El libro del P. Brune“Los milagros y otros prodigios” tiene cinco partes. La segunda: Verdaderos y falsos milagros incluye tres puntos: I- Fenómenos inexplicables, II- Prodigios y demonios y III- De origen divino. Esta entrada de hoy corresponde a la primera mitad de este tercer punto.

En esta primera mitad, se incluyen varios casos interesantes para el estudio de los milagros. Entre los casos que estudia, se refiere especialmente, como es natural, a casos tomados de curaciones «milagrosas» en Lourdes, debido al rigor con que allí se estudian. Incluye también un caso español conocido: el cojo de Calanda. Muy amenos de leer. No perder de vista lo que François persigue: buscar el «origen divino» de tales curaciones.

Me parece originales tres cosas, entre otras, para llegar a éste: una, tratar de hallar el mecanismo que opera en esas curaciones «milagrosas»; dos, la rapidez con que se producen las curaciones, comparadas con la hipótesis de casos de sanaciones espontáneas registrados a partir de 1890; tres, el caso que cuenta del niño ciego Gérard Baillie, en el que la Iglesia no lo reconoce como milagro, y los oftalmólogos que lo examinan llegan a la misma conclusión: «Este niño no puede ver, ¡y sin embargo ve!». ¡Apasionante lectura!

¡Buen día!

SEGUNDA PARTE: “FALSOS Y VERDADEROS MILAGROS” (continuación)

III – De origen divino (inicio)

Las curaciones milagrosas

Las curaciones que hoy reconocemos como «milagrosas» tendrán tal vez un día una explicación «científica». Esto no significará en absoluto que la Iglesia se haya equivocado reconociendo en ellas una intervención de Dios. Dos tesis defendidas en 1990 en la facultad de medicina de Estrasburgo nos van a ayudar a comprenderlo (1).

Comencemos por la hipótesis de una regeneración espontánea. Se sabe, por ejemplo, que en ciertas especies animales, es posible la regeneración de un miembro, incluso de la cabeza o de la mitad del cuerpo. En estos casos, no hay ningún milagro especial, si no es el permanente de la vida y de sus maravillas. Varios médicos y biólogos piensan que este mecanismo de la naturaleza se encuentra tal vez en el hombre, en estado latente. Tal vez sea posible un día despertarlo y permitir, en el ser humano, tales regeneraciones de órganos, o incluso de miembros. Ciertas curaciones «milagrosas» podrían derivar de este mecanismo. Pero allí donde se producen espontáneamente, se requiere necesariamente tiempo. Tal regeneración de tejidos pasa por una multiplicación de las células. Ésta es el resultado de fenómenos bioquímicos bastante largos. Ahora bien, se requiere necesariamente, según el tipo de tejido a reconstruir, toda una serie de sucesivas generaciones de células. De ello se deduce, evidentemente, que ninguna lesión orgánica puede curarse espontáneamente. Y sin embargo, las curaciones inexplicables se producen casi instantáneamente (2).

Por ejemplo, en el caso de Thérèse Rouchel. La historia es bastante antigua, pero bien documentada. En 1890, la Sra. Bouchel tenía treinta y nueve años cuando se sintió afectada por un lupus (3) facial que le afectó progresivamente a la nariz, los labios y la mucosas bucal. Como todos los tratamientos fracasaron, decidió en 1903 ir a Lourdes. Tenemos el informe que el médico que la trataba redactó once días antes de su partida. Constató dos perforaciones, una en mitad del carrillo derecho «suficientemente grande como para dejar pasar un dedo», el otro en el cielo de la boca de dos centímetros de largo por medio de ancho. «Todas estas ulceraciones supuraban y producían un olor repugnante, que molestaba incluso a las personas de su entorno.» Esta descripción se ve también confirmada el 5 de septiembre, en el mismo Lourdes, por la religiosa que la acompañaba.

