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Conferencia del P. Francisco BrändleViernes 16 de diciembre de 2005

6:30 de la tarde

 

Permitidme contaros una pequeña historia. Esta mañana, como todos los días, he invitado a rezar un Padre nuestro a cada de mis espíritus amigos: familiares, amigos, bienhechores y seres que me han sido encomendados a través de mi vida. Luego, he recordado que esta tarde nos daba una Conferencia el P. Francisco y me ha venido la idea de presentarlo a aquellos que no lo conocen. En ese contexto, les he preguntado interiormente a mis espíritus amigos, esos que, desde allá, forman parte del Grupo «Aquí-Allá», qué les parecía que debía decir. Entonces, han surgido en mi interior varias palabras, pero sobre todo tres: gracias, hacer y paradoja.En primer lugar, la palabra gracias. En referencia, por supuesto, al P. Francisco. Gracias por haber aceptado con una generosidad envidiable la invitación a hablarnos. Yo no sé lo que nos va a decir. Sí sé la primera lección que nos ha dado: su disponibilidad, su sencillez, su amor.La segunda palabra que ha surgido en mí, ha sido: hacer. Me ha llegado unida a la idea de que, sobre todo en Occidente, lo que valoramos es “hacer cosas”. Valoramos a las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) porque hacen cosas, a los misioneros porque hacen cosas, a las Iglesias en general porque hacen cosas… ¡Y está bien hacer cosas! En este contexto de hacer cosas, Alguien debe haberme sugerido que el P. Francisco nos va a invitar, no tanto a hacer cosas, como a dejar que “otros invisibles” [entre comillas] hagan cosas en nosotros, sabiendo perfectamente que nosotros no hacemos, para dejar que el Otro (con mayúsculas) haga, actúe.Y aquí he descubierto una especie de paradoja, la tercera palabra que ha surgido en mi interior. Curiosamente, he recordado en ese momento, unas palabras que dijo Jesús a sus discípulos y que no comprendo muy bien, pero que me parecen tremendas: «a vosotros, les dice Jesús, se os ha dado conocer los misterios del reino de Dios; a los otros se les habla en parábolas [y aquí viene lo que me parece tremendo] para que viendo no vean y oyendo no entiendan». Me da la impresión, y con esto termino, de que el P. Francisco nos va a introducir un poco en ese campo de la paradoja que necesitamos explorar: “dejar de ver, para ver”; “dejar de oír, para oír”; “dejar de hacer, para que el Otro o los otros actúen en nosotros.Dejo ya la palabra al P. Francisco. [Alfredo] 

 

MÍSTICA: IRRUPCIÓN Y ACOGIDA DEL ESPÍIRITU DE DIOS[1][Esta Conferencia es un auténtico regalo. Hay que leerla despacio, sin prisa. Si os dais cuenta, incluye solamente tres puntos: 1, El hombre con sentido. 2, Las mediaciones del Espíritu y 3, La vida espiritual y la comunión interhumana. Es muy rica y profunda. ] 

Introducción                Abiertos a una comprensión del hombre con sentido, que nos permita encajar tantas realidades vividas que se escapan a las meras consideraciones ordinarias en las que solemos desenvolver nuestra vida, queremos en esta tarde acercarnos a los dos grandes místicos de nuestra geografía y tradición cristiana: San Juan de la Cruz y Santa Teresa para que ellos nos ayuden a afianzarnos en nuestras convicciones más hondas en la línea de lo que acabamos de decir.                 Trataremos, pues, de recordar brevemente a qué comprensión del hombre aludimos. Mencionaremos las realidades que nos preocupan en este grupo: “Aquí-Allá”, y concluiremos con algunas breves consideraciones que abran nuestro horizonte. 

