Fantástico tratado de medicina el que nos ofrece hoy el profesor Dutheil. Además, es un tratado actualizado, centrado en los temas más importantes: las infecciones, el cáncer, el SIDA, las alergias … el estrés.

En todo el texto, fácil de leer y de entender aunque se empleen en él algunos términos técnicos, sobrevuela la queja del autor sobre la cortedad de miras de la ciencia actual y la insuficiencia de nuestro conocimiento. Como él mismo dice hablando del cáncer: “…las palabras disimulan apenas nuestra ignorancia…”

Y en todo el texto flota también ese deseo que el profesor Dutheil siente por hacernos llegar cuanto antes a conocer otra medicina, una medicina distinta a la que aquí nos resume, una medicina que no olvide los “campos de información” de los que nos habló en los capítulos anteriores y que nuestra medicina actual ignora casi por completo.

Pero para llegar a eso deberemos esperar al siguiente capítulo, en el que nos empezará a hablar de “otras medicinas”, de la acupuntura, de la homeopatía, ..

Mientras tanto, empapémonos de ciencia, sí, pero no como meras esponjas, sino como seres pensantes que somos, tratando de conocer nuestra propia opinión sobre lo que leemos. ¿Lo conseguiremos?

CAPÍTULO VI

Balance sobre la medicina actual

 

No pretendemos en este capítulo dibujar un panorama completo de la medicina en 1992, ni por supuesto hacer un tratado de patología o de terapéutica.

Nuestro objetivo es dar una idea de las notables adquisiciones de la medicina desde hace cuarenta años. Por eso expondremos algunas ideas-fuerza sobre sus distintos sectores: infecciones bacteriológicas y arsenal antibiótico, enfermedades virales, enfermedades metabólicas y endocrinas, enfermedades cardiovasculares, oncología con el problema del cáncer y del SIDA, hematología, inmunología y la cuestión de la alergia.

Existen diversas maneras de clasificar las distintas enfermedades o síndromes. Desde 1930, es clásico distinguir las enfermedades orgánicas y las enfermedades funcionales.

Las enfermedades orgánicas

La enfermedad orgánica se caracteriza por una lesión, sea anatómica, sea anatomopatológica, es decir, visible solamente por el examen al microscopio de un corte de tejido que se supone patológico.

La anatomía patológica ha catalogado así a un gran número de categorías de lesiones que se manifiestan a nivel de los tejidos o de la célula.

Si le lesión anatómica es visible macroscópicamente, se tratará, por ejemplo, de un nicho, imagen radiológica de una úlcera del estómago, o de una laguna, imagen radiológica de un cáncer de estómago. Estas lesiones pueden ser irreversibles en la medida en que, incluso si hay curación, el tejido cicatrizado quedará esclerosado.

En ciertos casos, las lesiones serán reversibles y después de la curación se dirá que ha habido «restitutio ad integrum».

Las enfermedades funcionales

Las enfermedades funcionales se manifiestan a través de cierto número de trastornos experimentados por el sujeto, eventualmente con cambios de las constantes biológicas y de la tensión arterial (hipertensión). Pero, contrariamente a lo que se produce en las enfermedades orgánicas, es imposible poner en evidencia cualquier lesión anatómica, incluso con investigaciones minuciosas.

Estos trastornos funcionales forman todo un espectro, que puede ir desde la taquicardia emotiva hasta la angina de pecho, pasando por el asma, las colopatías, las gastritis o algunas dermatosis «sine materia».

Una clasificación un tanto vaga…

Como toda clasificación, la que acabamos de describir es en cierto sentido arbitraria. En efecto, por una parte ciertos trastornos funcionales se convierten en orgánicos, es decir, acaban produciendo una lesión anatómica; por otra parte enfermedades orgánicas que curan completamente, sin secuelas anatómicas o anatomopatológicas, son tal vez trastornos funcionales.

Una clasificación es en cierto modo un concepto. Ahora bien, como señaló en otro tiempo Bridgmann: «Un concepto es válido si es lo que se podría llamar un concepto operativo. Un concepto operativo debe permitir realizar cierto número de operaciones lógicas que llevan a un conjunto más rico que el de partida.»

Desde este punto de vista, consideramos la clasificación anterior como un concepto operativo, aunque se apoye en criterios puramente fenomenológicos.

Si hay otras maneras de clasificar las enfermedades, son más discutibles, en la medida en que no se conoce la etiología –es decir el origen– de la mayoría de las enfermedades.

Por ejemplo, si la etiología de la tuberculosis es clara (se sabe que se debe al bacilo de Koch o BK), no se puede decir lo mismo del cáncer, de la esclerosis lateral amiotrófica, ni de la enfermedad de Parkinson, incluso de la diabetes.

