Jean Prieur  presenta este libro, Au diapason du Ciel en su original en francés, como la historia de dos almas católicas: la de Roland que murió el 2 de mayo de 1946, y la de Marcelle, su madre. Marcelle sufrió no sólo por el desgarro de la muerte de su hijo, sino por la tormenta de la duda de si lo que escribía era realmente de su hijo y, sobre todo, por la condena del Santo Oficio emitida el 27 de abril de 1955. Afortunadamente, encontró siempre la comprensión del gran filósofo católico, líder del existencialismo cristiano, Gabriel Marcel

En cuanto a la traducción del título original del libro, “Au diapason du Ciel”, me ha parecido la más razonable y adecuada  la de En sintonía con el Cielo, porque recoge muy bien la idea del título que sugirió Gabriel Marcel y resulta, en español, más comprensible.    

PRESENTACIÓN 

jeanprieur

por Jean Prieur  

 He aquí la tercera edición de Au diapasón du Ciel, este libro que abrió tantos caminos, que puso en circulación tantas ideas preciosas y reveló a tantos lectores esa vida futura de la que ya nadie les hablaba.

Embrujado por esa efusión venida de las esferas de luz, comienza uno devorándolo de un tirón, después vuelve sobre él, lo medita, y en cada nueva lectura se descubren en él otros encantos, otros valores.

Au Diapasón du Ciel inaugura la historia de dos almas: la primera se llama Marcelle de Jouvenel; cuando aparece, está aún sobre la tierra; la segunda está en la otra vida y se llama Roland.

En 1946, este joven, que iba a cumplir quince años, fue arrebatado por una enfermedad misteriosa e implacable; su madre se encontró precipitada en la angustia, a la rebelión, en la desesperación, en el deseo de suicidio.

Se disponía a realizar este deseo, estaba decidida a lanzarse, o más bien a dejarse caer desde lo alto de su balcón (1); iba a inclinarse… a inclinarse, a lanzarse al vacío, a engullirse en lo que ella pensaba que era la nada… cuando una mano enérgica e invisible se puso sobre su espalda y la detuvo. Muy impresionada, volvió a su apartamento y se sentó ante la foto de su hijo: este fue el comienzo de  la calma, de la superación.

En los días siguientes, otras manifestaciones menos espectaculares, pero muy concretas y físicas, lograron convencerla de que Roland no yacía en la noche del féretro depositado en Saint-Roch. Muy al contrario, estaba presente junto a ella, viviendo una vida que ella nunca había imaginado, impaciente por hablarle de inmortalidad, de reconciliación con la existencia.

Estas señales de supervivencia las había recibido los días anteriores, pero no las había dado mucha importancia, creyendo que se trataba de puras coincidencias, temiendo atribuirlas a milagros.

Hemos llamado a Roland la segunda alma, porque él fue el segundo en venir a la tierra y el primero en partir. Su muerte fue tanto más cruelmente sentida cuanto que era un hijo único, deseado durante años, obtenido con retraso (su madre tenía treinta y cinco años), en circunstancias dramáticas: parto muy difícil, en el que estuvo a punto de morir.

Este niño era a la vez muy puro (no todos los niños lo son) y muy maduro; prefería la compañía de los adultos a la de los jóvenes de su edad, escuchaba con interés las conversaciones de su madre con Marguerite Maze, la confidente de Georgette Leblanc, con Bertrand de Jouvenel, su padre; con la Señora Simone, Mireille o Emmanuel Berl, sus amigos comunes. Él se callaba, como testigo grave y pensativo. Unos deducían de esto que era triste, otros, más perspicaces, sospechaban de su profundidad y de su oculta fortaleza.

Era sensible, imaginativo, amante de todo lo bueno que existe en la inmensa creación. Su delicadeza se extendía a los animales y a las plantas, los trataba con respeto y le hacía sufrir su sufrimiento. Tenía (y sigue teniendo) en sumo grado el sentido poético, que no es otro que el sentido cósmico, el sentido de los valores naturales vinculados a los valores sobrenaturales.