La Sra. Bouchel fue a rezar a la Gruta, después se bañó en la piscina de los enfermos y asistió hacia las cinco de la tarde a la procesión del Santísimo Sacramento. En el momento mismo en que pasaba el obispo, llevando el ostensorio, el apósito colocado en la mejilla «cayó sobre su libro de oraciones y dejó en él una gran mancha de sangre». Volvió a colocárselo dos veces, después fue al hospital y rogó a la hermana que volviera a colocarle el apósito. Fue entonces, cuando constató la hermana con sorpresa que «la perforación de la mejilla y la del cielo de la boca estaban cerradas, y las llagas curadas».

La curación fue confirmada, evidentemente, por numerosos médicos. Es de destacar que no sólo se da fabricación de los tejidos que faltaban, sino eliminación de los tejidos lesionados. Hay por tanto un proceso de regeneración espectacular e instantánea (4).

Existe también otro caso famoso, todavía mucho más espectacular, aunque también más antiguo. Es el milagro de Calanda, España, en 1640. La historia le parece al escéptico de hoy completamente increíble. Sin embargo, tenemos también el protocolo detallado de toda la historia. Un pobre enfermo, amputado de una pierna, recuperó esta pierna «una hermosa noche», mientras estaba sumido en un profundo sueño. La nueva pierna presentaba las mismas cicatrices que la antigua. Era solamente un poco más corta, pero se alargó poco a poco en los meses que siguieron hasta alcanzar la talla normal. Tenemos los informes de los cirujanos que habían practicado la amputación y habían enterrado personalmente la primera pierna. Identificaron sin ninguna duda posible al mismo joven y reconocieron en su pierna las cicatrices de la que habían cortado (5).

Se ha pensado, para explicar estas súbitas regeneraciones, en una especie de fenómeno de aceleración muy localizada del tiempo. Ciertas teorías, nacidas de la mecánica cuántica, no excluyen la posibilidad de fenómenos de este tipo. Quedaría sin embargo por explicar por qué este mecanismo se desencadena con tal precisión y, a veces, en el mismo enfermo, en dos partes distintas y sólo en ellas.

Además, esta aceleración del tiempo no sería suficiente en sí misma para explicar tales fenómenos, porque, en la mayoría de los casos, en el momento en que tiene lugar del milagro, el estado del enfermo no era estacionario sino en trance de agravación. Esto es lo que hace observar Luc-Olivier Lery a propósito de Jeanne Frétel cuya curación fue reconocida en 1950 (6):

Jeanne Frétel había sufrido, de 1938 a 1946, toda una seria de operaciones quirúrgicas: apendicitis, quiste de ovario tuberculoso con adherencias, peritonitis tuberculosa, fístula estercórea (cinco operaciones), osteítis del maxilar superior (tres operaciones). Como su estado seguía agravándose, se había convertido en una “encamada”. A comienzos de 1947, los dolores abdominales se hicieron tan intensos que le inyectaron todos los días seis centigramos de morfina. Intentaron en vano al estreptomicina. En 1948, observa el médico que la trata, «la enferma se encuentra cada vez más fatigada; sólo puede tomar pequeñas cantidades de líquidos; aparecen signos meníngeos; el vientre está muy hinchado y con muchos dolores. Fluye pus en abundancia en las deposiciones lo mismo que en los vómitos, acompañado de sangre negra. Los paros cardíacos son muy frecuentes y ponen en peligro la vida de la enferma.» Parece perdida toda esperanza. Por tercera vez en cinco años, se le administra la extrema unción.

El 4 de octubre de 1948, va a Lourdes con la peregrinación del Rosario. Se encuentra entonces, según su médico, «en plena evolución de peritonitis tuberculosa». Los días 6 y 7 de octubre la trasladan a la misa a la Gruta y a la piscina de los enfermos. Ninguna mejoría. El viernes, 8 de octubre, la trasladan, moribunda, hasta el altar de Bernadette para la misa de enfermos. El sacerdote duda si darle la comunión, a causa de los frecuentes vómitos. «Ante la insistencia del camillero, accede a darle un trocito de hostia.» He aquí ahora algunos extractos de su propio relato:

«Entonces me sentí muy bien y me di cuenta de que estaba en Lourdes… Seguía teniendo el vientre duro e hinchado, pero ya no sufría en absoluto; me dieron una taza de café con leche que tomé con apetito y que luego conservé.