Algunos autores han hablado de enfermedades degenerativas. Se refieren a enfermedades relacionadas con una degeneración de los tejidos o de la célula. En la mayoría de los casos, su causa es totalmente desconocida. A veces, sin embargo, se pueden aislar factores que las favorecen, como en la arteriosclerosis o el cáncer.

Los instrumentos de exploración de la medicina moderna

Antes de estudiar las conquistas y los fracasos de la medicina en los distintos sectores citados anteriormente, desearíamos destacar un cuadro de los instrumentos de exploración y de investigación del organismo que se han desarrollado en los últimos años, cambiando profundamente la concepción y la práctica de la medicina.

La medicina de 1992 tiene en efecto a su disposición un arsenal de instrumentos de exploración fundados la mayoría de las veces en métodos físicos, que han cambiado totalmente el diagnóstico y han relegado la semiología al rango de un método obsoleto, tal vez sin motivo.

La radiología

En primer lugar, la radiología se ha visto revolucionada por la introducción del escáner, que ha sido posible por el tratamiento de la imagen y de la señal. La imaginería médica se ha convertido en una ciencia aplicada en toda su extensión, recurriendo a la informática y a métodos matemáticos nuevos, como la teoría de los conjuntos vagos. El tratamiento de las imágenes es un caso particular de la teoría general de las señales. Mientras la teoría de la señal trata de las señales simples, solo en función del tiempo, la imagen depende de varias señales en función del tiempo pero también del espacio. Hay dos maneras de tratar la imagen:

– el tratamiento analógico, en el que la imagen es presentada a través de funciones continuas de las dos variables de espacio;

– el tratamiento numérico, en el que la imagen se compone de una sucesión de puntos yuxtapuestos llamados «pixels». Este tipo de tratamiento es el más utilizado, porque permite, gracias a los ordenadores, utilizar los algoritmos de altas prestaciones.

Por supuesto, interviene la noción de frecuencia. Es en este marco donde se pueden definir frecuencias espaciales, que son matemáticamente transformadas de Fourier.

Estos tratamientos de la imagen han permitido un extraordinario desarrollo de todos los sistemas radiográficos, como el escáner y la imagen por resonancia magnética.

La noción de imagen se ha extendido así a la representación de los fenómenos no visibles al ojo.

La resonancia magnética nuclear es así absolutamente destacable. La RMN es una técnica de análisis aplicada a ciertos núcleos atómicos que tienen la propiedad de comportarse como pequeños imanes y que responden a la aplicación de un campo magnético absorbiendo o emitiendo una radiación electromagnética. La RMN ha encontrado una aplicación en pleno auge en los estudios médicos por imagen.

El método resulta del siguiente principio. Se marca la posición de los espínes (momentos de rotación del núcleo) en el espacio por su frecuencia de resonancia, utilizando un campo magnético espacialmente variable. Se obtiene así, en unos minutos, la imagen RMN de un órgano con una resolución espacial milimétrica, que permite «ver», por ejemplo, un tumor invisible con otros métodos.

Asimismo, la utilización sistemática de los ultrasonidos y de sus propiedades en la interfase de dos medios de distinta densidad ha llevado a aplicaciones importantes en los estudios médicos por imagen. Se trata de la ecografía, la electroencefalografía y el efecto Doppler. Se obtienen imágenes que resultan interesantes por ser producidas sin ningún riesgo, cosa que no ocurre con los rayos X.

Citemos también el uso generalizado de los radioisótopos, que dan lugar a s estudios por imagen específicos, en particular las escintigrafías, en las que ciertos radioisótopos se fijan electivamente sobre las células cancerosas o sobre las metástasis de un cáncer primitivo.

Hay que hablar también del extraordinario desarrollo de la endoscopia, hecho posible por el uso generalizado de las fibras ópticas. Una fibra óptica es un conductor de luz que puede transportar a grandes distancias energía luminosa, como un hilo de cobre la energía eléctrica. Su aparición data solamente de principios de los años 70.

Por supuesto, a estos métodos de exploración se añaden los métodos de análisis de laboratorio, químicos, bacteriológicos, virales, que recurren a técnicas cada vez más eficaces.

Instrumentos eficaces… ¿con qué resultados?

A la vista de este breve resumen, se comprende que la medicina de los años 90 no tiene parangón con la de los años 50. Y es probable que la física nos aporte nuevos métodos de exploración.

Veamos ahora que resultados obtiene esta medicina de técnicas tan brillantes.

Se puede decir que el tratamiento actual de la infección con antibióticos supone la expansión y el triunfo de las teorías de Pasteur.