1. El hombre con sentido                  La respuesta a la pregunta sobre nuestra realidad, lo que somos los seres humanos, se hace tan difícil que bien podemos asegurar que el conocimiento más cierto de lo que somos se escapa a nuestra propio entender. Tenemos que llegar a superar las visiones cerradas del hombre y descubrir en nuestro cotidiano vivir las motivaciones más hondas de aquello que va tejiendo nuestras vidas.                 En esta línea hemos de recordar a un gran hombre de nuestros días: V. Frankl[2]. Accede a la comprensión del ser humano desde una de las ramas de la ciencia que más directamente se ocupa de él: la psicología. Discípulo en su día de los grandes maestros de la psicología profunda: Freud y Adler, reconoce que quedarnos en sus propuestas limita el desarrollo pleno de la vida humana. Propone, previo a toda otra consideración trascendente del hombre, la búsqueda de sentido como lo más genuino en el hacerse del hombre con verdad y con ello abrir paso a la realización más auténtica de lo humano.                No podemos olvidar que sus propuestas surgen de experiencias en  situaciones límites, tales como las que se pueden vivir, como de hecho él mismo vivió, en un campo de concentración nazi, pero que son válidas también para las situaciones en las que se mueve el hombre de nuestro mundo. Aquí es donde Frankl descubre ese vacío existencial que causa la falta de sentido. Si nos preguntamos por las causas de la falta de sentido, se encuentra el peso insoportable de la vida. La salida para muchos, puesto que no encuentran sentido a esa vida, es el suicidio. Para Frankl esta solución no resuelve el problema, sino que tira la vida por la borda[3], porque lo que realmente supera estas situaciones es el hecho de percibir que la vida tiene sentido, de forma que aún las situaciones más adversas podrán ser superadas. El camino de V. Frankl es ayudar a descubrir este sentido, este “logos”,  su tratamiento psicológico se conoce como “logoterapia”.  Todo ello supone una comprensión del hombre que guarde relación con la que ofrecen los teólogos más destacados de las confesiones cristianas: Rahner, Pannenberg, Evdokimov., y que vamos a recordar brevemente.                 Tres serían las notas fundamentales que definen al hombre que busca sentido: Su capacidad de autotrascenderse, en un gesto de libertad y responsabilidad que pone de relieve su dimensión espiritual                a)       Autotrascenderse en un gesto de libertad y responsabilidadSalir en busca de su realización hace al hombre capaz de superar el ensimismamiento. El “deseo” deja de ser autocomplacencia narcisista de cualquier orden: libidinosa, intelectiva, y se proyecta en la realización de la persona que se sorprende al mismo tiempo de su limitación y su llamada a trascenderse a sí mismo                Rahner[4] ha podido postular que el hombre que se comprende a sí mismo como persona con capacidad de autotrascenderse puede recibir la luz de los datos revelados como ensanchamiento de su mismo ser y descubrir las profundidades abismales de todo ser personal, afectado por la Palabra que Dios mismo le dirige.                En esta línea se mueve Panneberg al emprender sus estudios sobre el hombre cuando expone sus intenciones: “Una antropología teológico-fundamental que no argumenta partiendo de datos y suposiciones dogmáticas, sino que dirige su mirada a los fenómenos tal como son analizados por la biología humana, la psicología, la antropología de la cultura y la sociología, para interrogar el contenido de estas disciplinas en sus implicaciones religiosas, relevantes en el plano teológico”[5], donde claramente se apunta a esa dimensión autotrascendente del hombre que subyace a toda investigación antropológica.                Para alcanzar la meta de su realización en esa dimensión más allá de sí mismo, el hombre es sujeto de una libertad responsable que le permite ir más allá de todo automatismo psíquico, o dejar de estar sometido a determinismos fatalistas.. Sólo quien es capaz de creer en la libertad responsable supera estas dos realidades limitadoras de su ser: los instintos o el destino.                Vivir en la búsqueda de sentido desde la libertad es la puerta abierta para encontrar la dimensión espiritual de la vida. Tal dimensión no es huída ni condena de la historia en la que se desarrolla la vida humana. La dimensión espiritual de la vida nos lleva a descubrir al hombre en su realización más genuina. Hoy la antropología teológica que se ofrece por los pensadores en torno a la revelación cristiana está en perfecta consonancia con estas perspectivas  En un pasado .no muy lejano la tradición en la que se movía el pensamiento cristiano nos había presentado como más aceptable con la revelación cristiana la visión dualista del hombre. La forma mejor de entender lo que somos es concebirnos compuestos de cuerpo y alma. El alma, más noble, sería inmortal, superaría este mundo pasajero. Con esta visión apenas cobra valor nuestra presencia en este mundo. La realidad mundana a la que parece nos liga nuestro cuerpo, perdía sentido propio, y la vida humana tendría que buscar su sentido fuera de las realidades sensibles. Surgieron casos extremos en los que la “fuga del mundo” se llegó a presentar como la forma más genuina de ser cristianos.                Frente a este modo de concebir al hombre dentro de una visión antropologica cristiana, nos encontramos con nuevas visiones que, -en consonancia con lo que sería la genuina búsqueda del sentido de la vida, hecha desde corrientes de pensamiento moderno, han superado lo que pueda ser vivir encerrado en sí mismo buscando sólo lo que satisface a nuestros sentidos sensibles a través del  cuerpo ó haciéndose consciente de que el mero dominio de los instintos y pasiones por más razones que se busquen desde al dimensión inmortal del alma para superarnos y triunfar sobre la materia no acaba dando pleno sentido a la vida-, descubriendo la plenitud de la vida en la dimensión “espiritual”, por la que nos trascendemos y al mismo tiempo nos encarnamos y centramos nuestro psiquismo. Esta antropología en base a tres dimensiones: carne, psique y espíritu, está muy presente en la Sagrada Escritura[6].                Es necesario recalcar que desde al dimensión espiritual, se abarcan y se hacen plenas las restantes dimensiones. No se trata de alternativas, descubrir al hombre sólo como sujeto de una dimensión biológica,  culmen y meta de la evolución de la materia, o percibir su dimensión histórica haciéndole sujeto del devenir de la misma en camino hacía el paraíso final. La dimensión espiritual, por la que el hombre busca el sentido de la vida en la posibilidad de autotrascenderse, es para la revelación cristiana el lugar teológico de salvación que Dios ofrece. El hombre puede ser partícipe de la Plenitud divina, para ello nada se dijo, ni se dio plenamente desde el principio. Es una llamada constante a la realización desde la dimensión espiritual, que abarca  la realización de la vida en unas coordenadas biológicas, abocadas a la muerte, convertida desde el espíritu en el momento en que el hombre alcanza su relación abierta e ilimitada con el mundo en cuanto totalidad[7], y hecha también lugar de consagración definitiva de la presencia en la historia, haciendo por ello presente el Reino de Dios como semilla sembrada, al igual que la vida de Jesús, sacramento de salvación para todos.                 Esta meta es posible desde el momento que el hombre, abierto al proyecto genuino de Dios, insatisfecho con otras realidades y realizaciones, puede vivir su realidad en la dimensión espiritual, entendida desde la doble vertiente teológica y antropológica. En este sentido tienen plena justificación estas palabras de O. Gonzalez de Cardenal: “Se escribe con mayúscula y designa al Espíritu Santo como origen de esa dimensión de posibilidad, futuro y receptividad que contiene el hombre y se escribe con minúscula para designar esa condición del hombre así constituido y destinado. Ese futuro y ese hueco, esa incompleción inicial como marca para la plenitud final, son dimensiones tan reales como la piel, los pies, la vida y la razón del hombre. Sólo son ignoradas o despreciadas cuando se parte de una noción materialista del ser, cuantitativa de la realidad y positivista de la ciencia.                 Con una antropología ternaria, que reconoce en el “pneuma” la determinación divina de lo humano y la anticipación del futuro inscrita en la misma constitución original, para que cuando llegue en la historia no aparezca como un elemento extraño sino identificado como aquello para lo que había sido creado, es más fácil explicar la historia real que nos relata la Biblia. Esta teoría da mejor razón de lo que tiene que ser el punto de partida de toda teología y que lúcidamente ha formulado el Vaticano II: la unidad de la vocación humana (GS 22). No hay dos hombres, no hay dos naturalezas, una pura y otra luego plena, no hay un natural y un sobrenatural, como fases, partes o pisos de la realidad del hombre… La antropología ternaria, a la vez que da mucho mejor razón de la única vocación del hombre a participar de la misma vida de dios, nos libera de los insolubles problemas del natural – sobrenatural…”[8] 

