El tema que aquí trata el P. François es sumamente importante, como planteamiento previo a lo que dirá más adelante sobre los milagros. Trata de definir con precisión qué entiende por milagro, qué es milagro y qué no es tal.

En los libros clásicos de Teología se definía así el milagro: «Efecto sensible, más allá del orden natural, realizado por Dios». Lo de efecto sensible está claro, puesto que es algo que se percibe a través de los sentidos. Los que no están tan claros son los otros dos elementos de la definición. Respecto al orden natural, el problema es que no sabemos con exactitud hasta dónde llega. Pone el ejemplo de Monique Couderc. La curación de su cáncer de útero, ¿rebasó el orden natural o se mantuvo dentro de las leyes naturales?

Algo parecido nos ocurre con el autor del efecto sensible. Por supuesto que Dios puede realizar efectos sensibles espectaculares, pero el problema es que también el Diablo puede realizar efectos así. Por eso resulta muy oportuno el tema que aquí trata el P. Brune bajo el título general de «Fenómenos inexplicados», especialmente el punto que titula «Las distintas fuentes de prodigios». El modo de tratar este punto resulta interesante y muy instructivo. Ah, y en estos tiempos que corren, ¡muy práctico!

¡Buen día!

SEGUNDA PARTE: “FALSOS Y VERDADEROS MILAGROS”

I – Fenómenos no explicados

Si el milagro no contradice en nada las leyes de la Creación, es necesario que, por su parte, los científicos acepten ampliar un poco su visión del mundo para comprenderlo. Ésta no se reduce a lo que nuestros sentidos o nuestros instrumentos pueden hoy captar de él. El milagro, muchas veces, no sólo es señal de la presencia activa de Dios entre nosotros, sino también anuncio del mundo futuro, de un universo corregido, rectificado, en el que las leyes ya no serán las mismas. Este mundo es a la vez el que se nos ha prometido «al final de los tiempos» y el que nuestros «muertos» ya han alcanzado. Es un universo paralelo, si se quiere, o subyacente al que percibimos habitualmente. Es, a la vez, el mundo hacia el nos dirigimos y un mundo que, misteriosamente, ya está aquí.

Aclaro que no reservo en esta obra la palabra «milagro» a las curaciones milagrosas exclusivamente. Esta tendencia nos viene probablemente de los procesos de beatificación y canonización en los que el «milagro» sólo se refiere generalmente a curaciones inexplicables, muy raramente a otros fenómenos (algunos casos de resurrección aparente, de incorrupción del cuerpo de un santo, de multiplicación de comida, etc.), pero dejando totalmente de lado fenómenos como los estigmas, la bilocación, la levitación, las apariciones, etc., todos ellos sin embargo muy importantes. Estos fenómenos existen. Están perfectamente avalados y no se encuentran solamente en las vidas de los santos. Ahora bien, ellos suponen un desafío con relación a todos los conocimientos científicos adquiridos. Escapan totalmente a las leyes conocidas y suponen realmente la irrupción en nuestro universo de leyes profundamente distintas. Tendremos ocasión de profundizar poco a poco en estas consideraciones. Contentémonos de momento con evocar rápidamente tres casos de figuras posibles:

En primer lugar, los milagros pueden revelar la intervención de leyes naturales que son generalmente bloqueadas por otras leyes, pero que, en determinadas circunstancias, se encuentran liberadas cuando desaparece el obstáculo que las inhibía. Si uno cae desde muy alto, sin paracaídas, se mata. Es una consecuencia de la ley de la gravedad y de la fragilidad de nuestro organismo. Pero si la misma persona dispone de un paracaídas, cae un poco brutalmente, pero no se mata. En este caso no hay ningún milagro, ninguna violación de leyes naturales. Simplemente, la presión del aire, comprimida por la bolsa del paracaídas, se ha opuesto a la fuerza de la gravedad. Existen muchos fenómenos, perfectamente de acuerdo con las leyes de la naturaleza, que sólo se desencadenan cuando lo permite un cúmulo de circunstancias absolutamente excepcional.

Un mecanismo de este tipo es el que permitirá tal vez un día comprender un caso de curación particularmente extraño. Se trataba de un cáncer inoperable. Pero cuando los cirujanos practicaron una laparotomía, es decir una incisión en la pared abdominal y del peritoneo, el tumor desapareció por completo. A pesar de la apariencia espectacular de esta curación, los cirujanos que trataron el caso sólo creen que se trata probablemente de un proceso de curación perfectamente natural pero todavía mal identificado, debido a la suma rareza de tales casos (1).

Pero los casos de curación espectacular no son los únicos en los que las causas de un «prodigio» parecen poder permanecer en el marco de las leyes naturales. Ciertas coincidencias o casos de «sincronicidad», en la vida corriente, parecen realmente derivar del milagro, incluso cuando todas las leyes conocidas de la naturaleza han funcionado de modo perfecto y normal. Dentro del mundo visible, ninguna fuerza extraña a este mundo puede detectarse. Sólo nuestros espíritu detecta cierta extrañeza.