Poseía sobre todo esas virtudes tan raras: la bondad y la delicadeza. Emmanuel Berl (2), el amigo ejemplar de los días trágicos de abril-mayo de 1946, observó que «toda su conducta parecía presidida por el deseo de portarse de forma correcta. Se le veía acumular sus fuerzas para agradecer, una tras otra, a las personas que se preocupaban inútilmente en torno a él».

Manifestaba unos dones psíquicos que, llegado a la otra vida, iba a utilizar para suscitar en torno a su madre tantos fenómenos extraños, para hablarle en la intimidad de su corazón y presentar a su mental imágenes de paz y de vida.

Estos dones psíquicos se dieron a conocer a través de predicciones de cumplimiento inmediato (accidente mortal de la reina Astrid) o lejano (reconciliación franco-alemana, soledad definitiva de su madre). Sobre todo, él había presentido su muerte mucho antes de los primeros síntomas de la enfermedad que permaneció inexplicada.

He observado que muchos de esos jóvenes prematuramente desaparecidos habían tenido conciencia y presciencia de su fin inmediato y que lo habían aceptado después de un Getsemaní  sobre que nunca se sabrá nada. Para Roland, el tema estaba claro y su madre lo confirmó más de una vez. En una época en la que se encontraba perfectamente de salud, supo, comprendió que sus días terrestres estaban contados.

En sus dos últimos años, que vivió en París, Roland se había dedicado a buscar a Dios, completamente solo. Es la época de sus escapadas a las iglesias, principalmente a Saint-Roch, muy cerca de su casa. Nada le predisponía para ello, su instrucción religiosa había sido de lo más reducida. Su madre que, según sus propias palabras, era indiferente, no se había preocupado. No hizo su primera comunión hasta junio de 1944; tenía por tanto trece años, lo que es muy tarde para un niño católico.

¿Qué ocurrió en la penumbra iluminada de las velas, entre las ondas del órgano que crean un espacio de calma? ¿Qué ocurrió en este santuario donde su cuerpo físico iba a descansar durante veinticinco años? ¿Qué voz concreta y clara, vibrando en su corazón, le anunció que debía partir antes de lo previsto hacia un mundo más amplio y más hermoso, un mundo del que volvería en espíritu para hablar de esperanza y de inmortalidad? Pero antes era necesario pasar por el sacrificio: separación de su madre, enfermedad dolorosa, agonía prolongada… ¿Estaba de acuerdo? Él aceptó todo, esta fue su grandeza.No todo el mundo tiene esta valentía, este divino coraje del que habló Marguerite Maze, que le asistió hasta el final.

No todo el mundo está dispuesto a entregar su vida.

Yo conozco el caso contrario, el de un joven que, como Roland, hacía sus primeros juegos literarios, y que tenía casi su edad en el momento de la gran aceptación. Se encontraba gravemente enfermo (luego supo que había estado en peligro de muerte) cuando una noche tuvo un sueño. Vio un ser de luz, que tenía el rostro de Cristo y que lo miraba con bondad. El visitante celeste tendió la mano y le dijo: «¿Quieres venir?»

El pequeño comprende que, si coge la mano tendida, deberá dejar la tierra. Entonces, la introduce con toda rapidez debajo de las mantas murmurando: «¡No, no, todavía no!» La visión desaparece; unas semanas después, el niño se cura. Hoy es un hombre de edad…, y el visitante no ha vuelto. Todavía no.

Tengo realmente la impresión de que, en algunos casos, el Cielo nos pide nuestra opinión. En nuestra respuesta, se sitúa nuestra libertad.Una vez pronunciada su aceptación, Roland atraviesa, algún tiempo después, las puertas eternas, entra en el Más allá cariñoso y puro como era. Helo aquí en regiones tan llenas de color y de olor, que cree estar en el Paraíso.

Sin embargo, no puede retrasarse en la contemplación de este jardín atravesado por aguas vivas, ve a su madre destrozada por la pena, presa de continuas lágrimas; la ve a punto de volverse loca y destrozada por la blasfemia.

