Recojo algunas expresiones que me llaman la atención: «has perdido un poco la costumbre de escuchar al cielo»; «[el cielo] debe penetrar continuamente tus pensamientos»; «la muerte es la vida»; «lo importante es estar habitada por el cielo»; «yo soy el vínculo entre el cielo y tú»; «aprende a poner en el cielo todo lo que tienes».

Me pregunto: ¿qué valor tienen esta clase de expresiones de Roland, como otras de Pierre? Digámoslo claramente: ni Roland ni Pierre “cotizan” en la bolsa del paradigma teológico tradicional: no son ni «Revelación», ni «Santos Padres», ni «Doctrina de la Iglesia», ni siquiera «Razón teológica»; pero pueden ser una buena inversión en la “empresa privada” que son las «revelaciones privadas»

¿Cuál es la categoría teológica de las revelaciones privadas? San Pablo dice: «No apaguéis la fuerza del Espíritu; examinadlo todo y quedaos con lo bueno». El don de profecía se ha dado siempre en la Iglesia. Se ha de examinar. La profecía en la Biblia no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el presente. Y ¿qué duda cabe de que, tanto Roland como Pierre, nos explican la voluntad de Dios para el presente siguiendo espíritu de Cristo en el Evangelio? «escuchar al cielo», «estar habitado por el cielo», etc.

¡Buen día!

FEBRERO 1948

París, 7 de febrero. Vuelta de Nueva York.

Mamá, henos aquí a los dos en nuestro nido de paz; estoy contento de sentirte de vuelta en tu redil espiritual; te preparo fugas de luz; me gustaría centrarte en espirales de recogimiento. Has perdido un poco la costumbre de escuchar al cielo; voy a tener que enseñarte de nuevo el alfabeto celeste. Después, restableceré uno a otro los lazos que te unen a esta familia espiritual conocida antes de tu marcha. Para asociaros, tenderé entre vosotros pasarelas, aunque serán frágiles, como gracias; utiliza con prudencia esos puntos delicados, y sé consciente de que si tu alma no ha adquirido la sutiliza del éter se romperán; repítete continuamente: camino entre favores.

Domingo, 8 de febrero. París.

Mamá, el tiempo no debe aún borrar en ti la sensación de lo que fui, pero vives demasiado en la rutina de tus lágrimas, y tu pena sigue en primer plano. A Dios no le agrada esa manera de ser, aleja tu salvación. Sé consciente de que debes percibir el mundo y a ti misma a través de la lupa del agua formada por tu religiosidad. Delante de tus ojos, el filtro de un velo tranquilo debe desdibujar todo lo que no es Dios. Deja que los vahos divinos cubran tus pobres conflictos humanos: perderán entonces toda su sutileza.

Si te miras en un espejo cubierto con tu aliento, tu rostro no tendrá ya ni brillo ni defectos. Lo mismo ocurre con las cosas terrestres; deben perder para ti tanto su brillo como sus defectos. Sólo el Amor de Dios debe brillar y deslumbrarte. No dejes de imaginarte el cielo. Tu pena no debe invadir tu paz; porque al dejar que tu pena cubra tu paz, relegas a un segundo plano las preocupaciones del cielo. ¡El cielo! Lo que vosotros, humanos, llamáis así, debe penetrar continuamente todos vuestros pensamientos. La tierra y sus criaturas de carne sólo tienen significado en la medida en que son habitadas por lo divino: tu imaginación debe crear en ti continuamente el más allá; tu fe debe ser como una fuente; piensa en el misterioso camino que debe hacer el hilo de agua antes de salir a la superficie de la materia. En lo Invisible, las vibraciones recorren a través del éter circuitos tan fabulosos como los de una fuente. Tenéis el debe de cultivar en vosotros un terreno apto para que brote.

Martes, 10 de febrero de 1948. París.

Mamá, paso a paso vuelves al centro de tus largas meditaciones. Tu paz interior se impone al tumulto de los días agitados, y poco a poco renace tu alma de las cenizas en que el ruido la había sepultado. Yo vuelvo a tomar posesión de tu doble como la marea sumerge a la playa; estás totalmente cubierta de cielo; así es como te quiero. Paz en ti, paz en el fondo de tu inteligencia, para que se eleve sin fallos por encima de…

Desdoblarse, es dejar de sentir ya su corteza.

Mamá, tu hijo vive. Cree estas palabras: la muerte es la vida.

Miércoles, 11 de febrero de 1948. Miércoles de ceniza. Media noche.

Cuando me dispongo a escribir, mi puerta está como tatuada de claroscuros gris blanco, que tienen forma de arcos. Estoy impresionada por estas clases de apariciones de nubes en mis paredes, nubes grises, nubes blancas que cambian de formas. Es media noche. Mi habitación está herméticamente cerrada. Estos dibujos se mueven.

Mamá, no estás loca; yo estoy completamente muerto. Pero tú me imaginas vivo porque sientes en todo tu ser la fuerza de esta vida. Ella te penetra como la vida misma; y presientes que sería necesario algo tan ligero como la brisa para encontrarme. Imagina la materia que cubre las alas de las mariposas; no se palpa; es una especie de polvo que, al tocarlo, se desintegra. Pues bien, la cortina que nos separa de vosotros es así de pequeña. ¡Ah! si supierais refinaros hasta poseer el aspecto del alma, entonces nos reuniríamos. El polen apenas afecta a los pétalos de una flor; tu envoltura material no está más unida a ti que esos granos de polvo. Ten confianza; estás avanzando por el camino de la liberación.