«Después de la misa, me llevaron a la Gruta, siempre en mi camilla.

«Llegada allí, al cabo de algunos minutos, tuve la sensación de que una persona me tomaba por los brazos para que pudiera sentarme. Me encontré sentada. Me volví para ver quien me había ayudado, pero no vi a nadie. Nada más sentarme, tuve la sensación de que las mismas manos que me habían ayudado a sentarme, me cogía las manos para ponérmelas sobre el vientre. Me pregunté en primer lugar lo que me sucedía: si estaba curada, o si salía de un sueño. Me di cuenta de que mi vientre se había vuelto normal. Sentí entonces un hambre extraordinaria.»

Se le da entonces de comer y ella sigue pidiendo. Por la tarde, «se levanta sola, se viste sola, y va a las piscinas». Por la noche, vuelve a comer con apetito.

Al día siguiente, 9 de octubre, es examinada por cinco médicos en la Oficina de las constataciones. Concluyen: «Mejoría enorme, tal vez curación completa.» A su vuelta, nuevo examen. Todo parece resultar normal. Jeanne Frétel recupera peso al ritmo de 1,350 kg por día. Desde el día siguiente de su vuelta, recupera una actividad normal. Se levanta a las cinco y media y se acuesta a las once de la noche.

El caso sigue entonces el procedimiento habitual. En 1949, es examinada y estudiada de nuevo por veintiocho doctores de la Oficina de las constataciones, después se envía el informe al Comité médico nacional que lo somete luego al obispo de la diócesis donde reside Jeanne Fréter. El 10 de septiembre de 1950, se establece una Comisión canónica y, finalmente, el 20 de noviembre de 1959 es reconocido el milagro (7).

Se da por tanto un cambio brutal y espectacular del proceso evolutivo de la enfermedad y no simple aceleración del tiempo. Esta última hipótesis, intelectualmente muy seductora, pero nunca verificada, no bastaría de todas formas para explicar el mecanismo de esta curación. Lo que es esencial es, en efecto, el cambio de tendencia. El doctor Hubert Larcher, antiguo director del Instituto metafísico internacional (IMI) y miembro del tribunal de las dos tesis que aquí utilizo, me hizo notar que algunos síntomas, señalados en numerosos casos, hacen pensar que el mecanismo de algunas curaciones puede desencadenarse por una especie de explosión de energía. Muchos de los que han sido curados sienten de pronto, como en el caso de Jeanne Frétel, un «hambre atroz», considerada como muy característica. Esto tendería a demostrar que buena parte de le energía necesaria para la curación fue extraída de las células del mismo cuerpo. Se necesitaría entonces encontrar el origen exacto de esta energía y lo que la ha desencadenado.

Otros piensan más bien, siguiendo ciertas teorías recientes, que esta energía podría venir directamente del vacío, la «energía del vacío» jugando entonces un papel similar al del «prana» en la India, en la medida en que este soplo vital es considerado como inmanente a la misma materia. Sería tal vez esta energía precisamente la que permitiría a algunos místicos vivir sin comer e incluso sin beber. Sería tal vez esta energía la que permitiría también los fenómenos de materialización, bien conocidos en parapsicología, especialmente en los casos de caídas o de lanzamientos de piedras.

La hipótesis de las sanaciones espontáneas

Las investigaciones pueden por tanto progresar. Tal vez un día domine el hombre estos mecanismos. No seguirá siendo menos verdadero que, de momento, sólo se consigue, en el mejor de los casos, entrever esta posibilidad. Tanto más cuando que estos mecanismos se han desencadenado ya espontáneamente muchas veces. Aquí también, algunas curaciones que siguen sin explicar no parecen sin embargo tener la calificación de «milagros», porque se han producido al margen de todo contexto religioso. En el mundo se citan, desde 1890, unos 500 casos de sanaciones espontáneas de cáncer, entre ellas 370 casos de curación total, sin que se pueda invocar una intervención de Dios o una fe particularmente intensa de parte del enfermo curado. Pueden derivar de leyes habitualmente inhibidas o todavía desconocidas, o aun de leyes propias de otro mundo que se interfirirían excepcionalmente con el nuestro.

