Finalizamos ya la lectura del libro de Jean Prieur “El País de después”.

Ha sido un recorrido plagado de interrogantes, que estoy seguro de que muchos de nosotros nos hemos planteado alguna vez, interrogantes aclarados por las precisas respuestas de Jean Prieur, que no rechaza ninguna dificultad que se le plantea.

El aire fresco de las palabras de Jean Prieur, en muchos casos perfumadas con algo de buen humor, como ocurre en este capítulo, nos han llegado para liberar la inquietud, para aliviar, en muchos casos, la angustia existente, tal y como ocurre con los remitentes de las cartas del libro, que no dudaban en ventilar en ellas su drama personal.

¿Qué decirle a un judío sobre el Más allá? ¿Y a un musulmán piadoso que aspira a la unión con Dios? Y lo mismo para un ateo. ¿Vale lo expuesto en este libro para todo ser humano o también tiene que haber aquí elegidos, como ocurre en toda organización humana que conocemos sobre la Tierra? Las palabras de Prieur son universales y todos pueden valerse de ellas en su necesidad. Así debe de ser y así es.

En las cartas se suele incorporar un “post scriptum” cuando una vez escrito el texto es preciso añadir algo más. Este libro de cartas no estaría completo si no lo tuviera, ¡y lo tiene! Y su frase final bien merece que se haya escrito, cuando hablando de los que se fueron, pues a ellos se dedicó el libro, dice: “Resplandecerán como el sol en el reino de su Padre”.

Gracias a todos por la lectura.

¡Buen día!

CAPÍTULO XVII – HACIA LA VIDA ETERNA

Si la supervivencia es inmediata y general, no ocurre igual con la vida eterna, cosa bien distinta, puesto que es la misma vida de Dios. El lugar-estado de la supervivencia, el mundo intermedio entre la Tierra y el Cielo, ese inmenso abismo donde toda la humanidad se descarga,  no es el Cielo, que está infinitamente lejos. Su existencia fue presentida por las grandes religiones, es el Amenti de los egipcios, el Seol de los hebreos, el Hades del Nuevo Testamento y de los filósofos griegos, el Purgatorio de la Iglesia católica, el Mundo de los Espíritus de Swedenborg y de Allan Kardec, El Astral de los ocultistas.

Conviene llamar resurrección inmediata no a la reanimación de un cadáver, sino al tránsito al Mundo intermedio del cuerpo sutil (psique – ánima) vivificado por el espíritu (pneuma – animus). Estando destruido el ser exterior y físico, permanece el ser interior y espiritual, presto a reunirse en la esfera purgatorial o celeste que le corresponde y a la que ya estaba unido mentalmente en el momento de su estancia terrestre.

Tal es la resurrección de los muertos, fenómeno universal, tan natural como el nacimiento, y que atañe a todos los humanos, lo mismo para los que no lo creen o que nunca oyeron hablar de ello. El mundo de los Espíritus es un lugar de sorpresas.

Pero la resurrección de los muertos, resurrección inmediata que es inducida por el morir, no es más que una primera etapa; existe una segunda: la resurrección de entre los muertos que es inducida por el juicio particular, una especie de clasificación que orientará el alma hacia las numerosas moradas de la Casa del Padre.

Se hace alusión a estos dos tipos de resurrección en Juan V, 29[1]: la una es llamada por Cristo: «resurrección de juicio» para los que hicieron el mal. Algunos traducen por «condenación», y otros por «condenación eterna», como hace el reciente catecismo de la Iglesia Católica, que olvida que ciertos juicios acaban en una absolución. La segunda es llamada «resurrección de Vida» para los que hicieron el bien. Sin embargo la palabra griega empleada designa sin equívoco la vida eterna.

XVII.1 Stanislava: «Leí en un libro suyo: “La creencia en Dios y la creencia en la inmortalidad están absolutamente vinculadas, como el Sol y sus rayos” ¿Eso quiere decir que sin la creencia en Dios, no se puede creer en la supervivencia? Yo conozco personas que no creen en Dios pero piensan que existe una vida después de la vida. ¿Qué pasa para los que no creen en nada?» Leer el resto de esta entrada »

¿Puede nacer un vínculo del amor con alguien que está en el Más allá? ¿Puede regresar un traspasado para relacionarse con cualquiera de nosotros sin que nos percatemos de su peculiar estado?

Las novelas nos ofrecen muchas historias que no parecen sino inventadas por el autor para hacernos pasar un buen rato de lectura, pero ¿podrían ser ciertas?

Cuando en una pareja fallece uno de ellos, el que se fue al Otro lado ¿puede facilitar que encontremos otra persona con la que rehacer nuestra vida? ¿Podrá ser feliz viéndonos con otro hombre u otra mujer? ¿Y los celos? ¿No buscará entorpecer todo lo que pueda nuestra vida en pareja? Porque en el Más allá hay dos territorios claramente diferenciados: uno luminoso, el otro oscuro; en este último lado están los que necesitan mejorar ..¡si quieren!

He aquí dos interesantes historias de amor que amplían el abanico de lo posible. Lo más sorprendente en ellas es conocer situaciones en las que lo real supera a lo imaginario.

¡Buen día!