Tiene que volver a nuestro tiempo, tiene que actuar lo más rápidamente posible, romper la cortina que separa ambos mundos, intervenir inmediatamente en el plano físico, enviar señales concretas que hagan frente al escepticismo de la que desearía arrastrar a su inmensa felicidad. Los  dones psíquicos a que hemos aludido le permitirán suscitar parcelas de milagro.

Es la etapa de las pruebas concretas, que, aunque no tan notorias como la mano puesta sobre la espalda, no son menos decisivas. Estas pruebas son discretas, él actúa dirigiendo ondas que afectan a todo lo que es puro y delicado en nuestro mundo, el bosque, las flores, el vidrio, los cristales, los pájaros, el fuego del hogar, las llamas de las velas. Actúa también sobre el mental del oficial americano encargado de juzgar a su amigo Franck.

Después de los testimonios de presencia, vienen los primeros mensajes, los primeros textos dictados que a ella le sorprenden; comienzan por el consuelo, terminan por la enseñanza: pedagogía sobrenatural. Entonces, se disipa en ella la dependencia de la muerte. Vuelve a recuperar la fe en Dios. La vida ya no le duele por todo el cuerpo. A veces se la ve sonreír; tiene de nuevo un futuro.

En la calma de su habitación que está junto a la de Roland, en la que no entra jamás, las sombras se retiran, el amor que supera todas las distancias establece el nexo y, en esos momentos privilegiados, su existencia se convierte en un canto de alegría. Después de estas visitas, ella cree, ella sabe que alcanzarán juntos las riberas de la Vida.

En cuanto a Roland, un grisáceo intenso se ha apoderado de él, como de todo espíritu recién llegado, muy sorprendido, muy contento de renacer bajo una forma nueva. El hecho de poder desplazarse a la velocidad del pensamiento, de atravesar los obstáculos, de ser luminoso, de tener una visión panorámica de la tierra, de manifestarse a través de las ondas dirigidas, le hace creer que se ha convertido en un ángel. Exagera sus conocimientos, sobrevalora sus facultades, se excita y grita un buen día: «¡Lo sé todo!»

No, claro que no lo sabe todo. Así, anuncia a su madre en varias ocasiones su muerte inminente. En realidad, le quedan todavía veinticinco años de futuro terrestre, tiene una misión que llevar a cabo; se trata de movilizar las buenas voluntades, de crear círculos que el llama corros de espíritus unidos, de organizar conferencias, de leer a los místicos y a los demás mensajeros y sobre todo de publicar libros.

El mundo crístico es un movimiento adelante hacia el sol de los espíritus, un lugar de progreso donde las proyecciones y los espejismos dan paso a la realidad. Con el paso del tiempo, las comunicaciones  adquieren a la vez más profundidad y altura, y el movimiento ascendente culminará en Au Seuil du Ryaume.

A medida que recibe sus textos, Macelle los da a leer a los que la rodean, a Margarite Maze que se entusiasma reconociendo la personalidad de Roland, a Bertrand de Jouvenel, su marido, que viene a verla de vez en cuando y que es muy reservado, lo mismo que a la Señora Simone,  lo mismo que a Colette de Jouvenel y Emmanuel Berl.

Cuando tiene finalmente materia para un libro, hace de tripas corazón y lleva su manuscrito a ese extremista que vive muy cerca, en el Palais-Royal. Suponiendo que hubieran sido contemporáneos, imaginemos a la Sra. Guyon acercándose a entregar sus escritos al Sr. Voltaire.

Berl fascinaba y aterrorizaba a Marcelle; la fascinaba por su gran cultura, su brío, su extravagancia; la aterrorizaba por su mefistofelismo, por las paradojas de su inteligencia corrosiva, por sus ironías que corrían siempre el riesgo de volver a sumirla en la duda y de secar en ella la fuente preciosa. «Cuando vuelvo de su casa, me decía, me encuentro agotada. Me echa abajo todo.»

Sin embargo, en 1947, Berl, que era también un hombre de gran valor, no era tan cáustico. El duelo estaba muy cercano, todo en su amiga seguía en carne viva, y la personalidad de Roland le había producido gran impresión.