Sin embargo, como observa Luc-Olivier Lery, estas sanaciones espontáneas son progresivas [8]. Ahora bien, ya hemos señalado que si algunas curaciones son finalmente reconocidas como «inexplicables» por la ciencia y admitidas como «milagrosas» por la Iglesia, es precisamente por que se produjeron en un plazo sumamente corto, a veces de forma instantánea.

Notemos a este respecto que recientemente se han multiplicado estudios en Estados Unidos que establecen comparaciones entre grupos de enfermos que presentan patologías similares y que han acudido o no a la oración. De ellos se deduce que la oración podía ser una ayuda o un acelerador concreto de la curación.

Una intervención divina

La mayoría de las curaciones consideradas milagrosas sugieren ya, por su carácter excepcional, vinculado muy de cerca a un contexto religioso, que se trata en cada ocasión de una intervención «divina». El doctor Larcher me ha hecho observar un indicio complementario: en numerosas curaciones milagrosas, el fenómeno parece dirigido. No se trata en estos casos de una simple reconstrucción de los tejidos destruidos, como lo haría un proceso automático de regeneración, o un buen obrero que reproduce fielmente el modelo inicial dañado. Parece que, en muchos casos, es la función la que se restablece, la función la que es la prioridad apuntada por el proceso de regeneración, con riesgo, precisamente, de establecer una solución improvisada, menos elegante de la que sigue normalmente la naturaleza, pero la más eficaz posible. Hay algunos casos célebres en el pasado en los que aparece claramente esta intencionalidad. Así, el de Marie Biré (9):

La Sra Biré nacio en Vendée, en 1866. El 14 de febrero de 1908 tuvo vómitos de sangre roja. La circulación de la sangre se detuvo entre su antebrazo y su mano izquierda, que se volvió completamente «negra, como gangrenada. El dolor era insoportable. Tres o cuatro días más tarde, el miembro recuperó espontáneamente su coloración normal; la enferma se quejaba de cefaleas atroces, que le provocaban gritos desgarradores; después sobrevinieron frecuentes vómitos verdosos, frecuentes y muy abundantes. La enferma cayó en coma. La pérdida de conocimiento fue completa y duró aproximadamente cinco días. Finalmente, el 25 de febrero, recuperó el sentido, abrió los ojos y se extrañó de estar continuamente en la oscuridad: los reflejos luminosos habían desaparecido completamente: la ceguera era total, debida a una doble atrofia papilar.» En efecto, un examen más minucioso reveló que el ojo izquierdo distinguía sin embargo el día de la noche.

El 3 de agosto de 1908, la Sra. Biré se dirige a Lourdes con la peregrinación de Vendée. El 5 por la mañana, asiste a la misa de la Gruta y recibe la comunión. A las 10:15, un sacerdote toma el Santísimo para llevarlo a la iglesia del Rosario. En el mismo momento en que el sacerdote pasa delante de ella, la Sra. Biré recupera la vista; instantáneamente.

El mismo día es examinada por un oftalmólogo. Este especialista escribe enseguida los resultados de su examen: «La Sra. Biré padece atrofia blanca, por causa cerebral… Es absolutamente extraño constatar que lee los caracteres más pequeños del periódico lo mismo con un ojo que con el otro… Insisto sobre todo en la visión de los de los caracteres más pequeños del periódico, a pesar del estado de sus papilas. No sólo la papila está absolutamente blanca, sino los vasos totalmente filiformes y casi imperceptibles.»

En septiembre de 1908, nuevo examen, por tres especialistas: «Las huellas de atrofia papilar han desaparecido. Las lesiones ya no existen y la curación es completa.»