2. Las mediaciones del Espíritu 

a)      Los bienes espiritualesHabría que afirmar que el primer bien espiritual, entiendo por tales los que mueven al trato con Dios, sería la misma vida del hombre en sí, pues toda ella está abierta al trato con Dios. Llegar a descubrirlo y vivir la vida en plena comunión con Dios es la meta de nuestra existencia. La transformación necesaria para ello vendría dada sobre todo por lo que pasivamente el hombre va recibiendo de Dios, y muy particularmente en los comienzos lo que recibe como purificador y transformador, que San Juan de la Cruz ha denominado “Noche oscura” del sentido, y lo que a lo largo del proceso espiritual vive en el fondo de la vida: sequedades, desconsuelos, deseos y ansias penosas de Dios, oscuridades, etc., que corresponderían a la “Noche oscura” del espíritu. Sobre las excelencias de la “Noche” y el bien que es venir por ella a la divina unión, lo ha cantado maravillosamente nuestro santo-poeta en el poema de la “noche”. Esta sería la mediación más genuina del Espíritu, que es la Llama esquiva que va purificando al hombre[9].                Acabado el proceso la noticia se vuelve luminosa, con esas connotaciones de amor y universalidad, que nuestro Santo describe como general y confusa[10], para distinguirla de la percepción particular y distinta que tenemos de la realidad cuando aún vivimos encerrados en nuestra percepción egoísta.                 Para llegar a vivir la vida humana  como vida espiritual, las mediaciones del Espíritu, son múltiples. Se nos entrega en el misterio de la vida, muerte y resurrección de Jesús, el hombre que ha expresado la plenitud de la comunión divina, y en él se ha encarnado la vida trinitaria en al persona del Hijo. El es el catalizador de esa vida espiritual. Para adentrarnos en el misterio de Cristo el camino de los bienes espirituales, ya claros y distintos, meras mediaciones que nos permiten conocerlo y asimilarlo, es sumamente variado. Estos bienes llegan por todas las potencias: noticias del entendimiento, afecciones de la voluntad, o imaginaciones ligadas a la memoria. Cuando estos las noticias, afecciones o imaginaciones no proceden de las realidades sensibles que nos envuelven, y nos alcanzan desde el misterio mismo de Dios en su autocomunicación al hombre en la terminología de San Juan de la Cruz calificaríamos estas mediaciones de sobrenaturales. Se ha detenido a describirlas en lo referente al entendimiento, remitiendo a lo dicho  cuando en lugar de noticias son ya aprehensiones de la memoria. Las afecciones suscitadas por personas u objetos que nos remiten a realidades divinas cuando son vividas sin apego alguno son objeto también de su doctrina. Vamos a recordar brevemente sus consideraciones en torno a las noticias sobrenaturales. 