— Después de su muerte, le dijo a Marcelle, tú susurraste, y ese susurro era un grito: «¡No lo veré más!» Pero en realidad, no ves otra cosa que a él. Sus fotos, los ramos de flores que las adornan, tienen en ti más importancia de la que nunca tuvieron. Por eso no me extraña que lo sientas dando vueltas en torno a ti, entre los rayos de sol, las flores, las hojas; que oigas su voz, que captes sus mensajes… Ya ves, lo que a mí me lleva a admitir la supervivencia, es que este niño tiene para mí más densidad después de su muerte que antes.

— ¿Luego crees en la supervivencia? exclamó Marcelle, estupefacta.

— Creo y no creo. Creo cosas que no caminan juntas y entre las cuales yo floto. Ahora, ¿qué decirte de estos escritos? No soy competente, eso no es asunto mío. ¡Hombre, deberías llevar esto a Gabriel Marcel, él cree en esas cosas!

El consejo era bueno, nadie estaba más cualificado que el autor de Présence et Immortalité para pronunciarse sobre esta experiencia. La clave de su edificio espiritual había sido siempre la Vida futura; el problema de la muerte y de lo que viene después le preocupaba desde su infancia. Había perdido a su madre, Laure Marcel, a la edad de cuatro años, en noviembre de 1893, y el pensamiento de esta joven mujer estaba en el fondo de él «como una presencia misteriosa, incierta, brumosa, pero benéfica».

Algunos años desepués, preguntó de repente a su tía, convertida en su madre adoptiva:

— ¿Se puede saber qué sucede con los muertos?

— Sobre este tema, no se puede decir nada, no se sabe nada, respondió la Sra. Marguerite Marcel, israelí convertida al protestantismo liberal. No hay que tratar de comprender esas cosas.

— ¡Bueno! trataré de comprender más adelante.

Y sus grandes ojos azules estaban llenos de convicción.

Este diálogo tuvo lugar en un paseo por el Parque Monceau que el filósofo recordaba siempre que evocaba este recuerdo. Por aquel entonces, su padre, su tía y él vivían en la Planine-Monceau y el Parque se había convertido en su jardín.

Por la misma época y en el mismo lugar, otra señora protestante, la Sra. Monnier, paseaba a otro niño pequeño dos años más joven que Gabriel. Ella también consideraba el Parque como su jardín, porque sus ventanas daban directamente sobre el paisaje dibujado por Carmontelle.

¡Cuántas veces las Sras. Marguerite Marcel y Cécile Monnier, el joven Gabriel y el joven Pierre debieron cruzarse por los parajes de la columnata en ruinas llamada la Naumachie! El niño que deseaba saber en que se convierten los muertos y el niño que iba a aportar la respuesta habrían podido jugar juntos en los últimos años del siglo XIX, según esas coordenadas de tiempo y de lugares de que habla Roland en La Seconde Vie.

La primera entrevista de Marcelle de Jouvenel y del líder del existencialismo cristiano tuvo lugar en 1947. Pues bien, es en noviembre de aquel año cuando un nuevo duelo viene a golpear al filósofo: pierde a su mujer que tenía los mismos intereses, las mismas aficiones que él. Ella era la que transcribía y armonizaba las melodías que él componía sobre poemas de Baudelaire, o de Chénier. Música y filosofía hacen buenas migas, se llevan bien (3).

Por su mujer Jacqueline, hermana del pastor protestante Henri Boegner, prima hermana del pastor Marc Boegner, Presidente de la Federación Protestante de Francia, Gabriel Marcel había vuelto a estar en contacto con el mundo reformado que influyó ciertamente en su mentalidad, dándole una dimensión que falta a otros pensadores que sólo han pertenecido a una sola confesión.

Su dimensión espiritual situada en la encrucijada de las tres grandes religiones tenía una profundidad poco común. En él, siempre percibí la riqueza de estos estratos, sobre los que se superponían los estratos de las filosofías griega, francesa, alemana, anglosajona.

