Difícil disyuntiva

¡A ver si me aclaro! Lo que aquí dice el P. Brune es que Natuzza, en trance, “in-corpora”, es decir, presta su cuerpo a espíritus de muertos que, a través de ella, hablan con su propia voz, en su propia lengua, con su propio estilo. ¡Fuerte ¿no?!

Si para analizar este fenómeno se aplica un protocolo «científico», estudiando el nivel mental de Natuzza, su capacidad de concentración, su emotividad, etc., el resultado es nulo, como se vio en los estudios de los doctores Annibale Puca y Nicola Pende, porque el instrumento de análisis es inapropiado. ¡Algo así como pedirle a un ciego que lea!

Si se aplica un protocolo «ingenuo», es decir, admitiendo que un espíritu puede «in-corporarse» o tomar el cuerpo de Natuzza, el resultado no tiene ningún valor para el que no admite la posibilidad de irrupción del mundo de los espíritus en el mundo de los humanos. ¡Sería para él como una petición de principio: demostrar la existencia de una cosa por otra que ya crees que existe! ¡Cuestión de “fes”!

¡Difícil disyuntiva! El que quiere creer, cree, si tiene elementos creíbles. El que no quiere creer, no creerá aunque vea resucitar a un muerto. Si no estaba allí, dirá que no cree porque no lo ha visto. Si estaba allí, dirá que no había muerte. ¡Lo ingenuo es creer que puedes convencer a quien no quiere creer!

¡Buen día!

TERCERA PARTE: “MILAGROS DE TODOS LOS DÍAS”(continuación)

I – La mística de Paravati (continuación)

Natuzza, médium de incorporación

Natuzza terminó sin embargo enamorándose de un joven del pueblo, un carpintero llamado Pasquale Nicolace y se casaron el 14 de agosto de 1943, cuando Natuzza acababa de cumplir diecinueve años. El matrimonio se celebró por poderes, dado que el joven estaba en el ejército. La bendición religiosa no se le dio a la joven pareja hasta el 12 de enero del año siguiente, en la iglesia de Santa María de los Ángeles, en Paravati. Sin embargo Natuzza mantenía ciertos miedos de no haber cumplido realmente la voluntad de Dios casándose.

Cinco días después del comienzo de su cohabitación con Pasquale, el 17 de enero, cuando se encontraba despierta, a las tres de la tarde, vio en éxtasis a la Madonna, a Cristo y a san Juan. Tuvo mucho miedo y se puso a llorar. Cristo le preguntó: «¿Por qué lloras?» «Pensé que, una vez casada, ya no era digna de vuestro amor y que nunca debí casarme…» El Señor le dijo entonces: «Yo te he amado siempre y te amaré todavía más si cumples con tu deber de esposa y madre; ¡pero atención! pongo en tus manos flores frescas y perfumadas y ¡ay de ti si no sabes guardalas! [1]»

Como estaban en guerra y el joven casado estaba en el ejército, Natuzza comenzó a servir en casa de la Sra. Anna Laureani. Los fenómenos de trance y de hemografía continuaron e incluso se incrementaron, tomando formas aún más impresionantes.

De repente, perdía el conocimiento, su cuerpo se volvía rígido, insensible a los pinchazos y, poco después, salían de su boca las palabras de los muertos. Se convertía en lo que se llama, en lenguaje más técnico, «medium de incorporación». Se trata de un fenómeno diferente del que hemos visto hasta ahora. En efecto, Natuzza no repite lo que le dice su ángel de la guarda. Son los muertos los que hablan directamente a través de su garganta. Los timbres de voz podían ser muy distintos y se correspondían con los de los difuntos, que las personas presentes podían reconocer como propias de los parientes o amigos fallecidos. En otros casos, no eran reconocidas por nadie; de todos modos no era nunca la voz de Natuzza. Casi siempre, estas voces daban su nombre y su identidad. Natuzza entregaba entonces mensajes en distintas lenguas, sin conocer ninguna. La entonación, el estilo, los giros de las frases, el vocabulario podían variar considerablemente según el ambiente social y el carácter de los difuntos que hablaban a través de ella.