Jueves, 12 de febrero de 1948. París.

Mamá, estáis ciegos, completamente ciegos. Si quisierais creer más en el determinismo celeste, estaríais más tranquilos. Fíate menos del poder de las artimañas que de la eficacia de tus esfuerzos para preparar en ti campos floridos de amor: ellos se convertirán en nuestros lugares de encuentro, y los ángeles te guiarán. Lo importante es estar habitada por el cielo; tu protección, te la fabricas fabricando tu calidad, porque entonces tus vibraciones segregan ondas protectoras.

Una simple tela de tienda colocada encima de un hombre le evita los chubascos más duros: ves cómo a veces se necesita poco para estar al abrigo.

Deja libres tantos perfumes espirituales que esos perfumes rechacen todos los efluvios viciados; sé la playa donde las olas se rompan; derrama en torno a ti un océano de miel, y el mal se retirará antes de alcanzarte.

Domingo, 15 de febrero de 1948. París.

Esta comunicación me hace recordar que Roland vivía como en dos sintonías: la terrestre y la supra-terrestre. A veces, cambiaban sus gestos, su voz, su manera de ser. Estaba como proyectado fuera de sí mismo.

— Mamá, esta mañana al comulgar me has enviado reverberaciones de alegría. Yo te he seguido paso a paso como un pájaro sigue a los insectos que pueden alimentarlo. Me he alimentado de tu piedad, ella fue por unos instantes mi comida. Vuestro gran error es creer siempre que no podéis nada por nosotros, y que todos vuestros actos no tienen ninguna repercusión en nuestras existencias. Mamá, el sabor de tu recogimiento ha sido para mí como un racimo de uvas.

Estoy contento por todo lo que has descubierto; sí, yo soy el vínculo entre el cielo y tú; tú no estás suficientemente evolucionada para pensar en Dios; entonces me evocas, evocas mi vida sobrenatural, y lo sobrenatural penetra en ti. Para imaginarme, es necesario en primer lugar ahogar todo lo que hay de humano en tu espíritu; tras esta purificación, el Reino de los Cielos puede por fin encarnarse en el centro de tu imaginación. Imagíname cada vez más y lo más frecuentemente posible; acércate a mi luz. El sol corroe, come todo lo que él golpea duramente; a fuerza de exponerte a los rayos celestes, encontrarás que no tienen color tus impurezas.

— Roland, ¿por qué he tenido hoy presentimientos y alegría?

— Vuestras alegrías no son sino el resultado de efluencias saludables de lo Invisible. Tus nervios han sido tocados por vibraciones armoniosas. Pero estáis demasiado frustrados para saber identificar esos estados; no hacéis sino sentirlos como ignorantes; sois como niños que no saben leer. Revolotean cosas para ti en el aire, y van a ir a posarse en tu corazón; espera.

Martes, 17 de febrero de 1948. París.

¡Mamá, si pudieras ver lo que se prepara para ti! Siento una alegría inmensa: vamos a reunirnos en lo abstracto de una idea; el abrazo de tu super-espiritualidad va a producirse entre el más allá y tú; yo preparo los escenarios en que se realizará esta unión; la vida del cielo va a brotar de ellos. Te verás salpicada de amor; todos tus pensamientos serán lentejuelas de éxtasis.

Espera como una religiosa la eclosión de esta predicción.

Aquí, hago una pregunta a Roland. Me respondió algo que me pareció imposible, pero luego se realizó exactamente como lo había predicho.

Jueves, 19 de febrero de 1948. París.

Mamá, recupera la paz en tu alma; líbrate del peso de los asuntos humanos para adentrarte en el fondo de los asuntos celestes; piérdete en los senderos del cielo; recoge las flores de Dios; reza como se deshoja una margarita; vuestros recogimientos son pétalos para nuestros pasos; haz callar en tu cabeza el tumulto de los hombres.

¿Qué significa vibrar según su diapasón? ¿Y cuál es ese diapasón? Siempre los acordes de la materia: sus juegos están a ras del suelo.

Emprende tu vuelo y ven conmigo. Ven a mi reino de paz.

Mismo día. París.

¿Cómo explicarte que el vínculo entre nosotros no se ha roto y que, al igual que cuando yo vivía, estamos unidos el uno al otro? ¿Has analizado lo que es un sentimiento? Aun separado del ser humano, la cadena no se rompe si su calidad es excepcional. Como tú no me olvidas, la unión es tan sólida como cuando estábamos vivos el uno y el otro.

El gran «todo» en que estoy me resulta familiar; es necesario labrarse también aquí su puesto; pero uno hace su nido en los caminos de Dios.

Quítate por tanto la corteza del mal más deprisa de lo que lo haces; estoy cansado de intentar de educarte. ¡Cuántos estancamientos! Te acercas siempre a mí con la idea de que tengo que predecirte tu futuro terrestre, como si lo que hacen o no hacen los hombres tuviera una importancia de primer orden. Desplaza tus deseos y aprende definitivamente a poner en el cielo todo lo que quieres; entonces, se abrirán en ti las flores de la alegría se, como se abren los pétalos al sol.

Mamá, déjame que te envuelva en mis brazadas de aurora.

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