oviedo, la túnica de Argenteuil, la toca de Cahors, la santa faz de Manoppello.

Estas huellas de la Pasión han escapado también al tiempo y a las vicisitudes de la historia para venir en su realidad al encuentro de nuestra fe. Pero no nos equivoquemos. Estos testimonios sublimes de uno de los grandes misterios de la cristiandad muestran ante todo su realidad subyacente. Son como la sábana de Turín, la señal, el milagro de una presencia inmortal.

I – La sábana de Turín

El misterio entra en la historia

 

Uno de los argumentos más sólidos de los enemigos de la autenticidad de la sábana era, hace todavía poco tiempo, el silencio de los documentos históricos. Sólo el estudio del tejido y de su imagen parecía poder aportar argumentos a favor de su autenticidad; pero estos son de tipo científico, y no histórico.

Todavía muy recientemente ignorábamos el camino seguido por la sábana de Turín hasta 1357. Pero a partir de esta fecha, son numerosos los documentos que atestiguan su presencia. En 1389, se expone a la veneración de los fieles en una pequeña iglesia colegiata, en Lirey, cerca de Troyes. Tenemos las actas de la fundación de esta iglesia en 1356. Sabemos también que Geoffroy I de Charny, su fundador, murió en combate contra los ingleses el 19 de septiembre de 1356. Sin embargo, en la lista que nos ha llegado de reliquias confiadas a esta iglesia, no se menciona la sábana de Cristo. Parece que fue sólo después de la muerte de Geoffroy de Charny cuando su viuda, Jeanne de Vergy, decidió exponer la sábana. A partir de ese momento, su puede seguir perfectamente su historia. Sabemos cómo llegó a la casa de Saboya que la depositó primero en Chambéry, luego en Turín donde aún se encuentra. Pero, antes de 1353 más o menos, ¿dónde se encuentra? Y sobre todo, ¿de dónde procedía? ¿Cómo llegó a esta pequeña aldea de Lirey? Hace sólo algunos años, el misterio era total.

Hoy la situación ha cambiado mucho gracias al trabajo de numerosos investigadores que durante mucho tiempo se han movido a tientas, multiplicando las hipótesis, las comparaciones entre textos raros, para distinguir la historia de la leyenda escudriñando los iconos antiguos y las monedas para mostrar sus analogías con la sábana [1]. Fue una genialidad de un historiador inglés la que permitió salir del callejón sin salida. Ian Wilson tuvo la idea de que la sábana de Turin y la célebre imagen «no hecha por mano de hombre», venerada en otro tiempo en Edesa, eran tal vez una sola y misma cosa. Expuso esta hipótesis en el congreso de sindonología de Turín, en 1978. Este tesis suscitó al parecer entre los demás investigadores tanto asombro como interés. Ian Wilson desarrolló luego sus ideas, apoyándolas en una primera investigación histórica muy detallada, en una obra traducida afortunadamente al francés [2].

Después, se han realizado grandes progresos en esta dirección. Sin embargo, las investigaciones continúan. Cada especialista defiende particularmente la pista que investiga. La sábana de Turín ¿es realmente la tela venerada en Edesa o se trata de dos piezas distintas? Para ciertos períodos, nos encontramos ciertamente ante indicios muy fuertes. Existen puntos de referencia, siglos tras siglos, que no serían suficientes para demostrar la autenticidad de la sábana de Turín, pero que suscitan una objeción importante: si la sábana es auténtica, cómo es que no contamos durante tantos siglos con ningún texto antiguo que hable de ella. Esta objeción ya no se tiene en pie.

Evidentemente, no tenemos acta notarial o informe de la policía de la época que nos garantice que los apóstoles tuvieron la idea de conservar piadosamente la sábana. Las circunstancias no se prestaban a tantas precauciones y los apóstoles estaban muy lejos de suponer la importancia que adquiriría aquella tela a través de los siglos.