Un individuo sano vive en armonía con una flora microbiana habitual que existe en su organismo. Esta «armonía» se basa en un equilibrio, que puede romperse por la infección. El organismo dispone de medios de defensa naturales que, en situaciones normales, son suficientes para impedir la infección. Las protecciones del organismo son, en efecto, múltiples: en primer lugar una piel intacta y sana, luego mucosas respiratorias, además barreras fisiológicas como la acidez del estómago, debida al ácido clorhídrico. Finalmente, se atribuye un papel fundamental a los factores inmunitarios, en especial a los anticuerpos específicos y a las células fagocitarias (capaces de englobar y destruir las bacterias), como las polinucleares neutrófilos y los macrófagos del sistema reticuloendotelial. Por supuesto, factores desconocidos están implicados probablemente en la defensa natural del organismo.

Los microorganismos, causa de la infección, son parte a veces de la flora natural de nuestro cuerpo. Tal es el caso del estreptococo, que provoca la neumonía. Pero las más de las veces son exteriores al organismo.

Las infecciones, pertenecientes al grupo de las enfermedades orgánicas, provocan diversas enfermedades, como el absceso, el forúnculo, la tifoidea, la tuberculosis…

La mayoría de los microorganismos origen de estas enfermedades infecciosas son organismos unicelulares: son bacilos que se han clasificado arbitrariamente, siguiendo el tipo de coloración de las cepas bacterianas, en gérmenes  «gram +» y «gram –».

Entrada en la era de los antibióticos

El tratamiento eficaz de las infecciones conoció su verdadero desarrollo desde que el médico inglés Alexander Flemming descubrió en 1928 la penicilina, que solo fue explotada realmente a partir de 1941 y difundida a gran escala desde 1945. En 1933, Flemming descubrió las sulfamidas utilizadas durante la guerra; después, en 1944, le llegó el turno a la estreptomicina, el primer antibiótico, que iba a demostrar su eficacia en el tratamiento de la tuberculosis.

De una manera general, un antibiótico es una sustancia química producida por un microorganismo, con frecuencia un hongo. Ahora bien, por extensión, se designa con el nombre de antibiótico a toda sustancia química de síntesis que tiene bien el poder de ralentizar el crecimiento de bacterias (bacteriostático), o bien el de destruirlas (bactericida).

La utilización de los antibióticos ha supuesto una revolución en el tratamiento de enfermedades infecciosas graves, mortales en otro tiempo, como la tuberculosis[1]. El antibiótico permite en este caso concreto evitar una hospitalización y curar a los enfermos en sus casas.

Citemos también el tratamiento de las meningitis, de las septicemias, de las fiebres puerperales, de las infecciones por estafilococo dorado, como la endocarditis de Osler, mortales de necesidad antes de 1945, que son ahora perfectamente curadas con los antibióticos.

La penicilina permite también tratar las enfermedades venéreas como la sífilis o las infecciones por gonococos.

A partir del descubrimiento de Fleming, las «generaciones» de antibióticos no han dejado de aumentar. Una cincuentena de ellas constituye actualmente la base de las especialidades farmacéuticas. Varios de estos productos tienen una estructura química común, lo que implica un mismo mecanismo de acción y el mismo espectro[2].

Se han definido así doce familias de antibióticos, tanto de origen biológico, como productos de síntesis, a los que hay que añadir algunos antibióticos aislados.

La antibioterapia tiene como meta eliminar al o a los microorganismos patógenos sin alterar las células del organismo.

Cada clase de antibióticos se caracteriza por un mecanismo de acción específica. Actualmente, se conocen cuatro mecanismos principales de acción:

-         a nivel de la síntesis de la pared bacteriana;

-         sobre la permeabilidad de esta membrana;

-         en las síntesis de proteínas;

-         en el estadio de las síntesis de ácidos nucléicos.

La prescripción de antibióticos es, generalmente, el resultado de una reflexión metódica llevada a cabo por el médico. El tratamiento debe ser adecuado. La elección del antibiótico responderá al conocimiento de su espectro de actividad o de los resultados del antibiograma[3].

De los abusos de antibióticos a las mutaciones cromosómicas

Desgraciadamente, se asiste desde hace ya muchos años a un abuso de los tratamientos antibióticos llevados a cabo por los médicos generalistas y los dentistas. Los resultados de este abuso son peligrosos porque se facilita así la multiplicación de fuentes bacterianas que resisten por mutación cromosómica o transferencia de información. Los microorganismos que han sufrido la mutación son capaces de producir enzimas que destruyen el medicamento activo. La mutación produce también un cambio de la pared bacteriana y de la estructura del lugar de fijación bacteriana del antibiótico.

Parece que es sobre todo en el ambiente hospitalario, como consecuencia de la concentración de gérmenes y de antibióticos, donde se producen las mutaciones.

Se asiste entonces a una verdadera competición. Hay que volver a encontrar un nuevo antibiótico al que sea sensible la cepa observada, después hay mutación y así sucesivamente.

Parece que actualmente contamos con un escaso avance en la producción de antibióticos eficaces.

Se llegan a prever manipulaciones genéticas sobre las cepas microbianas que impiden la resistencia a los antibióticos.

