Imposible enterarse de las “curiosidades” y las “imágenes literarias” de estos mensajes de Roland si no se leen. Yo puedo decir lo que hoy me llama la atención en las cosas que aquí se dicen, pero si uno quiere enterarse, no hay más remedio que leer lo que aquí se dice.

Hoy encuentro algunas cosas que me llaman la atención: por qué habla a su madre como un chico de la tierra, por qué ella siente menos las comunicaciones, lo que le dice sobre las experiencias espiritas, por qué no puede revelar ciertas necesidades del astral, lo que dice sobre las aperturas espirituales, sobre la oración en las iglesias, sobre el dolor como vehículo celeste, sobre las dos cosas que necesita. ¡Encuentro siempre cosas nuevas y curiosas!

Pero estas “curiosidades” pueden quedar solamente en eso, en curiosidades. Lo mismo puede ocurrir si uno destaca determinadas imágenes literarias de Roland. Por ejemplo, cuando le dice a su madre: “me gustaría colocarte en la bóveda de un arco iris” o “que una estrella se duerma en tu corazón”. Estas y otras hermosas expresiones sólo las aprecia el que tiene cierta sensibilidad y vive un determinado momento. Ojala haya alguno al que le hagan bien estas cosas.

¡Buen día!

JUNIO 1948

Miércoles, 2 de junio de 1948. París.

Mamá, para que tú me reconozcas, es necesario que yo hable mi lenguaje de muchacho de la tierra. Si hablase como muchacho del cielo, tal vez no me reconocieras.

Es necesario por tanto, para que lleguemos a comunicarnos, que te inicie poco a poco en lo divino mediante ejemplos a tu alcance, es decir ejemplos terrestres.

Elévate más cada día: así me encontrarás. Nuestro encuentro más perfecto es en la Mesa Sagrada; en ese momento, es cuando estamos más cerca el uno del otro. El éxtasis de la comunión debe sembrar de estrellas todos tus pensamientos.

3 de junio de 1948. París.

Cuando he entrado en mi habitación, me ha cegado una luz, como de un faro; se encontraba delante del retrato de Roland.

Mamá, estoy radiante…

La comunicación sigue existiendo entre tú y yo, pero tú la sientes menos, porque no progresas con suficiente rapidez. Las tinieblas te envuelven, porque tu sexto sentido no evoluciona. ¿Puedes ver flores en la noche? Lo mismo sucede con los tesoros interiores; están ahí, pero no los ves.

Cada vez me es más difícil guiarte, porque yo me alejo de la imperfección. Si quieres seguir recibiendo mensajes, tienes que estar mucho más atenta, mucho más cerca de la perfección; sabes muy bien lo que entiendo por perfección. Los límites de la vida humana sólo pueden ser superados con la ayuda de Dios; es necesario por tanto que te pongas en estado de gracia. El estado de gracia es la parálisis de lo físico en favor de una inspiración celeste. Tu doble debe hacerse blanco como una hostia, y los colores del paraíso teñirán entonces tu alma.

Lo que debes tomar son los caminos solitarios, la senda desierta.

3 de junio. Doce y media de la noche. París.

Echan a volar las campanas, comienzan a tocar. Voy a mi ventana, sólo está el silencio de la noche; vuelvo a escribir, las campanas vuelven a repicar. Alegría: desde hace tiempo, la gran pluma luminosa no se había dibujado en la pared, y esta noche está ahí.

Mamá, has vuelto a conectar con tu dolor por la visión del dolor, y el milagro de los fenómenos sensibles se ha vuelto a convertir en tu dominio.

En lo invisible, pueden producirse cortocircuitos entre un y otro plano. Estas perturbaciones se corresponden con fenómenos inexplicables para vosotros…

Vas a salir pronto del túnel de los días sin ondas sonoras. Cuando un topo entra en su agujero, deja de ver el día, pero el día sigue luciendo. Lo mismo te ocurrirá a ti, saldrás pronto de las galerías sombrías en las que estaban hundida y, poco a poco, volverá a inundarte la luz celeste.

Duerme.

Te quiero, mamá, era necesario que se produjera en la atmósfera una descarga; estoy loco de alegría: se ha producido.

Lunes, 7 de junio de 1948. 11 de la noche. París.

— Mamá… ¡Oh, mamá! ¡Hace mucho tiempo que no venías! No repitas siempre que no se establece entre nosotros la comunicación; di que ya no vienes.

Yo sin embargo estoy siempre a tu alrededor, te envío señales; trazo en tus paredes alas de siete colores

Cuando estoy escribiendo, levanto los ojos hacia el retrato de Roland y veo en la pared, en dirección a la puerta de la habitación, escrito en luz blanca, un punto y un guión, como los que utilizan los tipógrafos para señalar en un diálogo el cambio de interlocutor. Mucho más grueso, evidentemente.

— ¿Qué debo pensar de esa raya luminosa? No comprendo, explícamelo.