A esto se añadían las experiencia psíquicas, porque él no era de esos espinozistas que rechazan el control de los hechos cuando vienen a perturbar sus teorías. «Es necesario, decía, atreverse a sacar las conclusiones que los hechos nos proponen.»

— Si estas conclusiones nos molestan, yo diría «mala suerte». Mire, le dijo a Pierre Boutang en su entrevista televisada, me siento extraordinariamente en contra de Alain, que escribió un día esta frase que me escandalizó: «Ni en el caso de que estas pruebas fueran reales, iría a constatarlas», lo que vendría a decir: «Porque perturbarían un cierto orden al que me siento vinculado y que no quiero ver cuestionado…» Esto me parece absolutamente monstruoso. Para mí, la búsqueda filosófica ha sido siempre y sigue siéndolo hoy una búsqueda abierta, una búsqueda para la que la experiencia sigue siendo absolutamente esencial.

Gabriel Marcel había hablado a Bergson de sus experiencias psíquicas de 1916-1917. El autor de Matière et Mémoire se mostró muy interesado y le propuso entrar en contacto con el espíritu de William James:

— Me dijo en una ocasión que trataría de manifestárseme, ¿quiere que lo intentemos?

Es lo que deseaba el joven agregado. Los dos filósofos franceses trataron por tanto de contactar con el filósofo americano que había trabajado con numerosos médiums y especialmente con la célebre Mrs. Piper.

En la época en que lo intentan, Bergson, que había sido profesor en el Colegio de Francia de 1900 a 1914, acaba de ser elegido para la Academia francesa, así como para la presidencia de la Society for Psychical Research de Londres, se acerca a los sesenta años así como a la cima de su gloria: el premio Nobel está cercano.

Entre sus escritos más significativos en materia parapsicológica, recordamos un ensayo sobre el Pragmatisme de William James (1911) y otro sobre Fantômes de Vivants (1913).

Gabriel Marcel está cerca de los treinta, es profesor de filosofía en el liceo Condorcet, después de haber enseñado en el liceo Sens. Aún no ha publicado sino dos obras de teatro reunidas bajo un solo título: Le Seuil invisible. Trabaja en su Journal Métaphysique que verá la luz en 1927.

En cuanto a Williams James, el autor de Varieties of Religios Experience, se encuentra desde 1910 en el otro mundo donde se ha encontrado con su amigo Hodgson con el que había hablado con mucha frecuencia a través de Mrs Piper.

Imaginemos por tanto, en un salón de la calle Cortambert, al fundador del bergsonismo sentado tranquilamente al lado del fundador del existencialismo cristiano, teniendo cada uno la mano sobre una tablilla colocada sobre un alfabeto y poniéndose a la escucha del fundador del pragmatismo filosófico.

Los dos hombres hacen silencio, se concentran, esperan una respuesta más allá del tiempo y del espacio… Resultado nulo.

No era la primera vez que Gabriel Marcel se enfrentaba a un fracaso en esta materia tan frágil.

— Cree uno que tiene algo, me dice un día, y después… llega siempre un momento en que el fenómeno se estropea y se convierte en anormal. Por otra parte, nunca está uno seguro de la identidad de la persona obtenida.

El llamaba a esto el problema de la ipseidad. Yo llego a las mismas conclusiones y, en materia de comunicaciones, temo cada vez más las interferencias, los fraudes, los cotilleos inútiles del bajo astral… y sobre todo las usurpaciones de personalidad. Cuanto más ilustre es  el título, más desconfío. 

Después de su visita al filósofo, Marcelle vivió un período de desencanto, creyó que las cosas quedarían así y que los textos recibidos estaban condenados a no salir del cajón. No fue así y este encuentro iba a resultar de lo más beneficioso para su vida y la de muchos otros.Al finales de septiembre, encontró entre su correspondencia una carta que comenzaba así:  

Señora:«Soy consciente en todo momento de que al proponerme escribir una introducción a un libro como éste, asumo una responsabilidad, tomo partido, llevo a cabo un acto.» 

Un acto importante acababa en efecto de llevarse a cabo, su gesto abría inmensas perspectivas, daba su oportunidad al Au diapason y a todas las investigaciones de este tipo. Se establecía una continuidad, digamos más: una filiación.