Se ve, por tanto, que el problema está lejos de ser sencillo y que pagamos actualmente los resultados, brillantes pero demasiado rápidos, adquiridos en el campo de las enfermedades infecciosas.

Conexiones químicas e información

El fallo de los antibióticos está en constituir una aproximación puramente química a la cuestión. Hay que destacar también que los microbios tienen en cierto modo una red de información, sin duda a través de su ADN o de su ARN, que les permite adaptarse a una nueva situación.

En biología molecular encontramos por todas partes esta doble influencia de las conexiones químicas y de la información. Pensamos que la ciencia moderna se ha preocupado únicamente, durante demasiado tiempo, del aspecto químico de la cuestión. Solo se interesa por la información desde hace poco tiempo, iniciativa en sí mucho más fructífera pero que presenta el fallo de no apoyarse en una definición clara de la conciencia, que es sin embargo el soporte de toda información.

Las investigaciones sobre las enfermedades infecciosas

Las enfermedades infecciosas solo podrán tratarse correctamente cuando la medicina haya calado de parte a parte su modo de aparición y de acción, que nos parece que es mucho menos evidente de lo que permitía suponer el descubrimiento de los microorganismos.

Cómo actúan los bacilos

A este respecto, es interesante recordar las experiencias ya antiguas –llevadas a cabo por el Profesor Vincent y su equipo– centradas en el estudio de las condiciones necesarias para la acción de los bacilos. Estas experiencias se fundaban en tres parámetros físicos que caracterizan en cierta medida el estado eléctrico, la acidez y el poder de oxidación y de reducción del plasma sanguíneo, a saber: la conductividad (o la resistividad), el pH y el potencial de oxidoreducción (o rH2).

Si se selecciona una muestra de individuos con buena salud, se puede establecer un diagrama en tres dimensiones que tiene en cuenta estos tres parámetros y se da uno cuenta entonces de que se obtiene una nube de puntos perfectamente localizados. Si se construye luego el diagrama para una muestra de individuos que sufren, por ejemplo, de tuberculosis, se obtiene otra nube de puntos situada en un sector concreto. Se pueden establecer así diagramas para toda clase de enfermedades infecciosas, con localizaciones de puntos en «nubes» características de cada enfermedad.

En estas condiciones, es lógico preguntarse si no hay en primer lugar variaciones de la resistividad, del pH y del rH2, haciendo pasar por ejemplo de la «nube» de buena salud a la «nube» de tuberculosis, y si no es entonces solamente cuando el bacilo de Koch se haría agresivo y provocaría la enfermedad.

Se trataría en realidad de un aspecto del cuerpo eléctrico. Estas experiencias hacen pensar mucho, en efecto,  sobre las variaciones del campo eléctrico de Burr, precediendo en varios meses la aparición clínica de un síndrome.

Nos encontramos aquí en el meollo de la noción de campo y de inmunidad. Podría ser en realidad que el aspecto patológico declarado sea solo la etapa final de una variación todavía desconocida del sistema integrador, del que hablamos en el capítulo anterior.

El problema de los virus

Al problema de las infecciones debe asociarse el problema de la virología.

Los virus son partículas moleculares intracelulares, a veces cristalizables. Tienen un núcleo central de ácido nucleico y una envoltura externa proteica. Son totalmente dependientes de las células huéspedes para su reproducción.

El ácido nucleico ARN o ADN representa el material infeccioso fundamental, situándose su tamaño entre 0,02 y 0,03 micras. Solo se los puede ver a través del microscopio electrónico.

Como los demás parásitos, los virus estimulan la producción de anticuerpos en el huésped.

Varios cientos de virus diferentes pueden infectar al hombre. En todos los casos, la actividad de la célula infectada es desviada en beneficio de la transcripción, la traducción y la réplica del genoma viral con la colaboración de enzimas codificadas, unas por ella misma, otras por el material genético celular.

Numerosos virus tienen un genoma formado por ARN (la gripe, la rabia, la poliomielitis). La réplica del genoma está asegurada por una enzima que él mismo codifica.

En otros, llamados retrovirus (como el virus HIV que provoca el SIDA), una de las proteínas de la cápsula[4] asegura una transcripción llamada inversa: el ARN viral es traducido en ADN. Éste es luego incorporado al material genético de la célula huésped, después una  transcripción clásica permite su expresión y la producción de nuevos genomas virales.

La incorporación del material genético viral en el de la célula huésped es también conocido entre los virus de ADN; la transformación de la célula en célula cancerosa podría ser uno de los efectos posibles de esta incorporación. Dicho de otro modo, se trata de un cambio de la información.

Es interesante señalar la duración de los periodos de incubación de las enfermedades virales: por ejemplo, dieciocho meses para el kuru (enfermedad que se caracteriza por una degeneración del sistema nervioso central que afecta solo a los habitantes de Nueva Guinea).

