Hoy iniciamos la lectura de un libro importante: “Cet au-delà qui nous attend” (“Ese más allá que nos espera”)  de nuestro querido maestro y amigo Jean Prieur.

El 26/10/92, tres años después de irse, Arnaud de Gauvernec le dice a su madre: «Mamina, di a Jean Prieur que complete, mejore y reedite, su libro más precioso para vosotros en estos momentos». Y, en efecto, nada que ver el consuelo que aporta este libro con las «consolaciones estandar» de las que hablaba Gabriel Marcel.

En la Introducción, Jean Prieur responde a una objeción que se plantea con frecuencia cuando se habla del Más allá: «Nadie ha vuelto de allá para decirnos lo que hay». ¿Es así?

Nuestro amigo Jean siempre aporta sugerencias de interés. En el punto en que relaciona La Inmortalidad y el Dios vivo, dice: «La creencia en Dios y la creencia en la inmoralidad están unidas como el sol y su resplandor». Por eso, un ateo como Joliot-Curie al rechazar la primera, se ve obligado a rechazar la segunda.

Prieur es un creyente que desborda. En el punto El Espíritu y los espíritus dice: «No digamos que el hombre es un ser físico que posee un espíritu, sino que es un ser espiritual que posee un cuerpo físico. El espíritu es el hombre real…»

¡Buen día!

JEAN PRIEUR

“ESE MÁS ALLÁ QUE NOS ESPERA”

Título Original: 

“CET AU-DELÀ QUI NOUS ATTEND”

Traducción: Alfredo Camarero Gil
(Esta “copia de trabajo” tiene por finalidad dejar preparada la edición por si algún editor se decide a publicarlo)

INTRODUCCIÓN

Cuando se trata de la vida futura, se reprocha siempre a los que afirman su existencia: «¡Nadie ha vuelto de allá para decirnos lo que hay al otro lado!» El argumento no es nuevo, se encuentra ya en los textos egipcios y griegos. El escepticismo y la doctrina, según la cual no hay otra substancia que la materia, son viejos como el mundo: visible o invisible.

Cierto, nadie ha vuelto en su cuerpo físico, destruido para siempre, pero algunos vuelven en su cuerpo espiritual y en espíritu. Se aparecen a aquellos cuyos ojos espirituales están abiertos, hablan en sueños, dictan mensajes en los que dicen que están vivos, más vivos que nunca.

Confirman lo que está en las Escrituras.

Confirman lo que dicen los místicos que, recorriendo el camino inverso, fueron allá mientras vivían: en espíritu y en cuerpo metafísico, ellos también.

Unos y otros revelan cierto número de detalles que nos permiten elaborar una representación aproximada de esos lugares-estados, que solo conoceremos realmente cuando hayamos pasado el Umbral. E incluso allí, incluso entonces, habrá siempre cosas que descubrir.

Mis primeras aproximaciones al más allá fueron a través de los mensajes  llegados espontáneamente de las esferas en las que se confiesa a Cristo, como los de Pierre Monnier, después de la Primera Guerra mundial, y los de Roland de Jouvenel, después de la Segunda.

Mensajes en los que el otro lado toma la iniciativa para devolver la esperanza, aportar revelaciones, enseñar lo que nos interesa hasta un grado muy elevado… y que tan poco nos preocupa. Mensajes recibidos desde este lado, no con un espíritu de curiosidad experimental, sino con el espíritu del amor más puro: el amor maternal. Contactos establecidos desde los dos lados sobre bases leales: la persona que recibe escribiendo en plena lucidez y manteniendo todo su libre albedrío, todo su discernimiento, todo su entendimiento; la persona que dicta no tratando nunca de dominar, sino de inspirar al alma que le es confiada, y llevarla por el camino de la verdad y de la vida.

Esta aproximación a través de los mensajes, esta era la finalidad en los «Testigos de los Invisible». [1] (Copias disponibles en “Aquí-Allá”)

Junto al estudio de los textos, vinieron mis experiencias personales, y pronto las de los demás: lectores, amigos, y lectores convertidos en amigos; todos personas de fe y de buena fe. Lo que habíamos vivido venía a confirmar, a unos y otros, lo que habíamos leído. La experiencia concreta más modesta nos parecía más convincente que el texto más hermoso, el más digno de ser creído. Este era el propósito de la obra titulada «Los muertos han dado señales de vida». (Copias disponibles en “Aquí-Allá”).