b)      Noticias sobrenaturales Distingue nuestro Santo los niveles sensible y espiritual, envuelto como está en una visión dualista de hombre, que distingue entre los sentidos corporales y el alma y sus aprehensiones. Cuando las noticias procedentes de la autocomunicación de Dios se perciben como las realidades que nos alcanzan por los sentidos, serían noticias sobrenaturales. Pero cuando llegan al entendimiento sin esa mediación sensible, y por lo mismo las entiende como puramente espirituales, diríamos dadas pasivamente al entendimiento como potencia del alma que es, distingue cuatro aprehensiones: visiones, revelaciones, locuciones y sentimientos espirituales. De modo general se pueden llamar visiones del alma, porque al entender del alma llamamos también ver del alma[11].  De todas estas aprehensiones las que pasivamente nos vienen de Dios y a El se refieren, son mediaciones del Espíritu y nos unen a El, sin ser nosotros causa o impedimento. Su efecto es quietud, iluminación y alegría a manera de gloria, suavidad, limpieza y amor, humildad e inclinación o elevación del espíritu en Dios[12]. Las que pasivamente se infunden y no hacen referencia directa a Dios, las ha de vivir de modo que para no ser engañada la persona, lo que solo es posible si las vive en fe, dejando que nos alcance en esta pobreza espiritual el amor de Dios más puro. 