Animada, Marcelle tomaba más conciencia de su misión, captaba mejor el fenómeno de que era objeto y recibía más intensamente la influencia del Más allá. La palabra de Roland no cesaba, el número de lectores iba en aumento, todo iba a pedir de boca en el mejor de los otros mundos, cuando un día, debido a circunstancias que he contado en Les Tablettes d’or, el Índice se abalanzó sobre el Au diapasón como un halcón sobre la inocente paloma.

El 8 de mayo de 1955, l’Osservatore Romano publicó el siguiente decreto del Santo Oficio:  

SUPREMA S. CONGREGACIÓN DEL SANTO OFICIO 

DECRETO PROHIBICIÓN DE UN LIBRO 

Miércoles 23 de marzo de 1955

 «En la asamblea general de la Suprema S. Congregación del Santo Oficio, los Eminentísimos y Reverendísimos N.N.S.S., cardenales encargados de la salvaguarda de la fe y de las costumbres, después de tomar consejo de MM. los Reverendos Consultores, han condenado y ordenado incluir en el Índice de libros prohibidos el libro titulado:

«MARCELLE DE JOUVENEL, Au diapason du ciel, introducción de Gabriel Marcel. Lo invisible y lo real. París, La Colombe, 1950.

«Y el 17 de abril, S.S. Pio XII, Papa por la divina Providencia, ha aprobado y ordenado publicar la resolución de los Eminentísimos Padres que le había sido presentada.

«Dado en Roma, en el Palacio del Santo Oficio, el 27 de abril de 1955.

«MARIUS CROVINI, notario.» 

El artículo de l’Osservatore era muy duro, de una dureza sin parangón en la prensa laica; se trataba de «lamentables ilusiones nacidas de la psique atormentada de la madre de Roland, ilusiones que podían ser perjudiciales para la fe poco arraigada de los ingenuos y de los ignorantes, y de muchos espíritus inestables de nuestra agitada época»… 

Gabriel Marcel sufría también un varapalo: 

«El conocido filósofo existencialista, Gabriel Marcel, ha querido avalar con su autoridad el libro de la Sra. de Jouvenel. El sugirió en título: Au diapason du ciel, y escribió una introducción, en la que muestra claramente su solidaridad con las ideas y los sentimientos de esta madre, y trata de aclarar la misteriosa significación espiritual. Esta sería la continuidad de una relación entre los vivos y los muertos, que ha defendido desde hace mucho tiempo como una “fidelidad creadora”, misteriosa influencia entre el mundo invisible y la realidad fenoménica que hace mutuamente permeables a los vivos y a los muertos, eliminando entre ellos toda distancia. El Sr. Marcel explica esta influencia introduciendo la distinción por él hallada, entre el “cuerpo-instrumento” y el “cuerpo-medio”, es decir entre el cuerpo considerado en su materialidad y en su exterioridad, que nace, vive y muere, y el “cuerpo-médium misterioso” e incomprensible a los sentidos, reducible a una especie de “acuerdo cósmico” y de “mediación simpática” que transciende los fenómenos constatables por un método científico. Este misterioso acuerdo cósmico ofrecería la base a la astrología, a las adivinaciones y a otras ciencias ocultas.

«El Sr. Marcel tiende a admitir la realidad objetiva de los hechos contados la Sra. de Jouvenel. Aunque poniendo en guardia contra los prejuicios que proceden de la práctica directa que trata de obtener comunicaciones con los difuntos, piensa que un católico puede recurrir a ellas con el permiso de su director espiritual, para no ceder a las tentaciones contra la fe y para no caer en un desolador pesimismo cuando la muerte lo priva de las personas más queridas.

«¡Es lamentable destacar estas afirmaciones en estas páginas escritas por un filósofo católico!» 

Es de admirar la expresión: la distinción por él hallada, como si la distinción entre el cuerpo material y el cuerpo espiritual, entre el cuerpo físico y el cuerpo metafísico fuera una invención gratuita del filósofo condenado.