Sin embargo, no basta con reunir y estudiar experiencias, tanto si son espontáneas como las de los «Testigos» y de las «Señales», o provocadas como las que se llevaron a cabo, a principios del siglo XX, en presencia de Camille Flammarion, de d’Arsonval, de Gustave Le Bon, de Bergson, de los Curie, hay que sacar las consecuencias en el campo del pensamiento.

En «Mors et Vita», Gabriel Marcel deseaba ya que la búsqueda psíquica, «que debe ser buscada con una tenacidad incansable», no se limitaba a «una simple acumulación de hechos: los hechos no son nada, si no suscitan una reflexión de naturaleza estrictamente filosófica».

Este deseo de ver continuar la investigación psíquica en el plano que él había elegido, el autor del «Journal métaphysique» lo expresó en varias ocasiones en privado y también en público, sobre todo cuando declaró durante el homenaje que le dedicó, con motivo de sus ochenta años, el Instituto Metafísico Internacional [2]: «Recomiendo vivamente a Jean Prieur que continúe el excelente trabajo a que se ha dedicado sobre los mensajes, estudiando en la historia de la filosofía y, en particular, a partir del neo-platonismo, lo que en los propios pensadores va en esta dirección».

Lo que va en esta dirección, es decir Leibniz, del que me hablaba con frecuencia, Leibniz que tomó muy en serio las relaciones entre los dos mundos y cuya Teodicea inspiró a Swedenborg.

Leibniz, Swedenborg: dos obras monumentales cuyo estudio necesitaría inmensos espacios de tiempo, dos espíritus universales (sin duda los últimos) a la vez físicos, matemáticos, filósofos y teólogos, dos pensadores capaces de abarcar a la vez las disciplinas científicas y la exploración metafísica, pensadores cuya ausencia se hace sentir tan cruelmente en estos momentos.

— Sería bueno también, me dijo Gabriel Marcel algún tiempo después, orientar tus investigaciones desde el lado de los Padres latinos, y sobre todo de los Padres griegos.

— ¡Otras dos inmensidades! Suspiré.

— En efecto, un solo hombre no bastaría para esto. Sería necesario que se organicen equipos de trabajo centrados en estos temas.

Si estos equipos de trabajo hubieran podido formarse cuando él vivía, no habría dejado de interesarse por ellos. Su facultad de atención, de acogida, de apertura al esfuerzo de los demás, era sencillamente algo maravilloso. La última vez que lo vi en casa de unos amigos comunes, en Corrèze, nos habló de la virtud de la receptividad, esa virtud que él practicaba mejor que nadie.

Hubo allí, el 6 de agosto de 1973, unas horas perfectas, en un paisaje de armonía y de luz, bajo un cielo de total pureza, como si el mundo natural recordase que aquel día era la fiesta de la Transfiguración. Encuentros tranquilos, en los que cada uno decía su palabra, no para demostrar su valía, sino par aclararse, para llegar a una verdad complementada en esta especie de pedagogía recíproca que a él le encantaba. Instantes tan hermosos, tan raros, que iban a ser los últimos… antes del encuentro eterno.

Sin embargo, lo más urgente no era basar mis investigaciones en la filosofía, sino en las Escrituras, en las palabras de vida. Lo más urgente era dar respuestas a personas a las que ya nadie se las daba, sacarlas del desánimo, de la desesperación, del nihilismo, e incluso (el caso se presentó) del suicidio.

Gabriel Marcel habría aprobado esta prioridad concedida a los problemas humanos, él que escribió, siempre en «Mors et Vita»: «Los consuelos en serie, que se limitan a recitar, en las circunstancias más trágicas, como lecciones aprendidas, tantos sacerdotes en los que la costumbre ha embotado poco a poco la sensibilidad y la imaginación, corren el riesgo de parecer irrisorios y casi ofensivos a los afligidos»; y lo son en efecto. Si tantas almas afligidas buscan ayuda fuera de la ortodoxia, digamos más exactamente al margen de la práctica ortodoxa, esa es la prueba de que, en este punto como en tantos otros, las personas de Iglesia han fallado en su misión, y esto se explica no solo por sus propias deficiencias, sino por la insuficiencia de su formación.»

Lo más urgente era mantener en márgenes neo-testamentarios a los que, decepcionados por un cristianismo que renuncia a los impulsos sobrenaturales que fueron su fuerza, iban a embarcarse hacia islas orientales u ocultas. Lo más urgente era confirmar, a través de las verdades reveladas, los conocimientos venidos de los mensajes; unos y otros eran a la vez racionales, prácticos y místicos.