CAPÍTULO XVI – DOS HISTORIAS DE AMOR TRASCENDENTE

XVI.1 – ALAIN E ISABELLE

Hace una veintena de años, oí hablar del siguiente hecho: La tarde de un sábado, durante un baile en el campo, un joven, digamos llamémosle Alain, invita a bailar a una chica, que llamaremos Isabelle. Simpatizan rápidamente y no se separan en toda la tarde. Tienen la impresión de conocerse desde siempre.

Hacia la una de la madrugada, Isabelle le pide a su caballero que la acompañe hasta su domicilio; como estaba muy cerca, irían andando.

– “Iba a proponértelo”, dijo él, “pero veo que tiritas”.

– “Es verdad, tengo… mucho frío”.

– “¿Quieres que te ponga mi cazadora?”

– “¡Oh! Sí, vale”.

Llegados delante de una pequeña casa de ladrillos con los postigos cerrados, ella le susurra:

– “Aquí vivo yo, no me queda más que darte las gracias”.

– “Espero que nos volvamos a ver”, dice Alain.

Y se separan con un beso furtivo. Los labios de Isabelle estaban tan helados como su espalda, que él había tocado al ponerle la cazadora.

Continuando su camino, el muchacho se acordó de repente de su chupa, olvidada sobre la helada espalda de su amazona. Pero, siendo una hora tardía, no osó dar marcha atrás y llamar para pedírsela. Regresaría al día siguiente por la mañana. Y es lo que hizo.

De nuevo ante la pequeña casa de ladrillos, en la que los postigos permanecen cerrados. Llama… Pasa un cierto tiempo hasta que abren. Sale una dama de cierta edad, que parece desconcertada. Le explica lo que le lleva allí. Ella escucha, cada vez más sorprendida, y le responde que allí no vive ninguna chica joven… y que vive absolutamente sola desde la muerte de su única hija, ocurrida hace casi un año.

El joven insiste, le describe a su acompañante nocturna y da detalles de sus conversaciones. Entonces, la dama exclama, alterada, con lágrimas:

«Lo que usted relata coincide con la personalidad de Isabelle, se diría que pasó la tarde con ella. Venga conmigo al cementerio. Está ahí, justo al lado. Su foto está sobre la losa de la tumba, podrá comparar.» Leer el resto de esta entrada »

A lo largo de este libro Jean Prieur ha ido abordando una serie de temas definidos por afinidades entre las cartas que los forman. Pero, como cualquier sistema de clasificación, esta división tropieza con enormes dificultades a la hora de abarcar tan enorme casuística como la que supone tratar de un mundo tan extenso e inmenso como es el Otro lado. Por esto, en este capítulo  da cabida a muchos otros temas que, aun siendo de gran interés, no tuvieron acogida con anterioridad. Y también aquí lo importante está en conocer el interrogante y la contestación. Por ejemplo:

¿Suceden las desgracias como resultado de un castigo divino?

¿Dios necesita castigar nuestras conductas?

Si soy homosexual, si nací hombre pero me gusta ser mujer, o al revés, ¿qué sexo tendré en el Más allá?.

En cuanto a la criogénesis, ¿qué ocurre mientras permanezco congelado? ¿mi cuerpo espiritual y mi alma se quedan en el frigorífico a la espera? Si me reaniman pasados los años ¿mi alma tendrá que regresar a mi cuerpo de modo forzoso?,

Los que se fueron, ¿tienen celos de su pareja, que permanece en la Tierra, si ésta inicia una nueva relación? ¿es posible que se alegren de que esa relación avance?

Este capítulo viene muy bien aderezado con planteamientos de este género y otros no menos interesantes.

¡Buen día!

CAPÍTULO XV – CASOS PARTICULARES

El mundo espiritual se extiende hasta el infinito; es tan ilimitado como el espacio galáctico. Infinitas son también las situaciones en las que se debaten los seres de este mundo y del otro. Nunca abarcaremos la totalidad de los problemas que se les plantean a quienes permanecen sobre la Tierra ni a los que salen de ella.

Si muchos de estos casos presentan analogías sorprendentes y pueden ser reagrupados bajo títulos, como hemos hecho hasta ahora, son más numerosos los que no entran en ningúna categoría y son rebeldes a toda clasificación.

Son rebeldes que me han obligado a enrolarlos en el gran batallón de casos particulares.

XV.1 Florence: «La expansión del sida preocupa al mundo entero. ¿Cómo podemos explicar este fenómeno?¿Es un castigo divino?»

Definitivamente no”, responde Georges. “Hay que dejar de ver en Dios un justiciero implacable. Dejar de imaginarle como patriarca, recompensando a los buenos, castigando a los malos. Cada uno de nosotros tendrá la tarea de corregir sus errores personales sin que Dios haya de intervenir. El contragolpe, la justicia inmanente o la reencarnación se encargarán con naturalidad de eso. Dios no es un ser cruel vengativo. Es una gigantesca energía cósmica, un campo divino de amor y de bienaventuranza que pide a cada uno de nosotros que se perfeccione.

No estamos ya en el siglo XVIII, cuando un papa se oponía a la vacuna contra la viruela bajo el pretexto de que era contraria a los designios de Dios; toda epidemia estaba considerada como un castigo divino.”

Añado que, en la misma época, Benjamín Franklin anduvo en dimes y diretes con los pastores de su entorno, cuando inventó el pararrayos. “Es sacrílego desviar la cólera del Eterno”, decían.