c)       Testimonios sobre el “más allá” de la muerte.Los cristianos fundamos nuestra fe en las apariciones del resucitado a los apóstoles y miembros de la iglesia apostólica. Estas apariciones son el sello de nuestra fe, sin ellas seríamos creyentes necios[13], sobre ellas hay numerosos estudios para descubrir todo su sentido y ayudarnos a vivir el contenido de la fe.[14]. Son en sí mismas testimonio directo de la revelación de Dios en Jesús y por tanto siempre fueron noticias espirituales que unieron al hombre con Dios de modo inmediato. Los apóstoles no pudieron menos de decir que era necesario seguirlas y obedecer a Dios antes que a los hombres (Hech 5,39)Otras apariciones entrarían dentro de las noticias sobrenaturales, bien sean imaginarias o dadas al entendimiento como noticia espiritual, que venidas de Dios entrarían dentro de los bienes espirituales que nos ayudan a alcanzar la unión con Dios si se reciben con la fe y amor que requieren. Teniendo siempre presente que nada se ha de hacer para procurarlas, y que el modo de recibirlas es la resignación y humildad que conlleva toda pobreza espiritual, para ser verdaderamente hijos de Dios y herederos de su vida.[15]. Aquí queremos acercarnos a las noticias que nos llegan a través de personas, conocidas o desconocidas, que ya murieron.La Iglesia ha reconocido oficialmente las apariciones de la Virgen en algunos lugares a gentes sencillas, San Juan Diego, Santa Bernardita, los niños de Fátima. Son testimonios singulares y han favorecido el crecimiento en la fe de muchos hombres y mujeres que se han acercado a estos santuarios marianos: Guadalupe, Lourdes y Fátima, mundialmente conocidos.Encontramos en las vidas de muchos santos apariciones bien de santos o personas ya fallecidas. Testimonios propios nos ha dejado fijados en sus escritos Santa Teresa de Jesús. Al margen de los testimonios que pudieran recoger quienes la conocieron y que han dado de ello cuenta en los procesos de canonización o beatificación, nos vamos a detener en lo que apunta sobre ello la misma santa en sus escritos. También aquí dejamos constancia, pero no nos detenemos en su estudio, las apariciones o visiones (intelectuales o imaginarias) de la Trinidad[16], del Espíritu Santo en forma de paloma[17], de Jesucristo[18], de la Virgen María[19], de San José[20], y de los santos.[21], para detenernos en lo que podría parecer más extraño: la aparición de difuntos que aún no gozan del reconocimiento oficial de la Iglesia como santos canonizados. San Pedro de Alcántara, que fue para ella uno de los mejores discernidores de sus visiones, fallece en aquellos días en que la Santa comienza, alentada por él, la fundación de San José. La santa le recuerda llena de agradecimiento cuando escribe su autobiografía y, después de hacer el panegírico de sus virtudes, nos relata su muerte de modo sencillo: “Cuando vio se acababa, dijo el salmo de “Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi, e hincado de rodillas, murío[22], para testimoniar a continuación: “Después ha sido el Señor servido yo tenga más en él que en la vida, aconsejándome en muchas cosas. Hele visto muchas veces con grandísima gloria. Díjome la primera que me apareció, que bienaventurada penitencia que tanto premio había merecido y otras muchas cosas… Cuando expiró, me apareció y dijo como se iba a descansar. Yo no lo creí, y díjelo a algunas personas, y desde a ocho días vino la nueva de cómo era muerto, o comenzado a vivir para siempre por mejor decir”[23] De las otras apariciones no deja de darnos cuenta en el libro de la Vida. La fundación de San José, que requería el permiso de la ciudad, estaba amenazada porque quienes habían de darlo exigían que fuera con renta, algo contrario al propósito de Santa Teresa, que en esto había seguido el parecer de San Pedro de Alcántara. En estos momentos recuerda algo singular: “Estando la noche antes que se había de tratar [lo relativo a la fundación de San José] en oración, y ya se había comenzado el concierto [que fuera con renta], díjome el Señor que no hiciese tal, que si comenzásemos a tener renta que no nos dejaría después que lo dejásemos; y algunas cosas. La misma noche me apareció el santo fray Pedro de Alcántara, que era ya muerto[24]; y que antes que muriese me escribió, como supo la contradicción  y persecución que teníamos, que se holgaba fuese la fundación con contradicción tan grande, que era señal se había el Señor servir muy mucho en este monasterio, pues el demonio tanto ponía en que no se hiciese; y que en ninguna manera viniese en tener renta”… y continúa, Ya yo le había visto otras dos veces después que murió y la gran gloria que tenía, antes me holgué mucho; porque siempre aparecía como cuerpo glorificado, lleno de mucha gloria, y dábamela muy grandísima verle. Acuérdome que me dijo la primera vez que le ví, entre otras cosas, diciéndome lo mucho que gozaba, que dichosa penitencia había sido la que había hecho, que tanto premio había alcanzado… Porque ya creo tengo algo dicho de esto, no digo aquí más  de cómo esta vez me mostró rigor, y sólo me dijo que en ninguna manera tomase renta, y que por qué no quería tomar su consejo, y desapareció luego”.[25]Es, sin duda, el testimonio más fehaciente de cómo el diálogo creyente con quienes nos animan a seguir los caminos del Señor no termina con la muerte. Se transforma, se hace sustancial, e invita a proseguir el camino hacia el pleno desvelamiento del proyecto de Dios. No nace de curiosidades insanas, sino de situaciones trascendentes en las que uno necesita el apoyo de todos lo que comparten el devenir de la historia para encontrar en ella, o mejor, hacer presente en ella,  el “Reino de Dios”. Su experiencia se abre también a quienes participan ya de la resurrección en el cielo. Ella, al igual que San Pablo, se ve metida en el cielo. Allí las primeras personas que ve fueron su padre y madre… Temerosa de no ser creída y burlada, siente vergüenza de tenerlo que decir al confesor. Pero mujer veraz y buscadora de la verdad desecha miedos y comparte sus temores. El confesor la consuela y alienta[26]. La experiencia ha surgido en un contexto muy concreto, como ella misma relata unas líneas más arriba, no se encontraba bien, temía ponerse en oración recogiendo el entendimiento, piensa que será mejor rezar vocalmente. De nada le vale, el Señor mísmo es quien desde dentro nos recoge, y la hace vivir la experiencia a la que aludimos. Para nuestra Santa la comunión con quienes nos precedieron en la fe brota de este Señor que nos descubre los secretos de su salvación.[27]. La acontece también con su hermana, fallecida de muerte repentina, algo de lo que siempre se pedía nos librase el Señor. La Santa, que ha conocido que habría de ser así, ha inducido a su hermana a llevar una vida religiosa, y recibe también el consuelo de verla llegar al cielo. No puede menos de testificar algo que se debería entender para todos: “Sea Dios alabado por siempre, que tanto cuidado trae de las almas para que no se pierdan”[28].En esta línea se desarrolla el episodio que narra en la fundación de Valladolid. Don Bernardino de Mendoza es el hermano menor de D. Álvaro de Mendoza, obispo de Ávila cuando se realiza la fundación de San José. Ha entablado amistad con nuestra santa, le ofrece una casa con una huerta muy buena y grande para fundar en Valladolid, en Río Olmos, a casi un cuarto de legua de la ciudad. Después de viajar con su hermana María junto a la Santa desde Medina a Madrid y Alcalá, prosigue su viaje. Llegados a Úbeda, hacia finales de febrero de 1568 la muerte sorprendió a don Bernardino. Así la describe Santa Teresa: “…le dio un mal tan acelerado, que le quitó el habla y no se pudo bien confesar, aunque tuvo muchas señales de pedir al Señor perdón. Murió muy en breve, harto lejos de donde yo estaba. Díjome el Señor que había estado su salvación en harta ventura, y que había habido misericordia de él por aquel servicio que había hecho a su Madre en aquella casa que había dado para hacer monasterio de su orden, y que no saldría del purgatorio hasta la primera misa que allí se dijese…”[29]. Prosigue la santa comentando su preocupación por llevar cuanto antes a término la fundación.  Y termina: “Yo estaba bien descuidada de que entonces se había de cumplir lo que se me había dicho de aquel alma; porque, aunque se me dijo “a la primera misa”, pensé que había de ser a la que se pusiese el Santísimo Sacramento. Viniendo el sacerdote adonde habíamos de comulgar con el Santísimo Sacramento en las manos, llegando yo a recibirle, junto al sacerdote se me representó el caballero que he dicho, con un rostro resplandeciente y alegre; puestas las manos, me agradeció lo que había puesto por él para que saliese del purgatorio y fuese aquel alma al cielo”[30] También concluye alabando al Señor, que paga con vida eterna y gloria la bajeza de nuestras obras y las hace grandes siendo de pequeño valor[31]. La representación en el lenguaje teresiano es alusión a una presencia más real que la meramente física. El agradecimiento que le expresa va también más allá que aquellos que se ligan a bienes sensibles. La Santa percibe su agradecimiento en ese gesto de poner las manos, que no es otro que el que tantas esculturas  o pinturas de la época nos recuerdan a los donantes de un altar, o templo que así agradecen a Dios sus beneficios, aludiendo también al sentido más hondo de esta acción de gracias por parte de D. Bernardino a nuestra santa. Nos movemos, una vez más, en relaciones nacidas de una comunión que brota de la fe y la esperanza cristianas.Hasta aquí los testimonios encontrados en los escritos teresianos. San Juan de la Cruz en sus escritos nos recuerda como habiéndonos Dios revelado todo en su Hijo, no gusta de responder a las preguntas que le dirigimos desde nuestra razón inquisidora. Entre los ejemplos propuestos alude también a las preguntas dirigidas a los ya difuntos. El Santo cita el pasaje del libro primero de los Reyes donde se dice “que pidiendo el rey Saul que le hablase el profeta Samuel que era ya muerto, le apareció el dicho profeta; y con todo eso, se enojó Dios, porque luego le reprendió Samuel por haberse puesto en tal toda, diciendo … ¿Por qué me has inquietado en hacerme resucitar?[32] . Con ello se nos invita a vivir la fe desde la total apertura al misterio de Cristo cumbre de la revelación y experiencia última y definitiva que nos lleva a la unión con Dios. La postura de San Juan de la Cruz no es oponerse a estas experiencias, sino no vivirlas desde la revelación plena que aporta el misterio de Cristo. La totalidad a la que nos empuja este misterio  y la visión universal con la que descubrir la revelación y salvación que supone toda concepción cristiana de la realidad humana nos permite acercarnos a la cumbre de la experiencia mística como planificación de toda relación de comunión interhumana. De esas consideraciones particulares con las que Teresa puso de manifiesto como su fe cristiana la ligaba a quienes le precedieron en el camino de la fe, padres, familiares y amigos, llegará a percibir su vida en total apertura a la humanidad a la que Dios salva, experiencia que también comporte San Juan de la Cruz.  