En principio, sólo contamos con algunos indicios, débiles [3]. Un texto muy antiguo, escrito en arameo y conocido con el nombre de «Evangelio de los Hebreos», cuenta brevemente cómo se conservó la sábana. Desgraciadamente, este texto se perdió, pero tenemos algunas citas transmitidas por distintos autores. Entre ellos: Clemente de Alejandría, muerto antes de 215, Orígenes, muerto hacia 253-254. Se trata por tanto de un texto que data probablemente, como muy tarde, de mediados del siglo II y tal vez incluso de la segunda mitad del siglo primero. San Jerónimo, en el siglo IV, dice haber visto aún dos ejemplares, el uno en Cesarea, el otro cerca de Antioquía, en Berea (Alep), donde incluso habría podido copiarlo.

Pues bien, este texto nos dice, según san Jerónimo: «El Señor, una vez entregada la sábana (sindonem) al criado del sacerdote (“servo sacerdotis”) se dirigió a Santiago y se le apareció [4].» El Evangelio a los Hebreos no nos dice más. La continuación del texto se refiere sólo a esta aparición a Santiago [5]. Por tanto, según este texto, el mismo Cristo, después de su muerte, se habría aparecido a alguien cuyo nombre ni siquiera se nos ha dado, a un criado «del sacerdote»; pero ¿de qué sacerdote? Sin embargo, no se puede descartar este testimonio, dada la autoridad que tenía este Evangelio entre los primeros autores cristianos. Observemos que en este texto se trata solamente de la sábana. No se hace alusión a ninguna imagen.

Eusebio de Cesarea, muerto en 339, cuenta una tradición muy antigua que podría estar relacionada con la siguiente etapa. Poco antes de la guerra que terminó con la ruina de Jerusalén, año 70, los primeros cristianos habrían recibido el consejo, mediante un sueño o una visión, de huir de Jerusalén y de refugiarse más allá del Jordán, donde estarías a salvo de la autoridad romana.

Parece que tenemos una confirmación de este desplazamiento. A finales del siglo IV, cuenta Epifanio que encontró en Pella, en Transjordania, cristianos que decían descender de estos refugiados [6]. Pero no parece que se pueda mantener el testimonio trasmitido por M.G. Siliato de un peregrino originario de Plasencia, en Italia, que habría visitado hacia 530 en el valle del mar Muerto un monasterio donde se habría conservado mucho tiempo la sábana de Cristo.

Una imagen en Edesa

Se vuelve a encontrar el rastro de la sábana mucho más al norte, en Edesa, hoy Urfa, pequeña ciudad al sureste de Turquía, a unos cien kilómetros de la frontera siria. Hay textos que indican que se conserva en esta ciudad una tela misteriosa. Como tiene una relación directa con Cristo cuyo rostro figuraba en el tejido, habría provocado la conversión del rey de Edesa Abgar V. A través de los siglos, encontramos diversas versiones de esta leyenda. Según los relatos, se trataría de una pintura o de una impresión directa del rostro de Cristo sobre una tela mojada, de aquí el nombre de esta imagen «achiropoïete» (no hecha por mano de hombre). Estos son los textos más conocidos hasta ahora. Sin embargo, los historiadores sólo ven pura leyenda en esta conversión, pero los documentos que hacen alusión a un retrato de Cristo sobre una tela son tal vez más antiguos de lo que se creía hasta hace poco. El Padre Dubarle se ha entregado a un examen muy riguroso de dos textos antiguos poco conocidos. El uno es un texto en árabe, el otro en siríaco, y los dos se remontarían a finales del siglo III o principios del IV. Contamos también con otros textos de finales del siglo IV, con otras variantes [7]. Otro texto de Jacques de Saroug alude en dos ocasiones a la peregrinación realizada hacia 405 por un tal Daniel, a Edesa, para venerar allí «una imagen del Mesías», es decir de Cristo [8]. Ahora bien, la manera de hablar este texto de esta imagen supone que ya era muy conocida en esta fecha y atraía a muchos peregrinos [9].