XV.2 Alexandre: «Mi madre permaneció tres semanas en reanimación con la cara cubierta de tubos. Eso me hacía sufrir, al ver que removía los labios para decirme algo que yo no comprendía. Me siento culpable por la muerte de mi querida mamá. Habría debido decir a “S.O.S. Médecins” que la llevasen a una clínica de Marsella.

Desde entonces, me agrada rezar delante de su retrato, poner velas y que nada falte. Creo soñar con ella, pero no recuerdo mis ensueños al despertar.

¿Por qué no me da una señal? Estoy muy depresivo porque soy homosexual. Sólo mi madre sabía que yo era así. Tengo ganas de suicidarme. ¿En qué me convertiré en el Más allá?» Leer el resto de esta entrada »

No deja de ser paradójico que cuando en una conversación surge el asunto del Más allá la duda haga aparición para cerrar cualquier argumento y abandonar pronto el tema . Ahora bien, si se habla de reencarnación el número de defensores aumenta automáticamente.

Lo más curioso es que es frecuente oir decir que en Oriente así se enseña y es verdad. Pero Occidente, como casi siempre que se acerca a la filosofía oriental, coge el rábano por las hojas e interpreta la reencarnación como una gran segunda oportunidad.

Es fácil comprobarlo en algunos programas de televisión, en los que un invitado cualquiera afirma la realidad de la reencarnación y todos los presentes se ilusionan pensando en que regresarán como si ello fuese un premio. Eso sí, ninguno de los contertulios se para a pensar en un posible regreso como niño minero, niño soldado, niña víctima de explotación sexual, o en un cuerpo, físico o psíquico, disminuido, sujeto a una silla de ruedas o trastornado de por vida.

Pero, ¿qué nos dicen los habitantes del Más allá? ¡Alguno de ellos, por lo menos , sabrá algo más del asunto!. ¿Qué ocurre con los lazos de amor entre esposos si cuando uno de ellos llega allí no encuentra al otro porque éste se ha reencarnado?. Otro supuesto podría ser: en esta vida fui buena persona y me reencarno después de muerto, pero ¿y si acabo siendo un asesino? ¿Qué será de mí ante la eternidad? .Y si me reencarno ¿recordaré punto por punto mi vida anterior para mejorar?

Este capítulo incluye una serie de respuestas a estas cuestiones, que Jean Prieur ofrece desde su gran experiencia y sensatez.

¡Buen día!

CAPÍTULO XIV – EL DRAMA DE LA REENCARNACIÓN

Las personas que me escriben suelen ser padres que han perdido a un hijo o a una hija o el superviviente de una pareja muy unida. Todos tienen pánico a la idea de no volver a encontrar al ser amado al llegar al Otro lado. Les afecta profundamente la perspectiva de que hayan cambiado de personalidad, o hasta de sexo. ¿Qué es una inmortalidad donde ya no podrían reconocerse? Y qué es una justicia que hace soportar a la individualidad B el castigo de las faltas cometidas en una existencia precedente por la individualidad A, faltas de las cuales no tiene ningún recuerdo. Los adversarios de Platón habían advertido ya esta incoherencia y, desde entonces, los filósofos no dejan de argumentar sobre este problema insoluble.

Los vivos del otro mundo están aún más divididos sobre la cuestión que los vivos de este:

Existen los «en contra»: Esto es absurdo, esto no existe…Toda vida es única… El eterno retorno es una ilusión. Jamás nada ni nadie se verá dos veces… Yo no regresaré a la Tierra, porque no quiero.

Existen los «a favor»: Si, eso existe, todo el mundo lo pasa… Si, es real, pero es espantoso… Es un aventura… eso da vértigo… Si, lo han constatado, pero no se puede explicar el mecanismo. Es una ley universal, como la de la gravedad terrestre.

Existen también los «acaso»: Para los que tienen ya bastante con vagar en el Más allá, para los que no pueden soportar la vida espiritual. Para los que dejaron su tarea inacabada.

XIV.1 Marthe: «Temo que mi esposo, fallecido hace doce años, no se reencarne. Así que ¿no le reencontraré? Este pensamiento me es extremadamente doloroso. ¡Eso equivale a un adiós definitivo! ¿Cómo saberlo? »

Es Monique Simonet quien le responde:

«Si él la quiere tanto como usted a él, no tenga ningún temor: usted le reencontrará. La muerte no separa más que aparente y provisionalmente a quienes se aman. Usted cree en la reencarnación: es su opinión. Cantidad de investigadores y espiritistas no lo creen en absoluto. De hecho, no hay pruebas irrefutables. Los recuerdos que se comprueban en ciertas personas, y en particular entre los niños, podrían explicarse de otra manera, considerando una relación con el Más allá. Y, suponiendo que la reencarnación sea un hecho – digo bien, «en el supuesto», no teniendo nada resuelto – eso pasaría de tal forma que no hubiese separación real. Siendo el amor la fuerza más grande, es más fuerte que la muerte. Quede tranquila. De todos modos su esposo la espera. No existe un adiós definitivo. Añadiré que tengo contactos grabados con entidades traspasadas desde hace mucho tiempo, desde hace decenas y decenas de años. Ellos no se habían reencarnado.” Leer el resto de esta entrada »

Silencio, temor, horror.

Alguien ha decidido quitarse la vida voluntariamente: ¡silencio! Es culpable: ¡temor! Durante la mayor parte de nuestra historia, la sentencia para el suicida nunca era absolutoria: ¡horror!

Hasta hace pocos años al suicida no se le enterraba como Dios manda, no era digno de sepultura cristiana. El rechazo le condenaba para siempre.