Noviembre de 1908, nuevo informe: «Se imponía el diagnóstico: era una atrofia blanca del nervio óptico por causa cerebral… Esta afección, de las más graves, es considerada por todos los autores como absolutamente incurable. Pues bien, la Sra. Biré había recuperado la vista por la mañana… Había recuperado la visión, el órgano había recuperado su función, pero las lesiones continuaban. Iban a desaparecer un poco más tarde.»

30 de julio de 1910, el milagro es reconocido oficialmente.

Lo extraordinario de este caso, es la recuperación de la función, mientras continúa la lesión que la había hecho imposible. La ceguera era casi completa, el ojo izquierdo apenas podía distinguir el día de la noche. En el momento del examen oftalmoscópico, nada cambió. La lesión sigue siendo la misma. Y sin embargo, la Sra. Biré ve y lee incluso los artículos de los periódicos escritos en pequeños caracteres.

Se podría recordar también una curación muy parecida, la de Gérard Baillie, sucedida el 26 de septiembre de 1947, reconocida por la Oficina médica un año después, en setiembre de 1948 y por el Comité internacional en febrero de 1949. El milagro no fue sin embargo reconocido oficialmente por la Iglesia porque un médico de Lille no había insistido suficientemente en el carácter extraordinario de esta curación. El 31 de enero de 1951, la comisión canónica reunida por el obispo de Lille se negó a ver en él un acontecimiento extraordinario y, a fortiori, una intervención de Dios. Observamos aquí, en vivo, los excesos de rigor de una concepción del milagro que hoy parece poco a poco superada. Pero veamos más de cerca el punto que aquí nos interesa.

Gérard Baillie, nacido en Saint-Pol-sur Mer en 1942, se había vuelto casi ciego a los dos años y medio, a causa de una enfermedad considerada como incurable. Se trataba de una destrucción progresiva de los tejidos interiores de los dos ojos (cloroidita) y de una atrofia óptica bilateral. Durante la guerra, está refugiado en el Instituto de ciegos de Arras y permanece allí dos años durante los cuales lo examinan en varias ocasiones, pero sin que puedan darle la menor esperanza: enfermedad irreversible e incurable.

A los cinco años, lo llevan a Lourdes, por tanto en 1947, y allí, de repente, ve. Lo examinan de nuevo, pero el diagnóstico sigue siendo el mismo. Os ahorro los términos técnicos concretos, pero la conclusión del oftalmólogo es muy clara: no puede ver y sin embargo ve. El restablecimiento de la función es tan claro que cuando vuelve a la casa para ciegos y le piden a las veinticuatro horas que abandone el Instituto.

En 1948, de vuelta a Lourdes, es examinado por un oftalmólogo inglés: igual diagnóstico e igual conclusión. ¡Este niño no puede ver y sin embargo ve! Durante dos años, los exámenes van a dar los mismos resultados, hasta el día en que el diagnóstico va a cambiar: los tejidos se han restablecido y los nervios ópticos se han regenerado. Pero durante dos años la función se restableció mientras continuaba la lesión orgánica (10).

Esta curación, o más bien esta recuperación de la función en condiciones imposibles, recuerda otro milagro parecido. Se trata de una muchacha ciega, Anna Gemma di Giorgi, curada en 1947, al final de una misa celebrada por el Padre Pío. Esta mujer, que se hizo religiosa, sigue sin pupilas y, sin embargo, ve perfectamente (11).

Se encuentra la misma intencionalidad en otra curación extraordinaria en la que no es el órgano mismo el que queda restablecido en su estado normal, sino que es la función la que queda restablecida, gracias a una especie de bricolage genial. Se trata del caso de Vittorio Micheli, soldado italiano curando en una peregrinación a Lourdes (12). Vittorio padecía un cáncer oseo en el lado izquierdo de la pelvis. El hueso de fémur había mantenido su forma normal, pero se había hecho poroso. En cuanto a la cavidad en la que el hueso de la pelvis tenía que instalarse, estaba completamente destruida y el hueso había desaparecido mucho más allá de esta cavidad. Trozos del esqueleto se paseaban por la carne. La pierna y la rodilla de Vittorio estaban escayoladas y sólo se desplazaba con muletas. Además, los dolores eran intensos y tenía que tomar analgésicos.