Los antibióticos no son activos en las enfermedades virales (salvo tal vez los interferones), pero son utilizados para prevenir las complicaciones debidas a una sobreinfección bacteriana. La eficacia de esta terapéutica es por otra parte discutible y la utilización de antibióticos en las infecciones virales puede ser perjudicial.

Existen vacunas antivirales (por ejemplo, la vacuna contra la gripe, contra el sarampión, contra la hepatitis B).

Tenemos aquí un ejemplo de interacción directa entre moléculas de ADN–ARN.

Nos encontramos por tanto en el último estadio de lo que conoce la biología molecular. Pero ¿no hay aquí también, detrás de este juego molecular, un animador de juego más sutil, que se encuentra a nivel cuántico?

Las enfermedades «degenerativas»

Siguiendo nuestra clasificación, dentro de las enfermedades orgánicas existe un conjunto de enfermedades que se pueden calificar de degenerativas. Hay que entender con esto que llevan a la destrucción, la mayoría de las veces irreversible, de los sistemas relativos a los tejidos orgánicos o celulares, con evidente disfunción o abolición de las funciones inherentes.

Se pueden integrar en este conjunto enfermedades tan distintas como el ateroma, la arterioesclerosis que desemboca en ictus, las arteritis, los infartos, la nefritis crónica, la esclerosis lateral amiotrófica y el cáncer. Trataremos aparte el SIDA, porque el SIDA es de origen infeccioso (virus HIV).

Si para algunos de estos síndromes se conocen factores de tipo genético o metabólico como favorecedores de su aparición, para la mayoría de los otros la etiología sigue siendo desconocida.

Así es en el caso de la esclerosis en placas, o SEP. Si consultamos un manual de patología reciente, leemos: «Enfermedad del sistema nervioso central, lentamente progresiva, caracterizada por placas diseminadas de desmielinización en el cerebro y en la médula espinal, responsables de síntomas neurológicos muy polimorfos y que evolucionan habitualmente en fases sucesivas de avances y de retrocesos. La causa es desconocida pero se sospecha una anomalía inmunológica con algunos indicios que implican un mecanismo específico.»

Las enfermedades metabólicas

En cambio, las enfermedades metabólicas –o endocrinas– son tratadas con éxito por la medicina actual. Por ejemplo, el tratamiento del infarto de miocardio está perfectamente al día. Numerosas enfermedades cardíacas responden a una cirugía muy eficaz, pero la cura de las arteritis sigue siendo muy decepcionante.

El campo de la endocrinología se ha desarrollado de manera considerable.

La producción de hormonas de síntesis permite terapéuticas de sustitución, por ejemplo de las hormonas tiroideas. Las píldoras anticonceptivas han cambiado los modos de vida, lo mismo que la prolongación artificial de las funciones ováricas en el momento de la menopausia.

Pero el número de hormonas y de neuromediadores, la incertidumbre sobre las interacciones entre el sistema endocrino y el sistema nervioso central dan muchas veces la impresión de que los médicos juegan a aprendices de brujos.

El cáncer, el mayor desafío para nuestra medicina

Tenemos que abordar ahora el problema del cáncer, que es «EL» problema de la medicina actual.

El cáncer se define de la siguiente manera: afección celular maligna, caracterizada por la pérdida de las regulaciones normales, con crecimiento anárquico, falta de diferenciación y capacidad de invasión de los tejidos vecinos y de metástasis. Un cáncer puede aparecer en cualquier tejido u órgano y en cualquier edad.

El origen del cáncer es desconocido. Sin embargo, se piensa que un cáncer determinado proviene de un clon de células transformadas. Un clon (del griego klon: brote) es un conjunto de individuos (bien células, bien organismos, bien moléculas de ADN) nacidos por reproducción de acuerdo con una misma información genética y, consecuentemente, genéticamente idénticos entre ellos. Las teorías actuales sobre el origen del cáncer parten del concepto de oncogén (del griego onkos: tumor). Los oncogenes son genes que podrían ser responsables del desarrollo de los cánceres. El conjunto de las células de un tumor desciende de una célula, que ha adquirido por un cambio genético –es decir una mutación del material hereditario– la capacidad de multiplicarse sin control. Esta transformación es hereditaria, de suerte que todas las células hijas de la célula inicial cancerosa heredan esta capacidad anormal.

Los genes origen de este comportamiento desestabilizado son llamados oncogenes y se dividen en dos categorías: los oncogenes virales y los oncogenes celulares.

Ciertos cánceres son provocados por infecciones virales. Un fragmento particular de ADN del virus es suficiente para transformar una molécula normal en célula cancerosa. Ese fragmento de ADN contiene un oncogén viral. Tales fragmentos de ADN son en realidad de origen celular: han sido captados y luego modificados por el virus. Se da, en una palabra, sustitución de información.

