♣ Alfonso Valverde, Madrid. MI ABUELA MARÍA JESÚS [Hace realidad lo del «amor a los enemigos»]
Los abuelos y las abuelas ya no se quedan a vivir y a morir en sus casas, entre sus hijos y nietos, como antes. Ahora, las residencias están abarrotadas de ancianos. Sólo en Madrid hay una lista de espera de más de 20.000 ancianos para poder obtener una plaza en residencias públicas. ¡Qué cosas! ¡Con lo bien que nos lo hemos pasado los niños de antes conviviendo con nuestros abuelos y ellos con nosotros! No pocos psicólogos y sociólogos, ante los problemas escolares y familiares de nuestros niños y adolescentes de hoy, nos repiten por activa y por pasiva que estos chavales y chavalas se están quedando huérfanos de estos “referentes adultos”, que a nosotros nos proporcionaban normas y cariño, cercanía y firmeza… Pero ahora, ¡cuántos niños de la “llave” y del “microondas”, Dios mío!
Pues bien, mis abuelos vivieron y murieron en mi casa y yo aprendí mucho de ellos. Sobre todo, de mi abuela María Jesús. Tuve la suerte inmensa de escuchar de sus labios más de una vez este testimonio increíble que os voy a relatar y que ella lo contaba con la mayor naturalidad del mundo: No os será difícil imaginar a un niño de seis o siete años, en un pueblecito de la sierra cordobesa, allá por el año 1950, sentado en el fuego y oyendo embelesado todas aquellas historias de la vida y de la guerra civil que le iba desgranando su abuela María Jesús , con ese arte excepcional de narrar que tienen todas las abuelas… Fijaos que yo me atrevería a decir hoy sin miedo a equivocarme que una de aquellas historias, la que os voy a relatar, me ha marcado en mi vida, para bien, mucho más que todas las que he escuchado después a lo largo de los 55 años siguientes.
Pero lo curioso es que esa misma historia la escuchamos mi mujer y yo hace ahora unos veinte años de boca de un director de banco. Fue en Segovia. Habíamos ido mi mujer y yo a visitar la ciudad y, al pasar por cierta sucursal bancaria, invité a entrar a mi mujer para que conociera a un viejo amigo mío y paisano que, a la sazón, era el director de aquella sucursal. Mi amigo se alegró mucho al vernos y, mientras tomábamos café, el hombre no pudo aguantar más y empezó a contar algo que llevaba muy dentro, pero que yo nunca se lo había oído: “Mira Sefi, le espetó a mi mujer sin más, me alegro infinito que te hayas casado con el nieto de la mejor cristiana que yo he conocido en toda mi vida. Bueno, empiezo por decirte que yo soy director de banco gracias a la abuela María Jesús. Ella era una humilde jornalera andaluza, que trabajaba de sol a sol, que lavaba en el río la ropa de los ricos, que segaba, espigaba y recogía bellotas y aceitunas con más brío que muchos hombres, que tuvo que añadir a sus cuatro hijos otros tres de una hermana que se le murió muy joven tuberculosa, y que un mal día de aquella maldita guerra civil, le fusilaron un hijo de 25 años. Este hijo era un obrero, un albañil, pero había sido seminarista, era amigo de los curas del pueblo y frecuentaba la Iglesia como su madre. Mi padre también era un obrero, pero muy de izquierdas y muy anticlerical, y fue uno de los que fusilaron y quemaron con gasolina al hijo de María Jesús. Después de algunos días o meses, mi padre, el hombre, se arrepintió y, ni corto ni perezoso, se fue derecho a la casa de la abuela de Alfonso: “Mira, María Jesús, vengo a que me perdones, yo fui uno de los que mataron y quemaron a tu hijo. Él murió hablándonos de Dios y nos perdonó a todos…” María Jesús le dio entonces un abrazo a mi pobre padre y una estampa con el Señor en la cruz con esta leyenda: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Si los del bando de mi padre cometieron atrocidades, los del bando de Franco no se quedaron mancos. En cuanto acabó la guerra empezaron las represalias. Cogieron a mi padre y lo fusilaron también. Al quedarme huérfano con ocho años, tenía que ir de casa en casa pidiendo para poder comer en aquellos años terribles de la postguerra y del hambre. María Jesús, aunque era también pobre, muchas veces me entraba en su casa, me vestía y me sentaba a la mesa con sus hijos para comer del mismo plato. Me besaba con cariño y me decía: “Tú no te preocupes, querido ( ese “querido” es muy típico de nuestro pueblo cordobés), que tú eres una criaturita y tienes que llegar a ser un hombre de provecho. ¿Tú quieres estudiar para fraile? Yo hablo con el Padre Pedro y él te lleva a Antequera. Tú empiezas a estudiar, que eres muy listo, y luego, si no te gusta esa vida de fraile, pues te sales y, con esos estudios, ya verás cómo se te abren muchas puertas…” Gracias a la abuela María Jesús estudié cinco años con los Padres Capuchinos. Después, me di cuenta de que no tenía vocación y me salí. Hay que reconocer que, en aquella época, a un chaval con cuarto y reválida, se lo rifaban los bancos. La verdad es que no me costó mucho ir ascendiendo hasta llegar a esta mesa de director. ¿Comprendes ahora, Sefi, por qué la abuela de tu marido es la mejor cristiana que yo he conocido?”