— Es un vínculo entre tú y yo, una señal idéntica a vuestras señales; trázalo sobre el papel y lo reconocerás. Cuando un escritor quiere indicar que va a hablar una persona, ¿no pone un guión y un punto? Yo te envío esta misma señal en dirección al cielo, porque tu conversación con el cielo no debe nunca interrumpirse.

— ¿Qué piensas de las experiencias espiritistas?

— Ya te he dicho que te las prohibía. No es ese tu camino; no debes buscar ninguna prueba complementaria a las que yo te envío; no necesitamos médium entre tú y yo. Si yo he mojado tu pluma en la tinta del cielo, ¿por qué quieres ir a buscar otros instrumentos? Sigue dentro de los límites que te he trazado.

— ¿Qué piensas de esos seres?

— Voy a ocuparme de ellos; la luz se va a encender en su alma, reza por su tristeza, que es mayor que su vida, y que los va a transportar como un cometa.

Hacia media noche, he oído en la calle una voz que llamaba: Roland; he escuchado; nadie caminaba, la calle estaba desierta.

Miércoles, 9 de junio de 1948.

Mamá, los recuerdos vuelven a ti tan vivos que parecen zarzas de espinas hacia las te sientes precipitada. Esos tornados de visiones en los que estoy como vivo en tu pensamiento, en los que me produzco intacto, tienen una significación: responden a necesidades del astral. Desgraciadamente, no puedo hacerte ninguna revelación a este respecto. Piensa, sin embargo, que las lágrimas son tan necesarias a tu alma como el agua a la planta. ¡Oh, misterio del sufrimiento! ¡Misterio de las lágrimas! Sin conocer su utilidad, vosotros las vertéis y ellas caen, una a una, quemando vuestros ojos. Las fuentes celestes no se secarán nunca, pues las lágrimas correrán siempre.

Viernes, 11 de junio de 1948.

Mamá, se eleva una estrellas.

Cuando un faro ilumina un camino, vosotros os encamináis a través de las sombras siguiendo sus rayos. Lo mismo ocurre con vuestras aperturas espirituales. Si poseéis en vuestra vida interior un hogar radiante, él proyecta ante vosotros claridades infinitas que sólo habéis de seguir.

Lunes, 14 de junio. 11 de la noche.

Mamá, desde hace varios días deseo hablarte de la diferencia entre la oración hecha en las iglesias y la oración en la propia casa. La iglesia es, en cierto sentido, una placa sonora que remite el eco de las oraciones.

Es curioso que no penséis nunca sino en vosotros mismos, y que a bastantes personas les guste decir: «Me agrada más rezar en mi casa.» ¿No podríais preguntaros de vez en cuando cuál es la voluntad divina?

Hay varias razones para que la oración sea más eficaz en los lugares consagrados. La primera es que están bendecidos, y que la gracia llega a ellos con mayor facilidad. Dios está en las iglesias, y si vosotros no lo encontráis allí, es porque estáis distraídos. Si estuvierais realmente en afinidad con el cielo, sentiríais tal bienestar en la casa de Dios, que iríais a ella continuamente.

Encuentro odioso que separéis vuestra necesidad de rezar y la necesidad de ir a la casa de Dios. Los que están distraídos en las iglesias son aquellos que sólo son embriones de fe. El paraíso está tan lejos de ellos que ni siquiera pueden sentir la presencia de lo divino allí donde reside lo divino. Dios está en los lugares bendecidos. Por eso es bueno frecuentar las iglesias. Si en ellas no encontráis a Dios, echaos la culpa a vosotros mismos.

Miércoles, 16 de junio de 1948.

Mamá, el dolor es un vehículo celeste. Las almas que sufren son instrumentos especialmente sintonizadas con las armonías del más allá. Si tu carne está herida, el menor roce te hace sufrir; en una palabra, estás en carne viva. Lo mismo ocurre con las almas desesperadas; se encuentran en un estado de receptividad especialmente propicio para los toques celestes. Tus lágrimas, tus melancolías, tus imaginaciones sin esperanza son en ti superficies deformadas por las que el cielo puede deslizarse más fácilmente.

Paciencia, mamá, duerme.

17 de junio de 1948. París.

Mamá, necesitarías dos cosas.

La primera es ésta: tienes que llegar a mí. Llegar a un desaparecido, es esperarlo. Espérame en tu doble; cierra tu ser a todo lo que no venga del cielo; ciérrate en los grandes arcones de la paz interior, y permanece en oración al pie de la inmensa muralla que te separa del más allá.

Ésta es la segunda: la intensificación de tu imaginación. Trabaja para alcanzar escalones superiores, lo mismo que el pájaro salta de rama en rama para llegar a lo alto de un árbol. Sube una a una todas las alturas de tu yo; desde allí, me escucharás mucho más fácilmente y distinguirás mejor los sonidos que te envío. ¡Estoy tan ágil esta noche!

¡Pobre mamá! Me gustaría colocarte en la bóveda de un arco iris. ¡Oh, mamá! me gustaría que una estrella se duerma en tu corazón.

Al pie del retrato de Roland, brillan dos estrellas, una blanca, otra de fuego.

Anuncios