Desgraciadamente, nuestra documentación de estos primeros siglos sigue estando terriblemente llena de lagunas. ¡Se han perdido tantos textos! Tenemos sin embargo la certeza de que, a partir de un determinado momento, desaparece el velo que llevaba el retrato de Cristo. No encontramos ningún testimonio sobre él ni en Eteria en 388, ni en san Efrén que vivía en Edesa en el siglo IV, ni en Filoxeno de Mabboug en el siglo VI.

Sin embargo, si en los autores de los siguientes siglos vuelven a aparecer relatos que sobre este retrato, es sin duda porque, más tarde se encontraba realmente en Edesa tal retrato y se le podía ver. Cantidad de textos lo confirman [10]. Podemos incluso concretar casi cuando fue redescubierto.

Un texto de Evrage el Escolástico, escrito poco después de 594, nos cuenta como fue salvada, en 544 [11], la ciudad asediada por los persas. El obispo de Edesa, Eulalios, tuvo en sueños una visión revelándole que una imagen de Cristo se encontraba encerrada en un nicho de las murallas de la ciudad [12]. Una gran procesión con esta santa imagen, en torno a la ciudad pero detrás de las murallas, derrotó a los persas.

Sin embargo, el relato de Evrage es cincuenta años posterior al acontecimiento. Por otra parte, tenemos un relato mucho más detallado de la sede de Edesa escrito poco después de los hechos por el propio secretario del general bizantino Belisario, Procurador de Cesarea. Este no habla en absoluto de esta supuesta procesión ni del papel que en ella habría tenido la imagen de Cristo.

Otros textos, sin embargo, aluden claramente a su presencia en Edesa, especialmente himnos litúrgicos. La hipótesis más probable, en la actual situación de los conocimientos, es que esta imagen, como supone Ian Wilson, fue descubierta durante los trabajos de reconstrucción que siguieron a la tremenda inundación de 527. El emperador hizo entonces de la iglesia principal una verdadera maravilla de la que tenemos descripciones. Sabemos así que la imagen de Cristo fue entonces colocada allí en una capilla lateral, a la derecha del ábside [13].

Pero, si se trata realmente de la sábana de Cristo, ¿por qué no se dijo claramente, en lugar de inventar todas esas leyendas de retrato pintado o de impresión milagrosa del rostro de Cristo?

Tal vez haya para esto una explicación muy sencilla. La primera comunidad cristiana de Edesa estaba formada seguramente de una mayoría compuesta por judíos como todas las comunidades de la diáspora. Ahora bien, para los judíos, todo objeto, en contacto con un cadáver se convierte a su vez en impuro. Se comprende muy bien que los apóstoles tratasen sin embargo de conservar esta sábana como un recuerdo, muy emotivo, de su maestro. Pero no les era muy fácil presentar esta sábana confesando su verdadero origen. De aquí, probablemente, un primer intento de presentarla simplemente como una pintura ordinaria, como un retrato realizado por un pintor. Pero, si se la miraba más de cerca, no se podía admitir la versión de la pintura. Esta imagen aparecía en negativo, no lo olvidemos, y debía parecer realmente demasiado extraña. De aquí la nueva versión, la de una impresión milagrosa del rostro de Cristo sobre la tela.

Existen otros manuscritos, más o menos de la misma época, que suponen nuevos avances en el examen de la sábana, mostrando más claramente su semejanza con la sábana de Turín tal como lo conocemos. Se hizo un descubrimiento importante: Cristo no sólo había impreso su rostro en esta sábana, sino todo su cuerpo. Se encontraría tendido, desnudo, sobre una sábana y su imagen se habría imprimido en ella. Esta es, por ejemplo, la versión dada por las «Acta Thaddaei», pero que se encuentra también en los Rastros griegos, e incluso en un texto árabe.