Hoy, sigue siendo un tema silenciado en la prensa, aunque al suicida se le da sepultura cristiana ante la duda de su condena. Hemos avanzado en caridad.

La plaga del suicidio: el mayor bienestar material no parece ir correlativo a la calidad de vida. Las estadísticas destacan que la tasa de suicidios por cada 100.000 habitantes duplica en Francia (país con mayor nivel de vida) la de España (con una crisis económica galopante). ¿El mayor bienestar económico nos hace más frágiles ante la adversidad de la fortuna?

¿Tendrá relación con la práctica de “compartir”? ¿con “compartir” los pocos bienes materiales? Generalmente quien se suicida lo hace a solas. ¿La soledad tendrá algo que ver con el suicidio?

Esta vez, como tantas otras, los mensajes del Más allá, de los espíritus benéficos, nos comunican las consecuencias de ese acto, nunca irreparable en el mundo intermedio. Pero ¿Qué hacer ante esa situación? ¿Qué decirle a quien se siente culpable de que un familiar se haya suicidado?

En este capítulo Jean Prieur, con gran delicadeza, se enfrenta a la demanda de consejo desde el dolor, para llevar el agua viva de la esperanza y el amor a quien perdió, de tan trágica manera, un amor, un familiar, un hijo o un amigo.

Y de sus palabras surgirá el aire fresco que emana en todo el capítulo.

¡Buen día!

CAPÍTULO XIII – EL AZOTE DEL SUICIDIO

El filósofo Emile Durkeim publicó en 1897 una obra de permanente actualidad: “El suicidio”. Estaba impresionado por el hecho de que la extensión de esa enfermedad se correspondía con el desarrollo industrial y comercial en los distintos países de Europa. Para él, el porcentaje de pasos hacia el acto era el indicador exacto, en un grupo humano dado, de su grado de «anomia». Llamaba así al desarreglo moral que se produce en una sociedad cuando los individuos no saben las normas que deben seguir, cuando se hunden las estructuras familiares, religiosas y políticas. Es significativo que la palabra anomia (traducida en general por iniquidad) a menudo se encuentre en el Nuevo Testamento para designar todo lo que es sin razón, anarquía, confuso, agitación estéril y contrario al orden social. Estamos, ya a finales del siglo[1], en plena anomia.

Cien años de sucesos dramáticos han ilustrado las observaciones de Emile Durkeim y las estadísticas le dieron la razón. Tanto es así que se ha constatado que se suicidan más en períodos de paz y prosperidad como en los años del tipo 14-18 ó 39-45; más en las clases sociales acomodadas que en las que apenas tienen el mínimo vital; más entre los ociosos que entre los trabajadores; más en el norte de Europa, en principio protestante, que en el sur de Europa, en principio católico; y de manera general, sociológicamente hablando, más en los grupos cristianos que entre los musulmanes que viven en países de sol, lo que explica muchas cosas. Más entre los solteros, divorciados y viudos que entre los hombres casados: dos a tres veces más entre los hombres que entre las mujeres. Por último, cosa curiosa: ese tipo de mortandad es más frecuente en el campo que en la ciudad, e incide sobre todo en los obreros agrícolas.

Pero hay, ¡oh!, entre las estadísticas más lamentables, lo no previsto y lo nuevo: en el último tercio de siglo y en lo sucesivo, se suicidan mucho más los adolescentes y los jóvenes, que las personas maduras y de la tercera edad. Paralelamente (y esto también es nuevo), una literatura irresponsable[2] da a la muerte voluntaria carta de nobleza y se pueden leer frases de este género: «Le pertenece a cada individuo disponer a su gusto de su destino… Decidir si la vida vale o no la pena ser vivida, es situar sólo en uno mismo la regla de su conducta.»

«El fracaso o no del suicidado no tiene apenas importancia si para su suicidio demostró dos cosas: coraje y dominio. Entonces, el suicidio es la abertura de su vida, como la llama enciende la antorcha.» Seguramente la metáfora es bonita, pero cuántas tragedias debió suscitar. La cita es de Montherland quien, en 1972, la tradujo en hechos porque estaba amenazado de ceguera total.

Resultó que yo estaba en casa de Gabriel Marcel cuando le llegó esta noticia y lo que me dijo entonces que constituyó lo esencial del artículo que me dictó para las “Nouvelles Litteraires”. Él también sufría la misma prueba, particularmente terrible para un hombre de escritura y lectura. La soportaba con el coraje y la serenidad ejemplares que había puesto en su fe auténtica, como en su filosofía.

XIII.1 Jean-Charles: «Soy viudo desde el 19 de mayo de 1993 y he intentado tres veces acabar con mis días. En sus últimos meses, mi mujer me había dicho: “Si Dios me llama, quiero que rehagas tu vida y que seas feliz.”