Al volver a leer las Escrituras en un espíritu completamente nuevo, no tuve la menor dificultad para encontrar, formulados en otro lenguaje, los distintos temas que transmiten los mensajeros.

Esta es la finalidad de esta obra que hoy os es presentada, incrementada con un nuevo texto: Uno, único, universal.

[1] Ver la “Revue Métapsychique” de junio de 1969.

[2] El reconocía la preeminencia de ésta, puesto que me dijo en «Le Siècle à venir»: «La única que ha dicho cosas positivas e inteligentes, ha sido la ortodoxia. ¡A propósito de la Transfiguración, recordó que en su Iglesia, es una fiesta muy importante, porque manifiesta la realidad del cuerpo de gloria!»

 

 I – CUATRO PUNTOS ESENCIALES

I.1. LA INMORTALIDAD Y EL DIOS VIVO

Personal o impersonal, con o sin memoria, con o sin cuerpo metafísico, que lleva a una forma superior de vida o a una forma larvaria, inmediata o situada al final de los tiempos, combinada o no con la reencarnación, la inmoralidad del alma es la piedra angular de todo el edificio religioso. Si se prescinde de ella, todo cae, todo se hunde… es por otra parte lo que está ocurriendo en ciertas denominaciones cristianas.

Las sectas que niegan la inmortalidad del alma porque se atienen a la teología mosaica, han tomado como caballo de batalla estas palabras de san Pablo: «Dios solo posee la inmortalidad». No se dan cuenta de que estas palabras se refieren a dos realidades muy distintas:

Por una parte, la inmoralidad del Ser que no nació nunca, porque no depende de ninguno anterior; que no puede perecer, porque El tiene la vida en sí, porque es la vida en sí; por otra parte, la inmortalidad que resulta de la primera, la de un ser que nace, que ha recibido la vida de otro anterior a él; pero para quien la muerte significa paso a una nueva existencia. Esta segunda inmortalidad es la que nos es ofrecida, no pertenece de derecho a nuestra naturaleza, es un don de ese Dios que es el único, en efecto, que posee la inmortalidad en sí (I Tim. 6, 16).

La creencia en Dios y la creencia en la inmortalidad están unidas como el sol y su resplandor. Sin embargo algunos, muy raros, llegan a creer en Dios, pero no en la inmortalidad personal. Sin la creencia en Dios, no hay creencia en la supervivencia. Si Dios ha muerto, como dicen algunos, el hombre muere también totalmente. Si no hay Espíritu, no hay espíritus.

La esperanza de inmortalidad descansa, se dice, en el instinto de conservación y en la exigencia de justicia, pero ¿quién ha puesto en nosotros ese instinto y esa exigencia?

Muchos se contentarían con la inmortalidad terrestre en el cuerpo que conocen. La inmortalidad terrestre, si fuera posible fisiológicamente, sería imposible desde el punto de vista psicológico. ¿Cómo soportar indefinidamente esa tensión que no responde a gran cosa, ese continuo hundimiento de lo que uno quiere y esa decepción permanentemente renovada? Para que la inmortalidad terrestre fuera deseable y tolerable, sería necesario que este planeta y sus habitantes cambiasen mucho.

Algunos pensadores, algunos sabios, que admiten fácilmente la no-existencia de Dios, admiten bastante peor la no-existencia, después de la muerte, de su yo pensante. La disolución definitiva de su personalidad y de todo lo adquirido que ella representa les parece un escándalo intolerable.

El mismo Joliot-Curie declaró: «Todo hombre tiene una reacción de rechazo hacia el pensamiento de que a la muerte seguiría la nada. La idea de la nada es tan insoportable que los hombres han querido refugiarse en la creencia de una supervivencia en otro mundo dominado por uno o varios dioses.» Si Joliot-Curie hubiera sido escritor y filósofo, habría dado a la frase un sesgo más personal: «¡Tengo una reacción de rechazo hacia el pensamiento de la nada! La idea de la nada me es tan insoportable que hay momentos en los que desearía refugiarme en la creencia de la supervivencia.»

Pero para un hombre de búsqueda objetiva, el yo es odioso… lo mismo que querer refugiarse en la confesión de una debilidad.