Notemos también que esta tela es calificada a veces en sus nuevas versiones, con una palabra que no se encuentra en ninguna otra parte en griego (un hapax): «tétradiplon», es decir «cuatro veces doble», y que se designa también con la palabra «sindon», la misma que encontramos en italiano para designar la sábana de Turín: «la santa sindone». Esto basta, a mi juicio, para descartar la posición de los que pretenden que el sudario sólo puede ser la imagen de Edesa porque ésta era de pequeñas dimensiones. Si la sábana estaba así doblada, se hallaba reducida a pequeñas dimensiones. Además, varias representaciones antiguas presentan el rostro de Cristo en posición vertical, normal, sobre un rectángulo horizontal, rebasando ampliamente el rostro a derecha e izquierda, algo completamente inhabitual en un retrato. Si se trata de la sábana así doblada, se explica esta particularidad.

Sin la mano del hombre

Sea lo que sea, esta imagen existía entonces en Edesa. El lienzo, con cuatro dobles, se conservaba en un cofre cerrado que se hallaba en una capilla a la derecha del ábside de la gran iglesia Santa Sofía, reconstruida por el emperador Justiniano después de las catastróficas inundaciones de 527. Parece que el lienzo no fue mostrado nunca realmente a los fieles. Tenemos textos que nos dicen que nadie tenía derecho de acercarse a él, ni de tocarlo, ni siquiera de mirarlo. Sólo el temor reverencial que lo rodeaba era mayor. Pero esto explica también que el reconocimiento de la verdadera naturaleza de este lienzo sólo podía progresar muy lentamente, a merced de las circunstancias.

En 692, el concilio «in Trullo» [14], creyendo que existía el verdadero retrato de Cristo en Edesa, prohibió toda representación de Cristo a través de símbolos (cordero, pez, etc.). El emperador Justiniano II hizo grabar monedas con la efigie de Cristo, según el Mandylion [15] de Edesa.

En 726, el papa Gregorio II, en una carta al emperador de Constantinopla León III el Isaurio, califica el lienzo de Edesa de «achiropoïete», es decir de «no hecho por mano (de hombre)».

Hacia 730, otro texto recupera este término de achiropoïete y da al lienzo el nombre de «soudarion», es decir «sudario». El sudario sólo servía para secar o cubrir el rostro. Si se trata realmente del sudario, la palabra no es por tanto la adecuada. Pero parece que en esta época el sudario estaba no sólo doblado en dos, lo que se correspondía con su posición normal, sino también luego en cuatro, como lo sugiere la palabra «tetradiplon» ya mencionado. En estas condiciones, la confusión se hacía casi inevitable. Desgraciadamente, se mantuvo después, de aquí el término «Santo Sudario» que se utiliza aún continuamente en francés [16].

En 769, el papa Esteban III, en el sínodo de Letrán, evoca aún la imagen milagrosa.

En 787, durante el II concilio de Nicea que establece el culto a los iconos después de largas y sangrantes controversias, la evocación de lienzo de Edesa jugó un gran papel. Si el mismo Cristo nos había dejado directamente su imagen auténtica, entonces la antigua prohibición del Antiguo Testamento en contra de las imágenes estaba superada.

Sin embargo la controversia a favor o en contra de las imágenes aún no había terminado. Hay que esperar al concilio de 843, en Constantinopla, que aún hoy se celebra cada año en las Iglesias ortodoxas, como el «Triunfo de la ortodoxia», es decir, en realidad, el triunfo de los iconos. La palabra «ortodoxo» puede tener en realidad dos sentidos, de acuerdo con sus raíces: «opinión justa» y, en este sentido, ortodoxo se opone a heterodoxo o, simplemente, herético; o «justa gloria» y, en este sentido, los «ortodoxos» son los que dan correctamente gloria a Dios venerando los iconos. Las Iglesias «ortodoxas» no se llaman así por oposición a las Iglesias católicas y protestantes, sino por oposición a los iconoclastas, a los destructores de imágenes. En realidad, este concilio no puso fin todavía a la controversia. Fue necesario esperar al concilio de 879-880 para que el «triunfo de la ortodoxia» fuera definitivo. Pero, en la conciencia de los cristianos de Oriente, es el de 843 el que quedó como más importante y el que sigue celebrándose solemnemente cada año.