Por otra parte, mis amigos me repiten que Julia no estará en paz en el Más allá durante el tiempo en que yo buscase destruirme. Pero no les creo e imagino medios infalibles para acabar de una vez por todas. Estoy seguro de llegar allá. Toda mi vida está centrada en Julie. No aspiro más que a salir del agujero negro en el que estoy sumergido y reunirme con ella lo más pronto.» Leer el resto de esta entrada »

Es muy frecuente escuchar el argumento de que los animales ni piensan ni sienten y en consecuencia quedan justificadas las salvajadas que con ellos se cometan. Enumero algunas fiestas populares: tirar una cabra desde un campanario, poner bolas de fuego en los cuernos de un toro, arrancar el cuello de un ave desde un caballo a la carrera, soltar un toro por las calles del pueblo e inflarlo a palos …

Tampoco nos extrañaría la escena siguiente, que podría darse en un pequeño grupo de un bar cualquiera mientras se charla amigablemente:

– un contertulio saca a relucir eso de que, a lo mejor, hay animales en el Paraíso. Varios le miran como diciendo: “¡Qué me cuentas! ¿Otra vida para los animales? ¡Tú estás loco!. No me digas que allí voy a encontrar liebres, perdices o lobos. ¡Y yo sin escopeta!”

– otro argumentaría: “Los animales no sienten. Bueno, a mi perro sólo le falta hablar. Es de cariñoso…. La que se lió en casa cuando se nos murió el gato, mi mujer llorando, mis hijos lo mismo. A mí hasta se me puso un nudo en la garganta y me volví para que no me vieran limpiarme las lágrimas.”

Por otra parte, desde la teología, el discurso de un reino animal sin hueco en el Más allá, parece que cuenta con muchos seguidores. Si por aquí pasa algún teólogo de esa ideología le invitamos a un rato de lectura que no será una pérdida de tiempo. Le sentará como un soplo de aire fresco.

Hoy Jean Prieur trae a la palestra una serie de emocionantes casos que, con sólido argumentario, nos acercan al mundo animal, tan querido, tan entrañable. ¿Qué nos dirá hoy del Más allá y los animales?

¡Buen día!

CAPÍTULO XII – LOS ANIMALES Y LA OTRA VIDA

La mayor parte de las religiones del pasado y del presente han creído en la existencia del alma de las bestias. Solo el judeo-cristianismo es excepción, a pesar de un versículo de los más claros: «Dios tiene en su mano el alma de todo viviente y el espíritu de todo hombre» (Job 12,10)

No obstante, el catolicismo comienza a percatarse del valor espiritual de esos seres vivientes muy a menudo menospreciados. Dos prelados, el uno americano y el otro italiano, les admiten en sus iglesias y les bendicen. Esta evolución alentadora va de la mano del admirable trabajo logrado por las sociedades protectoras de animales.

Si la existencia de nuestros hermanos denominados inferiores ha sido y permanece tan precaria es porque denegándoles un alma se permitía, de un golpe, tratarlos como bienes muebles, como cosas con las cuales se podría permitir todo. Sin embargo, esas pequeñas almas, capaces de gran amor, no piensan más que reunirse con la nuestra mediante los lazos del reconocimiento y de la fidelidad, en toda la gama de los sentimientos y de las pasiones. Ellos nos acompañan en este mundo y los reencontraremos en el otro.

Para probar el alma de los animales yo no multiplicaría los argumentos fisiológicos o filosóficos, no alegaría ningún texto, aunque fuese sagrado. Diría simplemente a los que dudan (y también a los que están a punto de torturarlos): «¡Mirad al fondo de sus ojos!»

Y parafrasearía a Baudelaire: «Sus ojos, sus grandes ojos de las claridades eternas.»

¡Ah, su mirada! ¡su buena y fiel mirada! Unas veces burbujeando malicia e inteligencia, otras grave y melancólica. Sin olvidar la mirada aterrorizada de ese mono y de su pequeño que, en el fondo de la jaula donde se abrazan el uno contra el otro, ven llegar al vivisector.

Siendo tan próximos al hombre por su fisiología y afectividad, los mamíferos lo son también por sus dones psíquicos. Excelentes médiums, tienen telepatía con nosotros, ven a nuestros desaparecidos, tienen premoniciones, perciben los sucesos a distancia. Después de su muerte pueden manifestarse y regresar, en su cuerpo sutil, a los lugares donde vivieron. En general son más aptos que los humanos para la vida en el astral. Allí al menos están tranquilos, ya no están sujetos a un trabajo extenuante ni son acosados, cazados, pegados o martirizados.

XII.1 Felicia propone tres preguntas esenciales:

«¿Los animales tienen alma?

¿Ese alma sobrevive?

¿Hago bien al rezar por mi pequeño cocker[1] que acaba de morir?» Leer el resto de esta entrada »

Jean Prieur recibe en esta ocasión una serie de planteamientos que muchos de nosotros alguna vez nos hicimos y han quedado, sin más, a la espera. Este es un buen momento para conocer las dudas de otros, sus inquietudes:

– Una pregunta difícil, esta vez resuelta mediante una respuesta sencilla: ¿reciben mensajes los no cristianos y los no creyentes o es acaso una prerrogativa del mundo cristiano? Es curioso, porque parece que si alguien niega la existencia de Dios no va a recibir ninguna señal de Él. ¿Nunca?

– ¿La escritura automática es una manifestación exclusiva de nuestro inconsciente? Porque, a simple vista, es una mano con un lápiz que el cerebro puede dirigir sin más problemas.

– ¿Por qué los traspasados no nos comunican nuevos conocimientos con que logremos curar más enfermedades? Pregunta difícil y comprometida.

– En muchas ocasiones el contenido de los mensajes recibidos del Más allá es de un bajo nivel cultural que desilusiona ¿Es que en el Más allá no seremos capaces de progresar y seguiremos con lo poco que hayamos aprendido en la Tierra? Si en la vida terrenal no pudimos estudiar por falta de medios económicos ¿podremos evolucionar, aprender en el Más allá? Parece que ese viaje no merece la pena si en la nueva vida continuamos tan ignorantes.