La idea de divinidad está tan unida a la idea de inmortalidad que Joliot-Curie, que rechaza la primera, se ve obligado en buena metodología a rechazar la segunda,  aunque sienta por ella cierto atractivo. La supervivencia del yo es, en efecto, una perspectiva  especialmente atractiva para un pensador.

El mismo proceso (o más bien el mismo drama) se había producido en el filósofo Guyau: no llegaba a concebir la aniquilación de esa personalidad que medita, que actúa, que ama; pero, como se negaba a creer en Dios, se creía, con razón, obligado a no creer en la supervivencia.

El fenómeno misterioso del pensamiento, ese pensamiento que es en nosotros lo que hay de más objetivo, de más permanente, de más irreductible, nos permite al menos comprender esas realidades que no son visibles y que no están en la materia, ni en el espacio. Como no están ni en la una ni en el otro no son afectados por la destrucción.

En el fondo de todo hombre que duda, algo o más bien alguien acaba murmurando: «Pienso, luego existo. Existo, luego soy inmortal.»

Es más fácil discutir con el ateísmo racionalista y científico de un Joliot-Curie, de un Monod o de un Jean Rostand que con el ateísmo absurdista y literario de un Sartre. Con los primeros hay un terreno de entendimiento: los principios racionales y la sólida realidad del mundo físico y biológico.

I.2.  EL ESPÍRITU Y LOS ESPÍRITUS

Un espíritu es una personalidad inteligente, invisible, inmortal, inmaterial, pero substancial.

El universo está poblado de espíritus. Conviene entender por universo la totalidad de lo real. Real = natural + espiritual. Real = visible + invisible.

En el universo vivo, existen cuatro clases de espíritus:

1) Los espíritus de luz, llamados en Occidente ángeles y arcángeles. Solo hay un Dios, pero no está solo. El que es espíritu, El a quien la epístola a los Hebreos da el hermoso título de Padre de los espíritus, está en la cima de la jerarquía de estos seres. Hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo significa claramente que, en lo invisible, hay miles de millones de inteligencias y de voluntades para ejecutar la voluntad de la Inteligencia.

2) Los espíritus de tinieblas llamados demonios y potencias del aire. Estas gentes, tanto más eficaces cuanto menos se cree en ellas, dan la impresión de ser más activos que los anteriores. Esto se relaciona con el hecho de que los maléficos no respetan nuestra libertad, de que utilizan los grandes medios, todos los medios, y de que encuentran entre nosotros, conscientes o no, una multitud de cooperadores.

3) Los espíritus desencarnados: los que la tierra llama impropiamente los muertos. Los espíritus de hoy son los hombres de ayer.

4) Los espíritus encarnados en la tierra y en otros planetas: se les llama hombres. Pueden hacerse o bien como los demonios, o bien como los ángeles. Los hombres de hoy son los espíritus de mañana.

El hombre es por esencia un espíritu. Tendrá todo el tiempo, toda la eternidad para darse cuenta de ello. No digamos que es un ser físico que posee un espíritu, sino que es un ser espiritual que posee un cuerpo físico. El espíritu es el hombre mismo, el hombre real, y no una esencia sin forma, un fantasma sin substancia.

El espíritu del hombre es a su cuerpo físico lo que el mundo espiritual es al mundo material: es su principio de vida. No solo el Espíritu es la vida, sino que es nuestra vida, porque solo la poseemos plenamente el día en que creemos. ¡Creo, luego existo! Y a través de esta afirmación, se realiza plenamente esta otra: el que cree posee la vida. El que cree existe, existe al máximo.

El espíritu humano tiene otros nombres: corazón, consciencia, inteligencia.

El corazón, es el espíritu en el acto de amar.

La consciencia, es el espíritu que se conoce a sí mismo.

La inteligencia, es el espíritu en el acto de pensar.

En el principio está nuestro espíritu. Nacemos espíritu y este espíritu poco a poco desarrolla su cuerpo físico y su cuerpo espiritual. El primer le pertenece por un tiempo, el segundo le pertenece para siempre.

Es porque Dios es Espíritu por lo que nosotros somos espíritus: aquí y allá.

Es porque Dios es Luz por lo que nosotros estamos llamados a convertirnos en cuerpo de luz, después de la purificación en el mundo de los espíritus.

Es porque Dios es Amor por lo que consiente que no nos extingamos, por lo que nos ofrece esa segunda oportunidad que se llama Hades y por lo que quiere hacernos participar en su vida: la vida eterna.

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