El camino de Constantinopla>

Como el gran concilio que sella el triunfo de los iconos era, para todo el Oriente, el de 843, se disponían, en 943, a celebrar solemnemente el primer centenario. Desgraciadamente, faltaba precisamente la imagen que era el prototipo de todas las demás, el lienzo de Edesa. La ciudad, en efecto, había caído entretanto en manos de los musulmanes. El emperador de Constantinopla, Romano I Lecapeno, tuvo la excelente idea de enviar a su mejor general, Jean Curcuas, a acampar con todo su ejército delante de Edesa, no para conquistar el lugar, sino para pedir que se le entregase la preciosa reliquia conservada celosamente por los cristianos de la ciudad. Presionados por todas partes, desde el exterior por los cristianos, desde el interior por los musulmanes, tuvieron que ejecutar la orden y entregar su gran reliquia, gloria y última esperanza de la ciudad: el Mandylion, el lienzo milagroso sobre el que se encontraba el rostro de Cristo [17].

Esta delicada operación duró sin embargo cierto tiempo. A Gregorio el Referendario [18] se le encargó investigar en primer lugar el verdadero origen de esta imagen milagrosa «no hecha por mano de hombre». Tuvo acceso a las fuentes siríacas de Edesa y las hizo traducir al griego. Algunos de estos textos recordaban que, según los Evangelios, durante la agonía de Cristo en el huerto de los Olivos, habían caído de su rostro gotas de sangre. En aquel momento, Cristo habría tomado un lienzo para limpiarse la cara y en él habría quedado impreso su rostro entero.

En el momento de la entrega solemne del lienzo a los delegados del emperador, el lienzo fue retirado del cofre donde estaba conservado y examinado en presencia del protocamarero imperial, Teófano, de numerosos nobles de la corte y probablemente de Gregorio el Referendario. Fue probablemente en aquel momento cuando se descubrieron las huellas de una herida en el costado. Desgraciadamente, no tenemos registro verbal de este descubrimiento, en el momento mismo en que tuvo lugar. Pero tenemos el eco de esto poco tiempo después.

El lienzo, ya a buen recaudo imperial, es llevado a Constantinopla en 944. El 15 de agosto, fiesta de la Dormición de la Madre de Dios (la fiesta de la Asunción de la Virgen en Occidente), el lienzo de Edesa es recibido solemnemente en la capilla Santa-María de los Blachernes donde se encuentra ya una insigne reliquia de la Virgen. La misma noche, la transporta una galera a lo largo de las murallas hasta el palacio imperial de Bucoleón, a la capilla del Pharos. Sólo al día siguiente, el 16 de agosto de 944, se le hizo hacer una gran procesión, en su relicario, en torno a la ciudad, con el patriarca y los príncipes a pie detrás [19]. Después, la procesión atravesó toda la ciudad hasta la catedral de Santa Sofía y fue depositado finalmente en el Crysotriclinium del palacio Bucoleón, es decir en la gran sala de audiencia de los emperadores en la que se instaló sobre el mismo trono imperial [20].

Gregorio el Referendario fue el encargado de pronunciar la homilía. Se conocía la existencia de este texto desde el siglo XVI, pero hace sólo algunos años que Gino Zaninotto, un erudito italiano, encontró el manuscrito en la biblioteca del Vaticano. El R.P. Dubarle garantizó la edición crítica y la traducción.

Evidentemente, nos habría gustado encontrar en esta homilía una descripción concreta del lienzo. Pero no era esta en absoluto la preocupación del orador. En primer lugar, parece que el lienzo no fue desdoblado. Probablemente, permaneció incluso en su cofre relicario. Por otra parte, la finalidad del orador es completamente distinta. Quiere ayudar al conjunto de los fieles a extraer todo el sentido que comporta tal acontecimiento. Apenas se ha salido de la larga controversia a favor y en contra de los iconos, controversia muy ligada a toda una teología de la unión de las dos naturalezas divina y humana en Cristo. La antigua prohibición de hacer imágenes queda abolida, puesto que el mismo Salvador bueno adecuado dejarnos su imagen.