En mayo de 1963, Vittorio va en peregrinación a Lourdes y la curación es inmediata. La instantaneidad es menos fácil de demostrar por el hecho de que la pierna está escayolada y sólo se atreverán a quitársela mucho más tarde. Pero el mismo Micheli dice «sin rodeos, y con un tono de sinceridad impresionante: desde que fue introducido en la piscina, tuvo hambre: Este grito: “¡Tengo hambre!” es un hecho característico de Lourdes. Tuvo la sensación de que su miembro colgante se unía de nuevo a la pelvis… Ya no tuvo necesidad de “calmantes”, los dolores le habían desaparecido “inmediatamente” (13).

Dada la gravedad de su caso, sólo es desgraciadamente en el mes de febrero del año siguiente cuando se atreven a quitarle la escayola. Enseguida puede caminar libremente.

En las radiografías de mayo de 1964, se constata que el hueso de la pelvis se ha restablecido y que una nueva cavidad se ha reconstruido para recibir la cabeza del fémur, aunque a tres centímetros del emplazamiento de la antigua cavidad. La nueva cavidad se adaptar exactamente a la forma de la cabeza femoral. La nueva articulación de la cadera tiene una morfología completamente normal. En este caso también, es la función la que queda afectada y perfectamente restablecida, sin que el proceso de curación haya tratado de restablecer la construcción ósea normal.

El caso pareció a los especialistas de cáncer tan extraordinario que fue presentado en un coloquio internacional, en Marsella, como curación «inexplicable» simplemente, «sin hablar de Lourdes evidentemente». Un resumen de este caso fue publicado en una revista de cirugía ortopédica de fama nacional e internacional. Y el profesor Salmon subraya: «Hace algunos años, habría sido impensable que Lourdes fuera citado en una revista médica altamente científica (14)

NOTAS

(1) Luc-Olivier Lery, Étude de cas cliniques de guérisons somatiques extraordinaires liées à la réception de sacrements; y Marie-Pierre Lery, Étude de cas cliniques de guérisons extraordinaires liées à la prière de demande, Strasbourg, 1990.
(2) Luc-Olivier Lery, op. cit., p. 157.
(3) Lupus: enfermedad de la piel y las mucosas, de carácter expansivo y destructor (NdT).
(4) Luc-Olivier Lery, op. cit., p. 157.
(5) Leandro Aina Naval, El milagro de Calanda a nivel histórico, Zaragoza, 1972. Ver también al abate Abdré Deroo, L’homme à la jambe coupé, Éditions Résiac, 1977.
(6) Luc-Olivier Lery, op. cit., p. 50-61.
(7) Doctor A. Olivieri y Dom Bernard Billet, Y a-t-il encore des miracles à Lourdes, 30 dossiers de guérisons, P. Lethielleux y Oeuvre de la Grotte de Lourdes, 3ª edición, 1972, p. 59-69.
[8] Luc-Olivier Lery, op. cit., p. 158.
(9) Tomo los detalles de esta curación de la tesis de Luc-Olivier Lery, op. cit., p. 34-39.
(10) Théodore Mangiapan, op. cit., p. 178, 194 y 353, y Wilhelm Otto Roesermueller, Hilfe aus dem Jenseits, Karl Rohm Verlag, Bietigheim, p. 21-22.
(11) Paul Lesourd y J.-M Benjamin, Les mystères du Padre Pio, Éditions France-Empire, 1970, p. 124-126. O también R.P. Luna, Vie et passion du Padre Pio, Nouvelles Éditions latines, 1969, p. 86-88.
(12) Utilizo aquí el informe del profesor Michel-Marie Salmon que me ha prestado amigablemente el doctor Larcher. Ver también A. Olivieri y B. Billet, op. cit., p. 245-246.
(13) Profesor Michel-Marie Salmon, op. cit., p. 36.
(14) Idem, op. cit., p. 46-47.

 

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