– ¿Se cumple la ley del karma? ¿Se cumple la ley de causa y efecto? Es decir, ¿se recoge lo que se ha sembrado?

El lector, supongo, espera un rayo de esperanza y acierta, pues Jean Prieur, conciso siempre, rico en sus palabras, nos contesta y sabe resolver las dudas.

¡Buen día!

CAPÍTULO XI – OBJECIONES Y CRÍTICAS

XI.1 En los años 60, cuando Marcelle de Jouvenel y yo, nos esforzábamos por dar a conocer los mensajes de su hijo Roland y demostrar la realidad, la proximidad del mundo espiritual, ella me dijo un día:

«En 1946 tracé la primera línea, pero, después de mí, verá usted como será atacado, como yo lo he sido, por los dos lados a la vez, atacado tanto por los cristianos como por los racionalistas. ¡Ah! Había olvidado una tercera categoría, que no ataca pero nos utiliza: los predadores, esos que sacarán las castañas del fuego, que se servirán de mis trabajos y de los suyos, sin nombrarnos, y atravesarán las puertas que nosotros hemos abierto.»

La predicción era exacta.

«¿Cómo puede ser –pregunta Francis– que encuentre en los mensajes del Más allá tantos errores, divergencias, contradicciones, tanta petulancia y frases vacías como en los medios de masas de la Tierra?»

Las explicaciones de Georges Morrannier son tan claras que le cedo la palabra:

“Debemos saber que nadie tiene, en nuestro lado, la ciencia infusa. La ignorancia está aquí tan extendida como en la Tierra. El tránsito[1] no nos hace más inteligentes. Es muy lamentable, pero es necesario resignarse. Debemos aprender, siempre aprender. Jim el hijo de James Pike, lo dijo como yo y como muchos otros. Aprender a vivir en un nuevo plano, aprender a corregirse, aprender a amar, y, en resumen, perfeccionar los conocimientos. Todo eso se hace sin demasiada dificultad en los planos elevados espirituales, pero en otros lugares ¡qué caos!

En ese lugar arrastramos, sentimos la Tierra, nadie se ocupa de nadie, salvo para incitar al mal; no se interesan por nada, no aprenden nada, no avanzan el más pequeño grado en su evolución. Esos desencarnados ociosos e inútiles se precipitan sobre los médiums que ven con un lápiz en la mano, o sobre las personas que preguntan en la ouija, o el vaso que llamáis adivinatorio. Están entonces muy ocupados en exhibir nombres célebres para inspirar confianza. No son forzosamente maliciosos, pero no están al corriente de nada, como tampoco del mundo en que habitan.

Por esta razón es por lo que hay a veces tantas divergencias en las comunicaciones que reciben los médiums. Cada uno persigue su idea, al igual que sobre la Tierra, sin tomarse el esfuerzo de verificar la exactitud.” Leer el resto de esta entrada »

El investigador recopila la información, la sistematiza e intenta formular una hipótesis que, una vez confirmada, utiliza para avanzar en el conocimiento. De igual modo, Jean Prieur recibe misivas en las que le exponen hechos, experiencias personales. Todo un conjunto de testimonios valiosos siempre y de los cuales podemos extraer un mayor conocimiento sobre el Más allá.

Merecen un alto grado de confianza las manifestaciones privadas venidas sobre todo de familiares fallecidos que, en general, nos hablan de su felicidad. Otra característica de esos mensajeros del bien es que siempre recomiendan una tranquila espera para reunirnos con ellos. Cada cosa a su tiempo. que todo llega. No es preciso anticipar los acontecimientos, ellos solos se presentarán.

Es posible que muchos duden cuando se informan sobre apariciones de fallecidos que, mediante un aviso, evitan a un familiar o amigo un accidente. Seguro que quien obtiene ese beneficio directo no lo pone en duda y tampoco le inquietan las opiniones contrarias: él sigue aquí para contarlo como testigo directo.

¿Puede tener el cuerpo sutil una consistencia física similar al cuerpo físico? ¿Alguien lo ha comprobado?¿Qué decir cuando desde el Más allá nos recomiendan: “cada uno debe permanecer en su realidad”? ¿En que realidad viven nuestros difuntos? Paciencia, este capítulo contiene 17 cartas con sorpresas garantizadas. Todas tienen premio.

¡Buen día!

CAPÍTULO X – SUS TESTIMONIOS

X.1 Las fuentes del conocimiento esotérico son de tres clases: Observación, experiencia vivida[1] y testimonial. No es suficiente con recoger los hechos, se necesita clasificar, analizar, comparar. Ese trabajo tiene como finalidad poner orden en la multiplicidad de fenómenos y extraer grandes leyes. El método científico se puede aplicar en el dominio de los espíritus y añadir a las ciencias químicas, matemáticas, naturales y físicas, las ciencias sobrenaturales y metafísicas.

Este capítulo reúne los testimonios de numerosos lectores que no proponen ninguna pregunta, pero relatan los hechos que han constatado. Estos documentos son por lo tanto aberturas por las cuales podemos entrever la riqueza y la complejidad del mundo paralelo.