El lienzo lleva también la huella de la llaga del costado. Gregorio el Referendario lo sabía ciertamente cuando compuso su homilía, antes incluso de la instalación del precioso lienzo en el palacio de Bucoleón. Lo había constatado probablemente durante el solemne traslado de la reliquia, como hemos visto más arriba.

Se sabe ya por tanto que la imagen está hecha de sudor y de sangre y que incluye no sólo el rostro, sino también la llaga del costado. Gregorio no menciona expresamente la impresión de todo el cuerpo. Este elemento no era necesario para la enseñanza teológica y espiritual que pretendía sacar de la imagen. Y, de todas maneras, ni los fieles ni nadie podían ver esta impresión, puesto que el lienzo, al parecer, permanecía cerrado en su relicario. Notemos sin embargo que la identificación de este lienzo con el sudario de Cristo aún no se ha hecho explícitamente. Sin embargo, las cosas siguen progresando. No olvidemos que sólo nos ha llegado una pequeña parte de los textos de estas épocas.

La sábana que llevó a Dios

En 958, el emperador Constantino VII anuncia a sus ejércitos que les hará llegar agua bendecida por el contacto con diversas reliquias, entre ellas «La sábana que llevó a Dios». Tendríamos aquí por tanto el primer documento que nos ha llegado haciendo mención explícita de la presencia de la sábana de Cristo en Constantinopla. Pues bien, por otra parte, un icono del monasterio de Santa Catalina, en el monte Sinaí, representa a este emperador, llevando el Mandylion, como una tela adornada con flecos y cuadrada, de pequeñas dimensiones. Sería muy extraño que ésta no fuera la misma tela.

Hacia el año 1050, comienzan a multiplicarse los textos que hablan explícitamente de la «sábana». Por ejemplo, Cristóforo de Mitilene, dirigiéndose a Cristo en un himno, le dice: «Tú imprimiste esos rasgos en un sudario, tú que, muerto, fuiste envuelto en un sudario como tu última vestidura [21]

Notemos que es en esta época, en los siglos XI-XII, cuando se da un cambio muy revelador en las representaciones de la sepultura. El cuerpo de Cristo ya no aparece envuelto en vendajes, como una momia, y llevado a la tumba por José de Arimatea y Nicodemo, sino tendido en una sábana, desnudo, vestido únicamente con el paño de la crucifixión; la Madre de Dios le sostiene la cabeza dándole un último beso; san Juan eleva la mano izquierda de Cristo y la lleva a sus labios.

En 1093, tenemos una descripción de las reliquias de Cristo conservadas en el palacio imperial, en la capilla del Pharos, entre ellas «las telas que fueron encontradas en su tumba después de la resurrección.» Nueva alusión, aunque es menos concreta.

En 1147, el rey de Francia Luís VII habría visto la tela en la capilla de Santa María de Blachernes, colindante con el palacio del mismo nombre. Pero, normalmente, se encontraban en la capilla de Blachernes las telas funerarias de la Santísima Virgen, mientras que las del Cristo se conservaban en la capilla cercana al Bucoleón. ¿Hay confusión, como piensa el Padre Dubarle, o la sábana se habría transferido entretanto de una capilla a otra? Es bastante posible e incluso normal si se tiene en cuenta el hecho de que, durante el siglo XII, el palacio imperial no es ya el Bucoleón, sino el palacio de Blachernes. En todo caso, es efectivamente en esta capilla de Blachernes donde se sitúan otros testimonios.