Hay cantidad de prodigios, de casos aberrantes, totalmente «inexplicables», que podrían muy bien explicarse así. El carácter rarísimo, excepcional, del fenómeno no basta para hacer de él un milagro. Son entonces las circunstancias las que, al dar a estos fenómenos un valor de señal religiosa, pueden, eventualmente, atribuirles este nombre.

Los milagros pueden responder también a leyes naturales que nosotros ignoramos. Nuestra ciencia está todavía muy lejos de haber explorado todos los estratos de nuestro mundo material. Por supuesto, si estas leyes nos son todavía desconocidas, la mayoría de las veces se debe a que se las encuentra raramente. Pero tal vez también a que nuestros instrumentos aún no nos permiten alcanzar ciertos niveles de realidad. Hoy se empieza a reconocer que el espacio y el tiempo no son lo que se creía. Pero aún estamos lejos de haber sacado de ello todas las consecuencias. La relación de causa a efecto parece también reservar sorpresas. Algunos sabios, y no de menor categoría, comienzan a admitir la posibilidad de una retro-causalidad, es decir una causalidad en la que el efecto preceda en el tiempo a su causa.

Asimismo, la relación entre el espíritu y la materia es considerada hoy como una verdadera interacción posible. En un caso como el de la curación paranormal de Monique Couderc (2), es muy difícil saber cual ha sido la causa principal de la curación. Monique Couderc padecía un cáncer del cuello del útero. Cuando la ablación era considerada por todos los cancerólogos como indispensable y urgente, Monique Couderc rechazó la operación y decidió buscar su propio camino de sanación. Lo encontró en el ayuno, en una mejor alimentación, pero también en su voluntad, en su confianza inquebrantable y finalmente en la oración, la suya y la de sus amigos. Aquí también, podemos encontrarnos ante prodigios, totalmente desconcertantes para nuestro sentido común, sin que se trate sin embargo de «milagros» en el sentido religioso del término. Una vez más, sólo el contexto en que se produzcan esos fenómenos podría, eventualmente, conferirles esta calificación.

Estos dos primeros casos responden a lo que podría llamarse lo «paranormal», pero un fenómeno que hoy parece paranormal podrá muy bien mañana parecer normal para la ciencia.

Finalmente, los milagros pueden producirse por leyes que pertenecen habitualmente a otros niveles de realidad, a otras dimensiones, como, por ejemplo, aquellas en la que ya «viven» nuestros muertos. Dado que el conjunto de la Creación forma una verdadera unidad, aunque nosotros sólo veamos una mínima parte, es bastante normal que, en algunos casos, las leyes de esas otras dimensiones puedan interferir con las leyes de nuestro mundo material.

Son casos que competen a lo que se podría llamar lo «supra-normal».

Esto es probablemente lo que sucede cuando Cristo, muerto y resucitado, se manifiesta a sus apóstoles, muy concretamente, físicamente, invitando incluso a Tomás a meter el dedo en la llaga de su costado (3). Pero, reconocerlo, es ya superar los límites del racionalismo. Conozco a un exegeta prestigioso, no sin razón, más bien conservador con relación a las jóvenes generaciones de «investigadores» y que, sin embargo, comentaba este testimonio de los Evangelios haciendo notar que el texto no decía que Tomás hubiera metido, efectivamente, su dedo en la llaga de Cristo. Para él, la aparición de Cristo no había tenido realmente lugar de forma concreta. Este anciano sacerdote, profesor de exégesis y creyente, no podía admitir una interferencia, entre el mundo de antes de la muerte y el mundo de después de la muerte. Para él, existía el mundo material, el que estudian nuestros científicos, y el mundo del más allá, totalmente inaccesible, inimaginable, objeto posible de una fe, precisamente y únicamente, en la medida en que no interfiere jamás con el mundo que estudia la ciencia. Para que no haya conflicto con el saber establecido, es necesario que el objeto de nuestra fe no descanse en ningún indicio, en ninguna señal materiales. Profunda dicotomía entre los dos mundos, pero también, más profundamente, entre dos modos de pensar. Es el drama que conocieron los sabios del siglo XIX, mientras seguían siendo creyentes. Estaba el hombre de fe que iba a la iglesia, y el hombre de laboratorio, que sólo creía en lo que podía ver y tocar. Como los dos aspectos de su personalidad no se comunicaban entre sí, estos sabios estaban condenados a vivir en una especie de esquizofrenia insoportable.