Estábamos en 1955, es decir en plena Edad Media. El Vaticano II aún no había abierto sus nuevos caminos de liberalismo y de tolerancia; todavía no reinaban los papas ecuménicos; el cardenal Roncalli, futuro papa Juan XXIII, aún no había dicho a Marcelle: «Cuando Dios envía grandes pruebas, envía también consuelos», el cardenal Montini, futuro Pablo VI, aún no le había dicho a Jean Guitton en una entrevista privada: «Usted ha escrito mucho sobre la eternidad… ¡insondable misterio! Pero tal vez en estos momentos debería pensar en ese otro artículo del Credo (que todavía no ha sido suficientemente profundizado): la comunión de los santos. Es la unión íntima, constante, gozosa, dulce, refrescante, de los que se han ido y de los que quedan…»

«El me habló entonces, añade el escritor católico, de la unión así que él tenía con su madre…»

Está claro que, para los redactores del Credo como para los cristianos de los primeros siglos, santos significaba no los que han sido canonizados, sino el conjunto de los creyentes. Es por tanto el conjunto de los creyentes el que está invitado a esta unión continua, constante, gozosa, dulce y refrescante que existía entre Marcelle y su hijo, unión que no necesita expresarse forzosamente a través de unos escritos.

A pesar de incluir en el Índice el Au Diapason, el impulso estaba dado, nada ni nadie tenía ya el poder de frenar este motor que el mundo celeste acababa de poner en marcha a través de dos grandes filósofos, uno de los cuales era escéptico y el otro creyente.

Sin embargo, el peso de la indiferencia y las resistencias pasivas eran fuertes. Los escritos sobre el Más allá no estaban todavía de moda y yo recuerdo la dificultad que tuve, algunos años después, para encontrar un editor para los Testigos de lo Invisible.

Por aquella época, podía escribir estas líneas que hoy ya no serían ciertas:

«Esta inagotable curiosidad, de la que da pruebas la humanidad en todos los demás campos, basta entrar e una gran librería para comprobarla. Uno se siente atolondrado, inundado por la cantidad de títulos y de centros de interés… Los hay realmente para todos los gustos: las industrias de la seda, la mejora de la raza caballar, la planificación de nacimientos, el imperio de los Incas, la obesidad, la prostitución, los niños difíciles, los juegos de azar, las altas temperaturas, los textiles sintéticos, la geología del Auvergne, las pinturas de Altamira… Pero sobre la supervivencia, ¡nada!»

Inagotable curiosidad en todos los demás campos; la expresión era de Daniel-Rops, que había escrito a propósito justamente de Au Diapason du Ciel:

«Todo sucede como si, colocado ante lo desconocido que cierra el más grave de todos los secretos, el hombre se negase a mirarlo cara a cara; estamos lejos de la inagotable curiosidad de que la humanidad hace gala en todos los demás campos.» 

Las cartas de rechazo se sucedían unas a otras, yo me hundía en el desánimo; esta sorda oposición me parecía la señal de que había que renunciar. Yo le mostraba a Marcelle mi decepción y nuestra correspondencia de entonces refleja todos estos esengaños.

Convencida de que se produciría un cambio brusco, me animaba a no perder la paciencia y el ánimo, me repetía que era necesario continuar la difícil empresa. Se interesaba por este trabajo de larga duración que ella sólo conoció en forma de manuscrito; la obra apareció nueve meses después de su muerte. Incluso en sus viajes, se mantenía centrada en la reflexión, como lo muestra esta carta que me envió desde Atenas el 2 de enero de 1968:

 «Pienso con mucha frecuencia en su libro y me siento todavía bajo la gran impresión de su maravilloso capítulo que se convierte en inseparable de los libros de Roland. Espero que se lo lea a Gabriel Marcel. Le deseo un año lleno de luz y de gracias. Estoy en camino hacia el país de Cristo.«Con sincera amistad.