Pero lo que mi amigo no nos contó y yo sí se lo oí contar varias veces a mi abuela fue la reacción de algunas personas de comunión diaria de mi pueblo: “Y algunas ricas del pueblo, que eran personas muy religiosas y que se comían los santos, llegaron a decirme que yo no quería a mi hijo porque no denunciaba a los culpables, sabiendo como sabía quiénes eran… ¿Que yo no quería a mi hijo? Pero si ya no me quedaban lágrimas de llorar por él… Lo que pasa es que Dios me daba fuerzas para perdonar de corazón y para no decir nombres cuando dio la vuelta la tortilla. Me acordaba todos los días de lo que nos decía el Señor cuando andaba predicando por el mundo: “Nada de ojo por ojo, ni diente por diente, haced el bien a los que os han hecho mal, perdonadlos de corazón y rezad también por ellos”. Y eso era lo que yo hacía”.
Sólo me queda decir que lo que se aprende en la infancia, eso queda para toda la vida. A mí me ha servido siempre este testimonio de perdón a los enemigos que recibí de pequeñín de mi querida “abuelita” (la llamábamos siempre así todos los nietos). Y me sirvió sobre todo su ejemplo cuando estuve dos años preso en una cárcel de Mozambique por denunciar “masacres” y defender los derechos humanos de los “hermanos pequeños de Jesús”. Gracias a la fuerza del Espíritu (“no penséis lo que vais a hacer ni decir en esos casos, que Yo os ayudaré”) y al ejemplo que recibí de mi abuela, pude perdonar de todo corazón a la PIDE (Policía del régimen dictatorial portugués) y a algunos grandes jerarcas de la Iglesia que, como en la parábola del Samaritano, pasaron de largo y no me echaron una mano. Gracias a Dios que hubo samaritanos creyentes y ateos que sí lo hicieron. Como al practicar este perdón, que es el mismo que yo recibo de Dios, siempre me he sentido muy feliz por dentro, seguiré siempre recurriendo a la “botica espiritual de mi abuela María Jesús”. Gracias, abuelita.
♣ Antonio y Nieves, Madrid. Pequeña Historia de mi hijo Alberto Carlos [Hace realidad lo que «salir de sí en su propia realidad luminosa y llena de sentido»].
Toda su vida fue muy responsable, buen estudiante, hizo la carrera de Ingeniero superior de telecomunicación, con el doctorado inclusive, y desde que terminó los estudios, fue profesor de la Escuela donde había estudiado.
No le gustaba presumir de nada y nunca hablaba mucho de su vida laboral.
Cuando estaba enfermo en el hospital Ramón y Cajal y durante unos días tuvieron que realizarle varias transfusiones, los médicos dijeron a la familia que necesitaban donación de sangre. Enterado uno de sus amigos profesores de la Escuela de telecomunicaciones, pusieron un cartel para que los alumnos vinieran a donar sangre y se presentaron casi doscientos en un día lo que asustó al servicio del hospital. A mi me resultó un poco extraño que vinieran tantos jóvenes y pensé que la compasión era propia de ellos.
Varios meses después de fallecido mi hijo, nos llamaron para asistir a un acto que se celebraba en la Escuela donde resaltaban la labor de los profesores fallecidos el año anterior. Acudimos todos y observamos la gran cantidad de personas que asistía. Después de varios discursos, distintas personas hablaron de cada profesor fallecido -eran cuatro-, y cuando pronunciaron el nombre de Alberto, se oyeron voces y gritos fuertes desde la zona donde estaban los alumnos, ¡Hurra Alberto! Te queremos Alberto etc. originando un fuerte alboroto, porque eran muchos los que gritaban el nombre de mi hijo. Cuando le pregunté a uno de los profesores amigos de mi hijo que nos acompañaban, ¿por qué le querían tanto a mi hijo? Su contestación fue muy clara: “Porque les ayudaba mucho”.