En 1150, una delegación húngara fue recibida con todos los honores en Constantinopla. Se trataba de negociar el eventual matrimonio del príncipe heredero de Hungría con la hija del emperador Manuel I Comneno. Ahora bien, sabemos por otra parte que la costumbre de los emperadores de Constantinopla era mostrar sus tesoros más preciados, es decir sus reliquias a sus visitantes cristianos insignes. Veremos más tarde que es probablemente en este momento cuando uno de los miembros de la delegación húngara observó un detalle muy característico de la sábana, reproducido algunos años más tarde en una miniatura húngara de 1192-1195.

Hacia 1151-1154, Nicolás Semundarson, abad benedictino venido de la lejana Islandia, fue autorizado también a contemplar la sábana. El nos dejó una descripción bastante concreta [22].

En 1171, Guillermo de Tyr cuenta que el rey franco de Jerusalén, Amaury I, visitó al emperador Manuel I Comneno y que éste le hizo ver sus tesoros más ocultos e incluso «las reliquias de los santos, los testimonios más preciados de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, es decir la Cruz, los clavos, la lanza, la esponja, la caña, la corona de espinas, el santo sudario y las sandalias…» Más lejos, se nos dice, el autor concreta los que es este «santo sudario»: «el tejido, que es llamado el cisne, en el que él (Cristo) fue envuelto [23]

En 1201, durante una revuelta de palacio, como tantas que conoció Constantinopla, las santas reliquias se ven amenazadas por el populacho. Nicolás Mesaritas, para salvarlas, explica al pueblo de qué se trata. Está aquí «la sábana funeraria de Cristo: ésta es de lino, un material barato y fácil de obtener, que sigue desprendiendo un olor de mirra, desafiando el deterioro, porque envolvió el cuerpo muerto, desnudo, misterioso, después de la Pasión [24]».

En 1203, las cosas cambiaron totalmente en Constantinopla. Caída del emperador, guerra con los Francos. Las preciosas reliquias se encuentran en la capilla de Santa María de Blachernes. Aquí es al menos donde estaba expuesta la sábana. Algunos piensan incluso que el «sudario funerario de Cristo» jamás fue instalado con las demás reliquias, en la capilla del Faro del palacio Bucoleón, sino en esta capilla de Blanchernes desde el principio.

La sábana expuesta verticalmente

Tenemos un texto de 1203-1204 que, por primera vez, hace alusión a ostensiones de esta sábana. Según la descripción, parece que el lienzo fue desplegado verticalmente, enrollado probablemente sobre un tambor horizontal al que se daba la vuelta con una manivela. La imagen de Cristo aparecía por tanto poco a poco, verticalmente, algo así como se saca un cubo de una pozo profundo, hasta el medio cuerpo al menos. He aquí lo que cuenta Robert de Clari, en 1203-1204:

«Había otra de estas iglesias que se llamaba Nuestra Señora Santa María de Blanchernes, donde se guardaba el sindone en el que fue envuelto Nuestro Señor, y que se elevaba verticalmente todos los viernes tanto que se podía ver en él claramente la forma de Nuestro Señor [25]

En esta época se forma una nueva forma iconográfica que representa a Cristo, muerto, manteniéndose sin embargo de pie en su tumba de la que sale medio cuerpo, con las manos caídas y cruzadas delante de él, como en la sábana de Turín (pero a veces también, aunque más raramente, separadas hacia los bordes laterales de la tumba, como un amplio gesto de acogida). Este tema llegó hasta Occidente donde lleva al nombre de «Cristo de la piedad». En el Oriente ortodoxo, se llama «El supremo anonadamiento», frecuentemente con la inscripción: «El rey de la gloria». La aparición de este tema responde por tanto totalmente a ese modo particular de ostensión y confirma, indirectamente, el testimonio de Robert de Clari.

Pero, el 12 de abril de 1204, tiene lugar la toma de Constantinopla por los cruzados. La ciudad fue saqueada. Todos los tesoros, incluso religiosos, fueron robados. Varias de nuestras catedrales de Occidente sólo pudieron ser acabadas gracias a todo el oro robado por los cruzados. La sábana desapareció. Robert de Clari da también testimonio de esto. Después de la toma de la ciudad, nadie volvió a ver allí la sábana.