Marcelle DE JOUVENEL.» Postal de feliz presagio venida de la Acrópolis, anuncio que me hacía sospechar que las puertas iban a abrirse por fin…

Sí, se derramaron gracias y se abrieron puertas. Sin embargo, a pesar de los trabajos y experiencias de los grandes predecesores, empeñados en descubrir las pruebas de la supervivencia, a pesar de los resultados obtenidos por aquellos físicos, aquellos astrónomos, aquellos escritores, aquellos médicos, aquellos filósofos, aquellos militares venidos de todos los horizontes culturales, se sigue planteando periódicamente en las revistas (por eso sin duda se les llama periódicos) la misma cuestión: ¿Hay vida después de la muerte? Como si no tuviéramos detrás un siglo de trabajos realizados a conciencia, con honestidad, con imaginación. Como si Crokes, Kardec, Schrenk-Notzing. Victorien Sardau, de Rochas, Boirac, Léon Denis, Bozzano, Lancelin, Delanne, Morselli, Papus, Conan Doyle, Lodge, William James, Lombroso, Baraduc, Richet, Geley, Osty, Bergson, Flammarion, Warcollier, no hubieran existido nunca.

Periódicamente, me plantean la cuestión: «¿Ha hecho usted todas las experiencias?» A lo que respondo: «¡Todas, con seguridad que no! He hecho algunas. Para las demás, me refiero a los resultados obtenidos por mis predecesores, confío en sus métodos, en su técnica de observación. No se le pide a cada astrónomo calcular la distancia de la tierra al sol, ni a cada físico comenzar de nuevo por el análisis del aire; vamos, que no se puede volver a comenzar de cero en cada generación.»

En el estudio de la supervivencia, hay ahora cantidad de resultados que no es posible poner en cuestión. Desde hace tiempo, se ha superado ya el estadio de las preguntas, de las hipótesis y de las controversias. ¡Las pruebas están ahí, la brecha está abierta! En este campo, como en las demás ciencias, existe un progreso.

Sí, las cosas han cambiado desde principios de los años 70, pero no nos hagamos demasiadas ilusiones; en este brusco interés de nuestros conciudadanos por las cosas de la otra Vida, hay una fuerte dosis de gusto por lo extraordinario, lo mágico, lo exótico, lo insólito, como hoy se dice. Ciencia ficción, ocultismo, espiritismo, brujería, marihuana, astrología, milagros, cucharas torcidas a distancia, platillos volantes, videncia, predicciones. Se mezcla todo.

Para mucha gente, la comunicación con el Más allá se reduce a la nigromancia stricto sensu: adivinación a través de los muertos. Para ellos, se trata de saber cómo resolver, en un próximo futuro, sus problemas inmobiliarios, matrimoniales, sucesorios, sentimentales y sexuales. Las consultas concedidas por los desaparecidos les parecen más exactas y en todo caso, mucho menos onerosas que las consultas concedidas por los magos. No toman una decisión sin referirse a las Altas Esferas, renuncian al ejercicio de su voluntad y de su responsabilidad; están alienados en el sentido marxista de la palabra, corriendo el riesgo de  llegar a serlo en sentido médico.

De una manera general, se preocupan bastante poco de dominio de sí mismos, de progreso, de sabiduría cotidiana y de desarrollo interiores.

Ahora bien, lo que interesaba a Marcelle de Jouvenel, lo que interesa hoy, es justamente esto, únicamente esto. Hemos descartado los fantasmas, hemos escuchado la advertencia de san Juan: «No creáis a todos los espíritus.» Hemos concedido la mayor importancia al contenido espiritual de los mensajes, a su valor místico, a su distinto enfoque del campo divino.

Como consecuencia, he tratado de deducir la enseñanza que ellos proponen relativa a los dos mundos, enseñanza que puede ayudarnos en este doble recorrido, enseñanza que confirma nuestras intuiciones más secretas y que puede sentar las bases de un auténtica filosofía.


(1) Situado en el cuarto piso del inmueble que hace esquina entre la rue de Rivoli y la place des Pyramides donde se ha levantado la estatua de Juana de Arco.

(2) Berl habló de Roland en dos libros: Sylvia y Présence des Morts. 

(3) Otro ejemplo: Emmanuel Berl y Mireille.

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