Ese mismo día supimos toda la familia, que el año anterior 1987, o sea en el que falleció, había sido elegido por los alumnos de la Escuela, PROFESOR DEL AÑO. Alberto Carlos nada había dicho ni a su esposa ni a nosotros, y nos dieron unas fotografías que habían hecho con este motivo, lo que nos alegró mucho a todos dentro de nuestra tristeza por su ausencia.
Puede que me haya extendido mucho con mis relatos especialmente con el de mi padre, pero no he sabido hacerlo mejor. Un abrazo de tus amigos Nieves y Antonio.
♣Natalia, 16 años, Burgos, 15 de Noviembre 2005. [Hace realidad la «comunión con los que ya no están en tiempo y espacio» de que habla el P. Brändle]
«A continuación te envío el sueño que tuve la noche del sábado al domingo [12 al 13 de noviembre] y las cosas que ocurrieron después.
Me fui a la cama sobre las 2 de la mañana; estaba muy intranquila porque el lunes tenía un examen de dibujo técnico y apenas había estudiado nada, por lo que me quedaba todo el trabajo para el domingo. Además, no sabía cómo estudiarlo, ya que no entendía nada y odio aprender las cosas de memoria.
Di muchas vueltas antes de dormir, tenía lo que llamaríamos “sueño ligero”, ya que me desperté a las 4.30, a las 6.16, a las 9, a las 11.15 y a las 12.30 aproximadamente (me dio tiempo a mirarlo en el reloj); si bien, lo curioso de todo esto es que el sueño empezó al principio de la noche y terminó cuando me desperté la última vez, y al recordarlo sólo veo el sueño entero, sin cortes, que más o menos es el siguiente:
Estaba en un aula dónde había numerosas personas haciendo dibujo técnico, Yo intentaba mirarlo pero solo veía una montaña de datos, rectas, números…, pero no entendía absolutamente nada, y cada vez lo pasaba peor y estaba más desesperada.
En un momento dado, apareció Einstein. No recuerdo gran cosa de él, ni físicamente… solo sabía que era él (no sé muy bien por qué, quizá en el sueño sí que le vi de forma clara).
Estuvimos hablando de todo un poco, de temas poco importantes, del instituto y de los exámenes (me dijo que no me preocupara tanto, que no es tan importante un examen, lo importante es aprender y entender, al fin y al cabo lo otro es simplemente un número… le conté una anécdota curiosa que me había sucedido ese mismo día: estuve en una estación de autobuses con 2 amigos charlando de física cuántica y sin embargo iba a suspender un examen de física de 1º Bach (le resultó gracioso). Aún así, acabamos hablando del dibujo, y me dio como unas pequeñas ayudas: que no me centrara en el punto porque ya me lo sabía, que fuera a la recta directamente para ahorrar tiempo; que siguiera cinco pasos (yo no sabía a que se refería)… Me puso la mano en la frente y, en ese momento, la montaña de datos comenzó a ordenarse en un plano, siguiendo 5 filas y 5 columnas, lo que hacía que fuera mucho más fácil leerlo. Ahora parecía que lo entendía todo, ya no estaba nerviosa, así que empezamos a hablar de física. De esta parte no recuerdo mucho, excepto que me enseñó unas fórmulas que yo no conocía y que he olvidado, excepto una que tenía una raíz cuadrada de 11. Cuando le pregunté que significaba, me respondió que ya lo averiguaría, lo encontraría o algo así, y justamente me desperté pensando en ello (ya eran las 12.30 de la mañana).
Me levanté y no me acordaba absolutamente de nada, ni si quiera de la raíz de 11. Seguía preocupada, intenté estudiar y no entendía, apenas comí… sobre las 16.30 de la tarde mi madre habló conmigo, y me dijo que por qué no pedía ayuda a los “maestros”. Yo, por supuesto, me lo tomé a risa… hasta que salió la palabra “Einstein” en la conversación. En ese momento sentí una emoción terrible, me acordé del sueño y me eché a reír y a llorar al mismo tiempo. Cuando me calmé pude contarle el sueño a mi madre; me puse otra vez con el dibujo… ¡y lo entendía todo! sin esfuerzo, sólo con mirar… Además, encontré que para hallar una recta correctamente había que seguir 5 pasos…
Al día siguiente todo le mundo estaba muy nervioso, muchos lo habían aprendido de memoria, pero yo estuve tranquila, pude hacer todos los ejercicios pensando…
En fin, no se realmente que pasó, pero fue de gran ayuda como se puede comprobar.
Espero que mi relato te sirva.
[Queda por reseñar el “resultado”: en la clase eran unos 20 alumnos, 4 suspendieron con notas muy bajas, la mejor nota (9,75) fue para nuestra querida Natalia]

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