Al principio, este trance se producía dos o tres veces al día y las gentes comenzaban a ir a ver a Natuzza con la esperanza de volver a encontrar, a través de ella, a sus queridos desaparecidos:

«Un día, cuenta Silvio Colloca, a finales de 1943 o principios de 1944, me encontraba en la fábrica de aceite, en Paravati, cuando mi prima Annina Laureani me llamó para decirme que Natuzza había entrado en trance. Subí en seguida a casa de esta prima y encontré a Natuzza sentada en el sofá, apoyada en el brazo de éste, con la cabeza entre sus manos, los ojos cerrados.

Apenas entré, la voz argentina de un niño me dijo por la boca de Natuzza: “Entra, entra.” Me acerqué preguntando: “Tú ¿quién eres?” “Yo soy tu tío Silvio”. Me quedé estupefacto… ¿Mi tío este niño? Comprendí más tarde que se trataba de un hermano de mi padre, muerto a los ocho años, en 1873 o 1874; tenía ahora unos setenta años, y estaba lejos de pensar en él. Comencé entonces a hablar con él, pidiéndole noticias de mi hermana Stella, que había seguido a su marido, el cónsul Simonetta, en Treviso. Había tenido lugar el desembarco de los norteamericanos, Italia había sido cortada en dos y ya no teníamos noticias de estos primos. “Estate tranquilo, ella está bien, no necesita nada, no tengas ninguna preocupación”, me aseguró la voz y, en efecto, como nos enteramos más tarde, mi hermana estaba muy bien. Mientras el niño hablaba conmigo, mi cuñado, el doctor Armando Macri se acercó para tocar a Natuzza. La voz argentina del niño dijo entonces: “Inútil sacudirla, puedes echarla por la ventana, no se despertará.” Le seguí preguntando otras cosas; él me respondió con precisión, pero, en un determinado momento, me dijo: “Salud, tío, el permiso ha terminado, tengo que irme; ve a comulgar un día por mí [2]“»

«Mi marido me trata como a una mujer normal, sin nada de excepcional», dice un día Natuzza. Lo mismo sus cinco hijos, nacidos con dos o tres años de intervalo: Salvatore, nacido en 1945, Antonio, Anna María, Angela, Francesco. Es verdad que ella al principio tuvo cierto miedo de no llegar a conciliar sus obligaciones de madre y esposa con una existencia tan especial.

La familia de Natuzza vivía muy pobremente. Con el final de la guerra y la vuelta del marido, la familia se había instalado en su propia casa, pero una casa muy pobre y pequeña. Tenía un piso, pero sólo habitaban la planta baja. Estaba rodeada de una valla de madera en la que se entrelazaban rosales y yedra. A los lados de la puerta de entrada, había dos palmeras, la una más joven y esbelta, la otra con el tronco enmohecido; las dos bastante ajadas. La puerta siempre estaba abierta, hasta tarde por la noche. Se entraba sin llamar, como a la propia casa. La primera habitación, muy pequeña, era rectangular. Era la carpintería de Pasquale. Se comprendía al ver tres o cuatro mesas cepilladas, un montón de virutas, una hacha y un cepillo. En realidad, Pasquale no siempre tenía trabajo. Los primeros años de la familia fueron bastante duros, llenos de privaciones a medida que nacían los hijos. Pero Natuzza que se entregaba tanto a su prójimo no aceptaba nunca ni dinero, ni regalos, ni ofrendas. Como no había trabajo, era muchas veces Pasquale el que acudía a la gente con su simpática sonrisa.

La segunda habitación cubría todas las funciones. Era el dormitorio, el comedor y el salón de visitas. Inmediatamente a la izquierda de la entrada, una cómoda, una gran cama y una litera en un ángulo de la habitación. Algunas sillas de paja y de abeto a lo largo de la pared de la derecha. A ello había que añadir también un cuadro de la Madonna y grabados con las estaciones del viacrucis.

Había gente a todas horas, pero era sobre todo a partir de las tres o las cuatro de la tarde cuando las gentes empezaban a acudir para escuchar «la radio del otro mundo». Las comunicaciones tenían lugar por la noche de 9 a 11 en primavera y verano, de 6:30 a 8:30 en invierno. Los primeros que llegaban ocupaban los pocos asientos y las sillas. Los demás esperaban en la primera habitación.

NOTAS

[1] Fr. Mesiano, op. cit., p. 54.

[2] A.M. Turi, op. cit., p. 52-53.

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