Como regla general, dichas experiencias son interiores y subjetivas; no visibles, no reproducibles, no tangibles, no mensurables, no fotografiables; eso no significa que estén desprovistas de realidad. Los siete adjetivos precedentes podrían también aplicarse a nuestro pensamiento que está en nuestro interior y es más real.

Jeanne: «Mi carta no es una petición, sino un testimonio. No me nombre, llámeme simplemente Jeanne para rendirle homenaje.

Al acabar la última guerra y el penoso período que le siguió, conocí a una refugiada, Jeanne Ollinger. Era una mujer ya entrada en años, buena y servicial, que me prestó grandes servicios en una época donde la vida, ya difícil, se me complicaba por la presencia de mi madre, gran inválida a la que no podía dejar nunca sola.

Jeanne se mostró perfecta; nos hicimos verdaderas amigas y estoy segura de que era incapaz de mentir. Esto es lo que me contó:

Víctima de la maldad y de los celos de su suegra, Jeanne fue abandonada por su marido y, sola, debió ganarse la vida y la de su pequeña hija colocándose como criada. Después, ambas mujeres no vivieron ya en la misma ciudad.

Una noche, Jeanne tuvo una pesadilla que se reanudaba tan pronto como se dormía de nuevo. Escuchaba a su suegra que le suplicaba: “Jeanne, voy a morir; ¡dime que me perdonas!”.

“No”, decía Jeanne, “usted me ha hecho sufrir mucho”, y se despertaba angustiada. Tan pronto como se dormía, la misma pesadilla comenzaba: “Jeanne, ¡sé mejor que yo! Yo era muy mala, lo sé; pero te pido que me perdones”.

“No, ¡jamás! Es superior a mis fuerzas. No me pida lo imposible. Usted me lo demostró demasiado”.

“Jeanne, voy a morir, ¡ten piedad!”.

Al final, Jeanne respondió: “Bien, sí, le perdono”.

“Gracias” dijo la agonizante, y la pesadillo terminó. Leer el resto de esta entrada »

En esta ocasión Jean Prieur nos toma de la mano para asomarnos a un mundo de los espíritus lleno de desagradables sorpresas. Podemos mantener la calma porque nuestro guía es alguien que sabe bien por donde anda, sabe mucho de los peligros del camino en las oscuras regiones del Más allá, cercanas a la Tierra.

En ese patio de Monipodio encontraremos la peor calaña de los que en la Tierra camparon a sus anchas y continúan articulando engaños, farsas y ardides sin número, para que les sigamos también allí; son muchos y aspiran a crecer en número. En algunas ocasiones, inquietos ellos, vendrán a nuestra casa para amargarnos los días. ¿Qué podemos hacer para librarnos? Jean Prieur ofrece en estas páginas las más variadas respuestas, válidas aquí, en la Tierra, y después.

Más de uno se habrá preguntado si en el Más allá se reencontrará con alguien a quien no soporta; algo así como cruzarse con otro por la calle sin estar avisado de ello: “¿Tendré que ver durante toda la eternidad a la persona que me hizo una mala faena? ¡Es que no puedo ni acordarme de lo que me hizo sin que me cambie el humor!; eso sí, no tengo ya nada en contra de ella, pero amargó años de mi existencia”. Jean Prieur siempre sagaz y con buen humor nos ayudará para ese caso y similares.

¿Cuerpos espirituales de ocupas? Desde ese mundo intermedio continuamente se inician desembarcos de seres malignos en el nuestro y buscan, con un porcentaje elevadísimo de aciertos, a personas que sin percatarse de ello se ven invadidas por un huésped indeseable. Ese visitante les provoca enfermedades que ni la medicina ni la psicología logran remediar. En este capítulo encontraremos medios para evitar que espíritus atormentados puedan llevarnos con ellos a la locura o a algo peor.

¡Buen día!

CAPÍTULO IX – LAS ENTIDADES DE LA OSCURIDAD

IX.1 El gran espacio espiritual llamado Más allá no es siempre tan luminoso como se lo imagina. No es siempre un vuelo hacia un mundo de hadas, una entrega de coronas. Existen unas moradas penosas que responden a la ley de causa y efecto, que se podría resumir en la conocida frase de: «Quien siembra vientos recoge tempestades».

El que ha sembrado la mentira, la calumnia y las disputas se ve asaltado por avispas. Quien tiene todo puesto en la materia, el beneficio, el dinero, se ve en un ambiente crepuscular; quien ha difundido la duda y la desesperanza se ve envuelto en vapores sulfurosos[1]. En cuanto a los asesinos y torturadores, comienzan por soportar lo que infligieron a sus víctimas.

La ley del Karma no admite excusas ni circunstancias atenuantes y se pone en marcha con todo su rigor.

La mayoría de las personas que me escriben, y aquellas que les dejaron no cometieron los excesos anteriormente citados y, por lo tanto, no están incluidas. Sin embargo, hay un mal  muy extendido entre personas no especialmente malas: las actitudes de menosprecio y la irrisión. ¡Atención al karma de la burla!

Las primeras zonas del otro mundo están pobladas de seres que proceden de este y no es sorprendente que encontremos allí la impostura, la ignorancia, la maledicencia y la necesidad de molestar.

Todas las señales y manifestaciones del Más allá no son benéficas; Paule tuvo una trágica experiencia:

«Algún tiempo después de la muerte de mi hijito, que ocurrió en diciembre de 1990 cuando acababa de cumplir trece años, recibí comunicaciones mediante escritura automática. Fue un período de gran felicidad. Le encontraba tal como era, alegre, sincero, alocado y cariñoso. Esos intercambios, que no eran cotidianos, me dejaban confiada y tranquila.