Las distintas fuentes de los prodigios

Hemos visto que todo fenómeno paranormal, todo prodigio, no es forzosamente un milagro. Según las circunstancias, el prodigio puede muy bien no tener ningún valor religioso especial, ser obra de fuerzas espirituales negativas, «diabólicas», o de fuerzas positivas, «divinas». El prodigio puede por tanto proceder muy bien de tres causas distintas que determinarán su valor. Puede:

— ser un simple fenómenos, relativamente «paranormal», o incluso «supra-normal» por ser aún raro e inexplicable, pero en lo religioso totalmente neutro, incluso si se trata de interferencias entre nuestro mundo y el más allá;

— ser el fruto de circunstancias excepcionales queridas por las fuerzas del mal o de alguna fuerza desconocida, misteriosa e inquietante; se trata entonces de fenómenos que pueden ser peligrosos, incluso, a veces, francamente demoníacos;

— ser el fruto de circunstancias excepcionales queridas por Dios; entonces se trata de un milagro.

Esta será ciertamente una de las tareas importantes del siglo actual, tanto para las ciencias como para las religiones, ayudarnos a hacer mejor estas distinciones. En cada uno de los casos que acabamos de ver, se plantea evidentemente la cuestión que ya hemos planteado: si se trata de un simple conflicto excepcional entre leyes perfectamente conocidas, entre leyes de este mundo ya conocidas y otras aún desconocidas, o bien de una interferencia entre otras dimensiones y nuestro mundo. Las dos clasificaciones se pueden por tanto combinar; pero es raro que un tipo fenómeno pueda ser siempre clasificado en la misma categoría. La realidad es siempre más compleja que nuestros protocolos de análisis. Pronto lo constataremos.

Lo maravilloso profano

Creo por tanto que hay casos en los que los fenómenos paranormales no tienen en sí mismos nada específicamente religioso ni demoníaco. Así, por ejemplo, yo no creo que las comunicaciones entre nuestro mundo y los «muertos», que yo he estudiado ampliamente (4), procedan, en cada caso, bien de una intervención extraordinaria de Dios o de una privilegio inaudito concedido a los santos, bien de una intervención satánica para mejor confundirnos a nosotros, pobres humano. En este punto, la posición de Dom Gabriele Amorth, exorcista de la diócesis de Roma, me parece muy exagerada (5). El Padre Ernetti, sabio y exorcista muy respetado al que conocí bien, no compartía en absoluto esta opinión. Conocía sin embargo perfectamente los peligros del espiritismo y los denunciaba con fuerza (6), pero había aprendido por experiencia a hacer las necesarias distinciones. Estaba muy contento de la traducción al italiano de mis libros sobre este tema y me había pedido varios ejemplares para poder hacerlo leer en Roma a ciertos colegas. Los fenómenos de comunicación con los muertos, tanto por la mediumnidad tradicional como por aparatos electrónicos, proceden simplemente de leyes todavía poco conocidas, que responden a dos (o varias) dimensiones, la que nosotros vivimos y otras que no conocemos. Pero esta comunicación se inscribe dentro del mismo mundo creado. Se trata por tanto de leyes perfectamente naturales que forman parte, con toda naturalidad, del plan de Dios.

Sin embargo, por supuesto, el tono de estas comunicaciones será muy distinto según el nivel espiritual de los que así se comunican. No hay en la Tierra sólo santos, y muchos de los traspasados, en el más allá, aún no han terminado su purificación. Todo esto explica que algunas de estas comunicaciones, pero sólo algunas, puedan presentar un aspecto peligroso, a veces claramente demoníaco, mientras otras no implican ningún riesgo y son un consuelo extraordinario para los allegados, sin ser no obstante milagros. En la vida de los santos, se ve que la mayoría estaba constantemente en contacto con los santos que les habían precedido en la Tierra. Encontraremos esta polivalencia virtual en casi todos los fenómenos. Casi todos pueden presentarse como religiosamente neutros, «profanos» podría decirse, o como demoníacos, o también como «milagrosas», obras de Dios.

NOTAS

(1) Tomo este caso del texto de una conferencia del doctor H. Larcher en el que se encontrarán referencias científicas. Hubert Larcher, «Information, Kommunikation und Aktion bei den paranormalen und supranormalen Heilungen», publicado en Imago Mundi. Innsbruk, 1977, p. 658-659.

(2) Monique Courderc, J’ai vencu mon cancer, Belfond, 1977, 1979, 1987.

(3) Estoy dispuesto a admitir que san Lucas añadió el episodio del pescado asado, comido entonces por Cristo, como lo sugiere el Padre Boismard, con la condición de no entender que que él lo inventó. En todo caso, fue san Juan el que «añadió» el episodio de la duda de Tomás y esto tampoco creo que lo haya inventado. Elegir contar un hecho no significa que se lo haya inventado. (Marie-Émile Boismard, Faut-il encore parler de «resurrección»?, Éditions du Cerf, 1995, p. 154.)

(4) François Brune, Los muertos nos hablan, EDAF, 1990, F. Brune y Rémy Cgauvin, A la escucha del más allá, copias de “Aquí-allá”.

(5) Dom Gabriele Amorth, Un exorciste raconte, Éditions Fr.-X. de Guibert. 1992, p. 37.

(6) Pellegrino Ernetti, La catechesi di Satana, Edizioni Segno, 1992.

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