NOTAS

[1] Se encontrará un resumen de estas investigaciones en la obra de A.-M. Dubarle, Histoire ancienne du linceul de Turin jusqu’au XIIIe siècle, Éditions de l’Oeil, 1985, p. 13-32.

[2] Ian Wilson: The Shroud of Turin, the Burial Cloth of Jesus Christ? 1978, traducción francesa: Le Suaire de Turin, Albin Michel, 1978. Ver también del mismo autor: Holy Faces, Secret Places, Double Day, New York, 1991. Le debo enormemente a este autor.

[3] Se encontrará un estudio detallado de todos estas textos en la obra del Padre A.-M. Dubarle, op. cit., p. 107-121.

[4] «Los Evangelios apócrifos, Edición crítica y bilingüe», Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1979, p. 38. Dubarle, op. cit., p. 120.

[5] Maria Grazia Siliato sigue aquí las hipótesis de algunos autores: «servo» habría sido puesto, por error del copista, en lugar de «puero», y «puero» por error del copista en lugar de «Petro». Sería por tanto al apóstol Pedro a quien Cristo le habría entregado la sábana. Pero ¿qué hacer entonces de la palabra «sacerdotis»? Contre-enquëte sur le Saint Suaire, Plon/Desclée de Brouwer, 1998, p. 126-127. Esto supone muchos errores y sobre todo imaginación. Por querer demostrar demasiado, no se prueba nada. El Padre Dubarle no sigue todas estas suposiciones (op. cit., p. 120).

[8] «Mesías», en hebrero, arameo, siríaco, corresponde a «Cristo» en griego, y significa «ungido».

[9] Ian W. Dickinson; «New evidence for the image on the shroud», en las actas del congreso de Niza en 1997, p. 114, donde se encuentra una foto del texto de este manuscrito. Ver también, del mismo autor, «L’image du Messie et le bienhereux Daniel è Edesse», en ka Revue internationale du linceul de Turin, numero 11, p. 21-22.

[10] Se lo encontrará reunidos en la obra del Padre A.-M Dubarle, op. cit., p. 79-93.

[11] Por tanto después de la muerte de san Efrén, de Santiago de Saroug y de Filoxeno de Mabboug.

[12] Para la explicación de las circunstancias históricas que hacen muy verosímil este escondrijo, ver Ian Wilson, Le Suaire de Turin, op. cit., p. 182-183.

[13] Para todo esto, ver A.-M. Dubarle, op. cit., p. 95-102, y Ian Wilson, op. cit., p. 180-184.

[15] Mandylion es una palabra griega que significa simplemente: pañuelo, toquilla, chal.

[16] En español, se utiliza más «Sábana Santa» [NdT].

[17] Ver Ian Wilson, op. cit., p. 191-194, y A.-M. Dubarle, más reservado sobre el verdadero motivo, op. cit., p. 67, nota 3.

[18] Este título «Referendario» designa al que sirve de intermediario entre el patriarca y el emperador en todas las negociaciones relativas a los problemas comunes.

[19] Romano I Lecapena es entonces demsiado viejo para participar en la procesión

[20] Tenemos el relato detallado de todas estas ceremonias. Un resumen de éstas se encontrará en la obra de Ian Wilson Le Suaire de Turin, Albin Michel, 1978, p.95-196, con la traducción íntegra del relato bizantino en Apéndice, p. 315-329.

[21] Texto citado por María Grazia Siliato, op. cit., p. 164.

[22] Ver A.-M. Dubarle, op. cit., p. 53.

[23] Texto citado por Ian Wilson, op. cit., p. 209.

[24] Texto traducido por Ian Wilson, op. cit., p. 210. Dubarle en Histoire ancienne… p. 39, traduce por «las sábanas sepulcrales», pero da en nota el texto griego que incluye nuestra palabra «sindone = santo sudario».

[25] Texto citado por A.-M Dubarle, op. cit., p. 33-34; I. Wilson, op. cit.,p. 211.

 

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