Se ha observado que todas las células normales o cancerosas contienen genes que se parecen a los oncogenes de virus. Se les llama protooncogenes. Estos genes no producen tumoración. En cambio, una mutación puede transformar el protooncogén celular en oncogén celular y la célula se convierte en cancerosa. Un protooncogén celular lleva una información genética que sirve para sintetizar una proteína que regula el crecimiento celular. La mutación que transforma un protooncogén en oncogén cambia esta proteína, de suerte que ella no realiza ya su papel de regulación: entonces se da proliferación cancerosa.

Se distinguen los oncogenes dominantes y los oncogenes recesivos.

Un exceso de oncogenes dominantes lleva a una cancerización. Un déficit de oncogenes recesivos, o antioncogenes, lleva también a una cancerización.

La función normal de las proteínas codificadas por esos genes es respectivamente estimular o frenar el crecimiento celular. Una alteración de este equilibrio puede producir la aparición de un cáncer.

He aquí resumidos todos los conocimientos adquiridos por la biología molecular sobre el cáncer. Se ve que es muy poco y que las palabras disimulan apenas nuestra ignorancia.

Se recordará, sin embargo, esta noción fundamental: una célula que se convierte en cancerosa ha sido desinformada. Su programa ADN normal ha sido sustituido por otro programa.

El problema es saber si la solución se sitúa a nivel molecular o a otros niveles más fundamentales. Ahora bien, nosotros hemos constatado –en el capítulo 4– que el campo eléctrico de Burr cambia mucho antes de la aparición de un cáncer a nivel celular. Se culpa a los factores cancerígenos responsables de una transformación maligna. Se conocen actualmente cientos de factores cancerígenos y se descubren nuevos todos los años, lo que no deja de ser inquietante. Pero aquí también se oculta el verdadero problema.

Así, en la época en que no se conocía el bacilo de Koch se culpaba también a factores tuberculígenos, como un clima húmedo y malsano. Es indudable que parámetros tales como el tabaco, el alcohol, ciertos colorantes, tienen estadísticamente una influencia sobre la aparición de un cáncer. Pero, como decía uno de nuestros maestros, el profesor Émile Aron de la Academia de Medicina: «Se conocen muchos cómplices, pero no se conoce al verdadero culpable.»

En el estado actual de la situación, las únicas posibilidades de lucha contra el cáncer son un diagnóstico precoz y la utilización combinada de la cirugía, de la radioterapia, de los radioisótopos y de la quimioterapia. Pero son tratamientos muy agresivos, agotadores para un enfermo ya debilitado. Está claro que esta no es la verdadera solución.

El papel fundamental de la inmunidad

Relacionada con el problema del cáncer se encuentra la cuestión esencial de la inmunidad, que nos lleva, en consecuencia, a decir unas palabras sobre el SIDA, provocado por el virus HIV.

El término «inmunidad» designaba en otro tiempo la resistencia de los individuos a las infecciones microbianas. Hoy se ha ampliado esta definición al conjunto de las reacciones que tienden a eliminar las sustancias extrañas al organismo, o antígenos, con el fin de preservar su individualidad. Estos antígenos pueden ser agentes infecciosos, células tumorales o las células normales de otro individuo (lo que desencadena la reacción de rechazo en el caso de un trasplante).

Existen ciertas ideas sobre el mecanismo de la inmunidad. Ante la introducción de una sustancia extraña, el organismo proporciona dos respuestas asociadas:

– una respuesta humoral: el organismo produce anticuerpos que se acoplan al antígeno agresor;

– una respuesta celular, a través de distintas células de la inmunidad: los monocitos macrófagos digieren el antígeno, los linfocitos reconocen, memorizan y eliminan el antígeno.

Hay que saber finalmente que existe la autoinmunidad de las enfermedades autoinmunes, es decir, que en determinadas circunstancias la reacción inmunitaria es dirigida contra los propios constituyentes del organismo (acción de los anticuerpos y de las células T).

Se ve claramente que el problema del cáncer está unido al de la inmunidad, pero no se sabe cómo.

El síndrome del SIDA

En la entraña del problema de la inmunidad se sitúa el SIDA (Síndrome de Inmuno-Deficiencia Adquirida). Este síndrome se debe aparentemente a un retrovirus, el virus T, linfocito humano que se designa con el nombre de virus HIV (Human Immunodeficiency Virus).

La transmisión a otro individuo necesita la transmisión de sustancias del organismo que contiene células infectadas, como la sangre o el plasma. Las células contaminadas pueden alcanzar a las células blancas de un nuevo huésped, sea directamente (transfusión sanguínea), sea después de una exposición mucosa[5].

Los linfocitos garantizan una gran parte de la inmunidad. Se distinguen los linfocitos T4, que amplían la respuesta inmunitaria, y los linfocitos T8, que tienen un efecto que suprime esta respuesta. La capacidad de respuesta inmune de un individuo es definida por la relación  T4 sobre T8. En un individuo afectado por el SIDA, está relación se ha venido abajo, porque las células T4, que son blancos del virus HIV, desaparecen. La determinación del número de células T4 y la vigilancia de sus tasas son fundamentales para el diagnóstico y el pronóstico del SIDA.