3. La vida espiritual y la comunión interhumana 

a)      Las séptimas moradasLa vida humana no deja de ser vida encarnada aún en los momentos más plenos de comunión divina. Así lo atestigua santa Teresa al recordar a sus lectores, en este caso para ella sus hijas, la clave hermenéutica en la que se han de leer las mercedes que acaba de describir.  El hombre se proyecta en la existencia desde la humildad de su condición, que contempla siempre su limitación y la de los hombres al acercarse a Dios. Los frutos de esta humildad a la que se llega por el trato con Dios impulsan al espiritual de veras a no distraerse en una relación cerrada y egoísta deleitándose en las mercedes recibidas, y a comprometerse en un seguimiento de Cristo en el mucho padecer, como lo hicieron todos los que reconocemos como grandes santos, empezando por su gloriosa Madre.                 El amor olvida el descanso y la honra, no son promesas lo que vive, sino hechos. El espiritual de veras, puestos los ojos en el crucificado se sentirá verdadero esclavo del proyecto de Dios. Señalado con el hierro de la cruz, no dudará en ser vendido como esclavo de todo el mundo, como su Señor lo fue. No es agravio alguno, sino gran favor, porque en este camino del servicio se encuentra la verdadera liberación de nuestras ataduras egoístas y la apertura a una comunión universal, que libera incluso nuestra condición ligada a este cuerpo mortal. Las obras serán fruto del verdadero amor, el que brota del misterio de la Cruz, que une lo humano y lo divino, y alcanza la salvación de la humanidad.[33] 

b)       El aspirar del aireLa vida humana alentada por el Espíritu divino se transforma en proyección de la vida trinitaria cuando está plenamente transformada. No hay verdadera unión con Dios y por tanto transformación divina si no se transformase el alma en las tres personas de la Santísima Trinidad en revelado y manifiesto grado[34]. No estamos ante un fenómeno perceptible desde los sentidos o la razón, su lenguaje no lo alcanza, pero es posible en esta condición histórica en la que vivimos, puesto que Dios nos invita a ello, realizando así su obra, la de la salvación del hombre en su más genuino sentido, dado que es semejante nuestro ser a Dios[35]. La única forma de adentrarnos en el misterio que conlleva la semejanza divina es entender que tal estado nos viene dado por nuestra incorporación al misterio de Cristo, para participar en su filiación divina, tal y como nos transmite San Juan en el evangelio (cfr. Jn 1,12 y Jn 17, 24). Sólo así se hace realidad el contenido de la oración sacerdotal (Jn 17,20-23), al comunicarles el mismo amor que al Hijo por esa transformación de amor. De aquí también se abre la puerta al misterio de la comunión interhumana, la realidad del misterio trinitario es el paradigma para la comunión entre los hombres[36]. Es la comunión en el amor, como lo es la del Padre y el Hijo. Esta comunicación única no alcanzable por otro medio que no sea la transformación divina, es el camino de la autentica realización humana, es la vida que se alcanza cuando el hombre se autotrasciende en aras de una vida con sentido marcada por el espíritu, y no por los sentidos y la razón. Es la asunción, que no la aniquilación,  de la vida en el cuerpo y en la psique, por la vida en el espíritu, donde las relaciones interhumanas se hacen plenas y verdaderas, universales y eternas. San Juan de la Cruz llegó a expresar su contenido en los bellos poemas de la Llama y últimas Canciones del Cántico o Noche, pero hizo también una descripción certera de este mismo estado en la “oración de alma enamorada”. La presentamos brevemente con colofón y síntesis de lo que hemos venido diciendo a lo largo de toda nuestra exposición.  