Después, se operó insensiblemente un cambio; el tono se volvió regañón, doctoral y pedante. Surgieron palabras de las cuales él no tenía ni idea. Yo me decía: progresa en el otro lado, adquiere conocimientos nuevos.

Pero la evolución proseguía en sentido negativo; se volvía cada vez más dogmático y orgulloso. Juzgaba de todo y de todos, distribuía las recompensas y, sobre todo, las sanciones, que él reservaba a los otros mensajeros y a sus escribas. Al final, fueron maledicencias y calumnias, acompañadas de reproches hacia mí. Desanimada, invadida de un insoportable malestar, dejé caer el lápiz.» Leer el resto de esta entrada »

¡Cuántas veces, ante la muerte de un niño, hemos escuchado expresiones duras contra Dios! La muerte de un niño siempre resulta dolorosa, como si no debiera ocurrir bajo ningún concepto y no tuviera nunca justificación. ¡Eran tantas las esperanzas puestas en esa nueva vida!

Veremos como la gran escritora francesa George Sand, en 1848, sabe transmitir un mensaje cargado de esperanza a una madre en tan angustioso trance.

En la mayor parte de los casos, la persona que pierde ese pequeño ser siente un verdadero dolor muy difícil de superar y que nunca se borrará de su memoria. Da igual que hubiera nacido o estuviera en formación. Se le recuerda siempre y una extraña fuerza de la mente le rememora de vez en cuando, como si siguiera creciendo con el tiempo.

Nos tranquiliza conocer que en el Más allá los pequeños son acogidos con amor y educados y formados por quienes hayan mostrado una especial sensibilidad hacia la infancia y la juventud. Allí, esos infantes crecerán, madurarán y adquirirán un conocimiento progresivo.

Como siempre, Jean Prieur no tiene miedo a ser políticamente incorrecto y aborda el tema del aborto, iluminando con sus respuestas, abriendo puertas a quienes desean saber qué ha sido de su pequeño que nació muerto. Compasivo, ayuda a superar ese trance doloroso, ya de por sí un sufrimiento para quienes perdieron a la criatura involuntariamente; o con un remordimiento purificador si se acompaña del arrepentimiento, cuando la pérdida fue voluntaria. Porque, como leeremos en el texto que sigue, esos no nacidos nos hablan con afecto, no saben del rencor ni del odio. Ellos perdonan y nos aman.

Los jóvenes del Más allá, con su alegría, nos enseñan a sobrellevar la espera para el reencuentro.

¡Buen día!

CAPÍTULO VIII – LOS NIÑOS Y LOS JÓVENES

VIII.1 Como la mayor parte de las madres, Diane se inquieta por los hijos que fueron muy pronto proyectados al Más allá.

«¿No están afectados, asustados, lejos de la protección de sus padres? Esa nueva vida, de la cual no saben nada, ¿no va a parecerles como una pesadilla?»

“Tranquilícese,”-dice Georges Morrannier-“los niños están felices. Desde que llegan aquí, son inmediatamente puestos a cargo de los miembros de su familia, abuela o tía abuela y, en su ausencia, por extraños.

Al principio los dejamos siempre en manos femeninas, aunque no es necesario que la diferencia de vida les haga buscar a su madre. Existe, destaco, una gracia del astral para esos pequeños que llegan solos aquí. Se acostumbran en un instante, todo les parece natural, no se extrañan de nada.

Se diría que se acuerdan y que encuentran una vida conocida. La fuerza espiritual que nos dirige hace tan bien todo lo que prepara que no están asustados en ningún momento. Es increíble y aún me sorprende. Los niños mayores encuentran también siempre alguien para acogerles y explicarles lo que ha pasado, en la medida en que puedan comprender.

La dificultad comienza para los jóvenes que habían hecho proyectos en la Tierra, deben renunciar a ellos y adaptarse a otra vida.”

VIII.2 Marie: «Acabo de perder mi niñito de diez años, estoy desolada, loca de dolor. Me siento maldita. En mi angustia nadie me podrá consolar.»

¡Si! La misma George Sand. He aquí la carta tan sincera y calurosa que escribió a su amiga Mme Dorval, quien, como usted, se llamaba Marie y había visto morir a su pequeño Georges.

“Nohant, 16 de junio de 1848:

No podía creer esa horrorosa noticia que me habían dado como cierta y no osaba preguntarte, mi pobre querida Marie. Tu carta me parte el corazón. Si, comprendo tu desesperación y lloro contigo por ese hermoso niño bendito de Dios, que regresa a Él antes de haber conocido nuestra triste y horrorosa vida. ¡Él está feliz! Vivió solo cuidados, amor, caricias y alegría. No está en la tumbita donde vas a llorarle. Está en el seno de Dios. Cualquiera que sea su paraíso, está bien allí donde está, porque regresó como vino. ¡Estate tranquila por tu niño!

Es amado en otra parte en este momento, y el amor que tú le envías siempre, a pesar de la muerte, le acompaña y le protege en otra esfera de la existencia desde donde te ve y sonríe sin cesar… Dios es justo, Él no es en absoluto implacable y vindicativo como los hombres; Él ama, hasta que nos hace amantes… Leer el resto de esta entrada »

agosto 2016
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