Un individuo afectado por el SIDA ve, en resumen, desaparecer su sistema inmune; se convierte en presa de todas las infecciones virales o microbianas.

Actualmente, se sitúa el problema a nivel molecular, ¿pero el sistema inmunitario no depende de otros sistemas reguladores todavía desconocidos?

Algunos piensan que en el caso del cáncer un individuo normal ve periódicamente crearse en su organismo células cancerosas, pero que son inmediatamente destruidas por el sistema inmunitario. Así todos produciríamos cánceres de repetición, pero que se auto curarían. ¿Por qué, en un determinado momento, y en determinados individuos, evolucionan estos cánceres de manera negativa sin posibilidad de curación?

Lo mismo ocurre evidentemente con el SIDA, ya que la acción del virus HIV sobre los linfocitos T4 debe responder a factores de un nivel distinto del de la biología molecular.

La hematología, que estudia las patologías de la sangre y, de manera general, del sistema hematopoyético, es en sí misma sumamente compleja, pero este conjunto presenta una intersección con el formado por la oncología: es el de las leucosis, es decir las múltiples leucemias y otras afecciones malignas de la sangre, que se pueden considerar como pertenecientes al cáncer.

Aunque se han hecho enormes progresos en el tratamiento de ciertas leucemias (hay que señalar, por otra parte, el papel preponderante de la investigación francesa en este campo, en especial del profesor Jean Bernard) estamos en general enfrentados a los mismos problemas que los suscitados por el cáncer.

La patología de las enfermedades funcionales

Si volvemos a la clasificación establecida al principio de este capítulo, tenemos que abordar el amplio campo de las enfermedades funcionales.

Estas enfermedades se caracterizan clásicamente por la ausencia de cualquier lesión anatómica o anatomopatológica.

Se las define por la disfunción de un órgano, de un conjunto de órganos o de una función fisiológica.

No hay que olvidar que del 80% al 90% de los enfermos que consultan a un generalista son enfermos «funcionales». Sobre todo, no se debe decir–esto sería un tremendo error– que son enfermos imaginarios. Estos pacientes sufren realmente y tienen su vida literalmente amargada por problemas ante los que la medicina es totalmente impotente la mayoría de las veces. Por otra parte, muchos médicos tienen una especie de complejo de culpabilidad hacia estos enfermos, a los que califican púdicamente con el término de neuróticos.

Citemos entre estas enfermedades funcionales las que afectan al tubo digestivo, como las gastritis, las colitis espasmódicas, los estreñimientos, los dolores abdominales sine materia, la aerofagia, la aerocolía… En algunas colitis espasmódicas, los espasmos son tales que en la radiografía se ven ciertos segmentos del intestino enrollados varias veces sobre sí mismos.

Naturalmente, para explicar estas enfermedades se han lanzado numerosas teorías que cambian con los años y la moda, ya que la moda tiene un gran papel en medicina. Se ha puesto en evidencia una desregulación del sistema simpático, del sistema parasimpático; se ha hablado de problemas hormonales; se ha evocado también la noción de enfermedad de civilización, de enfermedad psicosomática –a propósito, ¿por qué no se habla ya de enfermedades somatopsíquicas? Actualmente, el descubrimiento de innumerables moléculas, mediadores químicos, y de hormonas que serían emitidas por el intestino, ocupa el primer plano de la escena. Pero lo que está claro es que no siempre se consigue aliviar a los pacientes.

El estrés

La noción de estrés, descubierta por el fisiólogo canadiense Hans Sellier en Montreal en 1936, merece detenernos unos instantes.

Su primer estudio se centraba en la reacción de alarma. Más tarde, extendió la noción general de estrés al sistema general de adaptación: es el estado de tensión aguda del organismo obligado a movilizar sus defensas para enfrentarse a una situación amenazadora.

El término estrés significa a la vez la reacción del organismo a una agresión y el agente estresante. La reacción del organismo comprende tres fases:

– una fase de resistencia,  provocada por la exposición repentina ante un agente estresante:

– una fase de resistencia, unida a una exposición prolongada del organismo a estímulos nocivos;

– una fase de agotamiento, cuando el organismo ya no puede adaptarse.

El dolor, la depresión y muchas otras enfermedades pueden ser consideradas como de estrés.

En Francia, Henri y Pierre Loo han estudiado el estrés. El mecanismo biológico incluye la secreción de adrenalina durante la fase inicial, luego interviene el sistema nervioso central. A nivel de los neuromediadores, el estrés aumenta la producción de noradrenalina. El metabolismo de la dopamina[6] se amplía también. El estrés aumenta la síntesis y la utilización de la serotonina[7] que está implicada en algunas situaciones patológicas (migraña, depresión nerviosa).