c)       oración de alma enamoradaBastaría aquí con transcribir, para saborear después, el texto sanjuanista, pero dado que es asequible nos vamos a ceñir a unas breves consideraciones[37].                El posesivo mío escapa a toda concepción objetivadora, no son objetos poseídos sino realidades asumidas en un misterio de comunión que arranca en el mismo cosmos, pero que tiene su final en Cristo, donde Dios mismo se hace vida mía.                 Llegar a esta meta, donde el hombre alcanza su plenitud, y a la que el santo invita con esa hermosa exclamación: “Pues ¿qué pides y buscas alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu Padre. Sal fuera y gloríate en tu gloria; escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón”, supone haber emprendido un camino de enamorados. El Dios que se busca es el  Amado, percibido desde el amor que purifica y plenifica, que hace posible la realización del hombre en busca de sentido, más allá de su concepción cerrada, tal y como se la ofrece el mundo de las apetencias sensibles o de la razón autosuficiente, porque el amor le permite autotrascenderse en la comunión más verdadera, la que hace posible asimilarlo todo sin destruirlo, la que hace posible salir de sí, sin dejar de realizarse en su propia realidad luminosa y llena de sentido.                Quien puede decir que míos son los justos y míos los pecadores ha entrado en comunión con todo hombre. La percepción de este misterio en el aquí y ahora se traduce en paradigmas sencillos, amor de madre[38], padre, amigo, esposo, esposa, pero que han de estar abiertos a su plena manifestación en la comunión universal, y pasar por el amor a los enemigos.                 Esta comunión nos abre igualmente a quienes ya no están en nuestras coordenadas de tiempo y espacio. Su presencia sólo es posible si descubrimos la dimensión universal del amor que nos une. Algo que se nos concede de modo gratuito desde la dimensión espiritual que ha de cultivar el creyente.


[1] Conferencia preparada para el grupo “Aquí y Allá”, por petición de D. Alfredo Camarero 15 Dic. 2005

[2] Un buen estudio breve y bien documentado se encuentra en: J.M. GARCIA ROJO, La logoterapia de Víctor Frankl, en Revista de Espiritualidad 64 (2005), 279-312, recordemos aquí las obras más indicadas para nuestro propósito: V.E. FRANKL, Die Sinnfrage in der Psychotherapie. Manchen, 1981. ID., La voluntad de sentido. Conferencias escogidas sobre logoterapia.. Barcelona, 1988; ID., La psicología al alcance de todos. Conferencias radiofónicas sobre terapéutica psíquica, Barcelona, 1983.; ID., El hombre en busca de sentido, 7.ed., Barcelona, 1986, ID., Ante el vacío existencial. Hacia una humanización de la psicoterapia.  5.ed.,. Barcelona, 1987; V. E. FRANKL, Psicoanálisis y existencialismo. De la psicoterapia a la logoterapia. México, 1987

[3] Cfr. J.M.GARCÍA ROJO, art. cit. P.283-284. Se recoge la cita de Frankl y su ejemplo del jugador de ajedrez, que ante un problema difícil, tira las fichas del tablero; con ello no resuelve el problema que tiene delante. Tampoco en la vida se resuelve ningún problema echando la vida por al borda. Cfr. V.E. FRANKL,  Psicoanálisis y existencialismo…, p..96

[4] Son muchos los lugares en los que Rahner ha expuesto su pensamiento sobre el hombre en diálogo con Dios y la revelación que de él nos llega. Recordemos: K. RAHNER, Oyente de la Palabra, Barcelona, 1970; A.RAFFELT – K. RAHNER, Antropología y Teología, Madrid, 1982. y sus colaboraciones  en el gran proyecto teológico:  Mysterium Salutis, al hablar de la revelación y del hombre.

[5] W. PANNENBERG, Antropología en una perspectiva teológica, Salamanca, 1992, Introducción, citado por F. ELIZONDO, art. Antropología, Madrid, 1993, p.52

[6] No vamos a deternenos en ello. Para una información general y muy oportuna puede verse: O.GONZALEZ DE CARDEDAD, La entraña del cristianismo.2. ed. 
Salamanca,  1998, pp. 827-830.

[7] Cfr. K. RAHNER, On the theology of Death. Herder, and Herder, 1961, p.123

[8] Cfr. O. cit. P. 832-833. El autor sigue desarrollando esta visión en nuevos apartados, donde se analiza de forma fenomenológica lo que denomina realizaciones de lo humano: biológica, psíquica, pneumática. El planteamiento es acertado, y resulta enriquecedor para una comprensión genuina de lo que es el hombre. En una breve nota hace un apunte sumamente sugerente: “En Occidente hemos puesto el acento sobre la perfección moral de los santos, hasta el punto de que los procesos de canonización se han fundado sobre la demostración de sus “virtudes heroicas”. En Oriente en cambio se ha considerado santo al que de una manera especial manifestaba la presencia y la acción del Espíritu Santo. Moral, psicología, imitación de Cristo, servicio al prójimo, trasformación del mundo han prevalecido en nuestra comprensión de los santos mientras que en Oriente ha prevalecido la contemplación, la gratuidad, la liturgia, la referencia al Espíritu Santo, la gloria de Dios”. O.cit., p.834-835

[9] Cfr. LL 1, 18-16

[10] Cfr.3S 33,5

[11] Cfr. 2S 23-32. Esta serie de capítulos es un excelente estudio del modo en que estas comunicaciones pueden ser camino para la unión con Dios ofreciendo, al mismo tiempo, los consejos más oportuno para no embarazarse en ellas. Dado la extensión que su estudio conlleva no nos detenemos en esta ocasión en ir detallando lo que el Santo propone.

[12] 2S 24,6

[13] Recordemos el célebre texto de San Pablo, después de haber recordado las apariciones, “..si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana nuestra fe…, y si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe, aún estáis en vuestros pecados”… La fe cristiana  se apoya en las apariciones del Resucitado, únicas en su género, y fundamento en la resurrección de los que mueren en Cristo.

[14] La bibliografía es inmensa y baste aquí recordar que cualquier diccionario de teología cristiana encierra en el vocablo “resurrección” lo mejor de esta bibliografía.

[15] Cfr 2S 32,4. Citamos este texto como paradigmático de todo lo que ha venido diciendo. Recordamos además que para San Juan de la Cruz la verdadera disposición con la que alcanzar la vida divina es la pobreza de espíritu que nos hace herederos del Reino: Cfr 2S 15,4; 2S 24,9; 2N 8,5.

[16] 7M 1,6, R 25…)

[17] V 38,9-12)

[18] En V, 7,6 encontramos la primera, se seguirán muchas, sobre todo para afianzar al fe en la Humanidad del Señor, cfr. V 27,2; 28 tit., 39,1-24; 40,20, 7M 2,3, R35, etc).

[19] Cfr. V 33,14-16; 36,24; 38,13; 39,26…, R 25; 48).

[20] V 33, 12. 14.

[21] De santa Clara, V 33,13; San Pedro y San Pablo V29,5; y de otros santos V 40,13. 15.

[22] V 27,18

[23] V 27,19

[24] 18 de octubre de 1562

[25] V 36,20

[26] Cfr.V 38,1

[27] Todo el capítulo, que titula “En que trata de las grandes mercedes que del Señor la hizo, así en mostrarle algunos secretos del cielo, como otras grandes visiones y revelaciones que su Majestad tuvo por bien viese…” sería una buena prueba de que la comunión con los santos brota de la unión con Cristo.

[28] Cfr. V 34,19.

[29] F 10,2

[30] F 10,5

[31] Cfr. F 10,5 final del párrafo.

[32] Cfr 2S 21,6

[33] Para cuanto aquí decimos remitimos al lector al capítulo cuarto de las séptimas moradas. Colofón perfecto de la obra teresiana y filón poco explotado para entender como la vida humana que alcanza su dimensión más alta en la comunión con Dios, no se entiende sin descubrir al mismo tiempo que esa comunión conlleva el compromiso por la comunión-salvación con todos los hombres, expresados en el tiempo y espacio en los más próximos, vivido en el fondo de la experiencia como apertura a toda la humanidad.

[34] Cfr CB 39,3

[35] Estamos ante una de las concepciones más certeras de lo que supone el texto del Génesis 2,26, que como es lógico cita en este lugar con una versión propia: “y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la crio a su imagen y semejanza.

[36] Cfr. BRUNE, François, San Pablo, el testimonio místico. (“copia de trabajo” realizada por A. Camarero Gil, del original francés) pp.129-131. Es de sumo interés la apreciación que se hace sobre el ser del hombre contemplado desde Cristo. Nótese que en esta perspectiva se mueve la antropología del Vaticano II. En esta clave se da un vuelco a las consideraciones de la naturaleza humana que se han venido haciendo desde consideraciones meramente racionales o marcadas por maniqueísmos en los que privaba la fueraza del pecado, y en concreto del pecado original.

[37] Además de las introducciones a los escritos de S. Juan de la Cruz, el lector encontrará un buen comentario a la “oración de alma enamorada” en J.V. RODRÍGUEZ, Míos son los cielos. (Comentario san Juan de la Cruz). Madrid, EDE, 2002, pp. 13-161

[38] “En el recogimiento y la oración, llegaréis a comprender lo que vemos aquí a plena luz.. La comunión absoluta entre los espíritus es un hecho: Dios y su Cristo no quedaron divididos por la prueba carnal y –a semejanza de Dios- todos somos inseparables en el amor. Mi alma es una con tu alma, por el carino que las une; por eso he participado en los impulsos de tu amor mutilado, reparando con mi amor acrecentado y renovado sin cesar, los desgarros que to dolor maternal abrió en él. Mammy dearest, ¡no hay lágrima tuya que yo no reciba como un beneficio!.. un beneficio que me fortifica y acerca a ¨Dios; ellas vivifican el vínculo sagrado que une a cada una de nuestras almas, y ese vínculo es en realidad el camino que facilita nuestra dulce comunión…” P. MONNIER, Cartas de Pierra. T IV. Trad. Alfredo Camarero Gil. (edición privada)., p. 409-10. Las cartas de Pierre son escritas al dictado en un encuentro entre Pierre, fallecido en la primera guerra mundial, y su madre; la que citamos es la correspondiente al 5 de abril de 1923. Sin las precisiones trinitarias de San Juan de la Cruz encontramos una experiencia semejante.

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