La noción de estrés ha sido utilizada para explicar la génesis de varias enfermedades funcionales. Se puede provocar así experimentalmente, en animales a los que se somete a estrés, gastritis funcionales que terminan en una úlcera de estómago. Se podría por tanto deducir de aquí que ciertas úlceras de estómago en el hombre tienen origen en el estrés. Pero sobre todo no hay que generalizar, tanto más cuando que  se llega a pensar actualmente que el estrés tiene más bien un papel beneficioso para el organismo.

La medicina psicosomática

El origen de las enfermedades funcionales es en realidad muy misterioso. La medicina psicosomática ha intentado una aproximación interesante, pero no ha avanzado en la solución del problema.

De una manera general, una enfermedad psicosomática sería una enfermedad del cuerpo (del griego soma: cuerpo, y psique: espíritu) a la que se atribuye un origen psicológico. Además de la gastritis o de la úlcera de estómago, son muchas las enfermedades atribuidas a orígenes psicosomáticos, como el asma, la urticaria, la alopecia…

Las escuelas de pensamiento psicosomático se fijan en la relación existente entre el cuerpo y el espíritu. Este planteamiento, lo repetimos, es muy interesante, pero tiene el fallo de no apoyarse en ninguna definición científica del espíritu.

Señalemos que una personalidad psicosomática habla poco de su estado psíquico, pero expresa sus problemas mentales a través de enfermedades funcionales u orgánicas.

Los tratamientos psicosomáticos tienen como objetivo un tratamiento holístico del individuo. Se inspiran esencialmente en el psicoanálisis o en la relajación (sofrología), y por tanto en la definición evanescente del espíritu que subyace al psicoanálisis. Las enfermedades funcionales apelan a una noción en cierto sentido «mágica» de la medicina actual: la alergia (es el caso del asma, de la psoriasis…).

El mecanismo de las alergias

Fue el austríaco Clemens von Pirquet el que, en 1906, señaló la reacción de un organismo a una sustancia capaz de comportarse como un antígeno –cuerpo extraño– al que el organismo se hace más sensible durante un segundo contacto.

Actualmente, solo se llama alergia –o atopia– a las manifestaciones de hipersensibilidad inmediata o hipersensibilidad de tipo I. El mecanismo de la reacción alérgica fue puesto en evidencia en 1921 por Prautniz y Kustner, que descubrieron un factor sérico llamado reagina en el suero de un paciente alérgico. Transferido a la piel de un paciente normal, este factor desencadenaba la reacción alérgica.

En 1966, Ishizaka demostró que esta reagina formaba parte de una nueva clase de inmunoglobulinas: las inmunoglobulinas E (IgE). Las inmunoglobulinas son otro nombre para los anticuerpos. En los tejidos se encuentran ciertas células, llamadas mastocitos, cuyo citoplasma está lleno de granulaciones que contienen la histamina. La sensibilización llega a destruir los granos de los mastocitos y a liberar la histamina que provoca la inflamación. El papel de algunos medicamentos alérgicos, como los antihistamínicos o la cortisona, es inhibir la liberación de este mediador para impedir la inflamación. Así se hace para el asma, el eczema atópico, la fiebre del heno, la urticaria o las reacciones a las picaduras de insectos.

 

En conclusión, se ve que el tratamiento de las enfermedades funcionales da resultado. Pero estos problemas con causas multifactoriales no están integrados en un sistema que trascienda el aspecto molecular, que explicaría de una manera racional su causa y las relaciones que mantienen con la conciencia considerada no ya como una abstracción, sino como un campo de materia.

 

Estas observaciones se aplican igualmente a las enfermedades orgánicas, siendo, a menudo, tan sutil la frontera entre los dos tipos de enfermedades y tan frecuente el paso de la una a la otra.

Desde este aspecto es como analizaremos en el siguiente capítulo los resultados obtenidos por algunas medicinas diferentes.


[1] . Actualmente, la utilización combinada de la vacuna BCG y de los antibióticos específicos de la tuberculosis ha hecho retroceder completamente esta enfermedad que en otro tiempo inspiraba terror.

[2] . Se entiende por espectro el conjunto de agentes infecciosos sensibles a un determinado antibiótico.

[3] . Estudio de la acción bacteriológica de los distintos antibióticos sobre las muestras bacteriológicas obtenidas del enfermo.

[4] . Las moléculas de ADN o de ARN están envueltas en una cáscara proteica llamada «cápsula».

[5] . Esta trasmisión es evidentemente más fácil en presencia de tejidos inflamados o traumatizados, por ejemplo las lesiones anorectales muy frecuentes en los hombres homosexuales.

[6] . Precursor metabólico de la noradrenalina.

[7] . Sustancia vasoconstrictora producida por las plaquetas durante la coagulación.